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Sobre la paciencia y resignación de quienes son probados, de Ibn Abbad de Ronda

Carta 7ª de las Catas Menores de Ibn Abbad.

26/12/2006 - Autor: Ibn Abbad de Ronda - Fuente: Ibn Abbad de Ronda, Sufi Letters of the Sufi Path, tr. ingl
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Ibn Abbad
Ibn Abbad

Sobre los grados de paciencia y resignación de aquellos que son probados

A Yahyā al-Sarraŷ (probablemente)

Las alabanzas le pertenecen a Dios.

He recibido la carta en la que describes tu confusión sobre la cuestión de la paciencia ante la adversidad. Pero la cuestión está bastante clara y requiere poco debate. El sufrimiento es una de las estaciones de la certeza y es proporcional a la fuerza o la debilidad de tal certeza, y aumenta y disminuye. La paciencia consiste en no permitirle al alma realizar los actos y palabras voluntarios que se oponen a la Ley revelada (šarī´a) y a la realidad (haqīqa) bajo el dominio de las tendencias inferiores. Sólo los individuos con una certeza consolidada, y en quienes las características de sus almas son pocas, pueden llegar a este grado deseable de paciencia. Quien tiene una certeza débil, y en quienes las características de su alma son predominantes, no podrá ser paciente y no podrá perseverar en ella, pues ha bajado su guardia de forma negligente en respuesta a los dictados de su disposición natural. Y como resultado, al final tal persona cae en la incredulidad –que Dios nos proteja de tal cosa –calificando como injusto a Dios, el Elevado.

Así como la gente varía en infinitas formas de certeza, de igual manera se diferencian entre estos dos extremos de la paciencia. Si la certeza de una persona es fuerte no experimenta angustia alguna cuando las pruebas le llegan, y hasta puede encontrar placer en ellas y considerarlas como un beneficio. Y esta es una de las estaciones más elevadas del amor y la resignación. Cuenta una historia que alguien le preguntó a Sarī al-Saqatī: “¿El amante prueba la angustia?” “No,” contestó. Entonces le volvieron a preguntar: “Aunque le golpeen con una espada?” “Incluso aunque le golpearan setenta veces,” contestó.

Déjame que lo explique un poco más. Una persona puede experimentar el dolor físico y pese a todo encontrar el deleite en su corazón, puesto que ha sido dicho: “La resignación es el deleite del corazón ante la ocurrencia de los decretos divinos.” Abū Ya´qūb al-Nahraŷūrī dijo: “cuando el siervo llega a la realización completa de la certeza, considera la prueba una gracia y la facilidad un serio obstáculo.” Incluyo llega más allá y tal persona considera la ocurrencia de la prueba lo mismo que su ausencia. Si su certeza aminora retrocede, pues el núcleo de su ser se contrae por la falta de expansión de la luz de su certeza. Y este retroceso lo lleva, a su vez, a la queja y la angustia.

Cuando el siervo experimenta la adversidad, las palabras “no hay ayuda ni poder sino dios” le ayudan a evitar el estrechamiento del núcleo de su ser. Para aquellos que están todavía en el camino, la verdad de estas palabras es perjudicial; pero para quienes poseen la certeza resultan ventajosas. Tales palabras previenen que los lamentos del enfermo degeneren en la queja, pues identifican la enfermedad como parte de lo que se le ha ordenado al siervo. Hasta el pavo real desestima lamentarse cuando está enfermo. Dice la tradición que Zakarías, la paz sea con él, lanzó un lamento cuando la sierra le fue puesta en el cuello. Así que Dios el elevado le dijo: “Si me llega otro lamento tuyo pondré los cielos y la tierra en absoluta confusión.”

Cuando una persona afligida evita que su alma diga tales palabras o que se enoje, palabras que lo único que consiguen quedarse a gusto al quejarse, entonces está practicando la más bella de las paciencias. Y Dios, el Elevado, ha dicho en Su Libro en referencia a Jacob, la paz sea con él, “La paciencia es bella” (12:18), indicando que la paciencia es una cualidad que aleja la queja y la disconformidad. Así, si tales pruebas le ocurren a alguien y trata de contenerse de cualquier queja importante y de mostrar disgusto, y de evitar exceder los límites del conocimiento, y de mostrar su disgusto y sus sentimientos negativos, entonces tal persona ha alcanzado una estación en la paciencia, a pesar de que no sea la de los elegidos. Si, por otro lado, responde de manera negativa, entonces es que ha abandonado la estación de la paciencia completamente y ha caído en su opuesto, es decir, la impaciencia. Si uno admite lo malvado de sus acciones y ejercita la contención de su alma, y esto supone el esfuerzo de forma no natural, entonces es uno de los que tratan de alcanzar la paciencia. Pero es una paciencia afectada, como el ascetismo forzado es un ascetismo afectado. Y no lleva a ninguna estación digna de mención ni a ningún estado digno de emular.

Mi opinión es que la experiencia de la angustia no disminuye la paciencia porque el siervo no la experimenta de forma voluntaria. Sólo un acto voluntario que suponga la experiencia del dolor que sea incompatible con la Ley y la realidad puede disminuir la paciencia. Y actos de este tipo ocurren en proporción al grado de certitud; su aparición varía con el grado de certeza. Y estos tres grados son básicamente los mencionados en el Corán (102:5,7; 56:95): el conocimiento de la certeza, la certeza en si misma, y la realidad de la certeza. Entre estas tres categorías hay grados infinitos. Uno de los gnósticos ha dicho: “el siervo no llega a la realidad de la certeza hasta que no se ha separado de todo lo que hay entre la tierra y el Trono de Dios que Lo separa de Dios, de forma que Dios es su único deseo y prefiere a Dios sobre todas las cosas.” La certeza no tiene un límite superior. Mientras uno estudia y comprende la fe, la certeza se suma a la certeza.

Que Dios nos sustente con sus riquezas infinitas y Su munificencia y generosidad.

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