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Al Andalus en el País Vasco

28/09/2006 - Autor: Jesús Riosalido - Fuente: Papeles de Ermua Nº6
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Fuenterrabía en el siglo XVI
Fuenterrabía en el siglo XVI
Aunque a algunos pueda sorprender, debido al alejamiento territorial que las provincias vascas tienen de Córdoba, capital que fue de Al-Andalus, o España Musulmana, la influencia de este último fue decisiva en la conformación de esa cultura vasca, esencialmente mestiza, y nada racista ni puramente aria, que es la propia de nuestro pueblo. El País Vasco de hoy día no podría entenderse sin la definitiva aportación del Islam, ya sea directamente, ya a través de sus seculares aliados mozárabes, es decir, de los cristianos que vivían en territorio musulmán y que no fueron islamizados.

Incluso la lamentable expulsión de los judíos y de los moriscos, entre otros lugares a través de Fuenterrabía o de Castro Urdiales, ya en Cantabria, dejó huellas imborrables en la población y en las familias vascas de hoy, como es, por ejemplo, el caso de los Mendizábal, el gran desamortizador del Siglo XIX, y de los Benegas, procedentes de una famosa familia de alfaquíes, es decir, de doctores en la Ley islámica, de Granada.

Afirmado el poder islámico en la bahía de San Sebastián ya desde 713, primero Tariq y Musa desde Toledo, y después, ya desde Sevilla Abdallah, abordan la conquista de las Galias y, atravesando el Bidasoa establecen su primera capital en Burdeos. Hoy día existen aún numerosas iglesias en territorio francés con distintas influencias andalusíes de estilo, como son la catedral de San Hilario de Poitiers, el Hospital de San Blas y el de la Sainte Croix de Oloron, en incluso la vieja iglesia de Saint-Pé en Bigorre, y que desapareció ya en el siglo XVII. Capiteles andalusíes encontramos también en la iglesia de Méobecq, en el departamento de Indre, en la de Maizellais en el departamento de Vendré, y sobre todo, en San Benoit del Loira.

El general musulmán Abderrahman Al-Gafiqi recibe, pues, en 732, la orden de intentar un nuevo empujón dentro de las Galias de forma más completa, y deja Burdeos hacia el Norte, acompañado ya de numerosos vascones islamizados, para enfrentarse con Carlos Martel en Poitiers, en una batalla que los musulmanes llaman Marakat AI-Ghanaim, o Batalla del Botín, y que, después de haber casi ganado, perdieron por dedicarse a repartirse el botín antes de estar seguros de que los cristianos estaban completamente derrotados. La reacción cristiana acabó con el ejército musulmán, y con la penetración islámica en Europa por esa vía, que desde entonces se traslada al Sur, a partir de la otra capital islámica que era Narbona, y que llegó hasta el Valais en la actual Suiza.

Carlomagno empuja a los musulmanes hacia el Sur, y éstos se ven obligados a abandonar Vizcaya y Guipúzcoa, y más tarde incluso Álava, pero las relaciones con los vascones no se interrumpieron. Los matrimonios mixtos con mujeres de nuestro país siguieron siendo frecuentes, y al menos dos sultanas de Córdoba fueron vascas, entre ellas la esposa de Abderrahman III, Sancha, llamada Al-Bashkansiyya, o "La Vasca" y la amante de Almanzor, Aurora o Subh. De hecho, Hisham II, hijo de Aurora, no era sino un mestizo de árabe omeya y de vasca.

No estuvieron los musulmanes el tiempo suficiente en el País Vasco como para dejar mezquitas, palacios y otros monumentos perdurables, pero su mestizaje fue inmediatamente substituido, sin solución de continuidad, por el que llevaron a cabo los mozárabes, cuando, a causa de sus desavenencias y sus guerras civiles con los musulmanes, hubieron de emigrar hacia el Norte y buscar primero la protección del reino carolingio y después la de los condes de Castilla, que eran señores de Vizcaya.

Los mozárabes se extendieron por todo lo que hoy es el País Vasco, y procedían de distintas partes de España, como Toledo, después de su revuelta contra Mohamed I, el emir que fundó Madrid, del propio Madrid, de Maqueda, de Talamanca del Jarama, de las coras islámicas de Soria, La Rioja y Guadalajara, así como de algunos territorios controlados por los cristianos, como Galicia, Asturias o Cantabria.

Naturalmente que fue incluso más fácil la realización de matrimonios mixtos con las vasconas, sin que tampoco hubiese sido demasiado difícil realizarlos entre musulmanes y vascas, y afirmándose así aún más el mestizaje de lo que es nuestra cultura. Pero es que incluso los cristianos romanizados, los que ya ni siquiera se podían llamar mozárabes porque Alfonso VI había cambiado el viejo rito hispano por el importado de Roma, siguieron llegando a las tres provincias vascas, y la mezcla fue tan profunda y tan positivamente sentida por la población, que ya no habría de destrenzarse jamás.

Prueba de ello son las iglesias con portadas andalusíes, ya dentro del arte románico, de Nuestra señora de Estíbaliz, de Argantoña, de Lopidana y de Urrúnaga en Álava, ello sin contar con la presencia judía, que también fue importante, y que difícilmente se podría llamar aria, en Vitoria - recuérdense la Casa de los Anda, la Casa del Portalón, o el Judizmendi -, Salvatierra y La Guardia. Muchos vascos se sienten orgullosos de este origen, que sin duda sería impuro para los fundamentalistas.

