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Una llave para mil historias (2)

La historia de Agar e Ismael, con el nombre de Alláh para dibujar por los pequeños

09/11/2006 - Autor: Malika al-Yerrajhi - Fuente: Orden Sufi al-Yerrajhi
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Y en el lugar donde el ala tocó la tierra vio nacer un manantial de agua pura y fresca.
Y en el lugar donde el ala tocó la tierra vio nacer un manantial de agua pura y fresca.

“Una madre, un niño, un pozo y una ciudad sagrada”

Cuando hayas abierto con la llave de BISMILÁ este nuevo capítulo,
haz un turbante para tu cabeza con una bufanda o una toalla.
¡Nos vamos de viaje al desierto!
A uno enorme, en el cual, la mayor parte del tiempo
los viajeros sólo ven montes de roca, cielo y arena.

Imagina que somos parte de una larga caravana y que vamos montados en hermosos camellos. Viajamos por un desierto donde la arena y las piedras siempre tienen sed, porque suelen pasar meses sin recibir ni siquiera unas pocas gotitas de lluvia. Los días son largos y calurosos, y los esforzados viajeros tienen que llevar cubierta la cabeza para no enfermar con tanto sol. Por eso en las caravanas la gente lleva puestos los sombreros más extraños: redondos, rectangulares, con picos como los que usan las brujas de los cuentos o con viseras como los de los soldados. Sirven igual si están hechos de paja que de tela, y no te extrañe si ves a algún viajero olvidadizo que, a falta de otra cosa, tenga que ponerse en la cabeza un calcetín. Pero lo más elegante y típico en este desierto es usar turbante. Los guías de caravana son expertos en el arte de enredarse a la cabeza una larga pieza de tela de color negro. Cuando terminan de atarse el turbante, dejan por detrás, cayéndoles sobre su espalda, uno de los dos extremos de la tela. Se podría pensar que es un adorno, pero en realidad, les servirá para cubrirse la cara cuando el reflejo del sol los deslumbre o cuando el viento haga de las suyas. Es muy común que el viento sople de pronto y comience a levantar y a mover la arena por los aires obligando a las caravanas a detenerse para no perder el rumbo. En esas circunstancias los viajeros también tienen que cubrirse los ojos y la nariz como hacen los guías y esperar pacientemente a que vuelva la calma. Hasta los camellos, que son animales que aman y conocen de memoria el desierto, se quedan quietos cuando el viento arma semejantes alborotos.

Según pase el día dejará de sentirse tanto el calor. Y para cuando llegue la noche sentiremos mucho frío. Por eso las caravanas se detienen y acampan antes de que el sol se esconda. Tendremos que abrigarnos muy bien para poder salir de la tienda de campaña y acostarnos sobre la arena a mirar al cielo. No podríamos perdernos un espectáculo tan bello, hay pocos lugares en el mundo donde el cielo muestra a los curiosos todas sus estrellas. Aquí no sólo brillan las estrellas grandes, las que conoces porque se ven desde la ventana de tu casa. Se asoman incluso las más pequeñitas de todo el universo, las estrellitas que están naciendo. Y también las que están tan lejos o las pobres son tan viejas, que ya les cuesta algo de trabajo brillar. Si las observas con detenimiento descubrirás que su luz tiene matices, pueden verse algo rojizas, amarillentas, azulosas, o blanquísimas. Y algunas estrellas incluso forman con otras ciertos dibujos que sirven de orientación para los guías de las caravanas. Tampoco sería raro si nos tocara ver algunas estrella fugaces, de esas que siempre están nerviosas y viajan a toda prisa de un extremo al otro del cielo.

Ahora que conoces cómo el día y la noche en el desierto, dime: ¿cuál te parece a ti que podría ser su más grande tesoro? ¿Aquello que cualquiera quisiera encontrar para no morir de sed? Sí. ¡El tesoro de los desiertos es el agua! Imagina qué sentirías si después de viajar viendo solamente arena y piedras, y más arena y más piedras, de pronto encontráramos un pozo de agua rodeado con hermosas palmeras que ofrecen al viajero su sombra y sus dulces dátiles. ¡Qué alegría nos daría ver a lo lejos el verde de las palmeras! Sin duda hasta los camellos caminarían más rápido. Ellos también querrían refrescarse y beber.

