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Más allá del velo: Los musulmanes de Europa

Ya no somos extranjeros. Ya vivimos aquí. La mayoría de nosotros ya ha sido integrada, con velo o sin él

30/11/2006 - Autor: Newsweek - Fuente: Newsweek
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El Gobierno danés acaba de anunciar que está buscando prohibir el velo musulmán en lugares públicos. El Vaticano ha declarado que el velo muestra falta de respeto para las culturas y sensibilidades locales.

Las autoridades alemanas del Rhin del Norte-Westfalia dicen que debe disciplinarse a los maestros musulmanes que utilizan turbantes en desafío a la prohibición impuesta en mayo.

En Bretaña, Jack Straw recientemente le echó leña al fuego sugiriendo que esta pequeña prenda tradicional musulmana “separa a la gente” y echa a perder la integración.

“La comunicación requiere que ambos lados se vean a la cara uno al otro”, dijo el ex ministro de Relaciones Exteriores, mostrando maestría en la sensibilidad transcultural.

“Usted no solamente escucha lo que la gente dice, sino que además usted ve lo que significa”.

Los musulmanes británicos inmediatamente se preguntaron cómo el ex miembro del gabinete de Straw, el ex secretario de Asuntos Internos, David Blankett —ciego de nacimiento— consiguió su empleo.

Tal vez Straw no tuvo la intención de lastimar con este comentario. Sin embargo, ya de por sí había tenido una mala semana. El líder conservador David Cameron recibió golpes por lo que él denominó “ghettos musulmanes”.

Los tabloides británicos despotricaron contra un taxista musulmán que supuestamente rehusó conducir a una mujer ciega debido a que ella tenía un perro en el auto y eso ofendía sus creencias religiosas. Aun el primer ministro Tony Blair no podía estar en paz y denominó al velo una “marca de separación”.

Quién pensaría que tales encuentros pudieran hacer erupción por una pequeña prenda de vestir, no mayor de 20 centímetros de largo, que un pequeño número de mujeres musulmanas occidentales utilizan para cubrir sus caras.

Ciertamente esta no fue la primera ocasión en que una prenda de vestir de las mujeres musulmanas había causado una crisis, y seguramente no será la última vez. Sin embargo, ¿cuál es la razón de que un velo pise cuerdas tan sensibles, cause suspicacias de que los musulmanes son una minoría insoportable, enfrentados con el estilo de vida europeo, y también una amenaza a la seguridad?

Para comenzar, pongámonos en la misma página de este debate, empezando con quién soy yo: una mujer británica joven, profesional, bien educada y “bien integrada” que escoge usar su fe —en mi caso, el turbante— en su manga. A pesar de que nací en Londres, crecí en Singapur ninguna mujer en mi familia utilizó esta prenda de vestir, y las muestras abiertas de su religiosidad fueron sentidas como fuera de orden con los tiempos.

Empujada por un fuerte sentido de justicia social y queriendo reconectarme con mi espiritualidad, encontré el Islam en la Universidad, lugar en donde fui una activista escolar. Mi decisión de usar el turbante, denominado nijab, al principio era una forma de definir mi identidad y respaldar la confianza acerca de quién era y qué valores me guiaban.

Con el tiempo, llegó a expresar también mi devoción. Probablemente nunca utilice un velo sobre mi cara, el nijab francamente me hace sentir incómoda. Sin embargo, en el mejor espíritu volteriano, lucharé y defenderé el derecho de las mujeres musulmanas a utilizar lo que se les antoje.

Tampoco estoy sola, como encontré en un viaje de reportaje reciente a Blackburn, donde están los votantes de Jack Straw, en el mero corazón de la mal entendida población musulmana de Gran Bretaña, donde un número cada vez mayor de mujeres jóvenes y educadas están escogiendo usar el velo.

Típicamente una de ellas es Faatema Mayat, una catedrática universitaria de psicología y física, quien me dijo que ella adoptó el velo debido a que siente que es su vestimenta religiosa más cercana al ideal islámico. Sin embargo, enfatiza, eso no es algo que pretenda imponer a nadie. “El velo es justo una parte de la magnífica diversidad que tenemos en este país”, explica.

Amistosa y extrovertida, casi a diario tiene conversaciones con vecinos no musulmanes, a quienes explica por qué utiliza el velo y raramente encuentra hostilidad.

Lo anterior contrasta con un viaje que ella y su hermana hicieron a Marruecos, donde la gente les gritaba “Hezbolá” en la calle.

Como un símbolo de integración o la falta de ésta, su nijab es irrelevante, al menos como ella lo ve; es sólo una medida de encuentro social.

Casi invariablemente, las mujeres musulmanas que utilizan el velo son consideradas introvertidas, sin poder alguno, manipuladas por sus hombres y de una cultura tercermundista. Sin embargo, consideremos a las mujeres con velo que lograron hacer que se incomodara al señor Straw. Ellas estaban suficientemente preocupadas acerca de sus comunidades (y tenían suficiente conocimiento del proceso democrático) para ver a su representante.

