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Identidad y contemporaneidad

27/06/2007 - Autor: Hashim Cabrera
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Haashim Cabrera
Hashim Cabrera

El proceso contemporáneo de globalización está expresando sin ningún pudor las contradicciones fundamentales del pensamiento y de la historia. Por un lado tenemos la pervivencia, por imposición y/o por inercia, de las viejas identidades, las lecturas culturalistas y esencialistas de los aconteceres. Son esas identidades que establecen diferencias y se fundamentan en el conflicto y la exclusión, que dibujan fronteras geográficas, lingüísticas, religiosas… y que hoy están siendo promovidas por el Neoliberalismo frente a todos los pueblos y culturas de la tierra: Irak, Palestina, Irán, Afghanistán, Siria y, en general, todas las comunidades y tradiciones indígenas que aún conservan cierta vitalidad en la aldea global.

La ficción y la propaganda constituyen el medio de producir el consentimiento de la ciudadanía mediante autoatentados y escenificación del Apocalipsis, a través del miedo y el terror. La consecuencia de todo este esfuerzo manipulador de las conciencias es la consolidación de las viejas identidades mediante la continuidad de las guerras, la destrucción ambiental y el aumento de la injusticia y las desigualdades socioeconómicas. Se trata de una identidad separadora que concibe al ser humano como a un enemigo de sí mismo y de la naturaleza, es una identidad enferma y escindida que relega a las personas a un autismo social y espiritual, a la incomunicación y a la neurosis.

Cuando ya no haya más que rapiñar, cuando el planeta aparezca claramente esquilmado, el siguiente paso será el mantenimiento de esas identidades ficticias y sufrientes en un proceso de limpieza y reconstrucción, para que todo siga igual, para que la correlación de fuerzas siga vigente, como está empezando a ocurrir con la gestión del cambio climático.

Pero, paralelamente, están surgiendo con fuerza muchas otras identidades, más amplias y universales, más adecuadas a la dimensión integral y real del ser humano. Se trata de unas identidades que tienen en cuenta el medio ambiente, la espiritualidad, la solidaridad, la democracia real y todas esas facetas humanas que el paradigma neoliberal define como utópicas e irrealizables. Identidades que se sirven de manera creciente de los nuevos lenguajes y las nuevas herramientas, no para hacer de ellos el objeto de su devoción, sino para usarlas como medios que nos procuren un regreso a una visión más ponderada y equilibrada de la naturaleza y de nosotros msmos.

Estas nuevas identidades hallan una amplia resonancia en los nuevos medios de comunicación global, como Internet, donde es posible compartir esas visiones que así van dejando de serlo para convertirse en las bases de un nuevo lenguaje, en el soporte de ciertos y necesarios valores. Se trata de visiones y puntos de vista que van conformando nuevas lecturas del acontecer, que surgen en el debate y en la diferencia, que no son el resultado de una imposición unidireccional desde los poderes sino el fruto de un incipiente diálogo entre iguales.

En el plano de las ideas vivimos inmersos en una clara transición desde el paradigma mecanicista, ilustrado y moderno, hacia el pensamiento holístico que se abre paso con fuerza inusitada en la contemporaneidad. De un mundo unipolar y monolítico, paradójicamente basado en la fragmentación y la división analítica, a otro mundo diverso y multipolar, capaz de restablecer los vínculos y encontrar las analogías. Vivimos el tránsito de la definición interesada del otro a su pleno reconocimiento, quiera Dios que sea esa la verdadera transición del siglo XX al siglo XXI.

La contemporaneidad está desvelándonos la vigencia y pertinencia de muchas tradiciones espirituales, de esas cosmovisiones que fueron desechadas por primitivas y antiguas ante la emergencia del pensamiento moderno con su énfasis en lo científico y material en detrimento de los ámbitos inconmensurables del ser humano y del cosmos, en detrimento, sobre todo, del alma.

Y ahora comenzamos a descubrir las profundas similitudes entre las denominadas viejas tradiciones y las ciencias más contemporáneas. Similitudes que tienen que ver, sobre todo, con el reconocimiento de la naturaleza holística del ser humano y de la naturaleza, de sus identidades siempre abiertas y provisionales, que implican vulnerabilidad, precariedad e inseguridad, ante el reconocimiento de nuestras propias limitaciones, de la vastedad del universo y de sus manifestaciones.

