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Corran, que ahí vienen los talibanes

22/10/2006 - Autor: Eduardo Montes de Oca - Fuente: Insurgente
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¡Corran, caramba, que ahí vienen los talibanes!.
¡Corran, caramba, que ahí vienen los talibanes!.

Definitivamente, allí no hay quien viva. O puede que sí, que sí se viva, pero en el más terrible stress. En un stress que, o embota la sensibilidad –“todo me da igual en este mundo de porquería”-, o convierte al sufriente en un paranoico que salmodia a toda hora: “Miren, es uno de ellos; lo vi. Ahí vienen los talibanes”.

Porque de eso mismo se trata. Como señalan diversos analistas, la esperanza de un nuevo comienzo para Afganistán cede ante la ansiedad colectiva, cinco años después de la “redentora” invasión estadounidense y dos tras la investidura del “elegante y urbano” –así lo describe una periodista española- Hamid Karzai, quien para más de uno no pasa del muñeco que “habla” por el ventrílocuo aposentado en la Casa Blanca. Pura infamia, porque Él no es ni ventrílocuo, ¿no?

Vienen los talibanes, sí. De sus presuntas cenizas el movimiento islamista se ha entregado a un recrudecimiento de los ataques armados, bombardeos y atentados desde un sur donde, en el 2001, se asentaron los remanentes de sus “derrotadas” tropas, que se paseaban desde 1996 en son de amas y señoras por el país centroasiático.

No hay que tensar mucho el poder de selección, incluso se puede dar paso al azar entre artículos y despachos cablegráficos, para tomar una muestra fehaciente del resurgir del Fénix explosivo. “Quienes diariamente viajan de una ciudad a otra buscan rutas alternativas. Las oficinas consideran cambios de horario para que los empleados que se trasladan en autobús eviten los embotellamientos, habituales en la congestionada Kabul”. Los periodistas tienen muchas más cosas que contar, por supuesto. “Eviten conducir detrás de vehículos de la ONU o de la policía, junto con los transportes militares estadounidenses, que suelen ser objetivos de atentados”, ha advertido a sus subordinados Aziz Hakimi, editor ejecutivo de The Killid Group, organización de prensa que posee revistas y emisora de radio.

Para mayor inri de los “libertadores” y sus cipayos, pocos, muy pocos abrigan fe en el impresionante arsenal de Karzai, o en el de los Estados Unidos y la OTAN, llegados a ese país con el pecho henchido de orgullo y la bravuconada a flor de labios. Claro, iban a aplastar a los no más de 50 mil talibanes.

De acuerdo con los editorialistas del diario El País (España), Afganistán empieza a ser una historia fallida, contrariamente a la edulcorada versión del presidente Bush. “Y lo es, en buena medida, porque los recursos materiales y humanos comprometidos para su rescate no alcanzan ni de lejos a cubrir las necesidades de un vasto territorio donde Occidente no ha conseguido vencer el desencanto local ante la falta de correspondencia entre las promesas y los resultados. El renacer talibán deriva tanto de la absoluta debilidad del Gobierno de Karzai como de los vínculos entre los fanáticos fundamentalistas y el florecimiento del comercio del opio, amén del santuario que ofrece la inmensa y desgobernada frontera con Paquistán”.

No alcanzan los recursos materiales y humanos. ¿Seguro será esa la causa principal? Pero no nos adelantemos… Ah, el vínculo entre el comercio de opio y los fundamentalistas, más bien de los señores de la guerra que una vez estuvieron contra los talibanes. Caramba, ¿para qué entonces se intentó borrar a estos últimos del mapa político, cuando, vox populi, habían logrado controlar el narcotráfico a golpe de la sharia –ley islámica- más estricta y criticada? Obviamente, de preguntas, más que de respuestas, estará empedrado este comentario. Como la vida misma.

Trabajos para Hércules

Al parecer, el pobre de Karzai intentó emular con el personaje mitológico en aquello de los doce descomunales trabajos. Originalmente impuesto por Washington, y después elegido en las urnas –vaya usted a saber cómo-, el ex asesor de la compañía petrolera estadounidense Unocal para las obras del oleoducto Turkmenistán-Afganistán-Paquistán nació a la existencia de mandatario “providencial” con el objetivo de unificar a las tribus en guerra en una nación que, por supuesto, habría de convertirse en democrática, luego de la cura quirúrgica de los bombardeos gringos que derrocaron a los talibanes –siempre los talibanes- y del establecimiento de un gabinete interino Made in USA.

