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El Amor humano por Dios desde el Cristianismo y el Islam

Del tratado interreligioso el Amor en el Cristianismo y el Islam

17/09/2007 - Autor: Mahnaz Heydarpoor - Fuente: www.islamoriente.com
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DESDE EL CRISTIANISMO

El amor es una relación mutua entre Dios y los seres humanos y, realmente, es por esta relación que Él nos ha creado. Nosotros correspondemos el amor que tiene Dios por nosotros, lo cual se manifiesta en Sus bondades infinitas sobre nosotros, al menos, amándolo. En un pasaje muy profundo, dice San Bernardo:

“¿No debería ser correspondido en Su amor, cuando pensamos quien amó, a quien Él amó, y cuanto Él amó? Lo mismo de quien todo espíritu testifica: “Tú eres mi Señor; no hay para mí bien fuera de Ti.” (Salmos, 16: 2) ¿Y no es Su amor, esa caridad maravillosa que “no busca lo suyo”? (1 Cor. 13: 5) ¿Pero para quién se hizo manifiesto ese amor impronunciable? El apóstol nos dice: “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo.” (Rom. 5: 10) Y fue Dios Quien nos amó, nos amó desinteresadamente, y nos amó mientras que éramos enemigos. ¿Y cuán grande fue Su amor? San Juan responde: “Dios amó tanto al mundo que dio a Su único Hijo, para que quien creyera en Él no pereciera y tuviera vida eterna.” (Juan 3: 16).1

Chiara Lubich, la fundadora del Movimiento Focolare ha escrito con respecto a su experiencia espiritual y la de sus compañeros lo siguiente:

“La dignidad a la cual él nos ha elevado nos parecía tan sublime, y la posibilidad de corresponder a su amor parecía tan elevada e inmerecida, que solíamos repetir: “No es que debamos decir: debemos amar a Dios, sino: “¡Oh, que podamos amarte, Señor... que podamos amarte con este pequeño corazón que tenemos.”2

El amor por Dios no tiene límites. Como dijo San Bernardo, “La cantidad de amor que se debe a Dios es un amor ilimitado.” La razón es que nuestro amor por Dios, quien es Infinito e Inmensurable, quien nos amó primero y sin ningún interés, no puede ser limitado.

Por supuesto, el amor humano por Dios tiene diferentes niveles. Como pudimos ver al comienzo, en varios pasajes bíblicos Jesús pidió amar al Señor tu Dios “con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con toda tu fuerza.” Éste es el objetivo del viaje místico. El amor por Dios puede intensificarse hasta tal grado que ocupe todo el corazón del amante de manera que él ya no piense en sí mismo o en nada que no sea Dios.

En el Cristianismo, se cree que el amor por Dios es universal, es decir, practicado por todas las criaturas. Mientras se refería a Dios, San Agustín señalaba el mismo hecho. Él decía: “¡Oh Dios, que eres Amado consciente o inconscientemente por todo lo que es capaz de amar”. Explicando el mismo punto, Graham argumenta que todas las criaturas, incluyendo los seres humanos, dependen de Dios para poder existir, y por lo tanto, se debe concebir que aman a Dios, extendiendo sus manos hacia Él en “callado reconocimiento de Su acto de la Creación.”3 Luego añade que hay otro sentido de amar a Dios, el cual es exclusivo para los seres humanos. Los seres humanos son capaces de amar a Dios explícita y conscientemente. Este amor, obviamente, surge luego de un entendimiento proporcional de Dios. Veremos en el próximo capítulo que existen otros puntos de vistas que pertenecen a aquellos musulmanes místicos y filósofos que reconocen algo de conciencia de amor hacia Dios en todos los seres, por supuesto, precedido por el entendimiento proporcional de Dios.

