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Sobre la acusación de antisemitismo como arma de disuasión

05/01/2007 - Autor: René Naba - Fuente: Tlaxcala
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1) Gilad Shalit, Arno Klarsfeld… Sobre la confusión de géneros

El mutismo es total sobre este punto, reprimido en lo más recóndito del subconsciente nacional, un punto oscuro de la conciencia, como una consigna implícita, como el signo de una connivencia entre la clase política francesa y la comunidad periodística.

El caso es espinoso, por lo insólito. Sin embargo, a riesgo de exponerse a la acusación de antisemitismo, es importante atreverse a perturbar la buena conciencia letárgica occidental para situarla frente a sus responsabilidades, ya que la solidaridad con Israel, por legítima que pueda ser para amplios sectores de la opinión pública occidental, no puede ocultar el debate de fondo que plantea tanto en el plano del derecho como en el de la ética.

Un ciudadano francés que se ha alistado voluntario en una operación de guerra contra un pueblo amigo, sin un mandato expreso del gobierno francés, ¿puede prevalerse de su nacionalidad francesa?

En otras palabras: Gilad Shalit, el cabo del ejército israelí capturado el 25 de junio de 2006 por los palestinos, ¿puede prevalerse de la nacionalidad francesa y reclamar por ello la intervención diplomática del gobierno francés? Su alistamiento en el ejército israelí, sin mandato gubernamental francés, ¿implica, si no la pérdida de nacionalidad, por lo menos la caducidad de su derecho a invocar la protección de la nacionalidad francesa?

Salvando las distancias, un francés de confesión musulmana que opte por hacer el servicio militar en Sudán, que está en guerra con Chad, o un árabe cristiano de nacionalidad francesa que sirva en las filas del ejército de Costa de Marfil, ¿seguirían beneficiándose de la protección que brinda la nacionalidad francesa si caen prisioneros, o su caso se vería con recelo e incredulidad?

El de Gilad Shalit no es un caso aislado. Un binacional francoalemán que sea leal a la bandera de un tercer país por afinidad religiosa, no por haber optado entre dos nacionalidades sino en virtud de una demanda de ciudadanía, ¿puede desempeñar funciones de consejero ministerial en su país de origen?

Su condición de reservista de un ejército en guerra contra un país amigo de Francia, que puede ser llamado a filas en cualquier momento, ¿le permite el sosiego necesario para ocuparse de un asunto tan delicado como el de los «indocumentados»? Esta situación, por lo menos insólita desde el punto de vista jurídico, ¿no genera precariedad en su función, en caso de ser movilizado por su ejército de destino?

El nombramiento de Arno Klarsfeld, jurista francés y reservista del ejército israelí, como consejero del ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, ¿sanciona la carencia francesa en el ámbito de las competencias, o es una maniobra electoralista?

El asunto puede parecer insignificante en comparación con el pulso entablado en la nueva guerra de Líbano y las muertes y destrucciones que se han producido este verano de 2006 tanto en Líbano como en Palestina y el propio Israel.

Salvo que se considere a Israel como la punta de lanza de la lucha occidental contra el conjunto arabomusulmán, y su servicio en el ejército israelí como una forma camuflada de cooperación estratégica militar francoisraelí, el caso del cabo Shalit debe someterse al dictamen de las autoridades judiciales competentes y crear jurisprudencia en este ámbito, porque más allá del problema jurídico, plantea un problema de ética política: ¿la lealtad a dos banderas justifica la confusión jurídica? ¿Exime de la obligación de reserva? ¿Autoriza a tomarse cualquier licencia, como si se tratara de una ventaja?

¿Va a ser el servicio militar en el ejército israelí un trámite obligado para hacer carrera en la administración francesa? ¿Se anticipa a lo que será la colaboración entre los componentes del «eje del bien», tal como la preconizan los neoconservadores usamericanos y sus émulos franceses? Un eje formado, según sus promotores, por USA, Israel, la derecha francesa y el judaísmo institucional francés, frente a un «eje del mal» que agrupa grosso modo al tercer mundo arabomusulmán variopinto; la adhesión a su causa de Philippe de Villiers, representante de la derecha tradicional, el descubridor de las mezquitas subterráneas del aeropuerto de Roissy1, es sólo su manifestación más patética y sintomática.

