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La Alianza de Civilizaciones ante el desafío global

Conferencia de Máximo Cajal en el seminario organizado en Granada por el Instituto Universitario para la Seguridad Interior (IUSI)

23/09/2006 - Autor: Máximo Cajal - Fuente: Webislam
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Desde el primer momento la Alianza de Civilizaciones se ha caracterizado por una triple dimensión: política, global y de seguridad. Tanto el “marco conceptual” que la sirve de referencia cuanto el mandato dado por el Secretario General de Naciones Unidas al Grupo de Alto Nivel encargado de presentarle sus recomendaciones, se refieren expresamente y con reiteración a este trípode sobre el que descansa la iniciativa. Éstos son algunos ejemplos:

La Alianza – dice aquél – considerará los discursos dominantes en las distintas sociedades con objeto de dar una respuesta eficaz a las nuevas amenazas a la paz internacional derivadas de percepciones hostiles que fomentan la violencia. Los acontecimientos recientes han intensificado la sensación de que existe una creciente disparidad e incomprensión mutua entre las sociedades islámicas y occidentales. El objetivo de la Alianza de Civilizaciones es forjar una voluntad política colectiva para establecer un paradigma de respeto mutuo entre civilizaciones y culturas. La Alianza se propone lanzar un movimiento que aglutine a la vasta mayoría de los pueblos…a fin de contrarrestar la amenaza para la paz y la estabilidad mundiales que representa la tendencia al extremismo entre las sociedades.

El mandato, por su parte, incide también en las mismas premisas. La Alianza espera contribuir a la creación de un movimiento global que, reflejando la voluntad de la gran mayoría de la población, rechace el extremismo en cualquier sociedad. Únicamente una coalición global será capaz de evitar un mayor deterioro de las relaciones entre las sociedades y las naciones que amenazaría la estabilidad internacional. A estos efectos, el Grupo de Alto Nivel ofrecerá una valoración de las amenazas nuevas y emergentes para la paz y la seguridad internacionales, en particular las fuerzas políticas, sociales y religiosas que fomentan el extremismo. Estudiará estrategias prácticas para reforzar el entendimiento mutuo, el respeto y los valores compartidos entre los diferentes pueblos, clturas y civilizaciones, y para fomentar en todas las sociedades la conciencia de que la seguridad es indivisible y es una necesidad vital para todos. Presentará un informe que contenga un análisis y un programa de acción para los Estados, las organizaciones internacionales y la sociedad civil con medidas prácticas encaminadas, entre otras cosas, a promover la conciencia de que la seguridad, la estabilidad y el desarrollo son necesidades vitales para todos, y de que es necesaria la cooperación global para conseguirlas, así como presentar propuestas prácticas para promover la seguridad mutua.

Es esta acumulación de características propias, sumada al propósito declarado de culminar en un Plan de Acción de medidas concretas y prácticas, lo que da a la Alianza de Civilizaciones, o así al menos lo pretende, un perfil propio, inédito e innovador, que la distingue de otras propuestas que ya están en marcha, ya sean de carácter interreligioso, cultural – como el Diálogo de Civilizaciones – o que, siendo de naturaleza política, como el Proceso Euro-Mediterráneo o el BMENA norteamericano, tan sólo tienen un alcance regional.

En el origen de la Alianza hay un dato dramático: los atentados terroristas de 11 de marzo de 2004 en Madrid, y la constatación, de índole política, de que era preciso hacer algo para que, como dijo el Presidente del Gobierno en su intervención ante la Asamblea general de la ONU cinco meses más tarde, no se alce un nuevo muro de odio y de incomprensión entre Occidente y el mundo árabe y musulmán. No había angelismo en la iniciativa como tampoco incidió sobre su concepción debate académico alguno. Lo que sí hubo fue un previo planteamiento ético en lo tocante a la necesidad de fortalecer nuestra seguridad en la lucha imperiosa contra la nueva amenaza global.

