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Todos somos culpables de lo que ocurre en Líbano

Carta Abierta

24/07/2006 - Autor: Natividad Baena e Ismael Alonso - Fuente: Melilla Hoy
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Beirut tras los bombardeos
Beirut tras los bombardeos
Hace unas semanas estábamos en Líbano viajando para ver un poco el país: Beirut, Trípoli, Baalbek… Ahora miramos las noticias y se nos cae el alma a los pies. Paseando por el centro de Beirut, en plena Plaza de los Mártires, aún se notaban los efectos de la destructora guerra civil que asoló Líbano hace unos años. Pero, al lado de esa escultura acribillada a balazos, medio mutilada por la metralla y que tan bien simboliza el sufrimiento y la destrucción de aquella larga década de enfrentamiento, se erguían edificios nuevos, hoteles y comercios deseosos de olvidar y recomenzar así como familias paseando con la mirada bizca de tanto escrutar el pasado y vislumbrar futuro. Hoy, todo aquello que no era más que un símbolo horrible se convierte en una espantosa realidad. No queremos ni pensar cómo estarán los barrios chiítas de la ciudad que atravesamos desde Cola para ir a Baalbek, ni los abigarrados pueblos del Valle de la Bekaa que hoy arden y sangran.

Desde la repugnante seguridad de nuestro hogar podemos escribir estas líneas. Unas palabras que tienen tanto de denuncia como de vergüenza. Unas palabras que nos da pudor escribir, a nosotros que tenemos la nevera llena, agua corriente y luz eléctrica. Una carta para tranquilizar nuestra conciencia ante algo que, huyendo del tópico, no nos resulta inexplicable ni increíble. Lo hemos visto ya tantas veces, con ese sufrimiento epidérmico que da la distancia que ya nada nos asombra. Solo le cambiamos el nombre. Hoy es Líbano, ayer fue Bosnia, Irak, Darfur, El Salvador, Ruanda, Camboya… Y nos da igual.

Hezbollah secuestra, bombardea y mata; Israel invade, bombardea y mata y, de paso, ocupa un país soberano. Pero, pese a lo repulsivo que esto nos pueda parecer, no están tan claros los culpables. En momentos como éstos sólo son inocentes las víctimas, los demás son todos culpables. Intentar, desde las interesadas tribunas de la prensa y la comodidad de los despachos políticos hacer un juicio de valor resulta, cuando menos, repulsivo. Resulta doloroso recordar, incluso hoy en día, cosas tan obvias como que condenar la desmedida acción israelí no es ser antisemita sino tener sentido común y compasión por las victimas. Igual de evidente, y pese a ello más necesario que nunca, resulta recordar que la amarga situación de un pueblo como el palestino no puede ser coartada del terrorismo islamista ni justificación para secuestrar, asesinar o poner bombas.

Pese a quien pese, Israel es eso que hemos convenido en llamar una democracia asentada (que es el menos malo de los sistemas de gobierno) mientras que otros actores de la zona aspiran a ello en el mejor de los casos (como Líbano) o, directamente, viven en una autarquía dictatorial. También, pese a quien pese, Israel incumple repetidas veces las resoluciones de la ONU que le afectan mientras exige que se cumplan las que le convienen. Por último, no estaría de más tener presente que son muchos los israelíes que se oponen al belicismo de sus gobernantes, y muchos más los que no confunden defensa legítima con agresión indiscriminada. Son también muchos los musulmanes que prefieren que el Islam no rija su vida pública y que luchan por una separación entre religión y estado y que abogan, entre otras muchas cosas, por una serie de libertades básicas o por la igualdad de sexos. La pena es que esos israelíes y esos musulmanes no salen apenas en la tele.

Pecamos de maniqueos y nos parece que todo es más sencillo si dividimos los conflictos entre buenos y malos. Pensamos que polarizando las culpas nos será mas fácil ponerle una cara, una bandera y una religión a los culpables. Pues bien, los culpables no son ni Israel ni Hezbollah, ni Siria ni Irán ni siquiera los EEUU ni la Unión Europea. Los culpables somos nosotros, complacientes ciudadanos del primer mundo, acomodaticios niños de papá, cooperantes de nuestro propio bienestar, pasivos militantes de salón y solidarios de sofá. Y somos culpables por votar a líderes políticos que sólo emplean el conflicto como munición partidista; somos culpables por manifestarnos en las calles y acabar bebiéndonos una horchata en una terraza; somos culpables por compadecernos, satanizar, condenar y solidarizarnos con fotos y videos en lugar de con personas. Todos somos culpables y los firmantes de esta carta los primeros
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