Las grandes civilizaciones perecen cuando quebrantan una y otra vez sus propios principios.

Aprovechando la degradación del clima internacional tras los atentados contra Estados Unidos del 11 de septiembre de 2001, la guerra de Afganistán (2001-2002), la guerra contra Iraq (2003) y la reciente guerra de Líbano (2006), así como la transposición del conflicto árabe-israelí a Francia, se ha entablado una feroz batalla intelectual a golpe de censura y acusaciones de racismo en este país, que es el centro musulmán más importante del mundo occidental y al mismo tiempo cuenta con la comunidad judía más fuerte de Europa.

2) La proliferación de expertos occidentales: Michel Houelbecq, Claude Imbert, Maurice G. Dantec, Alain Finkielkraut, Yves Charles Zarka, Yvan Rouffiol, Alexandre Adler, Georges Frèche, Pascal Sevran

No pasa un día sin que se publique un libro con revelaciones sobre los islamistas, asunto que sin duda interesa a los especialistas pero también es el último tema de moda de los mercaderes de sensaciones; no pasa un día sin que un «islamólogo», de esos que se declaran especialistas en el islam, aparezca en las pantallas de televisión para dar su explicación del «fenómeno del terrorismo islamista» o el atraso del mundo árabe.

Esta literatura se nutre de una actualidad pródiga en noticias sensacionales, como las bombas de Madrid del 11 de marzo de 2004 en represalia por la participación española en la guerra de Iraq —y que causó la derrota electoral del Partido Popular de Aznar— o los atentados de Londres de julio de 2005.

Los propios árabes se encargan de aderezar esta literatura con sus divisiones, y muchos comentaristas occidentales han extraído del fracaso de las cumbres árabes la justificación de sus análisis o sus prejuicios contra los árabes, así como de las reservas de los regímenes sunníes árabes (Egipto, Arabia Saudí o Jordania) frente a la guerrilla del Hizbulá libanés.

Los árabes, desde luego, son responsables por muchos motivos de la situación lamentable en que se encuentran. Por si hubiera alguna duda, baste con releer el notable Programa sobre el desarrollo humano para 2003 preparado por un grupo de expertos árabes, en el que se achaca el atraso árabe a varias lacras graves como el analfabetismo, la pobreza, el autoritarismo de los gobiernos, la falta de libertad, la desigualdad entre sexos, la intolerancia con las minorías, etc.

Pero la proliferación de expertos occidentales es impresionante y llega a ser preocupante, pues cabe preguntarse si algunos de ellos no pretenderán aprovechar el interés despertado por este asunto para remachar los tópicos que existen al respecto en la conciencia occidental.

Después del novelista francés Michel Houellebecq, que había considerado «estúpida» la religión musulmana, de la italiana Oriana Fallaci, que se quejaba de la suciedad y el atraso de los árabes, y de la confesión de un gran periodista francés, Claude Imbert, director del semanario Le Point, que se declara «islamófobo», una obra colectiva con textos de sesenta universitarios franceses y árabes (L’Islam en France, PUF), extiende un barniz intelectual y científico sobre esta nueva xenofobia contra los árabes.

La publicación, separata de la revista Cités, ilustra su portada con la imagen de un moro de nariz corva, con un Corán en la mano, que da la espalda a la República. Curiosa inversión: el viejo estereotipo para identificar a los judíos se aplica ahora a los árabes y musulmanes. Curioso procedimiento, que consiste en denigrar con el pretexto de ejercer la crítica y en fomentar el antiarabismo con el pretexto de combatir el antisemitismo.

