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¿Misión de paz en Líbano?

10/08/2006 - Autor: J. Enrique de Ayala - Fuente: El País
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Para que una misión militar de las llamadas de paz pueda iniciarse respetando la legalidad internacional y con ciertas posibilidades de éxito, es necesario que se den unas condiciones que será difícil alcanzar completamente en el caso de Líbano. Los países europeos -imprescindibles para esta misión, en palabras de Javier Solana- deberán estudiar en detalle estos requisitos antes de tomar una decisión definitiva sobre su participación.

Al cese de hostilidades deberá seguir un alto el fuego permanente, que probablemente se conseguirá en un plazo no muy largo. Hezbolá no puede mantener sus ataques mucho tiempo y, además, lo sucedido hasta ahora representa para ellos una victoria política, a pesar de sus bajas. Estados Unidos ha aguantado tres semanas la presión internacional para dar a Israel la oportunidad de alcanzar su objetivo inmediato, que es la reducción al mínimo posible de la capacidad militar y logística de Hezbolá, pero la posibilidad de modificar el statu quo anterior mediante la acción de las Fuerzas Israelíes de Defensa (FID) parece hoy por hoy inalcanzable. La situación volverá al punto de partida e Israel deberá conformarse con demostrar de nuevo que sus represalias siempre serán más terribles que el daño que se les pueda ocasionar, lo que no contribuirá precisamente a la reducción del número de sus enemigos.

El alto el fuego tendrá que ir acompañado de otra resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (CSNU) para el despliegue en el sur de Líbano de una nueva fuerza multinacional, con la aceptación expresa e imprescindible de las partes en conflicto, es decir, Líbano, Israel y Hezbolá. Será difícil que el movimiento armado chií acceda a un despliegue que le expulse del territorio que controla, pero sin su aceptación nos encontraríamos ante una misión de imposición de la paz, es decir, de combate. La fuerza multinacional se vería inevitablemente abocada a enfrentarse con la milicia armada, con lo que los países implicados en el despliegue aparecerían directamente como alineados con Israel, para regocijo de todos los islamistas radicales del mundo, además de verse involucrados en un conflicto de duración y consecuencias impredecibles.

Todos los implicados deberán además aceptar un mandato para la fuerza suficientemente claro y consistente que defina exactamente lo que se va a hacer, cómo y por cuánto tiempo. Muchos militares saben los problemas que han sufrido en situaciones similares con un mandato ambiguo o poco definido.

La solución más sencilla sería una misión de interposición mediante el despliegue en una zona de separación que no pudieran penetrar ni sobrevolar los contendientes. Los problemas aparecerían si alguno de ellos violara la zona de exclusión. Si entrara Hezbolá, se le rechazaría militarmente, siempre que las reglas de enfrentamiento lo permitieran, y se le detectara, que no es fácil. Pero si la interposición no fuera perfecta y se produjera algún ataque sobre territorio israelí, ¿estaría dispuesto Israel a renunciar a la subsiguiente represalia para no penetrar en la zona de separación? ¿O se trataría sólo de una zona de separación terrestre pero no de exclusión aérea?

Israel intentará obtener condiciones ventajosas en el CSNU a través de su valedor, EE UU, pero para los países que participen en la fuerza, la neutralidad de su actuación es una condición imprescindible, y la falta de claridad en cuanto a la inviolabilidad de la zona de separación debería ser un obstáculo suficiente para renunciar al despliegue. La experiencia de FINUL, fuerza de interposición de la ONU desplegada en la frontera entre Líbano e Israel desde haceveintiocho años, es significativa. En junio de 1982, las FID pasaron por encima de FINUL e invadieron Líbano hasta llegar a Beirut, invasión que duró hasta marzo de 2000. La incapacidad de FINUL para evitarlo y su pasividad durante el actual recrudecimiento del conflicto han demostrado lo inútil de una fuerza de interposición que no tenga un mandato terminante.

