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Israel y Palestina: la perversión europea

Israel se ha convertido para los europeos en una oportunidad de aplaudir a los judíos y de darse golpes de pecho contra el antisemitismo

04/11/2006 - Autor: Antón Corpas - Fuente: Rebelión
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Israel no tiene derecho a la deportación, la expulsión, el apartheid, la fragmentación del territorio y el asesinato masivo
Israel no tiene derecho a la deportación, la expulsión, el apartheid, la fragmentación del territorio y el asesinato masivo

Hay un error de origen y algo más que un error, cuando alguien saca como experiencia y conclusión ética e histórica de la shoah que «hay que salvar a los judíos».

Efectivamente, hay una parte absolutamente intransferible de la reflexión en torno al genocidio, que corresponde al pueblo judío como sujeto colectivo. Eso incluye que, aunque el sionismo se ha convertido en la vía hegemónica, no ha sido la única, no lo es, y hoy no es compartida por gran parte de la comunidad judía internacional.

Por otro lado, la única determinación política y moral que puede obtenerse de la noche de los cristales rotos, de las leyes antijudías, de los guetos, de las deportaciones masivas y de las cámaras de gas; es que ningún otro pueblo o grupo humano, sea lo que sea lo que lo une, y sea quién sea quién lo extermina, debe ser sometido nunca a una política genocida como la planificada y ejecutada por la Alemania nazi contra el pueblo judío. Que ningún pueblo, nación, estado o civilización tiene derecho alguno de borrar a otro del mapa, y que ni siquiera Israel tiene derecho a la deportación, la expulsión, el apartheid, la fragmentación del territorio y el asesinato masivo, es de una coherencia sencilla pero que parece difícil de entender.

El 14 de mayo de 1948 la ONU aprueba y legitima la constitución del estado de Israel respondiendo a la presión armada sionista y a los intereses mismos de las viejas y nuevas potencias. La autodenominada comunidad internacional, no puede decirse que de manera inconsciente, abre entonces esta veta de dolor. La aprobación de un estado hebreo que habría de construirse irremediablemente sobre un territorio habitado por árabes, como bien sabían los colonizadores franceses y británicos y cualquier político o diplomático bien informado, era un pacto por el que Europa y Estados Unidos aceptaban limpiar sangre con sangre. Limpiar la sangre derramada por la judeofobia europea con la sangre por derramar de la población árabe palestina.

Esta perversa concepción de la justicia atraviesa la relación europea con Palestina e Israel, empezando por esa condición de observador imparcial y portador de buena voluntad, que se atribuyen la Europa institucional y buena parte de la esfera intelectual y «progresista» del continente. Para la mayoría de los sistemas de poder europeos, de la España de los Reyes Católicos a la URSS de Stalin, «los judíos» habían sido «un problema», «una excusa», «un fantasma» que agitar en el momento adecuado, y del que después del judeocidio nazi había que librarse y lavarse sin poner en peligro ni en cuestión ni la historia ni la estructura moral de las distintas sociedades. Todos sabían y todos deberíamos saber que cualquiera de los estados y los dirigentes europeos podrían haberse visto, en un momento dado, en el banquillo de Nühremberg. Aquel 14 de mayo en la Asamblea General de las Naciones Unidas, unas pocas horas antes de que las autoridades británicas abandonaran Palestina traspasando poderes a la dirigencia sionista, es el día en que Europa se libró de los judíos.

Lo que desde un principio importa al aparato postcolonial no es evitar que se vuelvan a producir crímenes contra la humanidad, o que no se vuelvan a dar las condiciones de impunidad y necesidad propicias para una nueva generación de criminales de guerra y de funcionarios del exterminio. Lo que le importa a los estados que se levantan de la pesadilla de la II Guerra Mundial, es solucionar su «problema con los judíos». Su problema histórico, su problema social y demográfico y su problema moral. No se trataba, pues, de sacar de la shoah conclusiones universales, ni de reconocer y depurar el racismo ideológico y estructural sobre el que se había asentado la civilización europea, sino de acabar con la eterna cuestión judía, un término eufemístico para definir la judeofobia que los atravesaba a todos sin excepción.