Amar a Dios no nos exige abandonar otras cosas. Es verdad que la cercanía a Dios en un sentido demanda que nos apartemos de las criaturas, incluso hasta de nosotros mismos, pero esto es solamente para darnos cuenta de que nada puede igualarse a Dios, independiente de Su Misericordia. Todo lo valioso vuelve a nosotros en Dios. En otras palabras, “nada noble o de buena reputación tiene que ser abandonado finalmente por la causa de la caridad.”4 En su libro Confesiones, San Agustín recalca ello bellamente):

“Pero ¿qué amo, cuando te amo? No a la belleza de los cuerpos, no la armonía justa del tiempo, ni el brillo de la luz, tan gustoso a nuestros ojos, ni las dulces melodías de las diversas canciones, ni el fragante perfume de las flores, y los aromas, y las especias. Ninguno de estos amo, cuando amo a mi Dios; y, sin embargo, amo una clase de luz, y melodía y fragancia, y carne, y abrazo, cuando amo a mi Dios, la luz, melodía, fragancia, carne, abrazo de mi hombre interior: donde allí brilló en mi alma, lo que el espacio no puede contener... Esto es lo que amo, cuando amo a mi Dios.” (X, vi, 8)


1 Bernard, 1937, capítulo 1.

2 C. Lubich, May They all be One, p. 24. Citado en Cerini, 1992, p. 38.

3 Graham, 1939, p.16.

4 Graham, 1939, p.60.



DESDE EL ISLAM

Según el Islam, la mínima expectativa de los creyentes es que Dios debe ocupar el primer lugar en su corazón, en el sentido de que ningún otro amor puede estar por encima del amor de uno por Dios; Dios debe ser el principal y más elevado objeto de amor. El Corán dice:

«Diles: Si vuestros padres, vuestros hijos, vuestros hermanos, vuestras esposas, vuestros parientes, la hacienda que hayáis adquirido, el comercio cuya ruina temáis y las moradas en que os solazáis os son más queridos que Dios y su Enviado y la lucha por Su causa, aguardad hasta que Dios venga a cumplir su designio; porque Dios no ilumina a los malvados» (9: 24)

Este versículo indica claramente que el amor por Dios tiene que ser superior al amor por cualquier otra cosa que uno ame en esta vida. Esta superioridad se muestra cuando el amor por Dios y por Su religión entra en conflicto con el amor por las pertenencias personales. En este caso, un creyente debe ser capaz de sacrificar sus cosas personales favoritas por la causa de Dios. Por ejemplo, si Dios nos pide que demos nuestras vidas para proteger vidas inocentes, nuestra integridad territorial o algo similar, no debemos dejar que nuestro amor por la vida fácil o por la familia, etc., nos impida luchar por Su Causa.

Por lo tanto, un creyente no es una persona que solamente ama a Dios. Un creyente es una persona cuyo amor por Dios es el amor más fuerte y más sublime que posee. En otra parte, dice el Corán:

«Sin embargo, entre los humanos hay quienes adoptan pariguales en vez de Dios, a los que aman como se ama a Dios, mientras los verdaderos creyentes aman más fervorosamente a Dios…» (2: 165)

¿Por qué debe uno amar a Dios? Según el Islam, una razón para amar a Dios yace en el hecho de que Dios es lo más precioso, lo más perfecto y el más hermoso ser que un hombre puede concebir, y por lo tanto, el hombre, debido a que su naturaleza aspira a la belleza y la perfección, ama a Dios.

Muchos sabios musulmanes, especialmente místicos, han afirmado que todo el mundo siente en su corazón un gran amor por Dios sin necesariamente ser conscientes de eso. Ellos exponen que hasta los incrédulos, quienes solo buscan objetivos o ideales seculares, aman y adoran a Dios en lo que ellos toman como el bien supremo. Por ejemplo, aquellos que quieren tener poder, quieren tener el poder supremo. Llegar a ser alcalde o presidente nunca los satisfará. Inclusive si tuvieran el control de todo el mundo pensarían en cómo llegar a dominar otros planetas. Nada en el mundo puede saciar sus corazones. Tan pronto como las personas alcanzan sus ideales, comprenden que no es suficiente y buscan más. Los místicos islámicos, tales como Ibn Arabi, inspirados por el Corán, creen que la razón detrás de este fenómeno es que todo el mundo, de hecho, busca el bien supremo, es decir, Dios. El Corán dice: «¡Oh humano!, por cierto que te esfuerzas afanosamente (por comparecer) ante tu Señor. ¡Ya le encontrarás!» (84: 6)

Sin embargo, la verdad es que mucha gente se equivoca y no reconocen cual es en realidad el bien supremo. Algunos pueden tomar al dinero como el bien supremo o, en otras palabras, como su dios. Otros pueden tomar al poder político como su dios, y así sucesivamente. El Corán dice: «¿Que te parece quien a divinizado su pasión?» (25: 43)

