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La mujer musulmana

20/09/2007 - Autor: Iusra Hamida - Fuente: http://www.islam-shia.org/plataforma/08.htm
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Cuando yo abracé el Islam tenía entonces 35 años y una inmensa necesidad de hallar paz en mi corazón así que estaba ansiosa por poner en práctica y seguir al pie de la letra todo lo que me indicaban los que más sabían. Eso nos pasaba a todas las mujeres que íbamos incorporándonos a las filas del Islam por aquella época –20 años atrás- y llegábamos solas o con hijos, a la ciudad de Granada, donde vivían en comunidad los musulmanes españoles.

Jóvenes o más mayores, todas, con el mismo sentimiento y deseo llegábamos como de una guerra, heridas y maltrechas por esta sociedad que sabe cómo arrebatarte, aun sin que te des cuenta, lo más preciado; la dignidad.

La aspiración era recuperar nuestro ser y someternos a unas normas divinas que garantizasen nuestra condición de humanos. Eso para empezar pues cuando un occidental, que no ha tenido nunca contacto con el mundo islámico, llama a las puertas del Islam buscando refugio, no sabe exactamente con qué se va a encontrar. Le hablan primeramente de los 5 pilares de los que no le cuesta asentir, después testifica que hay un solo Dios y que Muhammad es su último profeta, declaración que le facilita el ingreso a la Vía Recta.

Las mujeres llegábamos de todas partes vestidas de múltiples maneras, con los ojos muy abiertos, -a la expectativa- viniendo de muy diferentes historias y estratos. Nos habían contado que allí en el sur había un grupo de musulmanes españoles que respetaban a las mujeres, que las esposas eran queridas y protegidas y las mujeres en general disfrutaban de los valores de ser mujer. Estabamos dispuestas a hacer lo que hiciese falta hacer, cambiar y rehacer, con tal de alcanzar esa isla de paz y Verdad llamada Islam y que se encontraba en medio de ese océano embravecido y devorador que había sido hasta entonces para nosotras la sociedad moderna. La gente común no entiende que alguien voluntariamente vaya en busca del compromiso, de la responsabilidad, que conscientemente se acepte el esfuerzo y hasta el "sacrificio". Esta incomprensión parte de que se miren las cosas de una forma lineal, o sea, miran pero no ven más allá de lo material y concreto. Pero en los asuntos del espíritu hay que asomarse por encima del horizonte, hacia el interior de uno mismo, para entender el significado de todo eso que aparentemente son "bobadas" para mortificar el cuerpo o para consolar el corazón.

"A vivir la vida que son cuatro días", eso es lo que dicen los que no entienden nada y la ignorancia les hace ser sordos y ciegos de los valores intrínsecos del ser humano. No pueden siquiera imaginarse que nuestra vida creativa, sensual, espiritual e intelectual se conecta con lo divino, con lo sobrenatural, con toda la creación y con el Creador mismo.

Subhanal.lah wa Alhamdulil.lah wa La ilaha il.lalah Alahu Akbar.

Gloria a Dios y Alabado sea Dios y no hay Realidad (Dios) sino Dios, Dios es lo más Grande.

La enseñanza del Islam, contrariamente a la educación recibida en las sociedades modernas occidentales, dice a la mujer que sea recatada y que la sabiduría la tome de la vida misma desde su sitio-espacio y la información, por supuesto, de los libros y las personas con mayor conocimiento. Porque lo que hace sabio/a a la persona es la experiencia misma y esa oportunidad la tenemos cada día en todos los campos de la vida. El Islam anima continuamente a la mujer y al hombre a que busquen el conocimiento.

"El Corán nos advierte sabiamente de que se nos pedirá cuentas de todos los placeres permitidos de la vida de los que no quisimos gozar cuando estábamos en la tierra" dice la famosa escritora y psicóloga Clarissa P. Estés en su libro "Mujeres que corren con los lobos".

