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Política imperial

El desastre de Irak sorprende porque era perfectamente previsible

29/11/2006 - Autor: Fernando Escalante Gonzalbo - Fuente: La Crónica de Hoy
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Imperialismo económico
Imperialismo económico

El desastre de Irak sorprende sobre todo porque era perfectamente previsible: cualquiera podía saber desde antes de que empezara que aquella guerra no podía ganarse en ningún sentido sensato de la palabra. Se dijo y se explicó en la prensa de todo el mundo, incluso con detalle. Había motivos para suponer que el gobierno norteamericano decidió la invasión a pesar de todo porque tenía una idea —por rudimentaria que fuese— de lo que se podía hacer para vencer algunos de los obstáculos que estaban anunciados (después de derrotar al ejército de Hussein, que había que dar por descontada). Y no. Según lo que puede verse, tras la decisión no había más que una confianza infantil y homicida en la fuerza bruta. Estados Unidos tenía más bombas, infinitamente más, y más tanques y aviones y soldados que Irak, de modo que la guerra estaba ganada, eso era todo; después la democracia, un gobierno amigo en una sociedad liberada, feliz. O algo por el estilo.

A estas alturas es evidente que no hay otra opción para el gobierno norteamericano más que la retirada: será en dos años o en tres, cuanto más tarde peor, pero las tropas estadunidenses saldrán de Irak en derrota, sin haber conseguido prácticamente nada. Se intentará seguramente un arreglo que permita el funcionamiento de un enclave petrolero con un ejército privado; es dudoso que se consiga ni siquiera eso. El espectáculo hoy es patético: la gran superpotencia que con cien mil soldados en el lugar mira la sucesión de masacres de todos los días sin poder hacer nada (no dudo que querrían, es que no pueden); son más de mil muertos al mes, casi cuatro mil en octubre y otros tantos en noviembre, en mercados y mezquitas y plazas, en el centro de Bagdad, gente común y corriente, cuyo asesinato importa sólo porque contribuye al clima de odio, resentimiento y desesperanza en que pueden prosperar los aventureros (y prosperan: los traficantes de armas, los pequeños líderes religiosos, los funcionarios de los servicios de inteligencia, los falsos iluminados que reclutan terroristas suicidas).

Nadie se entusiasma ya, es la única ganancia, cada vez que estalla una bomba en Irak. Nadie habla ya con absoluta seguridad de la “resistencia iraquí”. Nadie, por fortuna, está dispuesto a festejar esas muertes como consecuencia inevitable de una guerra justa.

La desvergonzada prepotencia de Robert Kagan, Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz y los demás asesores del presidente Bush viene a dar en esto: decenas de miles de muertos iraquíes, nuevas redes y militantes del islamismo en todas sus variantes, la región entera —de Israel a Pakistán— mucho más inestable e insegura de lo que era hace tres años, el ejército de los Estados Unidos humillado una vez más, los gobiernos de Irán y Siria crecidos porque se saben a salvo mientras continúe la carnicería en Irak. No son —ahorrémonos la tontería— las “civilizaciones” en conflicto, es política: cruel, objetiva, implacable.

La producción de orden es un fenómeno local, de espacios reducidos e identificables, donde la gente se saluda o no se saluda, donde hay o no hay agua potable, carreteras, empleo, donde hay una iglesia o una mezquita o dos, y una cadena montañosa y un río o ninguno. Ahí un inexplicable Flavio Sosa, un Enrique Rueda, un Ulises Ruiz producen orden echando mano del desempleo o de las oportunidades de trabajo, de subsidios o licencias, de la frustración y la esperanza y el encono. Y también de la legislación vigente y las organizaciones no gubernamentales, la prensa internacional, la inversión extranjera. Porque el orden, siendo local, está siempre vinculado con otros órdenes, en niveles superiores de integración, cuyos recursos pueden usarse para modificar la correlación de fuerzas.

La política imperial norteamericana es torpe —ineficaz, contraproducente— entre otras cosas porque no toma en cuenta la lógica de esos procesos locales ni las consecuencias más o menos remotas de su intervención en cualquier parte: desde su punto de vista los países periféricos apenas tienen entidad propia, fuera del papel que les corresponde en la estrategia global. No es un caso único. Tal vez sea la nota característica de cualquier política imperial.