Los mozárabes, sin embargo, no las tenían todas consigo, y se refugiaron en las rocas que limitan por el Norte el valle del río Ebro, perforando cuevas en las, de las que hacían sus iglesias y sus viviendas. Desde ellas procuraban defenderse de los musulmanes que continuaban llegando desde Burgos o desde la Rioja. Las cuevas alavesas básicas son las de Faido, Langrán, Bernedo y Urturi por un lado, y las de Santorcaria por otro.

Nuestra Señora de Faido es una magnífica iglesia mozárabe, en parte incrustada en la roca, la más elegante de Álava, pero que ya dispone de un cuerpo exterior puramente románico y como es lógico añadido posteriormente.

Santorcaria, quizá una deformación vascongada de Santa Leocadia, las cuales muestran claros arcos de herradura de tipo andalusí, así como nichos de altar de origen visigótico, pero muy influidos ya por el arte musulmán. También existen en Álava necrópolis mozárabes, y otras cuevas, como las de Valluerca y Basabe, alguna de las cuales recibe incluso el nombre de "Cueva de los Moros". Son decenas de grutas, de formas irregulares y complicadas, que constituyen un auténtico arte mozárabe alavés.

Vizcaya es la provincia que mayor número de monumentos mozárabes tiene, y que también son los más vistosos. Lógico resulta esto cuando se tiene en cuenta que Cantabria, un gran foco de difusión de arte mozárabe, estaba a la vuelta de la esquina.

Nuestra Señora de Goyuria, en Yurreta, debió ser la más grande, pero entró en período de ruina, y fue reconstruida de forma poco afortunada, de modo que hoy sólo conserva algún fragmento auténticamente mozárabe en alguna ventana exterior e interior de la nave del templo. En dichas ventanas ya se aprecia un arte mozárabe diferente del de Álava, en el que, por ejemplo, los arcos de herradura consisten, prácticamente, en círculos aislados, debajo de los cuales se sitúa una ranura vertical, es decir, que la herradura se estiliza y en casos sólo se insinúa.

San Martín de Amaza, a un lado de la autopista entre Bilbao y San Sebastián, fue reparada con mayor respeto que Goyuria, y sin alterar el aspecto general del monumento. Tiene una buena ventana doble en arco de herradura, piedras sepulcrales hispanoárabes reutilizadas en el atrio, y es de planta cuadrada. La ventana se relaciona con las que existen en Santa Eufemia de Ambia, en Orense, con lo que quedaría probada la presencia de mozárabes gallegos en Vizcaya.

San Adrián de Arguiñeta es otra ermita mozárabe muy transformada, de la que quizá lo mejor sea el cementerio anejo. En él hay decenas de tumbas mozárabes en arco de herradura, y cuyas inscripciones han sido ampliamente estudiadas por los especialistas. Los muros del templo se hallan muy renovados, existe un atrio en su derredor, y el edificio se corona con un cimborrio posterior.

En Lararrabezúa, después del cruce de Amorebieta, y en la cima de un monte próximo, se encuentra la ermita mozárabe de San Salvador de Zarandonas, quizá la mejor conservada de todas, que ni siquiera tiene un campanil y a la que cubre un techo a dos aguas. En de planta rectangular, como las demás, y era habitual en AI-Andalus, y cuenta con una ventana en arco de herradura en el muro del altar.

Finalmente, la más bella de todas sería San Pedro de Abrisqueta, en Arrigorriaga, con nicho de altar que insinúa la herradura, y un altar de techo más bajo que el resto del templo, de nuevo como en Orense, en San Miguel de Celanova. Su restauración es la más cuidadosa de toda la provincia. Cuenta, asimismo, con ventanas en arco de herradura.

No queremos terminar esta descripción sin referirnos a la famosa judería de Balmaseda, de cuyos habitantes aun descienden muchos de los habitantes de la villa.

A pesar del intenso apoyo que los musulmanes recibieron de los guipuzcoanos, la presión carolingia fue quizá demasiado fuerte en Guipúzcoa, y allí sólo quedan una serle de cementerios mozárabes trasladados de lugar, pues ya no se encuentran in situ, sino trasladados al Museo de San Telmo de San Sebastián, vemos allí piedras sepulcrales con cruces, con estrellas de David, y otros restos civiles o religiosos que sería largo enumerar aquí.

Hasta la llegada del influjo fundamentalista y racista, el País Vasco siempre reconoció y estuvo orgulloso de su mestizaje, como demuestra el Salón Mudéjar del Ayuntamiento de Bilbao, el atrio del Ayuntamiento de Balmaseda, el regalo que la marquesa de San Millán de la segunda espada de plata de Boabdil al Museo de San Telmo de San Sebastián, el recuerdo, para nosotros imperecedero de los moriscos y de los judíos, listos para su expulsión en Fuenterrabía, y tantas otras cosas que hoy nos quieren quitar para que dejemos de ser vascos y convertirnos en un pueblo artificial, inexistente, como lo eran los arios hitlerianos, pues pudiera pasar que, como ocurrió con el propio Hitler, algunos de los puristas de la raza fueran más semitas que otra cosa. Quizá entonces, como al saberlo, hicieron algunos jerarcas hitlerianos, debieran apoyar la pistola contra su propia frente y no contra la frente de los demás, que reconocemos sin ambages nuestro propio mestizaje y nuestra diversidad de origen y de raz
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