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Islam: todos no son Uno

En las sociedades del mundo árabe y musulmán existe un extenso sentimiento de frustración

29/10/2006 - Autor: Gema Martín Muñoz - Fuente: El País
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Gema Martín Muñoz.
Gema Martín Muñoz.

En los últimos tiempos se ha ido acumulando una serie de polémicas que aparentemente enfrentan cada vez más lo que podríamos llamar, para entendernos, el "universo occidental" y el "universo del islam". Aquí, en nuestro mundo, están planteando un intenso debate sobre la libertad y el miedo. La libertad de expresión no puede ser un valor absoluto (básicamente así reclamado cuando se trata del mundo musulmán) que, desprovisto de todo sentido de la responsabilidad, se convierta en el abuso de ese privilegio para denigrar a otros seres humanos; y el miedo o la coacción nunca deben ser la razón por la que se nos obligue a cambiar nuestra representación o actitud con respecto al Otro. Debe ser el resultado de un mejor conocimiento de su realidad. Allí, en el mundo musulmán, el debate se propone sobre el respeto y/o la denigración de su cultura y religión, representadas con una insistencia preocupante como globalmente violentas y fanáticas. Lo cierto es que esas "provocaciones de Occidente", así interpretadas por nuestros vecinos del Sur, suelen basarse en especulaciones esencialistas carentes de conocimiento y saber real sobre esas múltiples sociedades musulmanas, frecuentemente "aportadas" por quienes no tienen ningún título de autoridad en el saber árabe e islámico, y sin embargo aceptadas como saber de cátedra. Pero lo cierto es que también del lado musulmán se ha de ser consciente de que en tanto prevalezca la reacción emotiva ante dichas "provocaciones" no se logrará más que confirmar los estereotipos que alimentan una creciente islamofobia social.

Una de las claves del problema es que se ha interiorizado una imagen reductora y monolítica de "nosotros" y "ellos" (las dos "culturas") como si se tratase de universos cerrados donde los millones de seres humanos que se reparten entre "occidentales" y "musulmanes" representasen respectivamente una total uniformidad cultural, ajena, cuando no antagónica, la una de la otra.

Esta concepción de "las culturas", cuando se trata de la relación entre el mundo musulmán y "nosotros", es fruto de un proceso de elaboración occidental en el que "islam", y, por tanto, los más de 1.200 millones de individuos que lo integran, se ha interpretado de manera ficticia como una etiqueta ideológica y una fuerza dominante y global que determina y uniformiza el comportamiento y la definición cultural de toda esa enorme cantidad de personas. Todos son Uno (como ya señalaba José María Perceval en su tesis sobre los moriscos), ignorando la gran diversidad de una inmensa geografía que se extiende por África y Asia (además de los millones de musulmanes que viven y han nacido en países occidentales). Consecuencia también de la centralidad mediática que los conflictos en Oriente Medio tienen, el perfil de ese Uno islámico que representa a Todos está dominado por características como el fanatismo, el fundamentalismo y la irracionalidad. La combinación de hostilidad y reduccionismo que alimenta esta representación recreada de un homus islamicus amenazante, retrógrado y violento, le hace objeto de atención terapéutica, punitiva e incluso, como denuncia el pensador palestino Edward W. Said en su libro Cubriendo el Islam, "asesinable". Así se allana el camino a las iniciativas imperiales y coloniales en esa importante parte del mundo.

En la aproximación a esa cultura monolítica que la mayoría social occidental percibe como representativa a los pueblos musulmanes, se da también un abuso del concepto de decadencia. En total ausencia de conocimiento, pruebas y argumentaciones, se difunde que esos pueblos viven una prolongada decadencia que les ha anclado en el pasado y desmarcado de la marcha mundial. Sin negar las carencias del mundo árabe y musulmán, propias del subdesarrollo económico y del monopolio clánico del poder -al igual que padecen otras zonas del mundo-, esta importante parte del planeta no ha dejado de participar en el proceso evolutivo histórico y se han alcanzado logros, transformaciones modernizadoras y una dinámica creativa de aportaciones filosóficas, culturales, intelectuales y artísticas. El problema es que las desconocemos porque hay fuertes resistencias a integrar el campo cultural árabe e islámico al mosaico mundial.