Al llegar a un oasis las caravanas se detienen por dos o tres días para que todos recuperen sus fuerzas. Las tiendas se levantan entre las palmeras y los viajeros descansan en ellas durante las horas del día. Pero cuando llega la noche los miembros de la caravana se reúnen alrededor de una fogata para pasar unas horas juntos cantando y comiendo dátiles. Suelen dejar para el final de su reunión el relato de las antiguas historias del desierto. Siempre es alguno de los guías quien toma la palabra y comienza diciendo:

Hace miles de años atrás, muy cerca de aquí, ocurrió un milagro. Era un día extremadamente caluroso y una hermosa mamá conocida con el nombre de Agar caminaba por este desierto cargando entre sus brazos a su pequeño hijo Ismael. Ella es una de las mujeres importantes de nuestra gran familia humana, y había recibido una invitación de Aláh (el único dueño de todos los paisajes del mundo) para buscar un nuevo lugar en el cual establecerse y vivir con su pequeño niño. Agar caminó y caminó esperando ver alguna señal de Aláh que le indicara dónde era el lugar en el que debía hacer un nuevo hogar.

Pero después de horas no había visto más que arena y piedras, ni siquiera un pozo pequeño del cual dar de beber a su hijito. Cuando llegaron a un valle pequeño llamado Meca, la madre Agar sintió una ansiedad enorme al ver que Ismael estaba casi muriendo de sed. Dejó al niño recostado a la sombra de unas altas piedras para poder subir corriendo a lo alto de un monte cercano, conocido con el nombre de Safa. Tenía la esperanza de ver a lo lejos alguna caravana acercándose a la cual poder pedir ayuda. Pero no vio a ninguna persona que pudiera socorrerlos. Entonces corrió nuevamente sin perder de vista al niño. Se dirigió hacia lo alto de otro monte, el Marwa, que estaba al otro lado. “Quizá —debe haber pensado la madre Agar— desde allí pueda divisar algún oasis para dar de beber a mi niño.” Pero no pudo ver más que arena y piedras.

¿Puedes imaginar lo triste y asustada que se sintió la madre Agar? Corrió una y otra vez la distancia que había entre las cimas de Safa y Marwa pidiendo la ayuda de Aláh. Después de siete veces de hacer este recorrido escuchó una voz que se le decía que no se afligiera, que su súplica había sido oída por Aláh y la sed de Ismael y la suya propia serían calmadas. En el valle, cerca de Ismael, Agar vio que un ángel dio un golpe sobre la tierra con la punta de una de sus alas. Y en el lugar donde el ala tocó la tierra vio nacer un poderoso manantial de agua pura y fresca. ¡Ah! ¡Qué alegría! ¡qué enorme alegría y gratitud!

A la madre Agar debe haberle parecido que el desierto se iluminaba cuando por fin pudo dar de beber a su hijo Ismael y luego beber ella misma hasta quedar saciada por completo. El agua —que ya sabemos cómo es de escurridiza—, pronto aumentó su caudal y comenzó a alejarse corriendo sobre la tierra. Buscaba un caminito por el cual irse hacia el desierto, pero la madre Agar no la dejó irse, amontonó arena, tierra y piedras alrededor del lugar en el cual brotaba. Así, el agua del manantial se juntó en un pozo que lleva por nombre Zamzam. De él han bebido por miles de años todos los visitantes de la ciudad sagrada de Meca.

Al poco tiempo, y gracias a la vida que daban las aguas del pozo del Zamzam, en aquel pequeño valle fueron creciendo algunas palmeras. La madre Agar instaló bajo su sombra una tienda en la cual vivir con su hijo. En el desierto las noticias corren rápidamente, sobre todo tratándose de pozos de agua. Y cuando se supo del nacimiento milagroso del Zamzam, las caravanas comenzaron a detenerse cerca de la tienda de la madre Agar y de su hijo Ismael. Pedían permiso para dar de beber a los camellos y para que los viajeros descansaran un poco en aquel nuevo oasis antes de seguir adelante. Agar quizá cambió dátiles por ovejas y cabras hasta reunir un pequeño rebaño que le diera leche y lana, y con el tiempo, aceptó que algunas familias se establecieran en las cercanías del pozo. Así fue cómo la madre Agar fundó la ciudad sagrada de Meca.