Esta resolución es la que permite hoy a intelectuales y dirigentes políticos europeos hablar como espectadores independientes, y desde entonces, cuando se enuncia el derecho a Israel y los derechos de Israel, el asesino no asume la responsabilidad de su historia y sus propios crímenes, sino que se da el privilegio y el gusto de conferirle a su víctima el derecho de aniquilar a otros, y de esta manera le está ofreciendo la posibilidad y la condición de ser un igual.

Hoy, cuando el estado israelí ha desoído o violado hasta cuarenta y ocho resoluciones de la ONU; cuando extiende sus fronteras mas allá de los límites de 1967; cuando en el propio seno de Israel existen un derecho y una jurisprudencia diferentes para árabes y hebreos; cuando el ejército y el estado israelí se atribuyen un derecho subjetivo para actuar en los territorios ocupados y en el sur de El Libano o para seguir ocupando los Altos del Golán de soberanía siria; hoy, se dan esas condiciones de impunidad y necesidad para lo que ya son varias generaciones de criminales de guerra y funcionarios del exterminio, en el corazón mismo de Oriente Medio.

Aquí cabe señalar que sí Israel se ha convertido para los europeos en una oportunidad de aplaudir a los judíos y de darse golpes de pecho contra el antisemitismo, es precisamente porque, sí hay algo equivalente al desprecio derrochado contra el pueblo hebreo desde la inquisición española hasta el Berlín de los 30, es la profunda aversión europea y también estadounidense hacia árabes y musulmanes. Sí mientras escribo esto, el Tsahal ha podido asesinar a 350 palestinos desde el mes de junio, y el bloqueo económico euro-estadounidense al gobierno de Ismail Haniye ha hundido la economía de los territorios ocupados, sí eso es posible sin que se conmueva un ápice la sensible y bienintencionada sociedad europea, es por qué la vida de un árabe está en la misma escala cero que estuvo en su momento la vida de cualquier judío.

En este punto es importante analizar las posiciones pro-israelies o para-sionistas que, básicamente, basculan entre dos argumentos, sin mucha diferencia sí la opinión viene de la derecha o de la izquierda. Por un lado se vindica Israel como un estado normal, crímenes incluidos, con su guerra de conquista y exterminio y su saldo macabro, «como cualquier otro país»; un argumento a todas luces estremecedor. Pero de la misma manera defiende la excepcionalidad de Israel, al establecer una relación patrimonial con la shoah de la que derivan derechos, consecuencias y juicios diferentes a los que se harían frente a «cualquier otro país».

Así, cuando hablamos de proceso de paz, Roberto Sanchez Cedillo entre otros, se preocupa por «la existencia de Israel, al menos como punto de partida de una perspectiva de paz y justicia». Pero sí Israel fuera un país normal, ante la ocupación y la violación sistemática de los derechos humanos, no deberíamos estar preocupados sobre sí es irreversible o no la existencia del agresor; deberíamos estar preocupados porque pararan inmediatamente los crímenes de guerra, porque el ejército se retirara a las fronteras de 1967, porque se desmantelaran los asentamientos, porque sus dirigentes fueran sometidos a juicio, y porque una resolución internacional limitara y bloqueara al mínimo su capacidad y su arsenal militar.

Los puntales europeos y «progresistas» de Israel, pretenden jugar en el campo del humanismo, de la ética y del aprendizaje de la historia, a la vez que observan los derechos de conquista, el apartheid étnico, jurídico y geográfico y la política de exterminio, como el dolor necesario al parto de un estado legítimo. Eso debe ser lo que Sanchez Cedillo llama «la inversión y perversión de la perspectiva» o «una nueva exposición del problema de Oriente Medio y del conflicto palestino-israelí», que no es otra cosa que la vieja exposición y la perversión típica de la perspectiva europea sobre Oriente Medio.

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