Si sucede que ellos alcancen lo que han establecido como su ideal, entonces su amor innato por Dios, el bien supremo, quedará sin ser respondido y por lo tanto serán infelices y estarán frustrados. Ibn Arabi dice:

“Nadie más que Dios ha sido amado. Es Dios quien Se ha manifestado Él Mismo en todo lo que es amado a los ojos de aquellos que ama. No existe un ser que no ame. Es por eso, que todo el universo ama y es amado y todos éstos vuelven a Él así como nada ha sido adorado más que Él, ya que todo lo que un siervo (de Dios) ha adorado ha sido a causa del concepto erróneo que tiene de la deidad; de otra forma nunca habría sido adorado. Dios, el Más Elevado, dice (en el Corán): «Tu señor ha decretado que no debéis adorar sino a Él.» (17: 23). Así mismo es el caso del amor. Nadie ha amado otra cosa aparte de su Creador. Sin embargo, Él, el más Sublime, Se ha escondido de ellos detrás del amor por Zainab, Su‘ad, Hind, Layla, dunia (este mundo), el dinero, la posición social y otros aspectos que son amados en el universo.” 1

Ibn Arabi añade que: “Los místicos nunca han escuchado un poema o alabanza o algo similar que no sea acerca de Él (y Le vieron) mas allá de los velos”.2

La otra razón para amar a Dios es corresponder a Su amor y a Sus bendiciones. Existe una literatura muy rica en las fuentes islámicas sobre los aspectos y manifestaciones diferentes del amor y favor de Dios por todos los seres humanos, incluyendo, de una forma, a los malhechores y aquellos que Lo negaron. Los seres humanos aman a quienes les hacen el bien y aprecian tal favor y benevolencia y se sienten obligados a ser agradecidos. Dijo el Profeta:

“Ama a Dios porque Él te ha hecho bien y Él te ha concedido favores”.3

Según los hadices islámicos, Dios le dijo tanto a Moisés como a David: “Ámame y gana para Mí la simpatía de Mi pueblo”.4 Entonces, en respuesta a la pregunta de Moisés y David, de cómo hacer que Dios se gane la simpatía del pueblo, Dios dice: “Recordadles los favores y bondades que les he concedido, porque no recuerdan Mis favores sin el sentimiento de gratitud”.5

En una súplica mística, conocida como el Susurro del Agradecido, el Imam Sayyad dice:

“¡Dios mío, el flujo incesante de Tu gracia me ha distraído del hecho de agradecerte!

¡El flujo de Tu bondad me ha dejado incapaz de contar Tus alabanzas!

¡La continuidad de Tus actos de bondad me ha distraído y no te he mencionado en alabanza!

¡El continuo torrente de Tus beneficios me ha impedido propagar la noticia de Tus amables favores!”.

Luego añade:

“¡Dios mío, mi agradecimiento es pequeño ante Tus grandes ayudas, y mi alabanza y propagación de esa noticia se empequeñecen ante Tu generosidad hacia mí!

¡Tus favores me han arropado en las vestiduras de las luces de la fe, y la gentileza de Tu bondad ha derramado sobre mí delicadas cortinas de poder!

¡Tu amabilidad me ha cubierto de collares que no se pueden quitar y me ha adornado con grilletes que no se pueden romper!

¡Tus ayudas son abundantes, mi lengua es muy débil para contarlas!

¡Tus favores son demasiados, mi razón se queda corta para entenderlas, qué decir de agotarlas!

Entonces, ¿cómo puedo alcanzar el agradecimiento”?6

Un creyente que ha iniciado su viaje espiritual hacia Dios primero llega a reconocer las bendiciones de Dios para con él en el hecho de que Dios lo está proveyendo de mucha ayuda y apoyo que le permite actuar. Después de continuar con su viaje y equiparse con una visión mística del mundo, entenderá que realmente todo bien proviene de Dios. Leemos en el Sagrado Corán: «Lo bueno que te sucede viene de Dios. Lo malo que te sucede viene de ti mismo» (4: 79). No hay razón para pensar de otra forma. La razón para ocasionar sufrimiento injusto puede ser una de las siguientes o una combinación de ellas:

Falta de poder: Una persona que oprime a otras lo hace porque quiere obtener algo de ellas, o porque no puede contenerse de hacer daño a otros.