Más lamentable aún es que la publicación estuviera avalada por un profesor de filosofía de la prestigiosa universidad parisina de la Sorbona. El universitario en cuestión, Yves Charles Zarka, piensa que así contribuye al despertar de las conciencias en Francia, principal campo de batalla del conflicto entre Occidente y el Islam. «Frente al espíritu de conquista hay que desarrollar el espíritu de resistencia», escribe, afirmando que Francia está amenazada por «la formación de una minoría tiránica» contra la que es preciso luchar.

La lectura de este libro transmite de los árabes unas pocas imágenes de impacto (delincuencia, fanatismo y antisemitismo). Bajo una apariencia científica, el análisis es simplista, sin que estos intelectuales se hayan preocupado de averiguar las verdaderas razones de la violencia antioccidental del mundo arabomusulmán o de la xenofobia occidental contra los árabes y musulmanes.

En Francia se está produciendo la lepenización 2 de las mentes con un racismo vulgar, generalizado y cotidiano, acreditado por grandes figuras de la intelectualidad o de la clase política y mediática.

Ahorraremos al lector las arremetidas, repetidas e impunes, de Alain Finkielkraut («la selección francesa de fútbol, black, black, black, hazmerreír de Europa»), del parlamentario socialista Georges Frêche que considera «infrahumanos» a los harkis, veteranos de las tropas indígenas musulmanas del ejército francés en Argelia, o el eugenismo del astro de la televisión pública Pascal Sevran, que plantea reducir la capacidad genésica de los africanos y esterilizarlos, en la peor tradición hitleriana, por no hablar de los dos editorialistas estrellas de Le Figaro, el periódico del gran capital, Yvan Rioufol que diserta sobre el «nazi-islamismo» y Alexandre Adler sobre el «fascismo verde», así como el profesor Robert Redeker.

La neutralidad, la objetividad y la imparcialidad que caracterizaban la labor universitaria han sido arrinconadas por la violencia verbal, algunos de cuyos últimos episodios son la polémica sobre el pañuelo islámico y el revuelo organizado por los bien pensantes de la revista satírica Charlie hebdo en torno a Philippe Val y las caricaturas de Mahoma en el invierno de 2006.

Nueve intelectuales especialistas en el islam, entre ellos Olivier Roy, gran conocedor de Afganistán, y Jocelyne Cesari, especialista en el islam europeo, que habían colaborado en la separata de Le Point, reconocieron en un comunicado conjunto que aquello fue una «encerrona» y una obra de propaganda. El mensual Le Monde diplomatique, en su número de abril de 2004, denunció este proceder como un nuevo envoltorio del racismo.

Cabe destacar que ninguno de estos libros, el de Houellbecq o el de Fallaci, ni la revista Cités han sido censurados ni sus autores juzgados por incitación al odio racial. No ocurre lo mismo con los escritores del otro bando.

La crispación del debate es tal que, de forma automática, cualquier crítica viva de la política israelí, ya proceda de árabes, musulmanes o incluso intelectuales o personalidades de tradición cultural o religiosa judía, es tachada de antisemitismo.

Por ejemplo, cuando el escritor Renaud Camus, autor de La Campagne de France, revela que los principales cronistas de France-Culture, la radio de la elite cultural francesa, radio pública en todo caso, son de confesión judía, se arma un gran escándalo, amplificado por el periódico Le Monde que le acusa de fomentar el antisemitismo. Renaud menciona este hecho de pasada en unas pocas páginas de un voluminoso libro de 700 páginas. Pero basta con eso para que se desate una campaña contra él. En cambio, cuando un autor de novelas policíacas, Maurice Le Dantec, se vincula a un grupo de extrema derecha francesa y justifica la violencia contra los árabes y los musulmanes, la prestigiosa editorial Gallimard se limita a deplorar sus afirmaciones, sin interrumpir su colaboración con él.

