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El islam anterior al Islam

17/07/2006 - Autor: Abdennur Prado
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Abdennur Prado, presidente de Junta Islámica Catalana
Abdennur Prado, presidente de Junta Islámica Catalana

Intervención en las jornadas de Can Bordoi, convocadas por el CETR, Centre de les Tradicions Religioses, 11-02-2006, como comentario a una ponencia de Jalil Bárcena, director del Centro de Estudios Sufíes de Barcelona.

Más que hacer un comentario, quisiera dejar que las palabras de Jalil Bárcena resonasen en mí y provocasen un reflejo. No una respuesta, sino un espejeo, de alma a alma. He encarado su lectura no con el ánimo de recibir información, sino de especular, actuar como speculum. Como dijo ibn ‘Arabi, el creyente es un espejo del creyente. Los ojos son las puertas del alma. Así, más que escuchar la ponencia de Jalil, me gustaría decir que la he visto, que me he visto reflejado en ella. A través de sus palabras hemos podido sentir nuestro dolor, ante la situación penosa de la ummah, ante la reducción del camino libre del islam a una religión cerril e intolerante y, lo que es peor, a una religión que mata.

Así pues, lo primero que se ha adueñado de mi es un sentimiento de tristeza. Tristeza por el estado penoso del islam, por lo menos en el nivel visible de muchas de sus representaciones. El Islam legalista de las mezquitas controladas por predicadores a sueldo de ministerios de asuntos religiosos, encargados de cortar cualquier atisbo de creatividad entre los fieles. Mezquitas y universidades de gloriosa historia, convertidas hoy en púlpitos de la visión más pobre del islam que imaginarse pueda. Tal vez esto constituye una exageración. En todo caso, una exageración motivada por el dolor que sentimos muchos creyentes al ver transformada una de las grandes tradiciones espirituales de la humanidad en una religión de Estado.

En su presentación, Jalil Bárcena ha evocado la historia de un joven que se siente embriagado por la poesía de Rumí, y que acude a la mezquita, para encontrarse con algo que en nada se parece al sentimiento generado por el poeta persa. Esta misma sensación de incomodidad y abismo la hemos sentido muchos musulmanes, sobre todo aquellos que hemos llegado al islam leyendo a sus grandes pensadores y místicos, maravillados por ese poso de belleza que el íntimo de Al-lâh deja en todos sus trabajos. Lo que nos llamó al islam fue un saboreo. Intuimos un aroma y lo hemos seguido hasta sus últimas consecuencias. Un aroma que es el signo de las bendiciones de Al-lâh para con sus siervos, de la misericordia creadora que hace surgir ríos y bosques a partir del agua que desciende, justo como la revelación del Sagrado Qur’án nos fertiliza, nos mueve a la meditación y al deseo de profundizar en los resortes de esta Creación maravillosa.

El Qur’án se nos abría de par en par en la mirada. No era un libro, sino una revelación. No eran palabras, sino signos a través de los cuales se manifestaba la Realidad Única en toda su grandeza. Frente a esta experiencia espiritual genuina, incluso algo naif, el Islam de los clérigos reaccionarios nos parecía una cárcel para la belleza. Sin embargo, algunos quedaron atrapados. El adoctrinamiento comienza en el mismo momento que traspasamos el umbral de la mezquita, para saber sobre el islam, buscando gente de conocimiento. A algunos nos regalaron un librito llamado Los cuarenta hadices, recopilación de dichos del Mensajero de Al-lâh (saws). “Estudia este libro y conocerás los fundamentos del Islam”, nos dijo el imam. Vamos a casa y abrimos este libro. Los hadices que vamos leyendo nos embriagan, vemos desplegarse ante nosotros el ejemplo del profeta Muhámmad, que la paz y la salat de Al-lâh sean siempre sobre él. Sin embargo, al llegar al hadiz número 14 nos encontramos lo siguiente: “No es permitido derramar la sangre de un musulmán excepto en uno de estos tres casos: el casado que comete adulterio, el casado que comete adulterio, y el que deja su religión y abandona su comunidad”. Por si no quedase claro, el comentarista aclara: este hadiz hace mención a las penas de muerte por adulterio y por apostasía. Pasamos la página, en busca de las palabras de sabiduría que borren la impresión oscura que ha penetrado en nuestra alma. Pero no podemos. ¿Es realmente cierto que el Mensajero de Al-lâh dijo esas palabras? ¿No es la condena del apostata contraria a la libertad de conciencia establecida por Al-lâh en su Qur’án Generoso? ¿Podemos aceptar la pena de muerte en caso de adulterio? ¿Forma esto realmente parte de la religión que profesamos? Tratamos de olvidarlo, nos decimos que eran otros tiempos, que Dios sabe más, que alguna explicación tiene que haber. Es así como la primera sombra de duda ha penetrado, el primer desgarro del Islam reaccionario, de la mentira con la cual se pretende destruir el mensaje libertario del islam.