Falta de conocimiento: Una persona puede tener buenas intenciones de benevolencia, pero debido a la falta de información o por sacar conclusiones erróneas puede hacer algo que lastima al receptor.

El odio y la malevolencia: Una persona puede ser capaz de realizar buenas acciones y también puede saber cómo hacerlas, pero aún así fracasa, porque no es lo suficientemente capaz de hacerlo, o lo que es peor, porque odia al receptor y quiere satisfacer su ira y furia ocasionándole dolor.

Los pensadores musulmanes argumentan que Dios nunca hace algo injusto o dañino a Sus siervos, puesto que no tiene ninguna de las razones anteriores para hacerlo: Él es Todopoderoso, es Omnisapiente y el Todomisericordioso.

De esa forma, la imagen de Dios en el Islam es la imagen de alguien que es Amor, Misericordiosísimo, el Más Compasivo y el Más Benevolente, aquel que ama a Sus criaturas más de lo que ellas pueden amarlo a Él o amarse ellas mismas, aquel Cuya ira es por amor y precedida del amor. Parece no haber diferencia entre los musulmanes en cuanto a creer que Dios es amor, aunque puede variar el grado de énfasis que hagan sobre este aspecto de la cosmovisión islámica comparado con otros. En general puede decirse que los místicos musulmanes y los sufis están más interesados en este aspecto del Islam que los filósofos musulmanes, y éstos a su vez más interesados que los teólogos. Pero, como mencionamos antes, no hay desacuerdo cuando se ve a Dios como Aquel que es Amor, el Más Misericordioso y el más Compasivo. Leemos en el Corán que en respuesta a la petición de Moisés por el bienestar en este mundo y en el próximo, dice Dios: «Inflijo Mi castigo a quien quiero, pero Mi misericordia es Omnímoda» (7: 156). Encontramos en el Corán que un grupo de ángeles que sostienen el Trono Divino dicen: «¡Oh, Señor nuestro! ¡Tú que lo abarcas todo en Tu misericordia y Tu ciencia, perdona, pues, a los arrepentidos que siguen Tu senda, y presérvales del suplicio de la hoguera!» (40: 7)

Aunque el amor de Dios no es arbitrario y puede variar de un sujeto a otro, dependiendo de sus meritos, él ama a todas las criaturas. Su amor por los malhechores y aquellos que le han dado la espalda es tan grande que sobrepasa completamente sus expectativas. El énfasis sobre este aspecto del amor Divino constituye una parte considerable de la literatura islámica, incluyendo los versículos coránicos, hadices y hasta los poemas. Por ejemplo, en el Corán podemos leer lo siguiente:

«Di: Siervos que habéis prevaricado en detrimento propio. No desesperéis de la misericordia de Dios; Dios perdona todos los pecados. Él es Indulgente, el Misericordioso» (39: 53)

La idea del arrepentimiento es uno de los conceptos claves al respecto. En muchos versículos del Corán, Dios habla de la constante posibilidad de arrepentirse y volverse a Él, puesto que Él es el Perdonador. Dios dice:

«En cambio, quien después de su iniquidad se arrepienta y se enmiende (sepa) que Dios le absolverá, porque Dios es Indulgentísimo, Misericordiosísimo» (5: 39)

El Corán también se refiere al hecho de que Dios no solamente perdona a aquellos que buscan el perdón, sino que también puede cambiar sus malas acciones por buenas acciones. Sobre aquellos que se arrepienten y creen y hacen buenas acciones, dice el Sagrado Corán: «Salvo quienes se arrepientan, crean y practiquen el bien, Dios les permutará sus malas acciones en buenas, porque Dios es Indulgentísimo, Misericordiosísimo» (25: 70)