La seguridad y la paz – dijo también el Presidente en aquella ocasión – sólo se extenderán con la fuerza de las Naciones Unidas, la fuerza de la legalidad internacional, la fuerza de los derechos humanos, la fuerza de la democracia… La fuerza del diálogo entre los pueblos.

La conclusión lógica de esta premisa no podía ser otra que la de someter a Kofi Annan la idea de constituir un Grupo de Alto Nivel para llevar a cabo su propuesta y, una vez encarrilado el proyecto, convertirlo en un instrumento eficaz en manos del Secretario General, encarnación y depositario legítimo de la legalidad internacional.
Quiere ello decir también que esta iniciativa está impregnada de los mismos principios que inspiraron las grandes líneas de la política exterior que impulsó el Presidente meses antes de las pasadas elecciones generales – los mismos que llevaron a la retirada de las tropas españolas de Iraq en cumplimiento de su compromiso electoral – y los que reiteró en sucesivas ocasiones desde su discurso de investidura el 15 de abril hasta el que pronunció el 9 de marzo de 2005 con ocasión del Encuentro sobre Democracia, Terrorismo y Seguridad organizado por el Club de Madrid.

En aquella ocasión, y en presencia de Kofi Annan, Rodríguez Zapatero afirmó que para derrotar al terrorismo es necesario reflexionar sobre las condiciones que hacen posible su expansión y el respaldo que recibe; que para ello es necesario también un armazón moral, intelectual, jurídico y policial que refuerce la legitimidad de nuestra actuación, y que esta lucha debe llevarse a cabo sin traicionar la esencia de la democracia y salvaguardando nuestros irrenunciables derechos y libertades. Todo ello dentro del marco más amplio de un consenso político de la comunidad de naciones y de una cooperación internacional robusta y efectiva. El encuentro de Madrid está en el origen de la resolución que, año y medio más tarde, acaba de aprobar la Asamblea General de Naciones Unidas sobre la Estrategia Global contra el Terrorismo. En ella se da expresamente la bienvenida al lanzamiento por el Secretario General de la iniciativa de la Alianza de Civilizaciones.

Se trata, pues, de una apuesta decidida por el multilateralismo que representa la ONU, por la legalidad y la legitimidad internacionales, por el respeto de los derechos humanos, y por la solución pacífica y negociada de los conflictos, es decir por la diplomacia preventiva, sin abdicar en absoluto de la lucha contra el terrorismo por parte de las fuerzas de seguridad dentro de la legalidad vigente. Se desprende de cuanto antecede que no hay solución de continuidad en las premisas ideológicas que desde el primer momento presiden el lanzamiento de la Alianza de Civilizaciones y que, lógicamente, inspiran también los fundamentos de esta iniciativa tanto en su inicial gestación cuanto desde el mismo momento en que dejó de ser estrictamente española, al ser asumida por el Secretario General Kofi Annan y recibir después el copatrocinio turco.

Estas premisas están en las antípodas del pensamiento neo-conservador, una de cuyas características – como acaba de recordarnos Francis Fukuyama en su último libro “America at the Crossroads”, es el escepticismo acerca de la legitimidad y la eficacia del derecho y de las instituciones internacionales para alcanzar tanto la seguridad como la justicia. Hay, sin embargo, algo más perturbador que la simple pretensión de condenar a la ONU al ostracismo, a la irrelevancia, y su postergación como actor decisivo en la escena internacional. Porque va acompañada del llamado “pensamiento creativo”, ese creative thinking que consiste en la búsqueda de atajos fuera de la legalidad en la lucha contra el terrorismo, con su inevitable resultado, los vuelos clandestinos, Abou Ghraib y Guantánamo. Limbo jurídico este último lugar – anomalía histórica postcolonial además, de la que nadie habla – que ha llevado al Tribunal Supremo español a declarar el pasado 27 de julio nula, y como tal inexistente, cualquier diligencia o actuación efectuada en aquel lugar o que allí tuviera su origen. Con la cruel paradoja de que la persona puesta en libertad con este motivo, por estricta aplicación de la legalidad y de la presunción de inocencia, pudiera estar implicada efectivamente en una trama terrorista. Otra consecuencia negativa es la desairada situación en que han quedado nuestros servicios de inteligencia si, como se desprende de algunas informaciones de prensa – que yo sepa nunca desmentidas – fueron algunos de sus miembros los que participaron en los interrogatorios a que fue aquella fue sometida, cuya validez ha rechazado el Supremo. Otro tanto cabe decir de las escalas de aeronaves de la CIA en aeropuertos españoles, incluso aunque tan sólo hayan sido – como dijo el ministro Moratinos el pasado día 15 en su comparecencia ante la Eurocámara – “escalas para la comisión de delitos en otros países”. La duda queda en el aire y el gobierno en entredicho. Es lo menos que cabe decir.

