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Los musulmanes y la política

18/02/2007 - Autor: Yusuf Fernandez y Yonaida Selam
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Dos musulmanes votan
Dos musulmanes votan
Como es sabido, en una democracia los distintos grupos y comunidades que integran una sociedad están llamados y obligados a participar activamente en política, pues es dentro del campo de la política donde se toman las decisiones que afectan a sus vidas personales y como miembros de un colectivo. Este hecho es visto con normalidad en las sociedades democráticas más avanzadas, donde diversas comunidades, entre ellas la musulmana, mantienen de forma habitual entrevistas con los candidatos para exponerles sus puntos de vista y recabar apoyos para sus proyectos. Una vez celebrados estos contactos, estas comunidades suelen también hacer una recomendación de voto dirigida a favorecer al candidato que más se identifique con sus posiciones e intereses y dificultar el acceso al cargo de aquel otro que sea más contrario a los mismos.

La comunidad musulmana de España está integrada por casi un millón de personas, la mayoría de ellas inmigrantes y procedentes sobre todo de Marruecos. Sin embargo, un creciente número de musulmanes ha ido obteniendo la nacionalidad española debido a su arraigo social y laboral en España y a éstos hay que sumar a los miembros de la segunda y la tercera generación, que se identifican ya de una manera plena y absoluta con el país de acogida, que es el suyo, sin tener con el país de sus antecesores más relación que una vaga referencia de un origen cultural. Esta cada vez más estrecha vinculación de los miembros de la comunidad musulmana con España les plantea también una mayor responsabilidad en su actuación como ciudadanos plenos y sujetos de derecho. Desgraciadamente muchos musulmanes no parecen ser aún conscientes de esta obligación y prefieren no participar en la vida política, incluso a un nivel tan básico como es el de ejercer su derecho al voto.

La defensa de los intereses de la comunidad musulmana, como colectivo, es un derecho de cada una de las personas que se sienta integrada en dicho grupo social. Esto implica un respaldo a las opciones políticas que más se aproximen a sus intereses y aspiraciones. En España, esta labor no resulta difícil, lo cual es un hecho más para lamentar que para apreciar. En los últimos años y meses hemos sido testigos de cómo una fuerza política de raigambre nacional, el Partido Popular, ha adoptado políticas que se han opuesto a los intereses de la comunidad musulmana en España de forma bastante radical y, de forma más amplia, a las posturas favorecidas mayoritariamente por el mundo árabe y el musulmán en los foros internacionales.

En lo que respecta a la política interna, cabe señalar que durante los ocho años del gobierno del PP, los musulmanes sufrimos un ostracismo total. El Acuerdo de Cooperación de 1992, que tiene rango de ley, fue ignorado por completo y no pudo desarrollarse en ninguno de sus apartados en todo ese tiempo. Incluso algunos ministros del PP llegaron a congratularse públicamente de su falta de aplicación afirmando que ésta “no estaba en su agenda.” Las peticiones de dirigentes musulmanes para mantener reuniones con ministros y con el presidente del Gobierno fueron olímpicamente ignoradas. Al mismo tiempo, algunos ministros, como Mariano Rajoy, lanzaban mensajes a la sociedad en los que se vinculaba el fenómeno de la inmigración con el de la delincuencia, contribuyendo así a la creación, entre amplias capas de la población española, de un sentimiento de agudo rechazo hacia los inmigrantes en general y los procedentes de países de mayoría musulmana en particular.

El último bochorno ha sido la iniciativa del PP de Badalona de recabar firmas en contra de la construcción de una mezquita en suelo público. Es difícil creer que los dirigentes del PP de Badalona ignoren que entre los derechos recogidos en las cartas internacionales y en la propia Constitución Española figuran el derecho a construir lugares de culto y a ejercer y practicar la libertad religiosa, sin otra limitación que el mantenimiento del orden público. Tampoco es posible que desconozcan que las leyes y normas de ordenación urbanística aluden a la obligación de los poderes públicos de reservar espacios públicos para la construcción de dichos centros. El hecho de que la Iglesia Católica haya sido hasta ahora la única beneficiaria de esta normativa ya no tiene una justificación en la realidad social, que muestra un continuo incremento en el número de seguidores de otras confesiones –como la judía, la protestante y la musulmana- debido tanto a la inmigración como a la posibilidad que ya existe, dentro de nuestro ordenamiento constitucional, para que cada ciudadano pueda optar libremente por la opción religiosa o espiritual que prefiera. La recogida de firmas contra la mezquita de Badalona ha sido, en este sentido, un despropósito, del que sólo existen precedentes en partidos xenófobos de extrema derecha, que han convertido la manipulación desvergonzada y mentirosa del fenómeno de la inmigración en el principal recurso de sus programas electorales.

