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Samina Ali: Vivir entre dos mundos fue una esquizofrenia pero hubiera sido peor la ignorancia

26/06/2007 - Autor: Núria Escur - Fuente: Magazine Digital
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Samina Ali (Foto de Carlos González Armesto)
Samina Ali (Foto de Carlos González Armesto)

Samina Ali es escritora medio india, medio estadounidense, musulmana. En sus artículos y sus libros –“Madrás bajo la lluvia” y un segundo en preparación– habla de esa realidad, esa combinación de curry y hamburguesa, de cómo se regresa a la vida, como le pasó a ella, después de una grave lesión cerebral y de lo difícil que es hoy ser musulmana en América.

Hay algo en ella que me devuelve a Arundhati Roy. ¿Se acuerdan de "El Dios de las pequeñas cosas"" La misma determinación en lengua inglesa y esa mirada de chocolate a la taza. Samina en árabe significa "valioso, precioso", como la esmeralda india del anillo que me muestra, orgullosa, en su mano derecha. Samina Ali se casó a los 19 años en Haiderabad, un matrimonio concertado por sus padres. A su regreso a Estados Unidos descubrió que su marido era homosexual y que la había utilizado para conseguir el permiso de residencia. Es entonces cuando la comunidad musulmana india en Minneapolis sólo permite a Samina que se divorcie si se traslada a otra ciudad. Se muda a Oregón, finaliza un máster en escritura creativa y conoce a su segundo marido.

En 1999, durante el parto de su hijo, sufre dos hemorragias cerebrales que la dejan temporalmente ciega y con dificultades para caminar y hablar. Poco después a su segundo marido le diagnostican una lesión cerebral. Es en esa situación límite en la que Samina escribe "Madrás bajo la lluvia ", novela que alcanza el éxito. Creció en una comunidad donde, por respeto, una mujer no puede pronunciar el nombre del hombre al que ama. Pero seis meses al año sus padres la enviaban a Estados Unidos, la tierra donde "podía licenciarme y llevar biquini". Se ha enfrentado toda la vida a eso, al modo en que cada país se considera moralmente superior al otro. "Era como si cada nación tuviera su propio uniforme y yo llevara la camisa de uno y los pantalones de otro, y me disparasen desde ambos lados.

¡Ah! qué manera de condenar y quejarse tenía cada cultura. India era atrasada y primitiva, exótica. Estados Unidos era la bancarrota moral, la colonizaci ón cultural. Pero yo sabía que aquellas quejas eran en realidad una forma de seducción. Porque, bajo las críticas, cada lugar conservaba la atracción por su contrario, fascinación y curiosidad, hechizo y anhelo."

En "Madrás bajo la lluvia" (Roca Editorial), Samina lo dibuja así: "Intercambiaban hamburguesas por pollo al curry, combinaban la medicina moderna con la ayurvédica, pasaban del yoga al aerobic. Nunca había conocido dos amantes tan confundidos y seducidos". Divorciada, 37 años, vive en San Francisco junto a su hijo de siete años, Ismael. Muy crítica con la Administración Bush, colabora en "The New York Times" y "The San Francisco Chronicle".

¿Qué le gusta de la sociedad americana?

Le debo una oportunidad. La vida que tengo ahora es una vida que me he creado yo misma. Me crié en una familia musulmana muy tradicional. En los diez últimos años en los que he vivido sin ese lastre emocional he podido poner paz entre mi vida como musulmana y el mundo occidental, de modo que funcione bien.

¿Una chica india, hoy, tiene instrumentos para zafarse de un matrimonio pactado?

Esos matrimonios "arreglados" siguen funcionando. No sabría decirle si es mejor o peor que un matrimonio "por amor", no juzgo. Pero ha habido un cambio curioso, una esperanza. Cada vez más, las parejas se conocen por internet. Muchas chicas consiguen entablar relaciones con chicos incluso de otros países, salir de su burbuja, ver el mundo con otros ojos. Los novios tienen largas conversaciones, se envían mensajes, como antes se carteaban. Cuando se casan ya saben quienes son.

