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Volver a pensar la religion

El revolucionario pensador judío Maimónides y su aceptación del método científico provocó una crisis en el judaísmo. Por qué el desafío de unir la fe y la razón cruzó a todas las religiones.

08/07/2007 - Autor: Chris Lowney - Fuente: Revista NOTICIAS
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Estatua de Maimonides, en Córdoba
Estatua de Maimonides, en Córdoba

Para dormir saludablemente por la noche: "Una persona no debe dormir con la cara hacia abajo ni sobre la espalda, sino sobre el costado; al principio de la noche sobre el lado izquierdo y al final de la noche sobre el lado derecho". ¿Quién se molestaría en despertarse en medio de la noche y calcular si es tiempo de darse vuelta? Aparentemente Maimónides, que estudiaba con el mismo rigor tanto los temas de la salud corporal como la Tora ("Ley"). En un sentido estricto, la Tora comprende los primeros cinco libros de la Biblia hebrea (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio). Según la tradición judía, esta ley escrita es la revelación que Moisés recibió directamente de Dios, en el monte Sinaí, inmortalizada en los episodios del Éxodo que culminan con la presentación de las Tablas con los Diez Mandamientos de Dios esculpidas por Moisés para una nación judía que vaga por el desierto en busca de la Tierra Prometida.

De acuerdo con esta tradición, Moisés recibió dos Tora: una escrita (que contiene todas las leyes) y otra oral (para comprender e interpretar lo que dice la Torá escrita). Se dice que Moisés permaneció cuarenta días en la montaña. Durante el día leía el texto escrito y, durante la noche, estudiaba el comentario oral. Luego, Moisés transmitió su conocimiento al pueblo judío; así, las leyes fueron transmitidas de generación en generación hasta que finalmente fueron compiladas en sesenta libros con el nombre de Talmud (que en hebreo significa "enseñanza" o "aprendizaje") en los siglos V y VI.

Con frecuencia percibimos la ley como algo negativo, porque regula ciertas conductas y prohibe otras para evitar que la sociedad se convierta en un caos. La tradición judía, en cambio, celebra las dimensiones positivas de la ley. Las prohibiciones que declaran que ciertas comidas son impuras santifican la totalidad de la existencia humana, recordando a los judíos piadosos reverenciar a Dios hasta en los más pequeños detalles de las tareas más rutinarias de la vida cotidiana. En los Evangelios, cuando Jesús les recrimina a los fariseos (una secta sumamente observante de la Tora) el hacer del cumplimiento de la Ley un fin en sí mismo (y no un cumplimiento del mandato divino), los fariseos nunca llegan a contar su versión de la historia. Lo que para Jesús era un acto de hipocresía de los fariseos, para ellos significaba el cumplimiento del mandato de las Escrituras.

Como cualquier recopilación de sabiduría religiosa reunida durante siglos, la Tora y el Talmud están organizados de manera "poco prolija", por así decirlo. Las inconsistencias abundan; por ejemplo, hay dos relatos contradictorios de la Creación en el Génesis: en el primer capítulo, la persona humana es la última creación de Dios; pero en el capítulo siguiente, Adán es moldeado con arcilla por Dios, incluso antes de que la vegetación sea introducida en el Edén. Igualmente confuso es el célebre relato del arca de Noé. En Génesis 6-19, "dos animales de cada tipo... macho y hembra" caminan, se deslizan, saltan o galopan por la pasarela del arca. Pero unos versículos después, las órdenes de embarque de Noé son inexplicablemente diferentes: "siete parejas de todos los animales puros... y un par de los animales que no son puros".

Todas las interpretaciones de los textos bíblicos presentan contradicciones, son objeto de discusiones entre los sabios, incluso en el mismo Talmud aparecen distintas interpretaciones sobre un capítulo, versículo, frase y hasta una sola palabra de la Tora. Es inútil tratar de conciliar las interpretaciones. Un judío devoto que desee reunir la sabiduría del Talmud y la Tora sobre las prácticas del shabbat, por ejemplo, emprende la exasperante tarea de reunir incontables citas dispersas en numerosos tratados.
El disciplinado Maimónides trató de ayudar al judío devoto que carecía de los textos talmúdicos o de la educación necesaria para descifrarlos, o que simplemente quería comprender con claridad sus deberes para el shabbat. La obra de Maimónides Mishneh Torah ("La repetición de la Ley") no incluye las discusiones rabínicas ni las contradicciones talmúdicas, sino que intenta brindar una interpretación lo más "correcta" posible de la ley judía.