También jefe de la pequeña tribu popolzai, de la etnia pashtún, en la meridional y levantisca provincia de Kandahar, centro de la resistencia, Karzai no ha logrado restablecer la paz, desarmar a los señores de la guerra, reconstruir el ejército nacional y la infraestructura, eliminar la corrupción y reanimar la economía, tal se propuso con golpes en el torso y como resume una socorrida agencia noticiosa.

Pero esto que escribo no representa una mera filípica contra el bueno de Hamid. No. Los gringos tampoco pueden con la insurrección afgana. Insurrección silenciada en su justa dimensión por unos medios de comunicación que, quizás sin proponérselo –seamos crédulos-, no ven el bosque, porque se empeñan en detallar las rugosidades del tronco de unos pocos árboles. De la contienda en Iraq, por ejemplo.

Y tanto se han escaldado los yanquis en ese oscuro rincón tan descarriado y tumultuoso que, ¡bingo!, ganaron una batalla estratégica, de repliegue ésta, pues han logrado transferir su guerra a la OTAN, al mando desde ahora, para que así el Pentágono pueda dedicarse con más meticulosidad a una Mesopotamia que, por cierto, está sirviendo de modelo a Afganistán en eso de las bombas antinorteamericanas, y en eso de la moral combativa…

Así, pues, la organización atlántica ha hecho galas de una no menos atlántica solidaridad y ha ampliado su misión a todo el territorio, con lo que la solemnemente nombrada Fuerza de Asistencia a la Seguridad de Afganistán (ISAF, sus siglas en inglés) se ha reforzado con medios aéreos y ha llegado a unos 35 mil efectivos, según fuentes no siempre coincidentes, para que los cerca de alrededor de 19 mil soldaditos norteamericanos que quedarán en ella y que aún participan en la operación Libertad Duradera no se sientan tan solos en grima frente a los “reductos” talibanes y la diabólica red terrorista Al Qaeda, presente en cuanto pecado se cometa, aunque nunca logremos vislumbrarle la cola, o los “simpáticos” cuernos.

La pregunta de los mil dólares… ¿o euros?

¿Podrá la OTAN acallar la bomba presta, la resistencia incólume y creciente? Quizás la respuesta haya sido anticipada por el comandante de la ISAF, el británico James J. Jones, quien, el pasado 8 de septiembre, reconoció que sus efectivos militares se ven incapaces de contener la renovada ofensiva de las milicias talibanes en torno a las regiones de Kandahar, Helmand y Uruzgán, en el sur del país.

Ergo: más soldados, ¿no? Y más medios de muerte. A ver si se borra de raíz eso que señalan algunos mal pensados comentaristas. Que el problema (más bien uno de los problemas, digo yo) para Afganistán está en su incapacidad para asentar un gobierno de unidad con plena autoridad en el territorio nacional, lo cual crea un escenario aprovechado por los talibanes para reactivar sus redes de apoyo, síntomas que obligan a la analogía con el Iraq post Saddam, y que hacen prever la multiplicación del ejemplo mesopotámico para larga data.

Y decía que uno de los problemas porque otro grave, y archisilenciado, es que la resistencia no es solamente talibánica, no. Eso de talibán viene convirtiéndose en un sambenito-paraguas, como Al Qaeda o los términos “fundamentalista”, “terrorista”, “islamista”. Sucede –y lo apuntan varios observadores- que la resistencia está desbordando a los talibanes, guerrilla que se está consolidando como frente amplio contra la dominación foránea, y a la que incluso se les están uniendo grupos y organizaciones regionales e internacionales de peso.

Ahora, ¿podrán los Estados Unidos arrostrar el hecho de que el costo anual para reemplazar, reparar y mejorar el equipo de su ejército en Iraq y Afganistán sobrepasará pronto, si ya no ha sobrepasado, la inimaginable cifra de 17 mil millones de dólares?

A todas luces, el mayor involucramiento de la OTAN en la aventura indica el NO a la preguntita. Muchos expertos convienen en que la situación que afrontan las Fuerzas Armadas gringas constituye uno de los peores desafíos de los últimos 50 años. Después de cinco años de la derrota del régimen talibán y del compromiso de Estados Unidos y sus aliados de pacificar rápidamente el país, la resistencia al ocupante extranjero sigue aumentando. Desde diciembre del 2001hasta mediados de junio del 2006, más de 230 efectivos militares de los Estados Unidos han muerto en Afganistán. Por eso, no resulta nada extraño un grito: “¡Corran, caramba, que ahí vienen los talibanes”.

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