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Allah, el Islam, el Hombre...

13/09/2007 - Autor: Abdelkáder Muhámmad Ali - Fuente: melillahoy.es
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La reconstrucción del pensamiento religioso en el Islam de Muhammad Iqbal, es uno de esos libros que leído y releído con detenimiento, transforma objetivamente al lector, o al menos no lo deja indiferente. La erudita francesa Eva de Vitray-Meyerovitch, desgraciadamente ya desaparecida, confesaba en su obra “Islam, l’autre visage” que su vida cambió tanto tras leer el libro de Iqbal, que después de una trayectoria de entregada devoción al cristianismo, al igual que toda su familia, culminó su vida convirtiéndose al Islam adoptando el nombre de Hawa (Eva).

En mi caso, modestamente, confieso que algo también cambió en mi vida tras conocer la obra de Muhammad Iqbal. La siguiente reflexión tiene mucho que ver con los prolegómenos de su pensamiento.

La religión y el Islam 

La palabra religión, como es sabido, proviene del latín ligare, es lo que vincula con Dios. De ahí a que religión sea un compendio de doctrinas que establecen cómo debe regirse esta relación del hombre con Dios. Es la fórmula que establece una unión entre dos entidades claramente separadas, al hombre y Dios.

Según la tradición cristiana, Adán (´alaihi-assalam, la paz sea con él) fue expulsado del Paraíso tras haber pecado y por consecuencia separado de Dios. La salvación se alcanzaría restableciendo la unión con Dios. La misión de la religión es la de rehacer esta unión y hacer que el pecado original sea perdonado. En el cristianismo, precisamente la misión de Jesucristo es la de reestablecer el vínculo entre el hombre y Dios. Este es el concepto que se tiene sobre la función de la religión en las sociedades occidentales o cristianas modernas.

Exactamente la concepción contraria a la que el Islam tiene de lo sagrado, de lo religioso, de lo espiritual. En el Islam la mediación con Dios no existe, el hombre adora a Dios directamente. El vocablo Islam implica “sumisión y obediencia a Dios” y como consecuencia “pacificación interior”. En el Islam el hombre se somete a Dios a través del imán (“fe”) que abarca todos los ámbitos de la vida: sociales, políticos, culturales, sagrados, espirituales,... Por eso el Islam no es una religión al uso, es el Din, una forma de vida integral. Y la salvación no proviene de la redención de la Cruz y de la sola “fe”. En el Islam la salvación siempre depende de Dios, –nadie mejor que el imam Al-Ghazali ha sabido explicar esto como lo hace en su obra “La perla preciosa” (Al-Durra al-Fâkhira)– sin embargo el musulmán está obligado a cumplir con los preceptos del Islam, a observar todas las normas del Din. El Din es lo que nos encamina hacia el tawhid, la unicidad.

Allah 

Los musulmanes designamos a Dios con el término árabe Allah. Y aunque se escriba o pronuncie en español o cualquier otro idioma, los musulmanes siempre preferimos referirnos a Dios por la acepción árabe Allah. Porque la hondura, alcance y significado de Allah no es la misma que la palabra Dios. Allah, como explicó Abderramán Mohamed Maanán en una conferencia pronunciada aquí, en Melilla, no es ni masculino ni femenino, ni plural ni singular. Allah está fuera de las categorías de la Creación. Allah es el Creador, por tanto no tiene género ni número... En el Islam todo nos remite a Allah, es el fundamento de todo. La majestuosidad del Universo no es nada ante El, porque todo es circunstancial excepto El. De ahí a que la teología islámica nos enseñe que Allah tiene seis atributos con los que se percibe en el Islam, que son: 1º lAl-wuyud (existencia), 2º Al-qidam (Su existencia no tiene inicio), 3º Al-baqa (Su existencia es infinita), 4º Al-wahdania (incomparabilidad), 5º Mukafalatu lil hawadith (no se le pueden atribuir cualidades propias de la Creación), y 6º Al-qiiamu bi náfsihi (subsiste por Sí mismo, no necesita a nada ni nadie).

Allah no es un compuesto, no es un cuerpo, un cuerpo es limitado; tampoco es visible. No tiene lugar. No tiene compañero ni necesidad. Sus atributos no pueden disociarse de Su esencia. Mediante los atributos los humanos Lo conocemos.

El Hombre 

Pero volviendo a la historia de Adam (´alaihi-assalam), veamos como la plantea el Corán. Según la tradición islámica Allah creó al primer hombre, Adam, de una arcilla especial, celestial, para que conociera a Allah, lo adorara y alcanzara la salvación. Tras la creación de Adam, Allah insta a sus ángeles a que se prosternaran ante él, de este modo se indicaba que el hombre podía llegar a ser muy superior en rango espiritual a los ángeles. Todos los ángeles cumplieron la orden excepto Iblis, un ángel creado de fuego que a su juicio era superior a la arcilla adámica. La negación de Iblis, Satán, de prosternarse ante Adam (alaihi-assalam) ha hecho de él, desde entonces, el mayor enemigo del hombre.

Allah instala a Adam (alaihi-assalam) en el Paraíso en compañía de los ángeles. Pero Satán, Iblis, celoso, quería que viviera fuera de aquel lugar. Iblis, embaucando a Adam (alaihi-assalam) fingiendo ser su amigo le sugiera hacer algo que Allah no quería. Confuso, olvidadizo, le hace caso. Como consecuencia Allah lo arroja del Paraíso, le enseña el arrepentimiento como forma de volver a Allah. Se arrepiente Adam y Allah le concede el perdón enviándolo a la Tierra con las instrucciones que los hombres deberían cumplir para ganar el Paraíso.

Como se observa, en la narración coránica de la historia de Adam no existe el pecado original. Si bien Adam –alaihi assalam– contraviene la voluntad divina por olvido, en el Islam el olvido exime del pecado, y ni mucho menos es Eva la incitadora. A partir de ahí, en el Islam el estado humano es absolutamente respetable teniendo posibilidades de alcanzar la plenitud espiritual.

Eso nos plantea Muhammad Iqbal: “la plena realización del ser humano bajo la guía de la revelación coránica”.

El Ramadán es una buena oportunidad para avanzar y mejorar nuestra realización espiritual y humana, aprovechemos intensamente la ocasión: (Sari´u ila magfiratin min Rabbikum-“Apresuraos hacia el perdón de vuestro Señor”). (Corán, Surat Al ´Imran, 133). Ramadán Mubárak
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