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Los ensangrentados mitos de Bush

12/01/2007 - Autor: Patrick Cockburn - Fuente: Counterpunch - Rebelión
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Durante una de las denominadas Guerras del Opio entre Gran Bretaña y China que tuvieron lugar en el siglo XIX, las fuerzas del ejército chino sufrieron derrota tras derrota. Pero los funcionarios de Pekín no se sentían abatidos por esos humillantes reveses porque creían que China estaba en posesión de un arma secreta que finalmente obligaría a los británicos a negociar.

La confianza de los funcionarios pekineses se alimentaba de su equivocada creencia en que tenían el monopolio mundial en el abastecimiento de ruibarbo. Además estaban convencidos de que, sin el consumo de ruibarbo, el intestino no podía funcionar correctamente. Si cortaban el suministro de ruibarbo a los británicos, defendían los astutos cortesanos que servían al emperador, los británicos tendrían que enfrentarse a la perspectiva de un estreñimiento masivo y se verían forzados a aceptar las condiciones chinas sin importar cuál fuera la situación en el campo de batalla.

Los nuevos planes de la Casa Blanca para conseguir la victoria en Iraq se encuentran al mismo nivel de idiotez pueril del esquema de aquellos mal informados funcionarios chinos de hace 150 años. El plan, anunciado esta semana, llega justo tras la espantosa y casi pública ejecución de Sadam Husein. Considerada por la fuerte comunidad sunní de cinco millones de personas en Iraq como un linchamiento sectario, alentado y promovido por EEUU, su asesinato va a servir para asegurar que los grupos de la resistencia sunní se vean desbordados con más reclutamientos de los que puedan asumir.

En el meollo del esquema del Presidente George Bush para evitar la derrota está el famoso “repentino aumento” del número de tropas de 20.000 a 30.000 hombres, además de los 145.000 soldados que están ya en Iraq. Con ese excedente de fuerzas se espera conseguir el control del Gran Bagdad –con una población de 7 millones de habitantes- y del Iraq central, algo que el ejército estadounidense no ha logrado en tres años y medio.

Ese es uno de los mitos estadounidenses mantenidos desde hace mucho tiempo, que si hubieran tenido muchas más brigadas de combate en el primer año de la guerra, la resistencia hubiera sido aplastada con rapidez. Los generales del Pentágono, críticos con la actuación del anterior secretario de defensa, Donald Rumsfeld, y ansiosos de culparle de la debacle, afirman que todo habría ido bien si hubiera enviado un ejército más numeroso. Una serie de libros con mayor éxito de ventas publicados el pasado año en EEUU –conteniendo información filtrada por esos mismos generales- consideran como hecho probado que una razón esencial del fracaso estadounidense a la hora de controlar Iraq era la carencia de suficientes tropas. En esencia, se está utilizando actualmente el mismo argumento para justificar el envío temporal de refuerzos.

Como medio para alcanzar la victoria, es probable que el “repentino aumento” de tropas sea tan eficaz para el ejército estadounidense como el suministro de ruibarbo lo fue para los chinos. La creencia en la utilidad de enviar refuerzos ignora una de las principales lecciones de la guerra de Iraq: A los iraquíes no les gusta, al igual que al resto de los ciudadanos de cualquier país del mundo, vivir ocupados. La mayoría se sintieron contentos de liberarse de Sadam Husein pero jamás aceptaron la ocupación. El Grupo de Estudio para Iraq, presidido por James Baker, lo comprendió totalmente. Señaló que el 61% de los iraquíes estaban a favor de los ataques armados contra las fuerzas dirigidas por EEUU, según los resultados de varias encuestas de opinión fiables.

La ocupación ha impulsado siempre la resistencia. Cuantas más tropas estadounidenses, más resistencia. Todo el mundo en Bagdad quiere tener hombres armados de su comunidad en los que poder confiar protegiendo sus calles. Un amigo mío que vive en la zona oeste sunní de Bagdad me dijo: “Los muyahaidines (combatientes de la resistencia) han ordenado a todos los jóvenes de nuestros distritos que cojan sus pistolas y se organicen por turnos para que siempre estemos protegidos”.

