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Raza y nación

22/09/2007 - Autor: Josep Fontana - Fuente: Tiempo
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El historiador Josep Fontana
El historiador Josep Fontana

La proximidad de la celebración de la fiesta del 12 de Octubre obliga a reflexionar acerca de la importancia que el racismo tiene en los fundamentos de nuestra cultura. Esta celebración se instituyó en España por un real decreto de mayo de 1918 como “Fiesta de la Raza”: en aquel primer 12 de Octubre unas “distinguidas señoritas”, en representación de cada una de las repúblicas hispanoamericanas, desfilaron en Sevilla a los acordes de la marcha de Tannhäuser, interpretada por la banda municipal. Lo de la “raza” no se cambió oficialmente hasta 1958, cuando esta terminología no convenía ya al régimen franquista, cuyo racismo resultaba innegable.

Como nos ha explicado L.P. Harvey, la palabra “raza” surgió en la España medieval, “y en dondequiera que se use en el mundo actual es en su origen un hispanismo”. Servía inicialmente para designar un defecto o mancha en un tejido, de modo que un tejido “sin raza” (o raça) era lógicamente más valioso, como lo eran los seres humanos “sin raza de judíos o de moros”.

No deja de ser lógico que fuese en la “tierra de las tres culturas” donde surgieran los grandes conflictos de convivencia por motivos raciales. La expulsión de los judíos no fue motivada por razones de religión –Netanyahu ha probado que muchos de los expulsados eran cristianos sinceros– sino por su raza. Lo reconocía en 1940 el general Franco al reivindicar la política de los Reyes Católicos y compararla con la de los nazis en aquellos años, diciendo: “¿Y qué fue la expulsión de los judíos más que un acto racista como los de hoy por la perturbación creada para el logro de la Unidad por una raza extraña?”.

A esta primera expulsión siguió un siglo largo de odio racial contra los moriscos, del que nos quedan textos que recuerdan a los de la peor islamofobia actual, entre los que se cuenta el alegato de Cervantes en el Coloquio de los perros, que se explica, aunque no se justifique, por su propia experiencia como cautivo en Argel.

Expulsados también los moriscos, la sociedad española vivió durante más de dos siglos obsesionada por el miedo a que hubiese quedado en ella rastro de “raza” de moros o judíos, hasta el punto de que todavía en el reglamento de 1824 se exigía a quienes optasen a desempeñar el oficio de maestro de primeras letras la presentación de un certificado de “limpieza de sangre”, que, como su propio nombre indica, no era una averiguación acerca de la religiosidad de los antepasados, sino acerca de su raza.

Si la Constitución española de 1812 fijaba condiciones difíciles y restrictivas para el acceso a la ciudadanía de los “habidos o reputados por originarios del África”, la de 1837 dejó fuera de su ámbito a Cuba y Puerto Rico, en buena parte por miedo a que acudiese a las Cortes como diputado “algún hombre de color”. No en vano los miembros del Consejo de Estado se habían preocupado en 1827 por impedir que viniesen a la Península los esclavos negros que se liberasen en Cuba, para evitar que pudieran “manchar nuestra población de un modo que con el tiempo sea muy sensible”.

Por entonces había en Cuba 300.000 esclavos, y hasta 1873 entrarían, en una clandestinidad tolerada, medio millón más, pese a que el Gobierno español había proclamado la abolición de la trata en 1817. Esta realidad penetró hasta tal punto en nuestra cultura que conservamos todavía expresiones del esclavismo, como la de “cortar el bacalao”, que se refiere a quien en el ingenio estaba encargado de repartir las raciones de bacalao que se les daban a los esclavos como alimento, y podía, por ello, favorecer a sus amigos con una ración mayor.

La noticia de ese congoleño que ha quedado tetrapléjico hace pocos días por una brutal agresión xenófoba ha sido la que me ha movido a esta reflexión. En muchos de los planteamientos nacionalistas que se prodigan entre nosotros, incluyendo los de quienes se presentan como antinacionalistas (del nacionalismo de los demás, claro está), se pueden percibir los rastros de esta herencia cultural racista que deberíamos tratar de combatir entre todos


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