A usted, que nació en Haiderabad, una ciudad con notoria presencia musulmana, la educaron de modo muy inusual. Seis meses en EE.UU. y seis meses en India.¿Hubiera preferido desconocer uno de esos dos mundos? ¿Le hubiera evitado crisis y dudas?

En el colegio de India aprendía urdú y árabe, y en Estados Unidos, inglés y francés. Era una niña confusa, lo reconozco. Yo le decía a mi madre: "Por favor, déjame quedarme en India". Pero lo hacían por protección. En India los musulmanes son una minoría, y mis padres, además de querer que yo tuviera un futuro, temían por mi seguridad. Querían que nos adaptáramos a Estados Unidos sin olvidar nuestras raíces. Vivir entre dos mundos fue una esquizofrenia. Peor hubiera sido mantenerme en la ignorancia.

¿Puede entender la desconfianza de algunos occidentales? ¿O quien considera sospechoso a alguien por ser musulmán comete una injusticia moral?

Yo entiendo bien por qué los occidentales temen. Por el terrorismo mundial y cómo se interpreta desde los medios. Pero olvidan una obviedad: en el extremismo islámico no se inserta el musulmán normal. En EE.UU. los musulmanes no tenían mucha presencia social. Quedaban cuestionados, por primera vez, el 11 de septiembre. Desde entonces se les criminaliza, se les vigila, se les agobia en los aeropuertos y se busca sus apellidos en listas.

¿Cuál ha sido el momento de su vida en que ha tenido más miedo?

Hay dos en los que he sentido pánico real. El primero, después de casarme, encerrada en casa de mi marido, esperando que atacaran la casa. Ahí pensé: "Puedo morir esta noche". Y pensé que no tenía ningún sentido que mis padres hubieran planeado un matrimonio convenido para protegerme si podían asesinarme. ¿Para qué? Resultaba irónico. Fue entonces cuando decid í ir a EE.UU. y empezar de cero mi vida, decidida sólo por mí, acabara bien o mal.

¿Y el segundo?

Cuando encendí el televisor ese terrible 11 de septiembre y vi los aviones atacar las Torres Gemelas. No sabíamos nada, no se oía nada. De golpe San Francisco se quedó en absoluto silencio. Esas horas fueron eternas. Ya había nacido mi hijo. Ni un avión en el aire. ¿Sabe usted el miedo que da el silencio total? Entonces recé para que no fueran musulmanes.

Usted escribe “Madrás bajo la lluvia” en una situación límite. Acaba de tener a su hijo, sufre una hemorragia cerebral y a su marido le diagnostican una lesión cerebral. ¿De dónde se sacan fuerzas para eso?

Tuve a mi hijo en un hospital de EE.UU. y me dejaron sin vigilancia. No supieron ver la gravedad. Veinte minutos después del parto sufrí varias hemorragias cerebrales, después vino un ataque al corazón, los riñones fallaron, mis órganos dejaron de funcionar y tuvieron que conectarme. Llegué a creer que si no teníamos sexo era por mi culpa. El día que mi marido me confesó que era homosexual le hubiera apuñalado. ¡Me había estafado años de mi vida!

Samina ya no sabe francés. Tras sobrevivir a su hemorragia cerebral lo olvidó. De golpe. Se instaló en la Provenza para rescatar ese idioma que había adquirido de pequeña, pero nada. Había desaparecido de sus circuitos neuronales. Mientras la intérprete me lo cuenta y Samina cuelga su mirada en el techo de la Casa Fuster, pasan por mi cabeza fantasmas literarios similares, escritoras que un día desaprendieron las palabras: el alzheimer de Iris Murdock, que después de escribir 26 novelas brillantes era incapaz de recordar el significado de la palabra bolígrafo, o la afasia de Jane Bowles, que sólo le permitía ver, sobre papel, la mitad de las palabras.