Es interesante que en el Corán Dios no sea presentado solo como aquel que acepta el arrepentimiento sincero de sus siervos y se vuelve a ellos cuando ellos se vuelven a Él. En realidad es Dios mismo quien primero atiende a Sus siervos que han roto, de una u otra forma, sus relaciones de servidumbre con Dios, sin embargo, aun tienen amor por la bondad y la verdad en sus corazones (es decir, sus corazones no están sellados). Dios retorna hacia esos siervos y luego ellos se arrepienten y vuelven a Él, y luego Dios vuelve a ellos para perdonarlos. Por lo tanto, como lo dice Allamah Tabatabai, el autor de Al-Mizan, una interpretación del Corán de 20 volúmenes: “Todo arrepentimiento y retorno de un siervo desviado está acompañado de dos retornos de Dios: el primero le da a la persona la capacidad del arrepentimiento voluntario y el segundo es Su perdón después de que la persona se ha arrepentido”. El hecho se sugiere claramente en el Corán:

«… y se persuadieron de que no tenían más amparo que Dios. Y Él les absolvió a fin de que se arrepintiesen; porque Dios es Remisorio, Misericordiosísimo» (9: 118)

Según el misticismo islámico, el conocimiento de uno acerca de Dios como el ser más perfecto y más hermoso y la fuente de todo lo bueno, y el amor por Dios Quien es Amor y Misericordia, se hace tan fuerte y tan circundante que ocupará todo nuestro corazón. Al mismo tiempo, el conocimiento de las debilidades y las deficiencias propias ante Dios se hace tan intenso y tan profundo que finalmente uno sentirá el vacío y la nada. Puesto que tal persona pierde su egocentrismo y se convierte en alguien desinteresado, se identificará con todo tipo de bondad. Desde la nada, uno alcanza la posición del todo... No sentirá limitación o restricción. En un hadiz famoso, leemos que “La sumisión ante Dios es una sustancia, cuya esencia es la potestad”. (Shomalí, 1996, p. 32). Un verdadero siervo de Dios cuya voluntad está fusionada en Su voluntad es capaz de llevar acabo acciones extraordinarias.

El Sheij Mahmud Shabistari en su Sa‘adat Nameh hace una hermosa descripción de lo que él toma como las diferentes etapas del viaje espiritual hacia Dios. Él dice:

El servicio y la adoración a Dios
es una orden del Misericordioso
Para todas las criaturas:
el hombre y los genios por igual.
Y esta tarea debe ser cumplida
El más electo, como lo ha dicho Dios:
«No he creado a los genios y a los hombres
sino para que me adoren». (51:56)
A través de la adoración
el hombre es conducido a la oración;
desde la oración hacia el pensamiento místico,
y luego desde el pensamiento
La llama de la gnosis se enciende, hasta que ve
la verdad con el ojo interior de la contemplación.
Esa sabiduría surge de un amor (o bondad) altruista.
Lo último es su fruto, lo primero es la rama.
Al final llega el Amor el cual expulsa a todo lo demás:
El Amor deshace todo sentido de “dos”,
El Amor hace todo “Uno”,
Hasta que ningún “mío”
Ni “tuyo”
Permanezca.7

Sohrawardi en “Sobre la Realidad del Amor” explica su visión acerca del viaje espiritual. Él cree que este viaje y sus etapas y estaciones surgen de la virtud (husn), el amor (mihr) y la tristeza reflexiva (huzn). Él relaciona la virtud con el conocimiento de Dios y el amor con el conocimiento del propio ser. La tristeza es el resultado del conocimiento de lo que no fue y luego fue. Sohrawardi cree que el conocimiento del yo lleva al descubrimiento de que el yo es divino y esto tiene como consecuencia amar a Dios y tener experiencias místicas. En realidad es una idea coránica la cual es muy claramente enfatizada por la Sunnah, que existe una relación necesaria entre el conocimiento de uno mismo y el conocimiento de nuestro Dios. Por ejemplo, el Profeta Muhammad dijo: “Quien se conoce a sí mismo ha conocido a su Señor”.8 Sohrawardi cree que la tristeza es causada por reflexionar en el orden creado, lo que significa la separación del hombre y su partida de su morada original.9

Según el Islam, el amor por Dios es muy activo y se manifiesta en todos los aspectos de nuestra vida. Le da forma a todo nuestro amor y nuestro odio. También le da forma a nuestro comportamiento con los demás y con nosotros mismos. En el famoso hadiz de nawafil (acciones buenas no obligatorias) leemos: “Nada acerca más a mis Siervos a Mí que la realización de las acciones obligatorias, “wayibat”. Mi siervo se acerca a Mí constantemente por medio de las buenas acciones no obligatorias hasta que yo lo ame. Cuando lo ame, seré sus oídos con los cuales escucha, sus ojos con los cuales ve, su lengua con la cual habla, y sus manos con las cuales sostiene: Si Me llama, Yo le responderé, y si Me pide, Yo le daré.”10