Pienso por ejemplo en la política del imperio que viene, el chino, con su diplomacia de chequera, mucho más discreta que la norteamericana y de un pragmatismo explícito, sin complejos. China se limita a hacer negocios y respeta cuidadosamente los procesos políticos nacionales de cada país: no estaría del todo mal si fuese posible, pero no lo es. Los negocios, incluso cuando son sólo negocios, tienen consecuencias, lo mismo que el respeto al orden establecido. En los últimos tiempos, por ejemplo, la política exterior de China se ha concentrado en África; invierte en extracción de petróleo, compra minerales y madera, ofrece créditos baratos y vende manufacturas a precios fuera de competencia (llega dinero y la economía crece: aumenta de nuevo la deuda exterior, desaparecen ramas enteras de la industria local, se acelera la explotación de los recursos forestales y mineros). El gobierno chino, por otra parte, respeta mucho el orden que ha mantenido a Paul Biya como presidente de Camerún por más de veinte años, lo mismo que el que sirve de apoyo para la cleptocracia de Dos Santos en Angola o el catastrófico despotismo de Robert Mugabe en Zimbabwe.

El caso más trágico, ejemplar, sigue siendo el de Sudán. El gobierno de Omar el-Bechir inauguró hace unos meses un oleoducto para exportar el petróleo de los nuevos yacimientos, concesionados a la China National Petroleum Corporation; la mitad, hasta doscientos cincuenta mil barriles diarios, con destino en China. La cortesía obliga: con mucho respeto hacia los procesos políticos internos de Sudán, China ha vetado en el Consejo de Seguridad todas las iniciativas para detener el genocidio de Darfur o condenar al gobierno de Jartum. El resultado es que hay hasta la fecha más de trescientos mil muertos en Sudán, millones de desplazados, y una crisis que ya se ha extendido a partir de Darfur hacia el este de Chad y el nordeste de la República Centroafricana: refugiados, saqueos, poblaciones arrasadas, oscuras guerrillas con base en territorio sudanés. Por ahora sigue llegando el petróleo a China.

Los viejos imperios no son tampoco modelos de sutileza ni de sabiduría política. Noticias de la semana pasada: el juez francés Jean-Louis Bruguière ha exigido que se someta a la justicia francesa a varios dirigentes políticos de Ruanda, acusados de complicidad en el atentado contra el presidente Juvenal Habyarimana que señaló el inicio de la masacre de los tutsi en 1994. Según el ministro de justicia de Ruanda, Tharcisse Karugarama, es una maniobra de intimidación del gobierno francés para echar tierra sobre los hallazgos recientes de la Comisión de Investigación sobre el genocidio que hace apenas unos días hizo públicos testimonios que revelan la colaboración del ejército francés con las milicias hutu. La acusación no es nueva ni tiene nada de raro: Ruanda era un buen cliente, con un gobierno amigo, gran comprador de armas francesas; había medio centenar de oficiales franceses en el ejército ruandés y programas de capacitación para militares, policías y —por lo visto— para las milicias de Iterahamwe. Casi todo se sabía o podía intuirse a partir del informe de la comisión de investigación sobre Ruanda de la Asamblea Nacional francesa de 1997; su conclusión fue que Francia había “subestimado la amenaza” de violencia. Eso pasa, que se subestiman las amenazas.

Francia sólo trataba de apoyar a un gobierno amigo. No hubiera querido la aniquilación de los tutsi, sólo que todo se salió de control. Tampoco China quiere el desastre que se está produciendo en el África central ni Estados Unidos proyectó la actual carnicería en Irak. Dirán en el futuro que habían subestimado las amenazas.

Tristemente, se les puede creer: les pasa a los imperios como a cualquiera, que no pueden estar en todo, y las cosas –ya se sabe—tienen tendencia a salirse de control, sobre todo porque en esos lugares remotos e incomprensibles también se hace política echando mano de lo que hay, incluso de los recursos que pone el imperio con la mejor intención para defender el mundo libre, para instaurar la democracia o favorecer los intercambios comerciales. Por eso la historia resulta a veces tan confusa, retorcida, y casi siempre triste.
 

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