A Maimónides le fueron transmitidos más de mil años de comentarios rabínlcos, sin embargo, fue lo suficientemente audaz como para aseverar que "un hombre que lea primero la Ley Escrita y después de ello lea esto la Mishneh Torah, aprenderá con ello la totalidad de la Ley Oral y no tendrá ninguna necesidad de leer ningún otro libro aparte de estos". Fiel a su palabra, analizó exhaustivamente las leyes sobre los rituales del matrimonio, las prácticas del shabbat, los alimentos puros e impuros, la oración, y muchos otros temas. La Mishneh Torah concluye con un canto de esperanza para el fin de los tiempos de la historia judía: "En esa era no habrá hambre, ni guerra, ni envidia, ni conflicto". La sabiduría y el conocimiento reinarán en lugar de los deleites terrenales: "Las cosas que resultan ahora difusas y profundamente ocultas serán reveladas... y la tierra estará llena de los conocimientos del Señor, tal como las aguas llenan el mar".

Esta visión sintetiza la convicción de Maimónides: Dios había creado un mundo racional, había bendecido a los judíos con una ley racional y dotado a los seres humanos con la capacidad intelectual para descifrar el plan divino. Por lo tanto, la Mishneh To-rah no sólo aclaraba lo que la ley enseñaba, sino también por qué una interpretación era más acertada que otra, o por qué un cierto pasaje del Génesis debía ser comprendido como una metáfora y no de manera literal. Maimónides creía que la revelación concernía a la razón, y por lo tanto era compatible con el pensamiento científico o lógico.

Maimónides analizó estas ideas en la Guía para el perplejo, una continuación de la Mishneh Torah, destinada a judíos educados que se habían quedado "perplejos" al descubrir la filosofía y sus concepciones sobre la ética, la religión y el hombre. El mundo islámico había redescubierto las obras de Platón, Aristóteles y los demás antiguos, olvidadas hacía mucho tiempo. Maimónides trató de enseñar a sus hermanos judíos que esa filosofía -y por extensión, toda investigación científica y racional- no sólo era compatible con sus creencias, sino que aumentaría su fe y profundizaría el conocimiento de la ley judía. Más precisamente, la práctica de la filosofía -el pensar- era un comportamiento divino, la mejor manera de acercarse a Dios.

Maimónides analizó un célebre pasaje de la Escritura para demostrar su tesis. ¿Qué quiso decir Dios aquel sexto día bíblico de la creación al exclamar: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza"? No se trataba de que los humanos se parecieran a Dios físicamente. Las partes y los órganos internos son comunes a todas las criaturas terrenales y por muy superior que el ser humano pueda considerar su propia boca respecto del hocico de los manatíes, la diferencia entre los atributos físicos es más relativa que absoluta. La expresión "a imagen y semejanza" se refiere -según Maimónides-a una cualidad única que diferencia a los seres humanos de los demás animales, algo "que ninguna otra criatura sobre la tierra posea...

Por lo tanto, debido al intelecto divino con que el hombre ha sido dotado, se dice que ha sido creado a imagen y semejanza del Todopoderoso". Aplicar el propio intelecto divino a la interpretación de la ley religiosa y la Escritura era, por lo tanto, una actividad semejante a la de Dios. O, como dice Maimónides en otro pasaje, los seres humanos deben tratar de "armonizar la ley con lo que es inteligible".
Maimónides puede haber ideado una manera para armonizar la fe y la razón, pero no todos sus contemporáneos eran tan optimistas. Algunos judíos temían que hubiera abierto una caja de Pandora. ¿Quién debía determinar, por ejemplo, qué pasajes de la Escritura y qué artículos de fe estaban abiertos al escrutinio de la razón? ¿Quién decide qué reinterpretación es válida?