El adoctrinamiento avanza. Aprendemos a rezar, a hacer las abluciones, y todo aquello que necesitamos para avanzar en el camino del islam. Una práctica de adoración, y no una mera teoría. Una forma de vida, y no una creencia. Se nos habla de la sharia. Se nos dice que la sharia es la ley islámica, que Al-lâh ha ordenado cosas, que ha establecido sus leyes ante las cuales los verdaderos creyentes tienen que plegarse. El islam no es seguir nuestros caprichos, sino obedecer a Al-lâh en todo aquello que Él ha establecido. Esto es, nos dicen, el significado del Islam: someterse a las leyes de Dios, contenidas en el Qur’án y en las palabras del profeta. Poco a poco, iremos oyendo a que se refieren los promotores de esta supuesta ley islámica. Se trata, como todos sabemos, de lapidaciones, segregación de la mujer, delitos de apostasía y de blasfemia…

Para los defensores del Islam legalista, este se presenta como un conjunto coherente de leyes a las cuales los musulmanes deben obediencia. Ellos son los guardianes de esas leyes, sus únicos intérpretes autorizados. Así, todos los musulmanes les debemos obediencia. Los que se atreven a cuestionar los dogmas de esta religión ritualista y carente de sentido, son tachados de hipócritas, infieles, idólatras, herejes. De un modo más contemporáneo, agentes de la CIA o del Mossad encargados de destruir el islam desde dentro. Todo eso, y más, lo hemos escuchado de nuestros hermanos musulmanes.
En estas circunstancias, es comprensible que los musulmanes demos la espalda al Islam de las instituciones y nos giremos hacia el Qur’án y el ejemplo del profeta Muhámmad, que la paz y la salat de Al-lâh sean con él, para encontrar respuestas a los interrogantes suscitados. Hay que tener el corazón ciego para aceptar todo lo que este Islam legalista representa. Hay que estar seco por dentro, no haber conocido el saboreo, ser incapaz de amar, de compasionarse con al otro. Este Islam no es una de las tradiciones primigenias de la humanidad, sino un refugio de ignorantes que desprecian el bien y la belleza, la creatividad de que es capaz el ser humano. A pesar de las evidencias, este Islam pasa por ser el único posible, no solo entre muchos occidentales heridos por el orientalismo, sino también para muchos musulmanes.

La pregunta se impone: ¿cómo es posible que esto haya sucedido? Cuanto más ahondamos en la revelación coránica más nos sorprende la manipulación a la que somos sometidos. Existe una fuerte coacción que mantiene a los musulmanes sumisos a esta estructura religiosa reaccionaria. Para los que han crecido ya dentro de esta ideología, todo esto puede parecer hasta normal. Ya apenas sospechan que existen otras maneras de vivir el islam, que el islam no es una ley ni un sistema político, sino un camino espiritual a través del cual el hombre se libera de toda idolatría y se hace califa de Al-lâh sobre la tierra. Lo mismo hemos visto en otras religiones: muchos judíos que fueron educados en el sionismo apenas sospechan que se trata de un velo sobre la verdadera grandeza de la religión judía. Lo mismo sucede dentro del cristianismo, la dogmática de todas las iglesias ahogando la vida espiritual de los creyentes.

En el mundo islámico nos tenemos que enfrentar a duras realidades. Las grandes creaciones del islam son ocultadas, sus grandes místicos son descalificados como herejes o heterodoxos, palabras extrañas al islam que nos son impuestas desde fuera. Los ulemas de la Universidad de al-Azhar protestando por la edición de las Futuhat al-Makkiyya del gran ibn Arabi, una de las cumbres del pensamiento islámico de todos los tiempos, descalificada como una herejía panteísta, y su autor calificado como un destructor del islam y enemigo de Dios. Vemos como la libertad de conciencia es anulada, bajo la excusa de que el islam está siendo acosado desde el exterior, y debe defenderse de todo nuevo pensamiento como si fuese una trampa encaminada a destruirlo. En estas circunstancias, el solo hecho de pensar lo hace a uno sospechoso de no se que barbaridades.

Poco a poco, este Islam legalista va ganando terreno, sustituyendo al Islam tradicional y presentándose como ortodoxia, como si el islam siempre hubiese sido así, como si todos los que disentimos fuésemos heterodoxos. Así, lo que es una completa anomalía, un producto malsano de la modernidad, pasa por ser el islam genuino ante las masas de oriente y occidente.

Ante esta situación, cada musulmán busca respuesta. Es triste decirlo, pero esta es la realidad a la que tenemos que enfrentarnos. Nos gustaría vivir el islam tal y como lo bebemos de las fuentes, como agua cristalina. Pero una y otra vez somos arrastrados por la historia, nos vemos situados ante la realidad penosa de la ummah.