¿Cuántos ingleses (o franceses o alemanes) siquiera conocen los nombres de sus representantes? Mucho menos los abordan en una reunión pública o en organizaciones como la sociedad An-Nisa en Wembley, que ha abierto brecha con programas singulares dirigidos a la salud mental y sexual de las mujeres musulmanas.

Esta semana tendrá su primera conferencia nacional para promover un mayor respaldo para los padres musulmanes. Algunas de las mujeres que estarán presentes utilizarán el velo y otras no. Hay muy poca diferencia. Nuevamente es el punto de encuentro —gab, y no garb (prenda).

El debate en Gran Bretaña acerca del velo, al igual que la controversia presente sobre los turbantes en Francia o el furor sobre la muerte del director Theo van Gogh en Holanda, tiene más que ver con la crisis de identidad propia de Europa que con la presencia de “gente peligrosa”.

Cuando la Europa postcomunista, secular y democrática supuestamente tenía que ir en ascenso, jugando su rol decisivo al final de la historia, el Islam llegó a echar a perder la fiesta. La presencia de comunidades musulmanas, para quienes la religión sí importa, está cambiando la opinión pública europea.

Las tendencias demográficas —migración y tasas de fertilidad musulmanas— indican que la población islámica de un país como Austria crecerá del cuatro hasta el 26 por ciento para el año 2050, de acuerdo con la última edición de Erick Kaufmann de “Prospect”.

Para muchos europeos, el velo representa un reto para la civilización, una amenaza a su club cristiano. Aquellos que piensan de esta manera han encontrado algunos aliados inesperados. El director de la Comisión de Igualdad Racial de Gran Bretaña, Trevor Phillips, recientemente previno que el actual tono del presente debate sobre el velo, y la imposición general a los musulmanes británicos, pudiera generar conflictos raciales como el ocurrido en el norte de Inglaterra en el 2001.

Un año después en París, la advertencia de Phillips reforzó la impresión de que las comunidades británicas musulmanas son ollas de presión esperando el momento de explotar, que de alguna manera son incapaces de participar en paz en la democracia y por lo tanto requieren de reglas especiales.

Todo esto ha debilitado la fe británica en el ideal del “multiculturalismo”, señala Hummera Khan, cofundadora de la sociedad An-Nisa. “Uno de los logros del multiculturalismo fue que, como nación, nos hemos hecho más tolerantes de las apariencias externas de la gente”.

Ahora, habiendo aprendido a apreciar la libertad de expresión, ¿acaso debe impedirse que las mujeres utilicen el velo? “Necesitamos discutir acerca de lo que entendemos por vivir en una sociedad diversa”, dice Khan.

Los musulmanes no necesariamente se ayudan a sí mismos. En lugar de enfocarse en el poderoso mensaje teológico del Islam y su relevancia en la Europa moderna, algunos críticos dicen que los musulmanes gastan demasiada energía defendiendo los símbolos exteriores de su fe. “Crisis como éstas exponen a un vacío espiritual”, dice Navid Akhtar, productor británico de documentales.

“Nos estamos convirtiendo en una religión que está obsesionada por los iconos. Olvidamos adorar a Dios, y no lo hacemos con nuestros turbantes o nuestras barbas”.

Los musulmanes ciertamente tienen la obligación de no alarmar a sus vecinos, agrega, tanto como Straw y Blair implican. “Si su vecino está asustado, no todo es su culpa”, dice Akhtar.

“Tenemos la responsabilidad de encontrarlo a mitad de camino y tratar de calmarlo”.

Esas luchas internas no son nuevas. Hace casi 15 años, unos cuantos años después de la publicación de “Versos Satánicos” de Salman Rushdie, el editor fundador del noticiero “Q”, Fuad Nahdi, preguntó con mucha energía: “Más allá de las barbas, los turbantes y la carne halal, ¿cuál es la identidad musulmana en el siglo 21?” Hoy en día todavía estamos intentando responder esa pregunta.

Sin embargo, tarde o temprano será inevitable que el Islam europeo emerja, inspirado por mil 400 años de herencia, pero relevante de manera auténtica y cultural entre los europeos hoy en día.

Muchos británicos musulmanes, especialmente son como yo: jóvenes, politizados y activos socialmente, enfadados por la debacle de Irak y de la denominada guerra contra el terror. Sin embargo, estamos ansiosos de un debate riguroso. Somos la generación más globalizada en la historia europea, conectada a los países de nuestros padres o abuelos, así como a una comunidad espiritual más amplia del mundo del Islam. Por sobre todas las cosas somos ciudadanos británicos con un futuro compartido, cualquier cara que pudiéramos presentar al mundo.

Aquellos que han sonado la alarma sobre el velo pudieran hacer otra pregunta: ¿cuál es, exactamente, la Europa musulmana a la cual están solicitando ser integrados? Existen causas más importantes para la segregación que los velos, entre ellas la pobreza y la falta de oportunidades para el empleo y la educación. Y un punto final: en caso de que no sea obvio: ya no somos extranjeros. Ya vivimos aquí. La mayoría de nosotros ya ha sido integrada, con velo o sin él.

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