Un amante sincero no tiene poder para desobedecer a la persona amada o rehusarse a sus deseos. El Imam Yafar Sadiq dijo: “¿Desobedeces a Dios y pretendes amarlo? ¡Esto es sorprendente! Si tú fueras veraz le obedecerías porque el que ama es sumiso ante aquel que ama”.11 Leemos en el Corán:

«¡Creyentes! Si uno de vosotros apostata de su fe... Dios suscitará un pueblo, al cual Él amará y por el cual será amado, humilde con los creyentes, altivo con los incrédulos, que luchará por Dios y que no temerá a la censura de nadie.» (5: 54)

La historia del Islam está llena de recuerdos de aquellos que corporeizaron un amor arrollador y sincero por Dios y Su religión. Uno de aquellos que se entregaron completamente en cuerpo y alma al Islam fue Bilal al-Habashi, un esclavo negro. Los paganos de La Meca lo sometieron a torturas pidiéndole que mencionara los nombres de sus ídolos y expresara su creencia en ellos y su incredulidad en el Islam. Lo torturaron bajo el sol ardiente colocando grandes piedras calientes sobre su pecho. Abu Bakr, un compañero rico del Profeta, pasaba en ese momento cuando escuchó el grito de Bilal. Se acercó y le aconsejó que ocultara su creencia, pero Bilal no quiso hacerlo, ya que “su amor era un amor rebelde y a muerte”. Ilustrando este suceso, Rumi dice:

Bilal entregó su cuerpo al tormento:
Su amo lo azotaba para corregirlo,
(diciendo:) “¿Por qué alabas a Ahmad uno
de los nombres del Profeta
Maldito esclavo, ¡reniegas de mi religión!”
Él lo estaba azotando bajo el sol
Mientras él gritaba (orgullosamente): “¡Uno!”
Hasta que, cuando pasaba por ahí Siddiq Abu Bakr,
Aquellos gritos de “¡Uno!” llegaron a sus oídos.
Luego lo vio en privado, y le aconsejó:
“¡Oculta tu creencia!”.
Pero Bilal siguió proclamando
y entregó su cuerpo a la tribulación,
Gritando: “¡O Muhammad!
¡Oh tú de quien está lleno mi cuerpo y todas mis venas!
¿Cómo puede haber lugar para arrepentirme de ello?
En lo sucesivo sacaré el arrepentimiento de este corazón
¿Cómo puedo arrepentirme de la vida eterna?
El amor es el Subyugador
y he sido avasallado por el Amor
Por la ceguera del Amor he brillado como el sol.
¡Oh viento salvaje, ante Ti soy una brizna!:
¿Cómo puedo saber donde iré a caer?
Ya sea que yo sea Bilal o la luna nueva,
Estoy recorriendo y siguiendo el curso de Tu sol.
¿Qué tiene que ver la luna
con la fortaleza o la debilidad?
Ella corre tras los talones del sol, como una sombra.
Los amantes han caído en un torrente feroz:
Han colocado sus corazones
bajo el reglamento del Amor.
Son como las piedras de molino que giran y giran
Día y noche, y se lamentan incesantemente.12


1 Ibn Arabi, 1994, Vol. 2, p. 326.

2 Ibn Arabi, 1994, Vol. 2, p. 326.

3 Al-Dailami, 1370 A.H., p. 226.

4 Al-Maylisi, 1983, Vol. 8, p. 351 y Vol. 14, p. 38.

5 Ibíd.

6 Chittick, 1987, pp. 242 y 243.

7 Citado de Lewisohn, 1995, pp. 231 y 232.

8 Para profundizar en el conocimiento del yo (ma‘rifat an-nafs), Ver Shomalí, 1996.

9 Ver, Razavi, 1997, especialmente p. 680.

10 Al-Kulaini, 1397 A.H., Vol. 4, p. 54.

11 Citado de Mutahhari, 1985, Cap. 6.

12 Maznavi, Libro 1, traducido por Nicholson.
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