Maimónides escandalizó a algunos revisando incluso los venerados pasajes del Génesis que retrataban al Dios de la creación. El Génesis describe de manera inconfundible a un Dios alfarero de carne y hueso que, después de que una lluvia neblinosa ablandara la tierra, "dio forma al hombre con el polvo del suelo e infundió la respiración de la vida a sus narices". Muchas generaciones más tarde, el Dios del Éxodo cinceló los Diez Mandamientos, "Y la escritura era la escritura de Dios, grabada sobre las tablas". ¿De qué otra manera se puede dar forma al ser humano o esculpir los mandamientos sino con las manos divinas? Pero la interpretación literal de tales pasajes no tenía sentido para Maimónides. Por extraordinario que sea el par de manos divinas, las yemas de los dedos marcarían el límite finito de su alcance. Pero Dios era un ser infinito y por lo tanto, una entidad simplemente espiritual, no corpórea. Además, los cuerpos físicos están conformados por partes, pero el Deuteronomio aseguraba que Dios era uno, un todo íntegro.

Maimónides entendía el relato de la Creación como una metáfora antropomórfica destinada a explicar a las mentes simples una idea harto compleja: una deidad espiritual creó un mundo material de la nada. Atacó a los rabinos que se aferraban a la interpretación literal de tales historias: "Los más ignorantes de los seres humanos y más equivocados que las bestias, sus cerebros están llenos de las supersticiones como las mujeres ancianas". Sus meditaciones teológicas dan cuenta de la importante influencia de los pensadores antiguos, que había estudiado en España y en el Oriente islámico. Platón y Aristóteles, por ejemplo, habían glorificado al intelecto como el asiento del alma humana. De la misma manera, Maimónides describía el alma intelectual como "la imagen y semejanza de Dios" y sorprendió a muchos contemporáneos judíos aseverando que esa alma, liberada del impedimento del cuerpo después de la muerte, podría vivir con Dios por toda la eternidad.

Un rabino medieval escribió acerca de judíos devotos terriblemente consternados por la enseñanza de Maimónides sobre esta vida puramente espiritual después de la muerte, "su esperanza se ha vuelto desesperación y su anhelo había sido en vano". Porque, de acuerdo con la teoría de Maimónides, sus cuerpos morirían y "solamente sus almas se sostendrán en el aire sobre el mundo y volarán en el aire como hacen los ángeles".

La idea del alma espiritual que desafia a la muerte, aunque perfectamente compatible con la sabiduría griega, era ajena a la tradición judía. Los autores del Deuteronomio habrían buscado inútilmente una palabra hebrea apropiada para expresar una idea tan extraña. Incluso en libros posteriores de la Biblia hebrea, que explícitamente abrazan la idea de la vida después de la muerte, consideran la resurrección del cuerpo algo más que un paraíso espiritual incorpóreo. El profeta Daniel aseguró (y advirtió) a los judíos: "Muchos de aquellos que duermen en el polvo de la tierra despertarán, algunos para la vida eterna, y otros para el deshonor y el desprecio eternos". Por consiguiente, un rabino medieval atacó la idea -inspirada en las teorías griegas- de Maimónides que glorifica el alma intelectual por sobre el cuerpo: "¿De qué manera el alma del hombre íntegro es superior a su cuerpo...? Ambos..., cuerpo y alma, se relacionan con su integridad tanto como con su perversidad".

Las ideas de Maimónides sobre Dios y la vida des- pués de la muerte no eran una novedad para todos; algunas incluso habían tenido gran aceptación entre los judíos educados. Pero nunca un pensador judío, y rara vez un filósofo de ninguna de las tres tradiciones monoteístas, se había planteado preguntas tales como: ¿cómo es Dios? ¿Qué significa ser una persona humana? ¿Debo aceptar la Escritura, la ley y la revelación tal como están escritas, o están abiertas a la interpretación?

El incisivo intelecto de este revolucionario pensador judío y su vigorosa adopción del método filosófico provocaron una crisis en el judaismo. Lo que más tarde se llamó la Controversia de Maimónides se propagó por España y el sur de Francia cuando los rabinos debatieron sus opiniones. Hubo un intercambio de cartas apasionadas plagadas de acusaciones y excomuniones. La confusión por la controversia era tal que algunos judíos llegaron a denunciar a Maimónides a las autoridades de la Inquisición cristiana. No porque los rabinos judíos consideraran que los inquisidores eran autoridades sobre las cuestiones judías, sino porque algunos disfrutarían de ver esas obras en las llamas, incluso las llamas de hogueras encendidas por cristianos. De todas maneras, por ingenioso que fuera su esfuerzo para conciliar la razón y la fe, su legado más importante a las generaciones modernas quizá sea su devoción simple y humildad ante Dios.