Uno de los más graves problemas con que topamos a la hora de transmitir al mundo, en particular al islámico, ese imprescindible llamamiento a la movilización colectiva contra el extremismo – combate en el que la Alianza de Civilizaciones aspira a integrar a la sociedad civil cuya inmensa mayoría lo rechaza – es la falta de credibilidad del discurso occidental, su inconsistencia puesta de manifiesto por la flagrante contradicción en que incurre cuando aquél es desmentido diariamente por los hechos. Es éste el permanente reproche que nos hace el mundo musulmán. El doble rasero a la hora de cumplir las resoluciones del Consejo de Seguridad; la llamada “paradoja de la democracia”, la indisimulada diligencia con que repudiamos los resultados de unas elecciones generales cuya celebración hemos promovido, forzado incluso – al precio a veces de desestabilizar a algún régimen árabe calificado de pro-occidental –, cuando han sido favorables a formaciones como Hamas o los Hermanos Musulmanes; la precipitada inclusión en las listas de grupos terroristas a algunos movimientos que en el mundo islámico son considerados, cuando menos, como patriotas resistentes a la ocupación de partes del territorio islámico por el imperialismo occidental, remedo de aquel cristiano infiel que los colonizó so pretexto de civilizarlos. O cuando las televisiones nos abruman con las escenas de las guerras de Irak o del Líbano, de los vejámenes a los presos anónimos, palpable y gravísima erosión de los derechos humanos cuyo respeto y promoción, sin embargo, les exigimos sin desmayo.

El visible retroceso que ha sufrido esta cuestión desde que, a raíz de los atentados del 11 de septiembre de 2001, se declaró la guerra global contra el terrorismo, fue denunciado hace unas semanas en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo por Mary Robinson, ex-presidenta de Irlanda y ex-Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, una vez que hubo condenado esta actividad criminal como una de las más graves violaciones precisamente de estos derechos. Recordó también Robinson que, para combatir el terrorismo, actuaciones como las citadas son contraproducentes y que, por el contrario, el estricto respeto de esos principios – la dignidad humana en particular – es un elemento esencial para el éxito de la lucha que entre todos hemos emprendido. En la primera reunión del Grupo de Alto Nivel en Palma de Mallorca, a finales de noviembre pasado, uno de sus miembros, el arzobispo Desmond Tutu, Premio Nobel de la Paz, aludió a este deterioro de los estándares éticos en Occidente, lo que él llamó “relajación del habeas corpus”. Pronunció entonces una frase que todo lo resume: “an horrible déjà-vu for me”, dijo, recordando el pasado del apartheid en su país.

