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«El papel de la religión en la España inquisitorial era el mismo papel que jugaba la raza en la Alemania nazi.»

Entrevista con Christiane Stalaert a propósito de su libro ‘Ni una gota de sangre impura. La España inquisitorial y la Alemania nazi cara a cara’ (Círculo de lectores).

13/04/2007 - Autor: Entrevista con Christiane Stallaert - Fuente: Círculo de Lectores
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Christiane Stallaert es antropóloga, especializada en el estudio de la etnicidad, el nacionalismo y la religión.
Christiane Stallaert es antropóloga, especializada en el estudio de la etnicidad, el nacionalismo y la religión.
Völkisch y castizo, Blutreinheit y estatutos de limpieza de sangre, vocablos, metáforas, documentos, testimonios, leyes y sucesos revelan una proximidad inquietante entre la España imperial y la Alemania de Hitler, dos periodos históricos en los que el aparato burocrático «fue puesto al servicio de la ejecución de un proyecto de limpieza étnica por iniciativa del Estado y escudado por la ley».

Dos momentos en los que la obsesión por la limpieza de sangre, metafórica o biológica, desembocó en persecuciones, exilio y sufrimiento. Un análisis audaz y riguroso que permite abrir al debate cuestiones que, en general, se han mantenido envueltas en un velo de prejuicios.

Christiane Stallaert es antropóloga, hispanista y traductóloga, especializada en el estudio de la etnicidad, el nacionalismo y la religión, Christiane Stallaert (Gante, Bélgica, 1959) ha dedicado cinco intensos años a la preparación de este libro.



¿De dónde surgió la idea de comparar la Inquisición con el nazismo?


Hace unos años, mientras yo estaba preparando mi intervención en un congreso sobre el antisemitismo en España -la verdad es que me llamó la atención que se celebrara un congreso así en Alemania- se publicó en España la traducción del estudio del historiador israelí Netanyahu sobre los orígenes de la Inquisición, en el que el autor dedicaba un capítulo a compararla con el Hitlerismo. Esto generó una gran polémica en la prensa española, con réplicas y contrarréplicas, en la que muchos articulistas rechazaron esta comparación desde el principio, negándose ni siquiera reflexionar sobre ella.

En el congreso, un profesor alemán escuchó mi conferencia sobre los conversos y me señaló la obra de Víctor Klemperer. Cuando la leí, y vi sus apuntes filológicos, vi que estaba claro, que había muchas ideas que reforzaban la comparación. Yo conocía toda la parte histórica acerca de la Inquisición por mis investigaciones anteriores, y el nazismo está bastante presente en la memoria de mi familia. Sin duda ha influido mi origen, porque en Flandes permanece la memoria histórica de los tiempos de Felipe II y de la Inquisición y, también, naturalmente, la más reciente experiencia de la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial.

¿La comparación es un buen sistema para comprender dos fenómenos históricos tan separados por el tiempo?

Sí, creo que sí. Y no sólo estos dos fenómenos, sino otros casos que están ocurriendo hoy día en el mundo. A primera vista, la Inquisición y el nazismo parecen dos vías totalmente diferentes; el nazismo optó por la exclusión, el «apartheid», mientras la Inquisición intentó incluir a sus minorías, convertirlas. Muchos me preguntan ¿realmente existe un punto de comparación? Y es verdad que a primera vista, someramente, parecen ser contrarios: uno excluye y el otro obliga a integrarse. Pero el análisis deja claro que la obsesión era la misma en el fondo, la de conseguir un pueblo idéntico a sí mismo.

La originalidad de mi enfoque es que la comparación nos ofrece una reflexión que permite comprender casos análogos en otras épocas y lugares del mundo, mecanismos que ves que se repiten. Cambian los nombres y sistemas, pero el mecanismo sigue siendo el mismo. Inquisición y nazismo son dos casos extremos, pero es precisamente al confrontar los extremos cuando reconoces los aspectos que después encuentras en casos más difíciles de detectar, más sutiles.

Entre esos casos cita precisamente el sionismo, que reproduce algunos de estos rasgos...

Sí, y también el islamismo. Cuando leo textos contemporáneos sobre islamismo reconozco esos mecanismos de pureza: lo puro y lo impuro, la clasificación de la humanidad en propios y ajenos, ese afán de incluir a la fuerza... Curiosamente el sionismo opta más por el mecanismo de la exclusión, como el nazismo, y el islamismo por el de la conversión, como la España inquisitorial.