La respuesta de muchos a este estado de cosas es el sufismo, la reivindicación del Islam espiritual como dimensión interna del islam, como antídoto y superación del Islam legalista. El sufismo crece en occidente, representa la cara amable del islam, su mística. El sufismo en occidente está de moda. Los sufíes son inocentes, ellos hablan de amor y de misericordia, repiten largas letanías, se hacen giróvagos y cantan la belleza de todo lo creado. Editan y leen los libros de Rumi, de ibn ‘Arabi, de Sohrawardi, sentencias de sabiduría, poemas que emparientan al islam con el budismo y lo mejor del cristianismo, caminos espirituales, prácticas de adoración centradas en la contemplación y el abandono de todo lo mundano.

Mi respuesta es otra, pero en ningún caso opuesta. Más que ahondar en la dicotomía entre un Islam espiritual y un Islam legalista, lo que (me) propongo es la deconstrucción de este Islam legalista, de ir hacia el lugar donde el sentido de esta fractura quede desvelado. Tal vez se trate de lo mismo con un lenguaje diferente. El islam que amo y trato de vivir es el mismo islam que muchos sufíes aman y tratan de vivir. Compartimos plenamente el rechazo por el Islam oscurantista de los ulemas oficiales, y nuestro amor por el Islam espiritual que han legado los grandes maestros, los sufíes… La diferencia, aunque esto no tenga importancia, es que yo no me considero sufí, ni pertenezco a ninguna tariqa, ni sigo una línea determinada de enseñanza. No tengo sheij ni otro método que el de los cinco pilares del islam (la rendición a Al-lâh), de los cinco pilares del imam (la confianza en Al-lâh), y del ihsan (la búsqueda de la excelencia, de ver el reflejo de Al-lâh en nuestras creaciones). En este sentido, me considero un musulmán a secas. Para nada un místico, sino un simple y banal musulmán, uno más de los más de mil quinientos millones de personas que, según las estadísticas, son considerados musulmanes.

Desde esta condición de musulmán a secas, quiero referirme a la dicotomía establecida entre un Islam espiritual y un Islam legalista, y proponer otra mirada. Quisiera, si se me permite, discutir el supuesto muy extendido de que el Islam legalista y exotérico sea el islam a secas, el islam que enseñó Muhámmad antes de que las etiquetas fuesen necesarias. Quisiera, a partir de esta diferenciación, señalar que el sufismo de las tariqas nos remite a una fractura interna en el seno de la tradición islámica. Esta fractura puede ser fácilmente comprendida por analogía con otras tradiciones. Me refiero, claro, a la cosificación del mensaje espiritual de los grandes maestros de la humanidad, su codificación en dogmas y doctrinas, su institucionalización. Por supuesto, no toda institución es necesariamente reaccionaria, aunque inevitablemente nos encontramos ante una pérdida de la frescura del original, de la libertad total que el creyente desnudo siente ante la propia Realidad: el encuentro con Dios sin mediación alguna.

En el caso del islam, esta tensión, que ya ha sido explicitada como una fractura entre el Islam espiritual y el Islam legalista, también puede ser vista desde un punto de vista lingüístico. Me refiero a la ambigüedad de la palabra islam, que actúa a veces como nombre y a veces como verbo. Así, a la oposición entre un Islam espiritual y un Islam legalista, quisiera confrontar otra oposición, entre el islam entendido como un verbo y el Islam entendido como un nombre. En el primer caso, estaríamos hablando de la entrega a Al-lâh, del sometimiento consciente a la Realidad Única. En el segundo caso, nos estaríamos refiriendo a la religión establecida por el profeta Muhámmad en el siglo VII de la era cristiana.

La diferencia entre uno y otro uso de la palabra islam es crucial. Por poner un ejemplo, varios versículos del Qur’án afirman que numerosos personajes de la historia sagrada del pueblo judío eran musulmanes. Musulmanes son los profetas Noé, Abrahám, Ismael, Jacob, Yusuf. Moisés dice al Pueblo de Israel: “¡Confiad en Él, si realmente sois musulmanes!” (Qur’án, Yunus, 84). Los apóstoles de Jesús dijeron al Mesías, hijo de Maryam: “¡Sé testigo de que somos musulmanes!”. (Qur’án, al-Miran, 52).

En estos casos, nos encontramos con la paradoja de judíos y cristianos musulmanes. Si decimos que todos ellos fueron (son) “musulmanes” es solo a costa de no traicionar el sentido original de esta palabra: seres entregados a Dios. Aquí no se está hablando de ninguna religión histórica, sino de una condición interior, de un estado de conciencia. En caso de que confundamos una y otra acepción de la palabra islam y de la palabra musulmán, estaremos escamoteando el Mensaje del Qur’án. Para evitar esto, sería recomendable no usar las palabras árabes muslim o islam, sino sus traducciones: hombre sometido, entregado a Al-lâh. En este sentido, no cabe duda de que los profetas mencionados en el Qur’án eran musulmanes, y seguramente ningún judío o cristiano consciente les negarían este calificativo. Esto no significa que no sean judíos: el Qur’án en todo momento afirma que estos profetas lo eran del Pueblo de Israel.