Algunas de estas consideraciones no estarán, sin duda, ausentes de las reflexiones del Grupo de Alto Nivel y tendrán su reflejo en el documento de recomendaciones al Secretario General. Muy especialmente, la identificación de determinadas situaciones políticas en Oriente Medio que gravitan de forma demoledora sobre la fractura entre el mundo occidental y el mundo árabe, hasta el punto de que de la perpetuación de esta crisis medio-oriental, o de su reconducción, dependerá en buena medida el éxito o el fracaso de la Alianza de Civilizaciones y la conversión, en una realidad tangible, de la premonición de Samuel Huntington. Me parece, en todo caso, que su planteamiento ha servido para poner el dedo en la llaga y generar un debate muy en consonancia con el mundo que nos toca vivir. Como puntualizó el ex ministro francés de Exteriores y miembro del Grupo de Alto Nivel Hubert Védrine, en la conferencia que pronunció en mayo pasado en la Universidad Humboldt de Berlín, de las dos tesis sobre el destino de la Humanidad que mayor resonancia han alcanzado en el mundo académico en los últimos tiempos, la de Fukuyama sobre el “fin de la Historia” y la de Huntington sobre el “choque de civilizaciones”, es esta última la única que tiene cierta credibilidad o, dicho de otro modo, que amenaza hacerse realidad aunque nos resistamos a esta fatalidad. Hoy por hoy al menos, el hegeliano fin de la Historia en su versión actual, el triunfo de los valores occidentales unánimemente compartidos, no parece que esté asegurado. Y me atrevería a decir que, precisamente por ello, ha quedado expedito el camino – si entre todos no lo remediamos – al pronóstico de Huntington.

Queda, para concluir, una referencia a la dimensión de seguridad que es consustancial a esta iniciativa. Una primera consideración, al margen de las que a este respecto ya he adelantado. La Alianza, con el tiempo, ha ido consolidándose y adquiriendo credibilidad. Han contribuido a ello algunos pasos, sin duda decisivos que – a lo largo de 2005 – le proporcionaron creciente visibilidad: el copatrocinio turco en junio, el anuncio formal de la propuesta por Naciones Unidas en julio y el establecimiento del Grupo de Alto Nivel en septiembre, junto con el arranque público de sus reuniones de trabajo en noviembre. Pero este proceso también se ha visto acompañado de un constante aumento de las adhesiones que ha ido recibiendo por parte de gobiernos, organizaciones internacionales e instituciones de diversa índole. Ya están lejos aquellos tiempos de finales de 2004 cuando Italia era el único país europeo que la respaldó públicamente, junto con Argentina y Costa Rica y media docena de estados de mayoría musulmana, como Malasia, Pakistán, Irán, Jordania, Egipto y Túnez. Hoy integran este grupo informal de afines, like-minded, más de una treintena de naciones – doce europeas, contando a Dinamarca y a Francia recientemente incorporadas a los contribuyentes voluntarios al fondo fiduciario – junto con media docena de organizaciones como la Liga de Estados Árabes, la Organización de la Conferencia Islámica, la Secretaría Permanente Iberoamericana, la Unión y la Comisión europeas, la última cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno que tuvo lugar en Nueva York en septiembre de 2005 y la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa. Es de esperar que estos respaldos se multipliquen una vez que, antes de finalizar este año, el Secretario General haya presentado su Plan de Acción y haya efectuado su llamamiento a la comunidad internacional.

La vocación de esta iniciativa es coadyuvar al fortalecimiento de la paz y de la seguridad internacionales. En este punto su base doctrinal es concluyente, como se desprende de las constantes alusiones que se hacen a los diversos factores que las amenazan, que desde luego no quedan circunscritos a las acciones terroristas. Me referí con cierta extensión a esta cuestión en un artículo que la Revista Española de Defensa tuvo la gentileza de acoger en las páginas de su número 213, correspondiente a noviembre pasado. Quizá alguno de Ustedes tuvo la ocasión y la paciencia de leerlo.

