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La ejecución de Saddam y la ejecución de Irak

Saddam era malo. Pero, si queremos ser honestos, debemos decir que Irak está viviendo ahora bajo las prácticas de aquéllos que son mucho peores que él.

31/12/2006 - Autor: Ghassan Charbel - Fuente: elcorresponsal.com
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Momento del ahorcamiento del ex-presidente iraquí Sadam Husein
Momento del ahorcamiento del ex-presidente iraquí Sadam Husein

El destino de Saddam Hussein no tiene ninguna importancia. Él nunca esperó morir por efecto de los achaques de los años. Siempre supo que en alguna parte una bala lo estaría buscando y que en alguna parte un complot en su contra se estaría tramando. Él sabe ahora que el plan se ha ejecutado y tendrá sus efectos dentro de poco.

Saddam sabía que el sufrimiento lo estaría esperando una vez que su poder se debilitara. Que su cuerpo sería arrastrado por las calles de Bagdad hasta que quedara mutilado e irreconocible. Por eso él atacaba a quienquiera que considerara un peligro potencial. Él era el gobernante, el juez y la corte. Sus enemigos fueron enviados al patíbulo más sobre la base de su ira que la de las evidencias.

Está fuera de discusión intentar defender Saddam o bucar razones para conmutar su pena. Sus crímenes en Irak y más allá de sus fronteras han sido flagrantes. Él fue un dictador cruel. Sus prácticas dieron lugar a naciones de viudas y de huérfanos. Por consiguiente, merece ser castigado, pero la discusión sobre si merece o no merece la pena de muerte no debe distraernos de lo que es mucho más importante: la destrucción de Irak que están llevando adelante iraquíes y extranjeros.

El destino de Saddam, como persona, es trivial. Nosotros hubiéramos preferido que cayera por efecto de un Irak donde la democracia y la ley prevalecieran. Hubiéramos preferido que su caída fuera por efecto de la victoria de la justicia y el fin de la tiranía y el totalitarismo.

Saddam era malo. Pero, si queremos ser honestos, debemos decir que Irak está viviendo ahora bajo las prácticas de aquéllos que son mucho peores que Saddam.

Podemos decir, simplemente, que la ejecución de Irak es infinitamente peor que los crímenes de Saddam. Mucho peores son aquellos que derrocaron el régimen de Saddam, abrieron la puerta a lo desconocido, disolvieron el ejército iraquí, promovieron y politizaron la disolución del partido Baa"th, aprovecharon para vengarse, formaron escuadrones de la muerte, practicaron la matanza sectaria, promovieron el éxodo de miles de personas y activaron el sectarismo.

Mucho peores que Saddam son aquellos que se aprovecharon del vacío de poder para convertir a Irak en un coto de caza y en una trampa. Mucho peor que Saddam es quien consideró la muerte de soldados norteamericanos una buena justificación para ejecutar a iraquíes y al mismo Irak. Mucho peores que Saddam son los políticos iraquíes que ejecutan las agendas políticas extranjeras a expensas del país.

Saddam fue un dictador cruel, pero Irak tenía existencia bajo su reinado. La decisión de desestabilizar a Irak es más peligrosa que todas las aventuras de Saddam. Esta decisión ha minado los equilibrios históricos en la región, significó un retroceso para los árabes más peligroso aún que la situación de Palestina y activó una sedición que podría llevar a la destrucción de otros países árabes.

Yo sé que muchas personas sueñan con ver muerto a Saddam. Que están contando los días y preparándose para la celebración. Quieren vengar a sus seres queridos. Pero ese escenario aumentará el dolor. El cuerpo de Saddam agregará combustible al fuego y apuntalará el plan de destrucción de Irak. Aquellos que están contentos con el actual statu quo en Irak deben recapacitar. El escenario por delante hará que muchos iraquíes y árabes en general después se lamenten de la pérdida del dictador.

El autor es periodista de Al Hayat (110.000 ejemplares, Reino Unido), diario árabe de política internacional, y casi prooccidental. Libanés de origen, fue comprado en 1990 por el príncipe y mariscal saudita Khaled ibn Sultan. La traducción del inglés pertenece a Sam More para www.elcorresponsal.com.
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