Obedeciendo al espíritu del tiempo, Jean Jacques Aillagon, ex ministro de cultura, tras un telefonazo de su amigo el escritor Bernard Henri Lévy, retiró de la programación una película realizada por un israelí, Eyal Sivan, y un palestino, Michel Kheleifi, titulado La route 181, fragments d´un voyage en Palestine-Israël, porque presentaba una visión «unilateral» del problema palestino-israelí. El ex ministro ordenó la censura sin molestarse siquiera en ver la película ni darse cuenta de que estos dos cineastas profesionales, procedentes de bandos opuestos, al cruzar sus miradas aportaban una visión sintética del problema.

Los favores mundanos no deberían reemplazar a la política. Aillagon salió del gobierno Raffarin tras la derrota electoral de la derecha en las elecciones regionales francesas del 28 de marzo de 2004 y fue contratado en Venecia por François Pinault, hombre de negocios y amigo de Bernard Henri Lévy. Pero el documental sigue ganando audiencia, aunque el cineasta israelí Eyal Sivan no ha podido quitarse el sambenito de «antisemitismo» que le ha colgado, con total impunidad, uno de los cabecillas de esta facción, Alain Finkielkraut.

Peor aún, el CRIF (Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia), que como instancia de mediación ante los poderes públicos debería fomentar la cohesión nacional y el diálogo interreligioso, desvirtúa su función situándose a la vanguardia de la lucha antiárabe.

El presidente del CRIF en persona, Roger Cukiermann, manifestó públicamente, sin ser desautorizado, su satisfacción por el buen resultado del jefe de la extrema derecha francesa Jean Marie Le Pen en las elecciones presidenciales de 2002, al considerar que era «una buena lección para los árabes». Ninguna personalidad francesa de primera fila, política o religiosa, protestó en esa ocasión.

Asimismo, cuando las organizaciones judías organizan conciertos de gala para recaudar dinero destinado al ejército israelí y «al bienestar del soldado judío», tampoco hay nadie que se atreva a criticar esta operación de promoción inoportuna y provocadora, pues su principal beneficiario, con arreglo al Derecho Internacional, es un «ejército de ocupación» en Cisjordania, Gaza y Siria. Nadie dijo ni pío cuando el coro del ejército israelí, en diciembre de 2006, organizó una gira por Francia en compañía de las familias del cabo Shalit y de los dos soldados israelíes capturados por Hizbulá, ocultando la suerte de los 10.000 presos libaneses, palestinos y árabes que se pudren en las mazmorras israelíes bajo lo que el antiguo presidente usamericano Jimmy Carter califica de «régimen de apartheid».

Tampoco se han oído críticas cuando Israel desató una destrucción sistemática de Líbano, en flagrante vulneración del Derecho Humanitario Internacional, como represalia por la captura de los dos soldados israelíes en el sur del país.

Otro indicio de la degradación del sentido cívico nacional es que nadie ha osado objetar la calidad de «francés» del cabo Shalit, «el nuevo soldado Ryan» de los tiempos actuales. Peor aún, nadie, en la clase política y en la prensa, se ha aventurado a plantear el problema de la doble bandera de los binacionales francoisraelíes en el ejercicio de responsabilidades políticas o militares en Francia o en Israel, particularmente en tiempo de guerra.

El ministerio de Asuntos Exteriores ha manifestado en varias ocasiones que se implicaba en la liberación del cabo Shalit —no tanto por razones humanitarias, lo que sería comprensible, cuanto debido a su «nacionalidad francesa»—, omitiendo el hecho de que este ciudadano participaba en una operación de guerra en un ejército extranjero contra un pueblo supuestamente amigo de Francia, el pueblo palestino.

3) Aclaración del ministerio de Asuntos Exteriores francés sobre la situación jurídica de los binacionales francoisraelíes que sirven en el ejército israelí:

El ministerio de Asuntos Exteriores le ha explicado al autor de este artículo que «El estatuto jurídico de los soldados israelíes que también disponen de la nacionalidad francesa está regulado por el Convenio entre Francia e Israel sobre el servicio militar de los ciudadanos con doble nacionalidad de 30 de junio de 1959.