El concepto de seguridad que pretende promover la Alianza de Civilizaciones es, ciertamente, el de una seguridad blanda, como corresponde a una propuesta de esta naturaleza, en contraposición a su versión exclusivamente “securitaria” o incluso estrictamente militarista. Y ello es así porque el terreno donde hay que librar el combate está en las mentes y en los corazones, en su perversión para ser más precisos, y en la dificultad prácticamente insuperable que entraña luchar por medios convencionales – no digamos los que no lo son – contra un enemigo que ya está entre nosotros, como han puesto de manifiesto los atentados de Madrid y de Londres si hablamos de Europa; los de Bali y Mumbai si de Oriente, y los de Amman, Casablanca, Djerba y Nadjaf si nos referimos al mundo árabe. Un adversario, además, que no se deja intimidar – dispuesto como está a morir matando – por cualesquiera amenazas de represalias. Tampoco el recurso a la fuerza parecer ser la receta más adecuada para hacerle frente. Al menos en la forma en que se está manifestando en la actualidad. No sólo es contraproducente sino que, allí donde causa estragos entre la población civil, la guerra se convierte en un semillero de nuevos terroristas y en el mejor de los campos de entrenamiento para mejorar sus técnicas. Ni siquiera tenemos la certeza de que, descabezándolo, acabaremos con él. La guerra del Líbano, sin ir más lejos, viene al caso. La campaña militar desencadenada por Israel para debilitar, si no destruir, a Hizbollah, no ha alcanzado todos sus objetivos si es que no se ha saldado con el efecto contrario. Este grupo armado, catalogado como terrorista en Occidente, se ha convertido en la percepción del mundo árabe, entre libaneses y palestinos en particular, en el único bastión capaz de plantar cara al agresor y de devolver el orgullo perdido a aquellas masas diariamente humilladas.

A menudo me he hecho la pregunta en este contexto, en Centroamérica antes, ahora en Oriente Medio y Afganistán, ¿cuándo los terroristas se convierten en freedom fighters? ¿cuándo sucede lo contrario?

Todos los acontecimientos citados, y otros como la crisis de las caricaturas publicadas en el Jillands Posten danés – anécdota banal para nosotros occidentales pero que ha levantado oleadas de emoción y de cólera en el universo musulmán – dejan al desnudo con toda su crudeza la doble cara de la Alianza de Civilizaciones. La fragilidad, la dificultad de la empresa. Otro lamentable suceso acaba de confirmarlo. Pero también se pone de manifiesto la urgencia de su puesta en marcha, la certeza de que hay que actuar, hacer algo y no rendirse, resignados, a la fatalidad. Es el suyo un llamamiento al rearme moral de la comunidad internacional para crear entre todos un estado de ánimo distinto del que parece imponerse en la actualidad, activándolo contra el abatimiento y la claudicación. Por eso, remedando una terminología que tiene una resonancia militar, tanto el marco conceptual como el mandato recogen repetidamente expresiones tales como movilización, coalición, junto con paz, estabilidad y seguridad internacionales.
El 3 de mayo pasado, el embajador Alí Yakital, representante personal del Primer Ministro Erdogan, y yo mismo, comparecimos ante el Consejo del Atlántico Norte para presentar a sus miembros esta iniciativa. En mi intervención, en la que se recogían buena parte de las ideas que aquí estoy exponiendo, expliqué los principios que inspiran la Alianza de Civilizaciones y me referí expresamente al renovado interés que la OTAN venía manifestado últimamente, tanto en la lucha contra el terrorismo como en la región mediterránea. Me hice eco del paquete de medidas titulado NATO´s Strengths in the fight against terrorism and how to build on them y, por otra parte, de la reunión mantenida en Rabat un mes antes en torno al Diálogo Mediterráneo de la Alianza Atlántica con vistas a la promoción de mayor confianza y entendimiento mutuos en esta región crítica. Me referí asimismo a los principios rectores de aquel Diálogo que, dije, son igualmente relevantes para esa otra Alianza que en cierta medida Yakital y yo representábamos, pero que es al mismo tiempo un recordatorio de que Occidente tiene que asomarse a los factores políticos y económicos que subyacen en mucho de los problemas que inevitablemente tenemos que afrontar conjuntamente. Quedó allí claro, en cualquier caso, que los objetivos que persiguen una y otra Alianza son coincidentes como también lo son las áreas que suscitan la preocupación de una y otra, por mucho que sus respectivos caminos quizá nunca se crucen.

Máximo Cajal es Embajador de España y representante personal del Presidente del Gobierno, José luís Rodríguez Zapatero, para la Alianza de Civilizaciones.

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