¿Era esa la diferencia principal entre nazismo e Inquisición?

Sí, pero lo que he intentado explicar es que la Inquisición, precisamente, al querer incluir de una forma radical, acaba por excluir también. La España inquisitorial jamás estará satisfecha de la pureza que consigue. No es casualidad que, una vez España limpia de moros, judíos y sus descendientes, empieza una de las épocas más trágicas del país, con las guerras Carlistas y hasta la Guerra Civil. Naturalmente, es una simplificación, y sé que en esas guerras hay mucho más que una guerra por una visión de cómo son los españoles, pero ese elemento está también presente.

Hay como un rechazo casi inconsciente a asimilar la comparación de cualquier momento histórico con el nazismo, como si fuera el gran tabú de nuestro tiempo.

Es un gran error esa actitud que adoptan muchos historiadores, el considerar el Holocausto como algo único, singular y que no permite comparación. Ciertamente, no es comparable en un sentido absoluto, pero sí en un sentido relativo. Como he dicho, es sólo al comparar cuando podemos reconocer y comprender otros casos donde se han empleado mecanismos similares.

No pretendo decir que el Holocausto ha sido un genocidio como otro cualquiera, comparable a cualquier otro, pero la suya no es una singularidad absoluta. Creo que es una postura muy cómoda considerarlo como único, ya que eso hace que no tengamos que reflexionar sobre nosotros mismos y sobre otros casos.

Es un tópico considerar a los nazis como animales o diablos, lo que favorece la postura cómoda de pensar que no son humanos, que no tenemos nada en común con ellos y que lo que pasó no puede repetirse ni se repetirá jamás. En el análisis de traducciones me llamó la atención, por ejemplo, que la traductora de la autobiografía de Rudolf Höss -responsable de Auschwitz- dijera en el prólogo que es una obra «intraducible»... aunque la tradujo. Sentía miedo a utilizar el lenguaje propio para un discurso con el que no podía admitir ninguna identificación.

Comenta que para comprender un fenómeno como la Inquisición, resulta interesante hacerlo desde el punto de vista de los perpetradores, algo que sí se ha hecho con el nazismo...


El año pasado participé en un seminario en Toledo sobre temas de judaísmo. El público era muy peculiar, había entre ellos varios supervivientes del Holocausto. Un historiador que estaba presente defendía no sólo que el Holocausto había sido un fenómeno único, sino que los judíos habían sido las únicas víctimas como pueblo a aniquilar por los nazis. Yo le dije que los nazis también habían intentado eliminar a otros pueblos, como los gitanos. Me sorprendió que, siendo un historiador, se negara a aceptar este hecho.

Con esto quiero decir que, si adoptamos la perspectiva de las víctimas, podemos hacer muchos análisis distintos -uno por cada grupo de víctimas-, pero no tendremos jamás una visión de conjunto. Muchas polémicas surgen de no conocer el punto de vista del perpetrador.

La Alemania nazi, como la España inquisitorial, se movía por una ideología bastante coherente, sabía muy bien a dónde iba, quería un mundo en el que todos los individuos fueran idénticos a un modelo común, y para ello excluían u obligaban a insertarse a todo lo que consideraban casos desviados.

Buscaban un modelo de población hecho a su medida...

Sí. El primer objetivo tanto de nazis como de inquisidores no era ver qué se hacía con el otro, sino cómo construir el mundo que querían. Es una forma de enamoramiento narcisista. La España inquisitorial y la Alemania nazi comparten el ideal de una sociedad homogénea, en el que las personas sean algo así como réplicas de un modelo. Un objetivo que se repite a pequeña escala en los nacionalismos de hoy día, sobre todo si tienen un sustrato étnico.

Por eso creo que es interesante leer Mein Kampf, ahí comprendes cómo actuaba el nazismo y qué era lo que quería. Insisto mucho en el daño que nos ha hecho la confusión del concepto de raza; no hemos sabido identificarlo como variante de la etnicidad, de grupo étnico. El término raza (y el de racismo) está demasiado conectado con el nazismo y las doctrinas raciales del siglo XIX, y eso impone cierta ceguera hacia casos que son también étnicos pero que no tienen nada que ver con descripciones somáticas o físicas. En la España medieval se utilizaba el término de raza no en un sentido de doctrina racial tardía, sino como sinónimo de grupo étnico, pero hoy día el término está contaminado por el nazismo.

