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Melilla, una continua sorpresa

18/07/2007 - Autor: Ignacio Buqueras y Bach - Fuente: melillahoy.es
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Hace veinte años, coordiné un libro en el que, bajo el título de Melilla, ciudad sorpresa, se incluían veintiún crónicas periodísticas sobre Melilla, escritas por miembros de la FEPET. Yo mismo firmaba una de aquellas crónicas, en la que terminaba invitando a los españoles a visitar Melilla y decía que, "sin lugar a dudas, Melilla le sorprenderá". Dos décadas después he vuelto y he podido constatar, con gran satisfacción, que son muchas las razones que siguen abonando ese calificativo.

Quizás lo primero que llame la atención del viajero sea la mezcla étnica de sus habitantes, fundamentalmente cristianos, musulmanes, hindúes, israelíes y romaníes. Cada comunidad aporta sus propios matices a la Ciudad Autónoma, dotándola de una magia que atrae al visitante, quien puede observar, sin salir de la ciudad, distintas realidades sociales. Para los españoles que venimos de fuera, que estamos empezando a convivir con personas de otros países y de otras culturas debido a una inmigración creciente, Melilla es un excelente referente y nos ofrece un hermoso ejemplo de tranquila tolerancia social y religiosa.

HISTORIA Y MODERNIDAD 

Sorprende también el contraste entre la bellísima Melilla la Vieja, o El Pueblo -como cariñosamente la llaman los melillenses-, o La Ciudadela, el núcleo histórico donde vivió la población antes de 1888, y la moderna, pero no menos sugerente ciudad actual, en donde se desarrolla hoy la vida comercial y oficial y que conserva también un singular encanto.

Considero que pocos enclaves condensan tanta historia bajo su subsuelo como el saliente calizo del litoral, de unos treinta metros de altura, sobre el que se levanta la parte más antigua. Bien merece el goce de una visita sosegada, sin prisas, recreándonos en la contemplación del recinto fortificado que comenzó a construirse en el siglo XV -después de que en 1497 las tropas castellanas conquistaran la ciudad- sobre la roca que sirvió de asiento a la antigua Rusadir de fenicios, púnicos y romanos, destruida y reedificada varias veces como consecuencia de las invasiones de vándalos y árabes, o de las luchas intestinas entre las tribus bereberes.

Melilla la Vieja tiene mucho que ver: los Fuertes de San Miguel, de San Carlos, del Rosario y de las Victorias -desde el que se realizaron los disparos del cañón El Caminante, que determinó los actuales límites de la ciudad-; los Fosos de los Carneros y del Hornabeque; los Túneles de San Fernando y de la Victoria; la Puerta y Capilla de Santiago, única construcción religiosa de estilo gótico de todo el continente africano; las Cuevas del Conventico, que sirvieron de refugio a la población en épocas de asedio; la Iglesia de la Concepción, donde se venera una imagen de Nuestra Señora de la Victoria, patrona de la ciudad; los Aljibes de 1571; los Almacenes del siglo XVIII; la Alcazaba; la Torre de la Alafia; el Hospital del Rey convertido hoy en Centro de Exposiciones… 

Pero es también Melilla un caso único de ciudad construida en su mayor parte durante el pasado siglo y que se pueda considerar como todo un museo de arquitectura contemporánea. He aquí una nueva sorpresa. Me imagino que a finales del siglo XIX, cuando se decidió empezar a construir fuera del casco antiguo, nadie esperaba que lo que allí se hiciese fuese a adquirir un valor arquitectónico y un interés para los viajeros de los siglos siguientes. Ocurrió simplemente que la ciudad necesitaba viviendas y que se autorizó la construcción fuera de La Ciudadela.

El salto entre la ciudad histórica y la de los edificios modernistas hay que vincularlo a un nombre propio, el de un catalán que llegó allí en 1909 y se quedó para siempre: Enrique Nieto y Nieto, del que se afirma que "una tercera parte de la ciudad de Melilla es cosa suya". Melilla es, después de Barcelona, una de las ciudades con más representación del arte modernista de España, y éste es, sin duda, uno de los principales motivos de mi atracción por Melilla.

Nieto, un discípulo de Gaudí que escapó de la sombra del genio catalán para dar rienda suelta a su imaginación en las calles de esta ciudad norteafricana, produjo una importante obra modernista -el Palacio de la Asamblea, la Casa Tortosa, la Reconquista, la Casa Melul…-, que después continuarían Emilio Alzugaray Goicoechea, Tomás Moreno Lázaro, Francisco Hernández Martínez o Lorenzo Ros Costa, entre otros, que levantaron espectaculares edificios en los barrios de la ciudad.

HACIA EL FUTURO 

Melilla es, pues, una sorpresa histórica; un punto de encuentro solidario entre culturas, razas y religiones; hasta una singularidad modernista; pero, por encima de estas consideraciones, es una ciudad con futuro. Está creciendo a un ritmo insospechado, y así lo he podido comprobar en mi última visita, en la que he percibido un cambio sustancial respecto a la ciudad que conocí veinte años atrás: en infraestructuras, en dotaciones tecnológicas, en comunicaciones marítimas y aéreas… Aunque esté a considerable distancia física de la Península, Melilla forma parte de un Estado económica y socialmente desarrollado respecto al orden internacional, y cuenta con un proyecto hacia el siglo XXI perfectamente trazado desde el ámbito europeo.

Considero que, de la mano de un sector turístico que puede y debe actuar de locomotora para la economía melillense por ser el de más alta posibilidad de desarrollo, la Ciudad Autónoma ha de seguir evolucionando para ofrecer servicios de mayor calidad sin perder su identidad y sin superar los límites que provocarían una saturación siempre negativa. Su posición estratégica en el norte de África, bañada por el Mediterráneo, ubicada en el Reino de Marruecos, próxima a Argelia y adelantada europea en un continente con futuro, tiene un sólido presente y un mañana prometedor. España no debe dar la espalda a esta ciudad tan española, debe apoyar, con generosidad, a su ciudadanía, y debe apostar con decisión por su progreso para que siga sorprendiéndonos.

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