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Celebramos la Navidad

Unas fiestas ancestrales que se montaron sobre otras relacionadas con Mitra o con Saturno o con Osiris o con el solsticio de invierno. ¿Qué más da?

23/12/2006 - Autor: José Carlos García Fajardo - Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias
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Las Navidades
Las Navidades

Algunos se empeñan en banalizar nuestra existencia. Fuera tradiciones, costumbres ancestrales, festividades y celebraciones descalificadas como mitos. ¿Qué es el mito sino una realidad más allá de la verdad?, como dicen Tolkien y Lewis. Reflejan una realidad para aquellos que los han creado y que conviven con ellos, aún conscientes de que no encierran toda la verdad. Sería una actitud adánica e iconoclasta si no fuera por lo insostenible de sus planteamientos que tratan de ocultar no poca ignorancia y el miedo a lo desconocido que producen la temida inseguridad. En ello se apoyan los poderes religiosos que temen al gozo del placer porque no creen en la felicidad humana y natural. Y los poderes políticos, sociales o económicos para impedirnos pensar y tomar decisiones libres y satisfactorias. Al menos, decisiones coherentes con la actitud que cada uno de nosotros debe adoptar ante el vivir. Sin temor a caer, sabiendo que el suelo nos ayudará a levantarnos. Porque, aunque la vida no tuviera sentido tiene que tener sentido vivir aquí y ahora, en un mundo de relaciones y de posibilidades, al menos la de no trabajar como bueyes uncidos a un arado ni como esclavos sino como artífices de nuestra propia realidad.

Para poder hacer lo que quisiéramos no encuentro otro camino que comenzar por querer lo que hacemos y, desde su comprensión, transformar, mediante la voluntad, aquello que podamos aceptar sin amarguras estériles lo que no podamos cambiar. No es una cuestión de voluntarismo ni de fuerzas sobrehumanas, ni mucho menos de fiarlo todo a la fortuna o a pretendidas intervenciones de divinidades propiciatorias, aunque el azar también tiene su puesto.

Estamos celebrando las Navidades. Unas fiestas ancestrales que se montaron sobre otras relacionadas con Mitra o con Saturno o con Osiris o con el solsticio de invierno. ¿Qué más da? Lo que importa es la celebración del cambio estacional, desde la noche más grande del año, acogiendo un nacimiento que simboliza la esperanza, el renacer, la nueva vida. Tiene que ver con nuestra propia infancia, esa dolencia de la que uno felizmente no se cura. Es un fenómeno cultural con miles de años de “historia”. En otras latitudes, de forma similar se “celebra” el nacimiento del Buda o de otros avatares de la divinidad como quiera que se conciba. Y siempre en relación con la mutación de una naturaleza viva y palpitante aún bajo las nieves del invierno, los árboles sin hojas y la tierra yerma que se prepara para un renacimiento impresionante en la primavera. ¿Es esto antropomorfismo? ¿De qué otra manera podemos considerar nuestra existencia humana, y no sólo animal, sino vinculada al medio ambiente en el que “vivimos, nos movemos y somos”?

Aún desde la perspectiva más materialista no podemos ignorar los hechos culturales que sostienen nuestra personalidad y nuestra forma de vivir, nuestro progreso y nuestra lucha por una sociedad más justa y solidaria, más libre y que reconozca el derecho de todos los seres a la búsqueda de la felicidad. No se trata de una vuelta a la naturaleza ni mucho menos a una Edad Dorada o a un Paraíso que jamás han existido. Como tampoco podemos concebir paraísos o edenes semejantes después de la muerte. Igual que no sufrimos por lo que “éramos” antes de nacer es absurdo preocuparnos por lo que “seremos” después de la muerte. Nuestro quehacer es vivir aquí y ahora con la mayor plenitud posible, con coherencia y armonía, conociéndonos y reconociéndonos para ser consecuentes con nuestra realidad, con nuestro ambiente y con nuestras relaciones. Todo lo demás es sufrimiento estéril por absurdo.

Dejemos el envoltorio y disfrutemos del regalo, del presente de esa reunión familiar, de esa vuelta al hogar, sí, al seno en donde un día te supiste acogido y querido. Que eso es el hogar, el lugar en dónde nos esperan y acogen porque nos pertenece al tiempo que les pertenecemos.

No tenemos por qué sucumbir a la indecente agresión consumista. Ni tenemos por qué asistir al templo, si no queremos, ni creer en planteamientos ideológicos que enmascaran la fecunda realidad de la vida que celebra las estaciones, los pasos, los frutos, las pruebas iniciativas mediante bailes y comidas, danzas y vestidos, juegos y abrazos. ¿Por qué no permitirnos recuperar nuestros sueños de infancia compartiéndolos con nuestros hijos y nietos, con amigos y conocidos? ¿Por qué no salud-darnos mediante el deseo de la felicidad? Al fin y al cabo, sólo una persona ajena a la cultura y a las realidades que nos sostienen, es capaz de rechazar como absurdas estas celebraciones. Sin el reconocimiento del hecho histórico (fuera el 25 de diciembre de hace dos mil años o hace dos mil cuatro, u otra fecha cualquiera) ¿podríamos comprender algo de nuestra historia, del arte y de la cultura, de errores y de progresos, sin la existencia de ese humilde judío de Anisarte, que pasó haciendo el bien, acogiendo a los marginados, que desafió a los poderes constituidos de su tiempo, que predicó las Bienaventuranzas, uno de los monumentos culturales de la Humanidad, que amó y fue amado, que hizo que el sábado fuera para el hombre y no al revés, que superó las ataduras religiosas y sociales de su tiempo, que enalteció a las mujeres, a los niños, a los pobres y a los ancianos y que trajo la Buena Nueva para todos los seres humanos: Amaos los unos a los otros y buscad el Reino que pertenece a los que padecen persecución por causa de la justicia, a quienes dan de comer al hambriento, de beber al sediento, que visten al desnudo, que enseñan al que no sabe, que consuelan al triste, que comparten. Y que no juzgan ni condenan sino que siempre están dispuestos a acoger con un brazo mientras que con el otro aportan propuestas alternativas a las injusticias sociales que denuncian sin cesar formando muros y redes de solidaridad. Y para esto no precisan de teologías ni de fundamentalismos ideológicos. Les basta con caminar con su corazón a la escucha, su mente abierta a la verdad y al entendimiento mientras sus brazos se abren para acoger y para bendecid, para acariciar y para curar.

¡Feliz Navidad a todos, porque celebramos la Noche preñada del nuevo amanecer que alumbra nuestro caminar de personas solidarias, frágiles pero llenas de esperanza!

José Carlos García Fajardo es Profesor de Pensamiento Político y Social (UCM) y Director del CCS fajardo@ccinf.ucm.es
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