Otro triste ejemplo fue el rechazo del PP a la propuesta socialista para la aprobación de un pacto contra el racismo y la xenofobia en Canarias, presentada recientemente en el Parlamento autónomo. El PP manifestó que esta iniciativa era un intento de “vender humo de la hoguera del buen rollito de baboso talante.” Este “buen rollito” hubiera servido quizás para evitar agresiones como las sufridas por Zoraya, una mujer musulmana española de Canarias que ha sido agredida ya en cuatro ocasiones por el simple hecho de llevar un hiyab o pañuelo islámico.

A todo ello hay que sumarse la declaración del ex presidente José María Aznar acerca de la necesidad de que los musulmanes pidan perdón “por haber ocupado España durante ocho siglos”, lo que demuestra que sus conocimientos históricos parecen haber sido extraídos de un comic de los que en épocas franquistas vendían la versión del “árabe invasor” ignorando así la tesis más creíble de la presencia de un “musulmán oriundo”, bien por conversión o por su largo asentamiento en España, que integró la cultura y civilización de Al Andalus, notoria por la brillantez de su pensamiento.

En el terreno de la política exterior, la situación es similar. En la mente de todos está el hecho de que Aznar fue uno de los tres dirigentes mundiales que apoyó la invasión de Iraq, tragedia ésta que ha dejado un balance de centenares de miles de muertos y un país arrasado. No menos grave han sido las consecuencias para el patrimonio cultural de la que pasa por ser una de las naciones más antiguas de la humanidad. Un gran número de reliquias y objetos guardados en museos o fuera de ellos han sido objeto de destrucción o saqueo, incluso a manos de los propios soldados ocupantes. Aznar no dudó en hacerse eco de la mentira de George W. Bush sobre las inexistentes armas de destrucción masiva iraquíes, que fue empleada como justificación de la invasión de Iraq, y llegó a afirmar en el Parlamento nacional que tenía constancia de la existencia de tales armas. Ahora, sin ningún gesto de arrepentimiento por los centenares de miles de muertos y el sufrimiento provocado entre la población iraquí, Aznar acaba de reconocer que tales armas no existieron.

Desde la FAES, la fundación que preside, Aznar ha intentado importar a España el pensamiento extremista de los neocon estadounidenses, partidarios fervientes de la doctrina del “choque de las civilizaciones”, invitando a España a algunos de ellos, como por ejemplo a Richard Perle, llamado “príncipe de las tinieblas” en su propio país por su fervoroso apoyo a la guerra de Iraq y su radical oposición al proceso de paz entre palestinos e israelíes. Durante la reciente guerra del Líbano, el portavoz de la Comisión de Exteriores del PP, Gustavo de Arístegui, y el responsable de Exteriores del PP, Jorge Moragas, acusaron al gobierno de Zapatero de “mal disimulado antisionismo muy teñido de un fondo ideológico con fuerte carga antisemita,” debido a la postura crítica del presidente del Gobierno en relación a la agresión israelí contra el Líbano. También afirmaron en relación al hecho de que el presidente del Gobierno hubiera llevado un pañuelo palestino durante breves segundos en una reunión de Juventudes Socialistas que esto evidenciaba “la verdadera naturaleza ideológica de su Gobierno”. El PP criticó las manifestaciones ciudadanas en contra de la guerra del Líbano y ha mostrado también una similitud absoluta de puntos de vista con el gobierno de Israel en éste y otros asuntos. Más lejos aún ha ido Aznar, que se mostró partidario en julio de 2006 de que la OTAN bombardeara el Líbano “si fuera necesario.” Aznar ha pedido también de forma insistente la “urgente incorporación de Israel a la OTAN” para hacer frente al “Islam fundamentalista”. Del mismo modo, el PP ha mostrado repetidamente su oposición, incluso mediante el empleo de expresiones irónicas, a la iniciativa de Zapatero sobre la Alianza de Civilizaciones, a pesar de estar ésta respaldada por la ONU y decenas de estados.

Por todo ello, cabe señalar que las victorias electorales del PP –ya sea a nivel local, autonómico o nacional- supondrían retrocesos graves en los derechos de los musulmanes en España y el alineamiento, una vez más, de nuestro país con los círculos más belicistas y reaccionarios de EEUU. Es por ello que los musulmanes no tienen más opción que participar activamente en política apoyando a las fuerzas políticas progresistas –como el PSOE, IU, Coalición por Melilla, la UDCE y otras- no sólo porque estas fuerzas apoyan en mayor o menor medida los intereses y aspiraciones de la comunidad musulmana, sino porque constituyen también una barrera frente a los sectores políticos islamófobos, que se encuentran hoy en día cobijados, en gran medida, dentro del PP. Esto también serviría para presionar al Partido Popular de cara a que en el futuro pueda evolucionar hacia una postura más constructiva y moderada. Es necesario, en especial, que los musulmanes de Ceuta y Melilla se impliquen para terminar con una situación vergonzosa, en la que las dos ciudades españolas que cuentan con una minoría musulmana más numerosa –y que en el futuro podría convertirse incluso en una mayoría- estén gobernadas por un partido que no oculta su hostilidad hacia los intereses de los musulmanes
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