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Fe razón y violencia en la teología política neocon

20/09/2006 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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Benedicto XVI
Benedicto XVI

El discurso de Benedicto XVI en Ratisbona es algo más que una reflexión teológica sobre fe y razón. Es, básicamente, una declaración pragmática, en sintonía con la política de la Santa Sede de engarzar sus proposiciones con el discurso de los poderes fácticos, en este caso en el ámbito del orientalismo académico alemán favorable a la confrontación de civilizaciones.

Aunque la conferencia del papa trata de la necesidad que tiene el ser humano de acercarse a Dios por medio de la razón, nos aclara de paso que la razón está del lado de la iglesia, y lo hace mediante la descripción de un humanismo cristiano que es razonable gracias a los griegos. Lo hace, también, subrayando que la violencia entra en contradicción con la naturaleza y la voluntad de Dios; negar la razón, pues, equivale a ir contra Dios. Pone como ejemplo de lo contrario, es decir, de irracionalidad, al islam, según la definición de un antiguo emperador bizantino.

Se trata de un discurso elemental y maximalista escrito, paradójicamente, para ser pronunciado en un ámbito universitario orientalista tradicionalmente especializado en temas filosóficos y teológicos, de gran prestigio y reconocimiento internacional. Para fundamentar la postura razonable de la iglesia invoca las raíces griegas, el Evangelio de San Juan, donde se dice: “Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios”. Verbo que es la traducción de Logos, palabra griega utilizada en dicho evangelio. Logos es ‘palabra’ y razón’, pero no la razón pragmática o lógica sino más bien una razón hermenéutica, aportadora de sentido y finalidad, es decir, trascendente.

Parece ser que no es éste exactamente el sentido que el Papa da al término Logos, sino más bien el primero, más acorde con la filosofía del iluminismo y la razón de las Luces. El discurso parece querer actualizar con fuerza la alianza natural entre la sociedad posmoderna occidental y el papado. Obviando la posmodernidad, Benedicto XVI nos dice que iglesia y sociedad moderna occidental comparten unos mismos valores, en este caso un logos común y exclusivo, aunque olvida u omite que, para el pensamiento neoliberal contemporáneo, el logos resulta ser más bien la razón pragmática, el mercado, que la razón hermenéutica o el sentido trascendente.

La malhadada cita del emperador bizantino sobre la naturaleza violenta del mensaje de Muhámmad, la paz sea con él, y, por lo tanto, del islam, no deja lugar a dudas. Porque los musulmanes, además de conocer un poco mejor la naturaleza del islam, de su vocación a la paz y al desarrollo de los pueblos y culturas, sabemos que fue precisamente la razón clásica y pragmática más tardía la que separó los conceptos de espíritu y materia desde la antigüedad; y que esta concepción dualista llegó a los ilustrados de las Luces y a la escolástica de la iglesia por medio de la visión de Ibn Rusd (Averroes).

El islam nunca creyó en ese dualismo estructural que renegaba del mundo intermedio, precisamente del mundo del alma, donde el Logos, el sentido o significado trascendente, la finalidad, se manifiesta o epifaniza. Por esta razón el desarrollo del pensamiento islámico ha discurrido desde entonces por otros derroteros, más alejados del Averroismo y más cercanos a las posiciones holísticas de Ibn Sina (Avicena).

También sabemos que la visión de Ibn Masarra, uno de los maestros de Averroes, no es sino el fructífero intento de conciliar la fe y la razón, ésta y la revelación, el pensamiento griego y la gnosis islámica. Y que todo ello sucedía en algún lugar de Europa cuando el mundo germánico e indoeuropeo había olvidado completamente la herencia filosófica de los griegos.

También que el cristianismo unitario de los primeros siglos estuvo muy imbuido de las ideas que formaban parte de la herencia dejada por los griegos clásicos y que habían sido conservadas sobre todo por los judíos de Alejandría. Y que cuando algunos cristianos intentaron conciliar filosofía y razón con el mensaje evangélico, el irracionalismo derivado del dogma trinitario se lo impidió.

El papa también ha olvidado decir que el Corán nos habla de la responsabilidad que tiene el ser humano sobre las demás criaturas en virtud de una superioridad que se manifiesta en el lenguaje y en la escritura, algo así como una razón ya establecida y propia. El Corán nos dice que la razón y la voluntad son una ámana, un depósito, un préstamo de conciencia que Dios hace al ser humano y que le compromete según su capacidad. Esta ámana constituye el imán, una actitud de reconocimiento de la Voluntad y la Sabiduría de Dios en el acontecer de los mundos.