También tienen que ver esas nuevas identidades con un claro reconocimiento de nuestra necesidad de trascendencia, de nuestra necesidad de satisfacer, no sólo los aspectos materiales, sino aquellas necesidades que hoy el sistema impuesto por la fuerza o por la inercia, esconde y relega. Necesidad de recobrar el vínculo social, la mirada de los otros y hacia los otros, la afectividad, en un presente con sentido y finalidad, en un contexto que sintamos plenamente humano y contemporáneo, no sólo en lo material sino en el ámbito de los contenidos, de la finalidad y de los valores.

Esas nuevas identidades que ahora comienzan a aflorar en el contexto de la globalización tienen claros antecedentes en la historia de los pueblos y de las culturas. No son, pues, tan nuevas, sino que han sido, por las propias leyes de la oscilación histórica, relegadas, devaluadas y, finalmente, olvidadas por casi todo el mundo. En el origen de todas las grandes civilizaciones podemos encontrar una expresión genuina y particular de ese pensamiento y esa visión holísticas que ahora afloran con tanta fuerza en nuestro tiempo, abriéndose paso claramente entre los velos de la exclusión y de la propaganda.

En el caso del islam, el pensamiento holístico ha sido una constante en todas sus expresiones culturales y anima toda su cosmovisión. Hoy nos encontramos, precisamente, en una ciudad, Córdoba, que asistió a uno de esos momentos esplendorosos en los que el pensamiento expresaba la uinversalidad de la conciencia humana y sus múltiples ámbitos de experiencia, la obligación y necesidad del conocimiento y el valor inmenso de la civilización y de las culturas.

Como sabemos, muchos de los problemas identitarios que hoy nos atenazan, tienen que ver con la evolución del pensamiento y de las cosmovisiones en las distintas áreas culturales. Son esos problemas los que usan sin ningún pudor los defensores de la malévola teoría del choque de civilizaciones. Sabemos también que fue precisamente en esta tierra donde se hizo posible una lectura holística del ser humano y del mundo, donde tuvieron cabida las diversas cosmovisiones y tradiciones que, hace mil años, componían aquella otra contemporaneidad. Pero también fue en esta tierra donde el destino del pensamiento sufrió una profunda y duradera inflexión que ahora, en nuestro tiempo, alcanza su clímax final y definitivo.

Hablamos de Averroes (Ibn Rusd) y decimos de él que hizo posible tanto la escolástica cristiana como la filosofía de la Ilustración y el racionalismo moderno, a través de su lectura actualizada de Aristóteles. Decimos de Averroes que inaugura, en fin, el pensamiento moderno occidental, que influye también en la cosmovisión judía a través de Maimónides, que abre las puertas a una razón pragmática y a una concepción científica del mundo. Decimos también los musulmanes que la filosofia islámica se acabó con él.

Pero frecuentemente se olvida una cuestión fundamental y es que, antes de Ibn Rusd, casi doscientos años antes, otro cordobés, Ibn Masarra, postulaba una cosmovisión aún más amplia, que conciliaba la filosofía con la revelación, el conocimiento con la sabidutría, la tradición y la contemporaneidad, el ser humano con la naturaleza y con el cosmos, en el marco de un humanismo amplio y trascendental.

En su viaje a oriente Ibn Masarra había frecuentado los círculos intelectuales de Basora donde se gestaba el primer gran intento de sistematizar y sintetizar, dentro de un marco universal y holístico, todo el saber de su época que era, sobre todo, el pensamiento griego y las diferentes tradiciones espirituales que convivían en el marco del califato abbasí de Bagdad: cristianos unitarios, católicos, musulmanes de todas las ecuelas jurídicas, judíos, budistas, agnósticos y ateos. Ibn Masarra pudo participar en aquellos debates que entonces se entablaron sobre las cuestiones vigentes en su propia contemporaneidad. Debates que, como el que hoy nos reúne, tenían como interlocutores a gentes de todas las creencias religiosas y todas las corrientes filosóficas de su tiempo.

Lo mismo ocurríría después, a su vuelta de aquella experiencia oriental, en la Córdoba califal, en esa Aljama que era, además, la más importante madrasa o escuela tanto de la extensa área cultural islámica occidental o magrebí como del area de cultura centroeuropea.