¿Es cierto que quedó ciega por un tiempo?

Escribí mi libro con el ojo derecho tapado, casi no podía caminar ni hablar. Desde el punto de vista emocional no fue nada terapéutico, pero físicamente lo necesitaba para no morirme. El tipo de lesión cerebral que tuve era de carácter traumático. Lo mismo que les ocurre a algunos soldados a los que vuelven de Iraq o de aquel Vietnam. Lo mismo. Para recuperarte tienes que forzarte a caminar, leer, moverte. Tienes un plazo de seis meses y si en ese tiempo no reaccionas ya no vuelves a reaprender tus actos. No podía escribir dos frases enteras, me volvía loca el dolor de cabeza, a veces escribía sin pasarlo por el cerebro. Tal vez escribía su subconsciente. Tardaba seis horas para escribir cinco frases. Luego me acostaba. Al día siguiente, cuando releía el texto, esas frases no ten ían ningún sentido. Al menos, real.

¿En qué valores educará a su hijo, los que aprendió en India o en EE.UU.?

¡Ésa es la misma pregunta que me hizo su padre! Él, mi segundo marido, es americano. Me cuestionó: "En el mundo en que vivimos, ¿qué va a aportarle a nuestro hijo ser musulmán?". De modo que le educó en la religión de los musulmanes, pero sin las costumbres que les limitan. He mantenido la esencia espiritual, pero jamás le enseñar é a explotar una mujer.

¿Recuerda el día en que su primer marido le confesó que era homosexual y que sólo se había casado por el permiso de residencia?

La homosexualidad no estaba aceptada para nada en India y particularmente en la comunidad musulmana es un pecado. Él no tenía espacio para expresar su sexualidad. Al llegar a EE.UU. me lo dijo.
¿Usted no lo intuyó antes?

Jamás. Él me hacía entender que era culpa mía, que no hacía el amor conmigo porque yo no era suficientemente atractiva. Así que me hacía sentir fea.

¿Fea? ¿Usted?

Para nuestra comunidad india no soy el estereotipo de belleza, tengo labios demasiado gruesos y nariz demasiado ancha, quieren rasgos más armónicos.. Llegué a creer que si no teníamos sexo era por culpa mía, yo era poco para él. El día en que me confes ó que era homosexual lo hubiera apuñalado, ¡sentí que me había estafado años de mi vida! ¡Había secuestrado mis sentimientos! ¡Tenía 19 años, era mi primer encuentro sexual! Fue un abuso.

¿Usted, como la protagonista de la novela, se sometió a exorcismos para solucionarlo, como aquel espejo atrapademonios?

Realicé magia negra, lo reconozco. Ahora no creo en nada de eso. Pero en India a veces confían más en ello que en la medicina.

¿Es distinto el sexo con un hombre indio que con un americano?

¡Bueno, en India nos inventamos el Kamasutra! La sexualidad implícita es algo que nosotros introducimos en cada gesto mínimo, en los más cotidianos. Perosexualidad explícita.. Esa es universal.

Acaba de poner punto final a su segunda novela. ¿Sufriremos tanto otra vez? Es una reflexión sobre la enfermedad.

Hace dos años, mi neurólogo, uno de los mejores de EE.UU., me llamó por teléfono. Quería verme. Me dijo: "Jamás en toda mi vida profesional he conocido a alguien que haya estado tan enfermo como tú y haya vuelto a la vida. Que haya decidido "regresar". Deberías escribir algo".

¿La habían desahuciado?

A mis padres les había dicho: "Si tiene suerte, morirá". Porque las secuelas podían ser mucho peor, me auguraban un estado vegetativo total. Es cierto que en el hospital me llaman "la chica milagro", pero creo que es fundamental la actitud del enfermo, que de verdad quieras "volver ". Mi novela trata de eso y de lo duro que es ser musulmana en la América post-11 de septiembre.

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