DIBUJA AQUÍ CÓMO IMAGINAS LA CASA DE LA MADRE AGAR

 

Pasaron los años, y cuando el pequeño hijo de Agar había crecido hasta convertirse en un joven fuerte y en un valiente cazador, llegó a visitarlos a la ciudad de Meca su padre, el profeta Abraham. Abraham es uno de los padres más importantes que existieron en la gran familia humana a la que todos pertenecemos. De su descendencia florecieron, como si fueran ramas de un mismo árbol, los pueblos judío, cristiano y musulmán. En realidad, el trabajo de los profetas ha sido siempre el mismo: se ocupan principalmente de traer la enseñanza de Aláh y de recordarnos aquellas cosas importantes que se nos olvidan. Sí, a veces olvidamos que somos miembros de una sola familia, que todo cambia en el mundo, que vivimos aquí como huéspedes y viajeros disfrutando de lo que Aláh nos muestra... Por eso se dice que los profetas son nuestros amigos, ellos guardan la memoria de las cosas que Aláh ha dado a la gran familia humana, ellos saben que Aláh puso sus tesoros en nuestros corazones y nos enseñan a encontrarlos. Los profetas recuerdan todo lo que es importante recordar, y son los mejores guías de caravana. Pueden llevarnos por un hermoso camino, directo y claro, a través del viaje de nuestra vida incluso en medio de la peor de las tormentas de arena. Con ellos podemos ir por la casa de este mundo encontrando bondad y hermosura a cada paso.

Abraham, como todos los profetas, solía hablar sobre los misterios que Aláh le confiaba a él para que se los transmitiera a la gente de su pueblo. Y como siempre trataba de conocer más y más profundamente esos misterios, en una ocasión decidió pasar unos días a solas en el desierto. Escogió un lugar alto desde el cual pudiera contemplar el paisaje del desierto con detenimiento y allí se sentó. Él estaba seguro de que toda la belleza que existía en el mundo, así como la imponente fuerza de los rayos, del viento, y de las tormentas, le pertenecían sólo a Aláh. Pero quería ver esto con sus propios ojos.

Faltaba poco para la hora del atardecer, así es que pronto Abraham descubrió en el cielo al lucero de la tarde. Se trata de una estrella solitaria que anuncia la llegada de la noche. (Tú puedes verla también. Aparece sola, justo en el momento en que el sol se ha ocultado pero aún queda algo de la claridad del día.) Abraham vio que el lucero aumentaba su brillo según el cielo se volvía más negro. Y advirtió también que, a medida que la luz del sol desaparecía, el paisaje que lo rodeaba quedaba oculto por la oscuridad. Ya no podía ver dónde estaban las cosas. Sin embargo, esa negrura que le impedía ver lo que había sobre la tierra, le mostraba las estrellas en el cielo. ¡Qué curioso! hay cosas que se esconden detrás de la luz y otras que se esconden detrás de la oscuridad. También hay cosas que sólo se ven con la claridad del día y otras que sólo pueden verse en medio de la noche.

Cuando el profeta Abraham vio brillando el lucero de la tarde, comprendió que todo lo que existía en el mundo, todo lo que existía en el cielo, y lo que existía entre ambos, era parte de un mismo y único reino: el preciosísimo reino de Aláh. ¡Imagínate qué grande es el reino en el cual estamos! Pero a pesar de lo inmenso que es el reino, Aláh, el rey, está siempre muy cerca de cada cosa y de cada uno de nosotros. Abraham sabía que tal como sucede con el aire, que nos rodea y entra por nuestra nariz para viajar hasta el último rincón del cuerpo, así Aláh nos conoce, nos cuida, nos protege y vive en nosotros, justo en nuestro corazón.

De pronto, la noche del desierto se iluminó. El padre Abraham vio que por detrás de la montaña aparecía una inmensa luna llena. ¡Ah! ¡Cuánto más hermosa y clara le pareció la luna que cualquier otra de las estrellas! El lucero que había observado un poco antes no podía compararse con la belleza de la luna. Entonces el profeta Abraham comprendió que el reino de Aláh, compuesto por un sinfín de vidas y de paisajes que siempre están cambiando, es semejante a un gigantesco espejo. Porque donde sea que uno mire, las cosas que nuestros ojos verán serán reflejos de la belleza de Aláh que hace que todo brille con su hermosura.

Así pasó Abraham la noche en el desierto, admirando la belleza de Aláh reflejada en el cielo nocturno. Estaba maravillado con la luna, que lentamente había cruzado el cielo hasta lo más alto para después comenzar el descenso e irse a esconder nuevamente. Entonces comenzó a clarear el día anunciando la próxima llegada del sol. Los primeros rayitos de luz fueron borrando del cielo la luz de las estrellas y mostrando las cosas que había sobre la tierra. Abraham pudo volver a ver la arena y las pequeñas piedras en el piso del desierto. (¿Recuerdas el experimento del día y la noche que hiciste en tu habitación? Al apagar la luz te pareció que tus juguetes y tu cama habían desaparecido, pero ahí estaban, y los viste de nuevo cuando volvió a brillar la luz. Como Abraham, tú también te diste cuenta de lo maravillosa que es la luz, que si se marcha, es capaz de llevarse de nuestra vista todas las cosas.)

