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Nuestro futuro energético es el sol, no el uranio

04/09/2006 - Autor: Jeremy Rifkin - Fuente: Diario Clarín
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En la reciente cumbre del G8 en San Petersburgo, el presidente estadounidense George W. Bush y el presidente ruso Vladimir Putin anunciaron un acuerdo amplio para cooperar en la rápida "expansión de la energía nuclear en todo el mundo" y pidieron a otros países que los siguieran.

Bush sostiene que la futura seguridad energética de Estados Unidos y del mundo estará supeditada al aumento de la dependencia de la energía nuclear. Una tecnología que durante años sufrió ignominiosamente en el purgatorio científico ha sido resucitada.

Ahora, ante los costos en alza del petróleo en los mercados mundiales y el calentamiento global, se levantó el velo que cubría a la energía nuclear. Esta tecnología fue prácticamente sometida a un lifting y es saludada por algunos como la mejor energía para una era sin petróleo.

Pero antes de dejarnos arrastrar por el entusiasmo, deberíamos analizar las consecuencias que tendría renuclearizar el mundo.

Primero, la energía nuclear es imposible de solventar. Con un precio mínimo de 2.000 millones de dólares cada una, la nueva generación de plantas nucleares sigue siendo un 50% más cara que volver a poner en funcionamiento plantas de energía alimentadas con carbón, y mucho más cara que construir plantas de gas. El costo de duplicar la electricidad generada por energía nuclear en Estados Unidos podría exceder el medio billón de dólares. En un país que ya enfrenta una deuda récord, tanto pública como de los consumidores, ¿de dónde procederá el dinero para construir una nueva generación de plantas nucleares?

Si los líderes políticos del mundo están decididos a seguir adelante con la energía nuclear, tendrán que reconocer que los consumidores pagarán ese precio en impuestos más altos para sustentar los subsidios públicos y facturas mensuales de electricidad más altas.

En segundo lugar, llevamos 60 años de energía nuclear y nuestros científicos e ingenieros todavía no saben cómo transportar, eliminar y almacenar de manera segura los desechos nucleares. El resultado es que las barras de combustible apagado se amontonan en instalaciones nucleares de todo el mundo.

En Estados Unidos, el gobierno nacional invirtió más de US$8.000 millones y 20 años en erigir lo que es en principio una sepultura subterránea hermética excavada en lo profundo del Monte Yucca en Nevada para contener material radioactivo. La bóveda fue diseñada para no filtrar durante 10.000 años. Lamentablemente, la Dirección de Protección Ambiental ya admite que la instalación de almacenamiento subterráneo filtrará.

Tercero, según un estudio realizado en 2001 por la Agencia Internacional de Energía Atómica (IAEA) sobre disponibilidad de uranio, los recursos de uranio conocidos podrían no alcanzar para satisfacer las necesidades ya en 2026, en el caso de una elevada demanda, y en 2035, en el caso de una demanda intermedia. Por supuesto, nuevas exploraciones podrían llevar al descubrimiento de otros depósitos y los nuevos avances tecnológicos podrían reducir las necesidades de uranio, pero, tal como están las cosas actualmente, dichas posibilidades son puramente especulativas.

Cuarto, la perspectiva de construir cientos e incluso miles de plantas nucleares en una época en que se difunde el terrorismo es errática. Por un lado, Estados Unidos, la Unión Europea y gran parte del mundo están aterrados ante la mera posibilidad de que un solo país, Irán, pueda recurrir al uranio enriquecido de su programa para construir plantas nucleares, y usar el material para desarrollar una bomba nuclear. Por el otro, muchos de esos mismos gobiernos están ansiosos por difundir plantas nucleares en el mundo entero. Esto significa uranio y desechos nucleares apagados en tránsito por doquier y su acumulación en instalaciones improvisadas, en muchos casos, cerca de zonas urbanas densamente pobladas.

Por último, la energía nuclear representa el tipo de tecnología altamente centralizada y deficiente de una época ya superada. En una era de tecnologías distributivas que están debilitando las jerarquías, descentralizando el poder y dando lugar a redes y modelos económicos de fuente abierta, la energía nuclear resulta anticuada.

La energía nuclear fue en gran medida una creación de la Guerra Fría. Representó una concentración masiva de poder y reflejaba la geopolítica de la época posterior a la Segunda Guerra Mundial. Hoy, sin embargo, la geopolítica del siglo XX enfrenta la emergente política de la biosfera del siglo XXI. El mundo se está aplanando.

En todas partes, nuevas tecnologías están dando a todos las nuevas herramientas que necesitan para ser participantes activos en un mundo interconectado. La energía nuclear, por el contrario, es una energía de elite, controlada por unos pocos. En una era en que "el poder para la gente" ha pasado a ser un mantra entre los pobres y los desfavorecidos del mundo, la energía nuclear es una reliquia. Su resurrección nos hace retroceder en el tiempo.

Deberíamos en cambio llevar adelante un esfuerzo agresivo para poner en funcionamiento toda la gama de tecnologías descentralizadas renovables —energía solar, eólica, geotérmica, hidroenergía y biomasa— y establecer una infraestructura de almacenamiento de hidrógeno con el fin de asegurar un suministro constante, ininterrumpido de energía para nuestras necesidades de electricidad y transporte.
Nuestro futuro energético común está en el sol, no en el uranio.

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