No debería ser difícil imaginar el sentimiento de angustia que siente cualquier árabe y musulmán ante la implacable insistencia de presentar su fe, su cultura, su identidad como fuentes inherentes de decadencia, terrorismo, violencia y fundamentalismo.

En las sociedades del mundo árabe y musulmán existe un extenso sentimiento de frustración así como, según definición del escritor libanés Samir Kassir, un profundo sentimiento de desgracia. Sin menospreciar susefectos, tal sensibilidad no procede sólo de la experiencia del subdesarrollo, sino también de la vivencia histórica de la impotencia y la desposesión. La ocupación de sus territorios, el sometimiento a regímenes totalitarios y todos los muertos que ello ha conllevado son una experiencia constante desde hace más de un siglo.

Los ciudadanos árabes y musulmanes son mayoritariamente urbanos y su extensa nueva generación de jóvenes ha tenido un acceso masivo a la educación, de manera que se trata de sociedades en que una parte sustancial de las mismas está muy politizada. Junto a esto, tienen una memoria colectiva muy acentuada sobre su pertenencia a una parte determinante del mundo (cuna de grandes civilizaciones, situación estratégica de gran valor geopolítico y acumulación en su suelo de las principales fuentes de hidrocarburos del mundo) que les debería dar influencia y bienestar, pero cuyos beneficios han quedado desde hace más de un siglo completamente fuera de su control. Todo ello son factores sociológicos y psicológicos que agravan el sentimiento de desposesión.

La ineficacia política (de la comunidad internacional y los gobiernos locales) para que se aplique la ley internacional (resoluciones de la ONU, convenciones humanitarias y de derechos humanos) en esta parte del mundo también contribuye a acentuar la cultura de la desesperación. Y a todo ello se une el universo de las percepciones y de la mirada de los Otros: el sentimiento de "impotencia para poder acallar el sentimiento de que no sois más que cantidad desechable en el tablero planetario cuando, sin embargo, la partida se juega en vuestro territorio", utilizando de nuevo las palabras de Kassir.

Pero la complicada alquimia de todos estos sentimientos fortalece de manera nociva el victimismo musulmán (¿por qué nos odian?) y el riesgo de caer en su complacencia, replegándose en ellos mismos, en su rencor y frustración, como de hecho está sucediendo en sectores de esas poblaciones. Por ello se impone también un ejercicio de reflexión en el universo musulmán para salir de ese pernicioso círculo cerrado, en el que a su vez se está cayendo, del "nosotros" y "ellos".

Siempre que se da en el mundo occidental una polémica sobre su religión o su cultura, su respuesta no puede centrarse en las reacciones censuradoras y emotivas (muchas veces manipuladas porque mientras se expresan contra Occidente no se están expresando contra la falta de Estado de derecho y democracia en sus países respectivos) o violentas de los minoritarios extremistas. Desde la intelectualidad musulmana se debe responder de manera serena, racional y científica (lo que le falta a las provocaciones occidentales) a esas opiniones "orientalistas" con respecto a la historia del Islam y su universo filosófico, religioso y cultural. Y, lo que es muy importante, plantear toda esta cuestión "cultural" en términos del necesario respeto a la dignidad del ser humano con respecto a su legado histórico, cultural y religioso. Constituir un lobby inteligente que acceda a la opinión occidental para cambiar su imagen.

Si no se reconduce la historia en esa parte del mundo permitiendo que sus ciudadanos controlen su propio destino y no se ahonda en un conocimiento occidental más genuino y solvente de su diversidad y creatividad, el bienpensante "diálogo entre culturas" será un fracaso más que añadir a las relaciones entre Occidente y el mundo musulmán.

Gema Martín Muñoz es directora de Casa Árabe y el Instituto Internacional de Estudios Árabes y del Mundo Musulmán.
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