El padre Abraham volvió a mirar cada detalle del desierto bajo la deslumbrante claridad del sol, y supo de inmediato que Aláh, después de haberlo invitado a contemplar su belleza a través de la brillantez de la luna y las estrellas, le estaba mostrando ahora su imponente poder dejándole ver el mundo nuevamente, como si fuese recién creado. El profeta contempló esta enseñanza durante muchas horas. Y el sol subió hasta lo más alto del cielo y luego, en el momento en que la tarde iba a terminar ¿qué dirías tú que pasó? Pues sí. Apareció otra vez el lucero de la tarde anunciando la próxima llegada de la noche.

Entonces, el buen profeta Abraham le pidió a Aláh que le mostrara el misterio que esconde en su reino, oculto detrás de todo lo que está siempre cambiando. Tú ya sabes, por la historia del rey triste, que todas las cosas y los seres del reino cambian. Y Abraham quería ir más allá de las cosas que siempre cambian, quería encontrar aquello que permanece firme e igual.

“Por favor amado Aláh —debe haber suplicado Abraham en el desierto— llévame más allá de todo lo que cambia. Llévame más allá incluso de tu tierna belleza y de tu imponente poder.”

Y como Aláh jamás deja de responder a una pregunta o a una súplica sincera, le hizo saber a Abraham que Aláh es lo único que no cambia nunca. Siempre está presente, en la belleza y en el poder que vemos, y también está en la alegría y en el dolor que sentimos. Porque Aláh es la luz que nos permite ver y sentir. Es la vida que brilla en los corazones. (Seguramente ahora tú podrías adivinar con facilidad de quién aprendió aquella anciana del cuento la sabiduría que mandó grabar en el anillo del rey triste.)

Este es el nombre Aláh. ¿Te gustaría colorearlo y dibujar alrededor plantas y pájaros?

 

Allah

Ahora, que ya sabemos algunas de las cosas que Aláh le enseñó al profeta Abraham, regresemos a lo que sucedió durante su visita a la recién fundada ciudad de Meca. Abraham viajó hasta allí, a través del desierto, sólo para cumplir con una tarea que Aláh le había encargado. Ya en la ciudad, y después de alegrarse de ver a Agar y a su hijo, le pidió a Ismael que le ayudara a construir una casa muy especial que Aláh había pedido que se construyera allí para recibir en ella a los peregrinos por muchos, muchos, muchos miles de años.

Ismael y su padre, Abraham, construyeron juntos una casa para Aláh muy cerca del lugar en el cual había brotado el manantial del Zamzam. A esa casa se le conoce hasta hoy con el nombre de la kaaba. Y es uno de los sitios más sagrados que existen en el enorme paisaje de este mundo. Aláh pidió que se construyera ese santuario para que los descendientes de Abraham pudieran viajar hasta allí y recordaran que la kaaba representa el lugar donde Aláh ha vivido siempre: ¡nuestro propio corazón!

En cuanto Abraham e Ismael concluyeron la kaaba, dieron siete vueltas alrededor de ella. La gente supo que el profeta Abraham y su hijo, el profeta Ismael, habían hecho una casa en Meca a la que siempre estarían invitadas las mujeres y los hombres de todas las edades, los niños y las niñas de todos los pueblos. Desde entonces no han dejado de ir los peregrinos. Cada año rodean la kaaba, suben a los montes de Safa y de Marwa haciendo el mismo recorrido que hizo nuestra madre Agar antes de que brotara el manantial del Zamzam, y luego beben de sus aguas.

Ahora mismo, mientras tú escuchas o lees esta historia, hay peregrinos caminando alrededor de la kaaba. Pon atención. ¿Puedes oírlos? Le dicen a Aláh: “Aquí estoy Aláh a tu servicio” repitiendo las palabras:

“Labaik alajuma labaik…”

“Labaik alajuma labaik…”

 

DIBUJA AQUÍ EL SOL, LA LUNA Y LAS ESTRELLAS QUE MIRÓ EL PROFETA ABRAHAM

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