¡Cuántas veces satisfacemos los apetitos de nuestro cuerpo olvidándonos de alimentar y alegrar a nuestra alma!, comentábamos entre nosotras cuando nos reuníamos por las tardes mientras nuestros chiquillos corrían y jugaban a nuestro alrededor. Y afirmábamos todas, cuando alguna decía que "afuera", o sea en esta sociedad, cuesta mucho recordar que estamos luchando por alcanzar la belleza de la Verdad... luchando por conseguir la cercanía de lo divino, por establecer contacto con esa parte divina que todos tenemos en nuestro interior. Esos eran los temas de nuestras tertulias, aparte de hablar de los hijos o nuestros problemas más inmediatos.

Y también hablábamos, por supuesto, sobre los maridos y el matrimonio, pues casi todas al poco tiempo de hacernos musulmanas, nos habíamos casado. Sin mucho espacio para conocerse o pensárselo, cuando un hombre pedía en matrimonio a alguna mujer, a través de alguna persona conocida que daba referencias o del waqil (protector o tutor) de la mujer. Era la fe la que nos movía a confiar enteramente que Allah era Quien movía los hilos que unían a tal hombre con tal mujer y, al decir Bismil.lah (en el Nombre del Dios) se accedía o se convenía lo que Él enlazaba.

Nosotras sabíamos perfectamente que el amor de la cultura occidental nos lo habían contado de forma equivocada y tramposa. Donde en la relación de pareja, primero se desea la pasión y donde se interpreta erróneamente lo que significa el amor y el compromiso matrimonial... amar el placer exige muy poco esfuerzo (y eso es sólo una satisfacción fugaz) pero amar de verdad es un reto porque significa enfrentarse con uno mismo y aceptar al otro tal como es.

Yo tengo claro que las mujeres musulmanas somos heroínas porque hemos elegido vivir con el alma –y no con el ego-. Y cuando la mujer decide vivir con el alma quiere decir que pone al descubierto su capacidad de percibir y aprender nuevas maneras de hacer las cosas. Y es su tenacidad y su paciencia por recorrer el camino que ha elegido, lo que la hace una mujer íntegra.

La mujer es particularmente sensitiva porque vive los ciclos de la naturaleza en ella misma. Y eso la hace vigilante y comprensiva a los ciclos vitales de la vida y la muerte. La mujer que abraza el Islam sabe que ha salido de un mundo de fantasía para entrar en un mundo en el que es posible el amor hecho de afecto profundo porque su cuerpo espiritual lo siente vivo y lo alimenta. Y llega a captar que la vida está compuesta de ciclos transformativos donde en cada etapa muere un poco más la ilusión, las expectativas y el ansia.

Para la recién estrenada vida de musulmana atrás ha quedado una vida de forzado y vacío divertimento, de impuestos placeres intensos, la imagen de mujer vuelta-de-todo. Voluntariamente ha elegido ir al encuentro de la Verdad de una manera sagrada. Ahora ha decidido descubrir el tesoro espiritual que hay en ella y desea unirse a otra persona con las mismas aspiraciones, y fusionarse en cuerpo y alma, con un mismo corazón y aliento.

Pero ¡ay! Mucho ha llovido desde entonces aunque las mujeres que siguen llegando al Islam entran con las mismas urgencias y deseos en sus corazones y con las mismas heridas y enfermedades del alma. Las situaciones se repiten pero mantener pura y clara la intención dentro de esta sociedad monstruosamente sin valores donde se endiosa la belleza del cuerpo y el glamour, sin cabida ni resquicio para alimentar el espíritu, se hace muy difícil no aceptar que también dentro de los musulmanes, dentro de las parejas musulmanas, dentro de las familias musulmanas, no se hayan visto en algún momento ensombrecidos por los destellos de afuera y, en algún momento, las tentaciones no les hayan hecho flaquear su fe o sus convicciones.

Sucede a diario, por supuesto. Y las crisis sirven para hacer limpieza, para renacer, en el mejor de los casos. Y las mujeres empiezan a sacudir su interior, que también habían cubierto con un velo, y empiezan a hacer balance. El miedo a perder les ha hecho esconderse ¡pero nosotras no vinimos al Islam para escondernos, para ser la sombra de nadie! ¿Qué ocurre? ¡¿Qué está pasando, hoy, ... los hombres musulmanes se han relajado en su fe?!