Algunos reclaman para la nueva fuerza multinacional un mandato aún mucho más arriesgado que la mera interposición. Se trataría de aplicar la resolución 1559 del CSNU, es decir, desarmar a Hezbolá o ayudar al Ejército libanés a hacerlo, lo que en la práctica no sería muy diferente. Si Hezbolá no aceptara su desarme -cosa más que probable-, nos encontraríamos con un escenario mucho peor que el de una fuerza de interposición sin acuerdo de las partes, es decir, con una guerra abierta entre la milicia armada chií y los Ejércitos europeos. Entrar en este terreno sería un error histórico para Europa porque arruinaría definitivamente sus relaciones con el mundo árabe y musulmán, sin resolver con ello el problema de Líbano y mucho menos el de Oriente Medio.

El enfrentamiento de Israel con Hezbolá no puede aislarse del conjunto de los problemas de Oriente Medio, cuya raíz principal está en el conflicto entre israelíes y palestinos. Esta cuestión central, que es el origen -o sirve de excusa- de todos los ataques a Israel y de la hostilidad de parte del mundo islámico hacia Occidente, no puede resolverse sin el concurso de EE UU, alineado sistemáticamente con las posiciones de Israel.

Estados Unidos -al igual que su principal aliado, el Reino Unido- ha dejado claro que no participará en la fuerza multinacional en Líbano, aunque son ellos los que tienen en sus manos la llave para resolver el conflicto de Oriente Medio, puesto que Israel no tendría ninguna capacidad militar ni política sin su apoyo. En definitiva, unos se implican militarmente y otros son los que deciden.

La solución al enfrentamiento entre israelíes y musulmanes no puede llegar con arreglos parciales, sino mediante un acuerdo global entre todas las partes implicadas y el cumplimiento de todas las resoluciones del CSNU incluyendo la 242, es decir, la vuelta de Israel a las fronteras de 1967, con el compromiso firme de respetar esas fronteras y la seguridad del Estado de Israel. En ese escenario, único camino para una paz duradera, la Unión Europea sí podría y debería implicarse a fondo, incluso con medios militares si fuera necesario para controlar una zona de seguridad en torno a Israel.

Por último, es imprescindible garantizar que la fuerza desplegada estará capacitada para cumplir su misión. Los efectivos necesarios dependerán del mandato y del grado de hostilidad en el que se desarrolle, pero podrían estar entre 10.000 y 20.000. Es difícil que en el momento actual los países europeos -involucrados en su mayoría en otros escenarios como Bosnia, Kosovo o Afganistán- estén en condiciones de alcanzar esta cifra y de mantenerla por tiempo indefinido, incluso con el concurso de Turquía y de otros países no europeos. Pero más importante aún es la definición de la cadena de mando responsable de llevar a cabo la misión. La implicación directa de la OTAN está descartada por el rechazo que el liderazgo de EE UU tiene en el mundo islámico.

Aunque la Unión Europea decidiera -por unanimidad- asumir esa responsabilidad, carece de instrumentos propios para ejercer el mando y habría que hacer uso de los acuerdos Berlín plus, con lo que la operación sería dirigida desde el Cuartel General de la OTAN en Europa, algo dudosamente aceptable para los países musulmanes. La solución de ceder el liderazgo a una nación apoyada por elementos de otros contribuyentes parece inaplicable en una misión de esta envergadura, en la que probablemente habrá que tomar decisiones críticas para alguno de los participantes, problema que aún se agravaría si la UE no actuara como tal y hubiera que acudir a una coalición de circunstancias. Sin una cadena de mando y control fuerte, eficaz y resolutiva, las posibilidades de éxito de una misión de este tipo son mínimas.

En resumen, muchas cuestiones sin resolver que invitan a extremar la prudencia. En estos asuntos, como sabemos por experiencia, es bastante más complicado salir que entrar.

Si no se dan las condiciones de alto el fuego permanente, acuerdo de todas las partes implicadas, mandato claro y fuerte, respeto a la neutralidad y garantía de la eficacia de la misión, sería mejor que Europa no se involucrase en una operación de dudoso resultado, en la que no se dispondrá de capacidad de decisión, y de la que no se sabe cuándo ni cómo se podrá salir.

J. Enrique de Ayala es general de Brigada del Ejército en la reserva. Su último destino fue como segundo jefe de la División Multinacional Centro-Sur, en Irak.
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