La pureza nazi era racial; la de la Inquisición, religiosa... ¿O era ésta también étnica en realidad?

Hay un gran debate entre los historiadores respecto a este punto, no se ponen de acuerdo. Para mí está claro que el papel de la religión en la España inquisitorial era el mismo papel que jugaba la raza en la Alemania nazi.

Es ilustrativo el análisis del vocablo Volk, que significa en alemán «pueblo». En el fondo no tiene nada que ver con raza, pero el nazismo identificó ambos términos, identificó el «pueblo» con la «raza». En la España inquisitorial el «pueblo» se identificó con la religión, el «pueblo» eran los cristianos viejos.

Pero la similitud entre ambos conceptos se ve reflejada mejor en la obsesión por la limpieza de sangre, un elemento biológico o una metáfora biológica que se emplea para separar a quienes son co-étnicos, compatriotas, los que pertenecen al pueblo, de los que no lo son. En la España de la Inquisición también se hablaba de este término, pureza de sangre, que encaja perfectamente en el discurso nazi.

Es el término que hace referencia al título de mi estudio. Deja claro donde está el punto de encuentro entre los dos sistemas. Es también el elemento de reconocimiento de todos esos historiadores judíos que han vinculado la España Inquisitorial con el nazismo, sin llegar a elaborar más el tema.

En su libro también explora el camino inverso, o cómo los nazis utilizaron la terminología religiosa. Por ejemplo, se apropiaron del término «fanático», al que llenaron de sentido positivo.

Sí, Hitler lo dice en Mein Kampf de forma muy clara. Aunque critica muchísimo la religión, y cuando habla de la España de Franco parece que habla de otro mundo, en Mein Kampf y en algunas conversaciones suyas muestra que sentía admiración por el sistema religioso. Creía que un sistema copiado de la religión podría imponer su ideología al pueblo alemán.

Precisamente cuando en las traducciones de Mein Kampf se deja de traducir Volk a otros idiomas es cuando el propio Hitler dice que el término más cercano a su idea de pueblo -Volk- se encuentra en la religión. A partir de ahí a los traductores les coge miedo y lo tratan como un término intraducible. Por lo visto, Hitler sabía que la religión levantaba pasiones, exactamente lo mismo que él quería hacer.

El franquismo fue momento de unión de ambos fenómenos, en cierta manera. Una extraña convivencia.

Sí, es un momento muy curioso, lleno de contradicciones. Al principio, Franco muestra un claro apoyo a los nazis alemanes, pone incluso a los Reyes Católicos como precursores y ejemplo de Hitler, pero luego va cambiando de opinión. Hitler, por su parte, tenía una opinión muy negativa del régimen nacional-católico. Le parecía absurdo. Incluso va tan lejos como para pensar -tal como ha quedado registrado en sus conversaciones- que podría utilizar a los rojos españoles que tenía en los campos de concentración para una contrarrevolución en España, para un nuevo cambio de régimen, luchando junto a la Falange contra Franco.

Y es que los fascistas españoles, aunque admiraran a Hitler, no encajaban en el concepto de pureza racial de los alemanes...

No he investigado a fondo esa alianza que intentaban hacer los fascistas del sur, junto a Mussolini y Pétain, pero está claro que los españoles, que ya en el siglo XVI eran llamados despectivamente «marranos» o «moros» por los alemanes de entonces, debían tener muy claro que si triunfaba el nazismo lo tendrían muy difícil, que podría ser un peligro para ellos también.

¿Qué queda hoy día en nuestra sociedad de ambos elementos?

Yo no pretendo que se anulen las fiestas de moros y cristianos ni mucho menos, pero mi libro quiere incitar a la reflexión, pensar un poco más allá de lo que se ve, de lo que se lee. Lo que para los españoles es algo hoy día totalmente inocente, estas fiestas populares, visto desde la perspectiva de las víctimas del nazismo suscitan una emoción totalmente diferente.

Sé que son símbolos muy arraigados, pero eso es precisamente porque el sistema inquisitorial se mantuvo triunfante durante siglos, incluso después de que se hubieran eliminado las minorías no cristianas. Ya en el siglo XVI había voces críticas con esas fiestas, se alertaba de que podrían entorpecer la convivencia
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