Imán, que normalmente se traduce por ‘fe’, pero que no es la fe entendida como lo hacen los católicos, implica una lectura del mundo, un Logos, que aporta sentido al ser humano y le abre al conocimiento, a la incertidumbre y a la libertad. En el islam, el ser humano es, en gran medida, aquello que piensa, aquello que ve, comprende y ama. El Corán insta al ser humano a razonar de manera constante y reiterada. Dios no sólo pide cuentas de la razón al ser humano sino que le asegura que su fin en este mundo es alcanzar el conocimiento de sí mismo y del mundo como medio de conocerLe a Él, a la Realidad Una y Única y hacerlo por medio de esa donación de sentido que es la palabra, el verbo, el logos hermenéutico.

Se olvida asimismo el papa Benedicto XVI de que los teólogos de la Iglesia pudieron leer a los clásicos gracias a que los musulmanes habían sido sensibles a ese legado, conscientes de su importancia, y a que tradujeron sus textos a las lenguas latinas propiciando así el humanismo continental y la consiguiente Ilustración.

Sin embargo, el cristianismo romano sí que ha tenido frecuentes problemas a la hora de conciliar la fe y la razón, por la naturaleza dogmática de la fe, una doctrina pulcramente enunciada pero inevitablemente asentada en el sustrato mistérico, plagado de conceptos y proposiciones que mal se armonizan con la razón y con la ciencia.¡Cuántos seres humanos no fueron quemados por sostener verdades científicas, por reclamar un marco de pensamiento razonable!

Da la impresión de que la visión del hombre de las Luces y su atributo, la razón pragmática, se resisten a desaparecer de la sociedad postindustrial —de la mal llamada cultura occidental— escudándose en una teología desacralizada, sin alma, en una religión que parece no postular una experiencia de la verdad y de la realidad, sino que se conforma tan sólo con su descripción -en el ámbito de la teología, del razonamiento- acerca de Dios.

Hace ya casi treinta años que el pensamiento posmoderno describió sin ambages la crisis del paradigma ilustrado. Razón y progreso se presumían superados por el entonces incipiente paradigma globalizador, por lo que podemos deducir que esta teología de la confrontación que se nos ofrece ahora no es sino el último reducto que le resta a la razón occidental pragmática para encontrar alguna legitimidad, alguna coherencia identitaria.

Así parece ser este discurso un intento de mantener viva la fe en la razón moderna e ilustrada mediante una consagración identitaria, una renovación del pacto entre sus actores seculares: Europa y el cristianismo son homologables porque entre ambos han construido la razón moderna e ilustrada, la tecnología y la civilización contemporáneas, en contraposición al islam, un mensaje de barbarie y violencia que no trajo sino destrucción y oscuridad.

Realmente esta crítica descalificadora que Benedicto XVI hace del islam es más política que académica o doctrinal. So pretexto de impartir doctrina moderna en la iglesia contemporánea, entra de lleno en la geoestrategia imperial, en el ámbito de la globalización neoliberal, legitimando sus relatos confrontadores, definiendo al islam como una religión violenta e irracional incapaz de ofrecer a Europa lo que ahora la propia iglesia, arrepentida de pasadas irracionalidades, quiere y puede ofrecerle: una redención mediante la razón y la ciencia, una redención civilizada a través del mercado. Impresionante y sorprendente a la vez. ¿Qué ocurrirá cuando la iglesia tenga que homologarse con el pensamiento posmoderno?

Y es aún más sorprendente que algunos analistas agnósticos y laicos europeos compartan hoy el fondo identitario, profundamente político, del discurso papal: ser europeos es ser cristianos, como creyentes o como laicos, disfrutadores de una identidad cultural homogénea y exclusiva, poseedores de una razón clásica, pragmática y política que es la que necesitamos para diferenciarnos de los salvajes, para no volvernos locos en una aldea global que es cada vez más multicultural y expresiva de las diferencias.
El alcance de una propuesta de este calado es notorio en los medios de comunicación.

Se confrontan imágenes del Papa pidiendo excusas o perdón —según a qué idioma se haya traducido el discurso— con imágenes de masas de analfabetos llenos de polvo gritando y protestando enardecidos en medio de las ruinas de oriente medio, Somalia o Afganistán. El contraste es demoledor. Los medios deberían, en base a la equidad y la neutralidad, confrontar las excusas del Papa con las opiniones de los ilustrados musulmanes, que así podrían explicar, tanto a los occidentales como a sus conciudadanos en estos países especialmente castigados, qué es lo que está pasando en realidad, qué es el islam y quién es quién en todo este teatro.

Benedicto XVI postula, ante todo, el monopolio de la razón en un mundo profundamente dislocado e irracional, que lo es, en gran medida, tanto por el pensamiento faústico —con razón, mas sin alma— como por una teología dogmática contraria en lo esencial a la razón y a la lógica. El papa parece querer recobrar la razón para administrarla e interpretarla exclusivamente.

Es posible que la más rancia élite europea quiera recobrar el Logos para no volverse loca, o simplemente invoca una razón que siente amenazada y perdida. Para esa élite hoy, casi como ayer, el Logos es una marca, un anagrama, un sello que ha dado profundos dividendos. A lo mejor, con cierta dosis de humor, lo más acertado sería considerarlos neurocon.

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