Un racionalista brillante que vio más allá que sus contemporáneos, y que, a su vez, entendió y aceptó la incapacidad de la mente humana de comprender la infinita majestad, el infinito poder y la infinita bondad de Dios. Nuestro conocimiento -aseguró- consiste en saber nada más que "somos realmente incapaces de comprenderlo a Él". Incluso nuestro "esfuerzo por alabarlo con palabras, todos nuestros esfuerzos en el discurso son meras debilidades y fracasos". Porque nuestras mentes finitas no pueden sondear el infinito, sólo podemos decir con precisión lo que Dios no es, nunca lo que Dios es. Sumido en una silenciosa admiración, Maimónides insta a los creyentes a escuchar la admonición del cuarto salmo: "Tiembla en tu lecho con tu propio corazón, y quédate en silencio". O, como lo expresa en las palabras de otro salmo, "El silencio es alabanza a Ti" (Salmos, 65,2).

La profundidad de la devoción de Maimónides desmiente el estereotipo del intelectual alejado, ajeno al compromiso emocional con su Dios. Más bien, como exclama en su obra: "Cuando una persona contempla sus grandes y maravillosas obras y criaturas, y a partir de ellas vislumbra Su sabiduría, que es incomparable e infinita, de inmediato Lo amará, Lo alabará, Lo glorificará y anhelará con un supremo anhelo de conocer Su gran Nombre".

El análisis de Maimónides de los textos sagrados y las creencias religiosas en el siglo XII anunciaba un enfoque que desconcierta a muchos creyentes del siglo XXI comprometidos con la interpretación literal de la Escritura: Dios dijo lo que Él quería decir, y los seres humanos no deben preguntar, sólo deben obedecer. La Controversia de Maimónides prefiguraba una lucha que crecería a lo largo de los siglos a medida que se desarrollaran el método científico, la deconstrucción literaria, la arqueología y la crítica histórica. Una cosa era que Maimónides sugiriera que Dios no moldeó a Adán literalmente con Sus manos divinas -de hecho, muchos de sus contemporáneos ya habían renunciado a la interpretación literal de este pasaje-; otra cosa totalmente distinta era que cuatro siglos después Galileo argumentara que la Tierra giraba alrededor del Sol, y desafiara una cosmovisión bíblica tercamente defendida por los clérigos católicos.

También es distinto que los musulmanes de la era moderna rechacen las ideas suicidas de sus correligionarios, cuyas acciones terroristas se fundamentan en la idea de pasar literalmente a un lugar habitado por "compañeras con ojos hermosos y grandes, y lustrosos" (sobre todo si ello implica tomar la vida de otros seres humanos inocentes). Pero ¿dónde trazar la línea?

Maimónides nos anima a creer que la fe no tiene que temer a la razón. Aplicar el extraordinario don divino de la inteligencia para interpretar los pasajes bíblicos no afrenta al Creador, sino que alaba a Dios. Al mismo tiempo, nos enseña los límites de nuestras capacidades intelectuales. Maimónides se queda en silencio, en última instancia, ante el Creador Dios.

El esfuerzo por unir la fe y la razón no afectó solo al judaismo del siglo XII y XIII, sino también al islam y al cristianismo. Dos ingeniosos musulmanes españoles causarían el mismo revuelo intelectual en el islam que la controversia de Maimónides en el judaismo. En efecto, en el transcurso de un siglo, el judaismo, el islam y el cristianismo serian azotados - y cambiados para siempre- por la lucha por conciliar la fe y la razón, la filosofía y la teología, y, en un sentido, la renovación y la ortodoxia. Un musulmán español, Averroes, se distinguiría corno el pensador más importante de su era, superando incluso a Maimónides y a cualquier filósofo contemporáneo de la cristiandad. Completamente rechazado por su propia comunidad musulmana, se convertiría en la inspiración de la más creativa generación de pensadores cristianos en un milenio.

Averroes alcanzó la fama gracias a un amigo y mentor, Ibn Tufayl, cuyo único trabajo completo que sobrevive, un breve relato alegórico, desafió a sus correligionarios musulmanes al advertir la tremenda responsabilidad que los seres humanos heredan como guardianes de la creación de Dios.

Chris Lowney es especialista en historia y filosofía medieval. Autor de "Un mundo desaparecido", editado por la editorial El Ateneo

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