Ibn Masarra fue perseguido por el imperio de los ulemas, sus obras quemadas, y desterrado a la sierra de Córdoba. Su legado se desplazó hacia el sur, hacia Almería, donde se desarrolló la Escuela de Pechina y, ya en la época de Ibn Rusd, la sabiduría había sido proscrita de esta ciudad donde comenzaba a florecer un averroísmo pragmático. Ibn Árabi, último exponente de aquella cosmovisión, se exilió al oriente para no regresar nunca. Con él se marchó la memoria de ese pensamiento y ese humanismo trascendentales que florecerían en otras regiones culturales, sobre todo en el medio oriente, casi hasta nuestro tiempo. Con él se marchó el mundo del alma y la experiencia visionaria, el mundo imaginal que hace posible la creatividad y una ciencia al servicio del ser humano, la satisfacción de sus más íntimas y verdaderas necesidades y no sólo de sus necesidades materiales.

Afortunadamente ahora, mil años después, podemos releer esas antiguas conclusiones, esa visión universal, integral y holística, que Ibn Masarra trajo a la Córdoba de Al Hakam II, y que se recogieron en la Enciclopedia de los Hermanos de la Pureza, una colección de cincuenta y dos epístolas que constituye la primera expresión histórica de un humanismo trascendental y que es el antecedente cultural y conceptual, no reconocido en ningún vaso, tanto del humanismo renacentista, como de la Ilustración y el Enciclopedismo europeos.

Y digo afortunadamente, no por la satisfacción de esa autoestima que los musulmanes sentimos hoy un tanto amenazada, no, no pensemos mal de Dios o de lo Absoluto, no dudemos de la Verdad, alegrémonos porque la ciencia hoy confluye nuevamente con la Revelación, porque aunque los poderes estén frenando el desarrollo de la conciencia humana, esos poderes son siempre transitorios y acaban cuando ya no les quedan enemigos que abatir, cuando la depredación hunde sus colmillos en su propia carne. Y para eso ya no queda mucho tiempo, porque no quedan muchos bosques ni muchas aguas limpias que corran libres por la superficie del planeta.

Esa conciencia holística es la pervivencia de la humanidad, el reconocimiento cabal de nuestro papel como seres humanos en este mundo o en estos mundos, en el ámbito de nuestras almas, en el núcleo de nuestra comprensión, en el asiento de nuestra racionalidad.

La ciencia más contemporánea nos habla de los quantum, de la materia oscura y de las energías invisibles, de la incertidumbre, y todavía los musulmanes y los creyentes en general, sentimos reparos en hablar de los ángeles, como si nos diese vergüenza reconocer nuestra creencia en ellos, por parecer quizás antiguos, desfasados, cuando en realidad la ciencia nos está confirmando que el mundo no es sólo como lo vemos, que existen energías insospechadas y que están aquí junto a nosotros y en nosotros mismos, aunque no podamos ser conscientes de ellas. Los científicos hablan sin pudor de la creación y del big bang y muchos creyentes aún siguen prisioneros del debate entre creacionismo y evolucionismo como si estas visiones fuesen antitéticas, sufriendo por las heridas abiertas entre la fe y la razón, como si éstas fuesen excluyentes. Un sufrimiento ya claramente anacrónico y desfasado.

La conciencia holística emigró de esta tierra occidental hace mil años y ahora regresa en forma de un encuentro sobre la alianza de las culturas y las civilizaciones, en un ámbito donde aflorará sin duda y si Dios quiere, la conciencia de la necesidad de un cambio radical en nuestra visión del ser humano y del mundo, de un profundo giro en nuestras actitudes, la necesidad de adecuar nuestros actos a esta expresión contemporánea de la sabiduría tradicional. El pensamiento holístico se abre paso en Córdoba, una vez más, entre la indiferencia de los poderes hiperestablecidos, que siempre han recelado de él, y el interés creciente que estas formas de pensamiento y comunicación ejercen en unos seres humanos y en unas comunidades cada vez más conscientes de su necesidad.

La apuesta por la paz y por el diálogo resucita en un espacio urbano cuya ciudadanía ha vivido hace poco tiempo una profunda experiencia de revisión de su memoria colectiva, que ha tenido como objeto de su reflexión la catedral de Córdoba, que no mezquita, como aún quieren llamarla casi todos. Un pueblo, el cordobés, descendiente de los habitantes de la única medina andalusí cuya población no fue sutituida tras la conquista, y que se debate entre el miedo a una tradición oscura e inamovible, la indiferencia, y el deseo de un corazón abierto a todas las culturas, contemporáneo y transparente. No es casual ni tampoco lo es el hecho de que sea esta ciudad andaluza una de las que inauguren la revitalización del pensamiento holístico, valedora de un legado, no sólo material, sino profundamente humanista, justo y solidario, capaz de integrar las diferencias y de considerar la diversidad, tanto en lo biológico como en lo espiritual, como un valor, como una garantia de supervivencia.


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