Hablo en nombre de muchas mujeres musulmanas españolas. De esas que he nombrado al principio y que durante tantos años, como las plantas del desierto, su figura externa ha ido perdiendo lustre y enflaquecido su alegría. Pero sus raíces, con el tiempo, se alargaron y ensancharon de tal manera en busca del sustento y para que los fuertes vientos que le han azotado durante todos estos años no la arrancasen de la tierra donde había elegido crecer; el Islam. Pero, dónde están esos hombres, los compañeros, dónde su capacidad de sortear las tentaciones, dónde se quedó el amigo del alma.

¿Nos atreveremos a alzar la voz y mirar de frente los problemas que hoy están minando a las comunidades de musulmanes en occidente? Están minando a las familias y es que el sexo, el apetito hipnotizador y dominador de hoy, es una tentación que, qué fuerza y convencimiento tan grande deben tener los hombres para no sucumbir a él.

Pero hay otro tema más concreto y particular entre los musulmanes y es el de la poligamia. Algo que estaba ahí dormido pero que ahora parece recobrar vida y que los hombres utilizan de forma impulsiva pues detrás de ese primer paso tan "rejuvenecedor" están unas responsabilidades y quizá, seguramente, el destrozo del corazón de la primera esposa.

Se ha convertido, en algunos círculos, como de una asignatura pendiente, algo, según ellos, por lo que todo musulmán debe pasar. Y, por supuesto, existen toda una serie de frases de advertencia o de aviso que, como un arma, blande el marido para mantener a la mujer en el sitio y forma que él desea. Es una sombra –el asunto de una segunda esposa- que enturbia la vida de algunas mujeres musulmanas, en algunos círculos donde se practica de forma normal y frecuente. El hecho de ser algo lícito para el hombre es la argumentación que ellos dan con ligereza y digo con ligereza porque se olvidan añadir que sólo la poligamia es aceptada como lícita si el hombre es capaz de ser justo y equitativo con ambas mujeres... y eso es prácticamente imposible. Para conseguir esa igualdad de trato el hombre debe tener un estatus espiritual muy alto. Y debo añadir algo más, es sumamente importante que, para conseguir el éxito de ese matrimonio múltiple, el hombre tenga la caballerosidad, honradez y muestras de respeto y amor por la primera esposa, de decirle a ella antes que a nadie, de sus intenciones y busque su aprobación. Sólo entonces puede ser exitosa esa unión de tres; por el amor incondicional que demuestra la primera esposa hacia su marido, por el respeto y admiración de la segunda esposa hacia la primera y por el amor incondicional, respeto y comprensión que debe sentir el hombre hacia sus dos mujeres.

Así y todo, el motivo para tener una segunda esposa, o divorciarse de una mujer para casarse con otra, no deben ser tomados a la ligera, pues así nos lo aconseja sabiamente el Islam. Todas las mujeres que han ido llegando al Islam deseosas de encontrar no solamente paz y enriquecimiento de espíritu sino un compañero con quien hacer este viaje y lo han entregado todo a él; su lealtad, comprensión, paciencia, tolerancia, soporte... su amor incondicional al fin y al cabo, no puede ser que, de un día a otro, -con esa facilidad que brinda el Islam para el divorcio aunque con la grave advertencia de no ser algo deseado-, el hombre divorcie a la mujer o le diga que se ha casado con una segunda. No debe ser así.

La mujer tiene la necesidad de expresarse, desarrollarse, florecer y actuar/amar en su propio nombre. Le hace daño que el hombre flirtee con el amor o simplemente lo viva como una forma de complacer el ego. La mujer sabe que el amor es un vínculo, una unión que perdura en la prosperidad y en la penuria, en los tiempos de desarrollo y en los de desgaste. No existe un amor perfecto desde el principio hasta el fin sino que el Islam nos enseña que puede hacerse una construcción de un amor que se desarrolla lentamente desde el principio hasta el fin de nuestras vidas, progresivamente, enriqueciéndose a partir del respeto.

La mujer musulmana tiene voz propia y una profunda visión del mundo. Es conocedora de los peligros de las sociedades modernas; para su equilibrio espiritual y el de los suyos. Sabe defender su propia identidad sin correr el riesgo de paralizar el desarrollo de su personalidad y pide, hoy, desde estas páginas, que los hombres ocupen su sitio con honorabilidad y conciencia.

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