»En virtud de este tratado, los ciudadanos con doble nacionalidad deben cumplir su servicio militar activo en aquel de los dos Estados donde tengan fijada su residencia (art. 2, 1º). También pueden prestar servicio como voluntarios en las fuerzas armadas del Estado que elijan antes de ser llamados a filas por el otro Estado (art. 3); a este respecto, la supresión del servicio militar obligatorio en Francia no parece tener más consecuencias para las personas consideradas que permitirles alistarse como voluntarios en las fuerzas armadas de uno de los dos Estados. Por otro lado, el artículo 7 del Convenio permite el llamamiento a filas de los ciudadanos con doble nacionalidad en caso de movilización.

»Por último, en lo que concierne más directamente a la nacionalidad de las personas aludidas en el Convenio, su artículo 8 establece que “las disposiciones del presente Convenio no afectan a la condición jurídica de los interesados en materia de nacionalidad”.

»Por lo tanto, el alistamiento del cabo Shalit en el ejército israelí no constituye en ningún caso una “doble lealtad” que lleve a “la confusión jurídica”, para decirlo con las palabras de su mensaje. El Convenio de 30 de junio de 1959 tiene por objeto preciso regular la situación militar de los binacionales francoisraelíes, preservando la “condición jurídica de los interesados en materia de nacionalidad” (artículo 8) y, por lo tanto, el conjunto de los derechos derivados de la posesión de la nacionalidad francesa».

Tomamos nota de esta respuesta del ministerio de Asuntos Exteriores, con la salvedad de que cuando se firmó este convenio en 1959, en plena euforia francoisraelí posterior a la agresión tripartita de Suez (de Francia, Gran Bretaña e Israel en 1956), el ejército israelí no ocupaba territorios árabes y por lo tanto, en virtud del derecho internacional, no era un «ejército de ocupación».

4) ¿Un odio imaginario?

El CRIF, por su parte, se opuso en el pasado a algunas operaciones pedagógicas palestino-israelíes que no le convenían, para poder mantener la división. En concreto se opuso a una conferencia de prensa conjunta en el colegio de Niza, en el sur de Francia, entre Leila Shahid, antigua representante de Palestina en Francia, y Michel Warshavski, escritor israelí opuesto a la política de su país, con el pretexto de que la escuela francesa no debía ser un lugar de debate en Francia. Lo cual hace sospechar que para el CRIF y, en particular, para su representante en el sur de Francia, el diputado Rudy Salles, que presentó la demanda de prohibición, sólo los incondicionales de Sharon y sus sucesores tienen derecho a la palabra en Francia.

Sin miedo a contradecirse, el CRIF, sin embargo, había pedido y obtenido permiso para que los alumnos del sur de Francia de todas las confesiones (cristianos, judíos y musulmanes) hicieran una visita a Auschwitz, en Polonia, en viaje de reflexión a este antiguo campo de concentración de judíos del régimen nazi. El viaje, al que los padres de los alumnos árabes habían dado su aprobación, debía tener una función pedagógica para denunciar los horrores de la guerra y el racismo.

La pedagogía no puede ser de sentido único. En vista de que la conferencia de Leila Shahid en Niza se había anulado, los padres árabes anularon también el viaje a Auschwitz, pues no estaban de acuerdo con el doble rasero en la lucha contra el racismo.

Por otro lado, el 18 de marzo de 2004 Jean Pierre Raffarin3, tres días antes de las elecciones regionales, otorgó al CRIF el derecho a asociarse a la policía de internet para rastrear sitios «antisemitas». Un derecho que supone un privilegio desorbitado, en contradicción con el principio de legalidad, uno de los principios básicos de la república francesa.

El CRIF no esperó a disponer de esta facultad para hacer una labor policíaca con cualquier opinión disidente, incluyendo la de los intelectuales de cultura o religión judía. La asociación France-Israël interpuso sendas denuncias contra el sociólogo Edgar Morin, crítico con la política del gobierno de Ariel Sharon, y el politólogo usamericano Norman Finkelstein, autor de un libro sobre La industria del holocausto que es «una reflexión sobre la explotación del sufrimiento de los judíos», por difamar a Israel.