Es muy poco probable que los EEUU logren minar la cada vez mayor fortaleza de las guerrillas sunníes. Pero el excedente de tropas podría usarse para un propósito aún más peligroso. Podrían utilizarse para enfrentarse al ejército Mehdi, los seguidores del clérigo nacionalista chií Muqtada al-Sadr, de quien EEUU piensa actualmente que es la causa de sus desgracias.

El gobierno estadounidense ha demostrado una incapacidad extraordinaria para aprender lección alguna de sus fracasos en Iraq. La última vez que los hombres de Muqtada al-Sadr combatieron contra EEUU, en dos ocasiones a lo largo de 2004, perdieron muchos milicianos pero ganaron una inmensa credibilidad a los ojos de los iraquíes. En el próximo episodio van a actuar de forma mucho más contundente. Tienen también, para los iraquíes, mucha más legitimidad que muchos de los exiliados que han regresado, los denominados “moderados” a los que Washington está incesantemente tratando de aupar a pesar del total fracaso que han obtenido en las votaciones. La única certeza acerca del gobierno “moderado” que Washington está intentando instalar es que sería más dependiente aún de EEUU que el de Nuri al-Maliki, el actual primer ministro.

Hay una historia oculta en la ocupación estadounidense y británica de Iraq. En 1991, el Presidente George Bush padre no quiso derrocar a Sadam Husein por miedo a que fuera reemplazado por partidos religiosos chiíes afectos a Irán. Al mismo dilema se enfrentó George W. Bush, el hijo, después del 2003. Cuando los EEUU se vieron obligados a celebrar elecciones en 2006, el 60% de los iraquíes que son chiíes votaron por esos partidos religiosos.

Desde entonces, EEUU no ha parado de intentar fragmentar la alianza política chií y de mantener al gobierno iraquí totalmente bajo su control. El Sr. al-Maliki dice que no puede mover ni una sola compañía de soldados sin el permiso de EEUU. El ejército estadounidense dijo que estaba transfiriendo a los iraquíes el control de la seguridad en Nayaf –y unos cuantos días después mataron al representante de Muqtada al-Sadr en la ciudad-. Posiblemente, los EEUU sólo podrían tener éxito si se aliaran con la Organización Badr -la milicia entrenada por Irán del Consejo Supremo para la Revolución Islámica en Iraq- contra el ejército Mehdi. Pero la consecuencia sería, probablemente, una guerra civil entre chiíes además de la guerra de sunníes contra chiíes y de la guerra de sunníes contra EEUU.

Aunque la Casa Blanca pretende que se puede evitar la derrota estadounidense en Iraq, no se divisa por el horizonte ninguna medida eficaz que pueda poner fin a los combates. Una buena base para la paz debería incluir el nombramiento de un Enviado para la Paz: posiblemente un funcionario con experiencia del mundo árabe que contara con la confianza de EEUU y de los países del Oriente Medio y que actuara en nombre de Naciones Unidas. Debería comenzar a negociar para hacer un llamamiento a una conferencia internacional en la que todos los actores de dentro y fuera de Iraq pudieran reunirse.

El asunto central de la conferencia debería ser la retirada total de las fuerzas estadounidenses y británicas de Iraq, sin que existiera posibilidad de dejar atrás base alguna. Cualquier acuerdo final que se adoptara debería revestir la forma de un tratado internacional que incluyera garantías para las minorías, tales como los kurdos iraquíes y sunníes. Finalmente, Iraq debería ser neutralizado como lo fue Austria en la Europa de la década de 1950.

No hay ninguna oportunidad de nada de esto con el Sr. Bush. El cambio de política sería demasiado grande y la admisión de sus fracasos demasiado humillante.

En lugar de eso está respondiendo a sus fracasos como un general de la Primera Guerra Mundial en el frente occidental, que envió otros 20.000 ó 30.000 soldados más con la vana esperanza en que finalmente conseguiría un avance vital que le llevara a la victoria
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