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Los cambios de régimen en el mundo árabe

07/04/2007 - Autor: Shlomo Ben-Ami - Fuente: El Universal
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Tras cuatro años de una desastrosa aventura militar en Irak y sin un resultado claro de la guerra global contra el terrorismo perpetrado por fuerzas de la oscuridad mal definidas, el colapso de la gran estrategia estadounidense ha puesto de manifiesto lo mal concebida que estuvo su receta simplista para el cambio democrático en el mundo árabe.

Lo paradójico es que Estados Unidos podría estar ganando la guerra por la democracia árabe, aunque sea por omisión, pero no puede disfrutar de los resultados sencillamente porque el patrón emergente de la política pluralista islámica no coincide con el tipo de democracia liberal secular de occidente. El viraje de los movimientos fundamentalistas dominantes del mundo árabe hacia una política democrática es equivalente al repudio del proyecto yihadista y de las estrategias apocalípticas de Al-Qaeda. El fracaso del yihadismo está estableciendo las condiciones para una reestructuración potencialmente prometedora de la política islámica, pero occidente no reconoce los cambios o se muestra hostil hacia ellos.

El surgimiento de los islamistas por toda la región como la única fuerza capaz de aprovechar la oportunidad de unas elecciones libres -el triunfo de Hamas en Palestina y las espectaculares victorias de la Hermandad Musulmana en las elecciones egipcias de 2005 son sólo las más notables-, el ascenso a hegemonía regional del Irán chiíta y la sensación entre los líderes árabes de que la asediada administración Bush se está quedando sin fuerza se han combinado para paralizar el empuje prometedor hacia una reforma política en la región.

Estados Unidos se alejó de sus planes democráticos una vez que se dio cuenta de que la democracia árabe no se identifica con la oposición secular liberal, una fuerza política que prácticamente no existe en el mundo árabe, sino con los radicales islámicos que buscan repudiar las políticas estadounidenses y la causa de la reconciliación con Israel. Que este sea el caso tiene mucho que ver, por supuesto, con la política tradicional de Estados Unidos de apoyar a los dictadores pro-occidentales del mundo árabe.

Pero la idea de que se puede volver a meter al genio de la democratización a la lámpara es una fantasía utilitaria. El alejamiento de los islamistas dominantes, como la Hermandad Musulmana en Egipto, el Frente de Acción Islámica en Jordania, Hamas en Palestina, el Partido del Renacimiento en Túnez o el Partido de la Justicia y el Desarrollo en Marruecos, del yihadismo hacia la participación política empezó mucho antes de la campaña de promoción de la democracia de Estados Unidos y no es un intento para complacer a occidente. Es una respuesta genuina a las necesidades y demandas de sus seguidores.

Extinguir la democracia árabe, como ahora trata de hacer el presidente Mubarak de Egipto con la reciente prohibición de los partidos políticos que estén basados en la religión, no traerá ni paz ni estabilidad a Medio Oriente. Sólo exacerbará la furia de las masas hacia la hipocresía de occidente, expresada ahora en forma de charlatanería democrática. La estabilidad de los regímenes árabes que no están sostenidos por un consenso democrático está destinada a ser frágil y falaz. Así como la democracia islámica es la reacción natural a la autocracia árabe secular y a la colaboración de occidente con ella, la destrucción del islam político traerá consigo opciones aún más extremistas con movimientos como Hamas, que regresarían al trabajo social y al terrorismo, y Al-Qaeda, que penetraría en las sociedades islámicas.

Occidente y los líderes árabes tienen que darse cuenta de que la tensa ecuación entre los regímenes actuales y el islam político no es necesariamente un juego de suma cero. Esto ya lo aprendió de manera costosa el presidente argelino Bouteflika quien, por medio de su Carta para la Paz y la Reconciliación Nacional de febrero de 2006, consiguió acabar con una larga y sangrienta guerra civil, cuyo origen fue la violenta cancelación, por parte del Ejército, de la victoria electoral de 1991 del Frente Islamista.

Es en este contexto que el entendimiento histórico entre los religiosos (Hamas) y los seculares (Fatah) para formar un gobierno de unidad nacional en Palestina podría haber establecido un nuevo paradigma para el futuro de los cambios de régimen en el mundo árabe. El concepto de gobiernos de unidad nacional podría ser, en efecto, la fórmula que haga posible mantener unidas a las familias políticas en el mundo árabe. El rey Muhammad VI de Marruecos ya señaló que la Corona consideraría un "entendimiento histórico" con los islamistas si ganan las elecciones de junio de 2007, como se ha previsto. Esos entendimientos pueden ser la única forma de evitar un retroceso hacia la guerra civil y posiblemente también de cooptar a los islamistas para llegar a un acuerdo con Israel y un acercamiento con occidente.

La participación del islam político tiene que ser parte central de cualquier estrategia exitosa para Medio Oriente. En lugar de apegarse a las profecías del día del juicio final o a las perspectivas categóricas que impiden una comprensión del complejo tejido de los movimientos islámicos, occidente necesita mantener la presión sobre los regímenes existentes para que dejen de eludir la reforma política.

Como lo mostró Argelia en 1990, la exclusión de los islamistas es la receta del desastre, mientras que la inclusión puede engendrar la moderación. Las necesidades prácticas de la política habrán de diluir la pureza ideológica. El Acuerdo de la Meca que hizo posible el gobierno de unidad en Palestina inevitablemente suavizará el radicalismo de Hamas, de la forma en que la omisión por parte del gobierno de Jordania de una "solución egipcia" al reto islámico permitió al Frente de Acción Islámica mantener dentro del movimiento a muchos que de otra forma podrían haber sido atraídos a la órbita yihadista. El reto no es cómo destruir a los movimientos islámicos sino cómo alejarlos de la política revolucionaria y acercarlos a la política reformista garantizándoles un espacio político legítimo.


Ex ministro de Relaciones Exteriores de Israe
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