Rompiendo el tabú, un abogado del colegio de París, Guillaume Weill-Raynal, hermano gemelo del periodista Clément Weill-Raynal (uno de los cabecillas del sionismo francés), ha hecho una «contrainvestigación sobre el nuevo antisemitismo en Francia» para denunciar el «miedo imaginario» creado por el judaísmo institucional, los medios y algunos intelectuales famosos, a base de construcciones intelectuales «del orden de lo fantástico» que infunden temor a la comunidad judía en vez de ayudarla a enfrentarse a los retos contemporáneos(*).

5) Una indignación selectiva

La indignación es selectiva: Georges Frêche, Alain Finkielkraut y Pascal Sevran siguen teniendo carta blanca, pero el humorista francocamerunés Dieudonné está en la picota por caricaturizar el extremismo del que fuera primer ministro israelí Ariel Sharon, cambiando el saludo nazi «Heil Hitler» por «IsraHeil». Tras serle vetado el acceso a ciertas salas, como la célebre Olympia de París, fue procesado por «incitación a un odio de carácter racial».

Durante el proceso contra Dieudonné, el 2 de abril de 2004, Robert Menard, responsable de la organización Reporteros Sin Fronteras, deploró «un cierto retroceso de la libertad de expresión» en Francia y denunció la parcelación étnica del pensamiento, un fenómeno que, según él, supone que «si no eres judío no puedes hablar de los judíos».

La Pasión de Cristo, la película de Mel Gibson que relata la crucifixión de Jesucristo, es uno de los últimos ejemplos. Los grandes productores franceses no quisieron comercializarla porque hacía recaer en los judíos la responsabilidad de la muerte de Cristo y favorecía el rebrote del antisemitismo.

Como si unos rabinos que supuestamente ordenaron, hace dos mil años, la muerte de Jesús, hubieran transmitido esta responsabilidad a todos los judíos, religiosos o ateos, para toda la eternidad; tampoco los atentados antioccidentales de Al Qaida o de cualquier otra organización pueden salpicar a todos los árabes y musulmanes, condenados por la opinión pública occidental a cargar eternamente con esa responsabilidad.

Debido a la colaboración de las autoridades francesas con el régimen nazi durante la segunda guerra mundial (1939-1945) y su contribución a la deportación de los judíos de Francia a los campos de concentración, el antisemitismo es un tema sensible en Francia. Acusación infamante, condena a una suerte de ostracismo a todo el que la padece.

La acusación de antisemitismo es, de alguna manera, el arma de destrucción masiva absoluta, y equivale a una condena absoluta. Es el arma de disuasión por excelencia para neutralizar cualquier crítica contra la política israelí.

Pero tanto se abusa de ella que puede acabar perdiendo eficacia. Del mismo modo, a fuerza de sustituir la judeofobia por islamofobia para conjurar el antisemitismo tradicional, recurrente en la sociedad francesa, se puede acabar perpetuando otra forma de racismo igual de repugnante, igual de condenable.

(*) Une haine imaginaire? Contre-enquête sur le «nouvel antisémitisme» , Guillaume Weill-Raynal, Armand Colin, marzo de 2005; «El drama es que cuando los grandes medios alimentan este mito de un odio antijudío subyacente, sobre todo en el tratamiento del conflicto palestino-israelí, los aprendices de brujos hacen todo lo posible para que la comunidad judía, lejos de enfrentarse a los retos contemporáneos, permanezca atenazada por el miedo e incluso por el rechazo al otro, lo que podría hacerle perder el alma» escribe, entre otras cosas, Weill-Raynal.

Notas del traductor:

1 De Villiers acaba de publicar un libro, Les mosquées de Roissy, en el que denuncia que el principal aeropuerto francés está infiltrado por cientos de empleados islamistas.

2 Del nombre de Jean-Marie Le Pen, dirigente del Frente Nacional.

3 Primer ministro francés entre 2002 y 2005
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