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Monumento a la mujer del hiyab

10/08/2007 - Autor: Sunny Singh - Fuente: El País
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Dos mujeres musulmanas con hiyab
Dos mujeres musulmanas con hiyab
El primer año que viví en Barcelona, una revista femenina publicó un artículo en el que se alababa a las mujeres que se incorporaban al pujante sector de la construcción en España. El reportaje iba ilustrado con fotografías de mujeres con traje azul y casco amarillo, consideradas emblemas de un paso más en el "progreso de la mujer".

Poco después, mientras explicaba en una conferencia sobre la mujer india cómo crecí viendo a mujeres vestidas con llamativos saris y luciendo aparatosas joyas mientras construían carreteras y edificios, me interrumpió una mujer muy indignada afirmando que mi comparación era errónea, y que a diferencia de las españolas, que representaban un logro feminista más, las indias eran otra prueba de la explotación de la mujer por parte de una sociedad patriarcal opresiva.

Esa conversación me vino a la memoria tras ver esta fotografía de Joan Guerrero. Como he vivido en Barcelona y me he enfrentado a algunas de las reacciones de la gente que los no europeos sufren en las calles, no puedo por menos que admirar a esa mujer anónima con la que me identifico. Para mí, destila valor y decisión. Es una inmigrante que está lejos de su hogar, de su idioma, de su cultura y de su gente. Cada incursión en las calles puede ser una tarea imponente en la que se verá obligada a soportar la hostilidad o a la indiferencia cruel.

Cada día se prende el hiyab como una armadura invisible contra los estereotipos que tendrá que afrontar. Algunas de estas ideas preconcebidas son bienintencionadas: puede que la traten con cariño, e incluso con lástima, como la pobre musulmana que nunca podrá tener las libertades que se supone que son necesarias para alcanzar la felicidad. Otros intentarán convencerla de que debe liberarse de sus ataduras e integrarse, ¡esa horrible palabra! Y lo peor de todo, tal vez haya algún que otro comentario grosero, incluso afirmaciones odiosas acerca de los extranjeros que deberían irse a su casa. Pese a todo, la mujer del hiyab seguirá empujando su carrito de bebé, con la cabeza bien alta y el rostro sereno.

Cuando regrese a casa, dará un suspiro de alivio. Sacará los comestibles de las bolsas ¡Y trabajará! Sí, hará ese trabajo invisible que las mujeres llevan siglos haciendo. Cocinará y cuidará al bebé del carrito.

Convertirá una pequeña habitación en el barrio de inmigrantes de una ciudad extranjera en un pequeño y acogedor oasis de aromas, sonidos y colores de una patria que ha dejado muy atrás. Una vez que el niño esté dormido, esperará a su marido, que volverá de otra dura jornada por la que le pagarán el salario mínimo (o menos), durante la cual le habrán llamado "marroquí" sin tener en cuenta su origen nacional, y cansado de las innumerables humillaciones que comporta el ser un inmigrante.

Quizá tema que su marido airee su frustración contenida con ella. O a lo mejor su marido vuelve a casa destrozado y tiene que acunarlo en sus brazos y cantarle una canción de su patria en el desierto, con la esperanza de que su comida, sus palabras, su piel, barran parte de la humillación a la que se ve sometido.

Cuando por fin caiga la noche, y a pesar de las largas horas de duro trabajo para enviar dinero a los parientes que dejaron en su país, puede que no haya suficiente. Entonces es posible que la mujer se pase la noche en vela, concentrada en las labores de costura que acepta para añadir unas perras al bote del hogar. O puede que enseñe las primeras letras de árabe y las primeras enseñanzas del Corán a los niños de su comunidad. Y educará a sus hijos para que se sientan orgullosos de la tierra que ya no conocen a la vez que se adaptan a un país que se niega a aceptarles.

La vida es dura para los que tienen que dejar sus hogares y sus familias y ganarse la vida en tierras lejanas. Pero es aún más dura para las mujeres que siguen a sus hombres hasta esos destinos remotos. Quizá sea hora de levantar otro monumento: a la mujer del hiyab cuyo valor, determinación y sacrificio ni siquiera proclaman los que afirman preocuparse por ella
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