En el Qur’án, la palabra islam no se refiere a la religión histórica establecida a partir de las enseñanzas de Muhámmad, sino del estado de sometimiento de todas las cosas al Creador, que puede ser asumido como estado de conciencia por las criaturas. ¿Cómo entender, sino, la aleyas donde diferentes profetas (que la paz sea con ellos) y personajes anteriores al Muhámmad histórico se declaran “musulmanes”? ¿Cómo entender el versículo siguiente?:

‘Inna ad-dîna ‘inda Al-lâhi al-islam.
(Qur’án 3: 19)

Donde unos traducen: “Ciertamente, la única religión junto a Dios es el Islam.” Debemos entender: “Ciertamente, el único comportamiento lícito, lógico, sensato ante Al-lâh es la aceptación de que Le estamos sometidos.”

¿Por qué estas —de todas las palabras del Qur’án— son las únicas que los arabistas sistemáticamente no traducen? ¿Por qué se traducen —y tan mal— la mayoría de las palabras del Qur’án y se dejan sin traducir estas, cuya traducción no presenta dificultad alguna? Parece que si hablamos de “rendición a Dios” se comprenderá lo que el Qur’án y la tradición muhammadiana no cesan de repetir: eso que llamamos islam no es una religión histórica, sino la condición natural del ser humano. Goethe dio testimonio de esto en su Diwan Oriental-Occidental:

"Si islam significa sometimiento a Dios, entonces,
todos nacemos y morimos musulmanes."

Frente a las lecturas reductoras de nuestra tradición, es necesario volver al Qur’án y proclamar bien claro cual es nuestro dîn, nuestro camino. Todo esto afecta a nuestro modo de ver la tradición: ¿cuál es nuestra herencia? Si por “historia del Islam” entendemos la del califato omeya, abbasida y otomano, entonces no necesariamente somos musulmanes. Si un concepto tan vago como el de “historia del Islam” tiene sentido, este no puede ser sino la recepción de la Palabra revelada a través de los tiempos: la historia de la profecía, de la tradición sagrada de la humanidad en sus múltiples manifestaciones.

No es una historia en el sentido lineal: se trata más de una “metahistoria”, una serie de acontecimientos arquetípicos que se repiten en todas las épocas, y de la cual la propia vida de los profetas es un signo. En el plano reducido de las religiones, se trata de la larga travesía de la profecía frente a la cosificación de la espiritualidad humana en unos dogmas, una tensión que no ha dejado de repetirse en todos los tiempos.

Con esto, nos hemos situado en lo anterior a la fractura entre el Islam legalista y el Islam espiritual. Al aplicarle un adjetivo a la palabra islam, estamos aceptando que actúa como un nombre. Según lo veo, este es el problema. Ahora, se habla de un Islam reformista, de un Islam liberal, de un Islam moderado, de un Islam progresista, y se pretende que en estos caminos puede encontrarse la salida a la situación penosa de la ummah. Por mi parte, soy muy escéptico ante estos movimientos.

Esto nos despierta un interrogante: ¿seremos algún día los musulmanes capaces de hablar del islam como un verbo y no como una religión delimitada y distinta a las demás? Como experimento, propongo que cuando nos encontremos con la palabra islam hagamos el esfuerzo de traducirla al castellano, o al catalán, si lo prefieren. Si así lo hiciéramos, el resultado sería sorprendente. En este caso, ya no tendríamos necesidad de hablar de un Islam espiritual. La expresión traducida sería “entrega espiritual a Dios”. Aquí, el adjetivo espiritual resulta redundante, y solo tendría sentido si afirmásemos la posibilidad de una entrega a Dios de otro tipo que espiritual, lo cual es muy extraño. Aunque comprendo la necesidad de usarlo, dadas las circunstancias, pienso que el islam es por esencia espiritual, no necesita este adjetivo.

Creo que esto lo capta perfectamente Jalil Bárcena cuando habla de “un islam sin Islam”. Esta paradójica expresión tal vez queda clarificada desde la dualidad de la palabra islam. Así, el primer término sería el islam como acción, y el segundo entendido como una religión.

Renunciar, en cierto sentido, al Islam como nombre implica graves consecuencias. En primer lugar, se trata de renunciar a la propia historia, a la propia idea de que exista algo así como una “filosofía islámica”, o una “historia del islam”. La expresión “filosofía islámica” nos conduce a clasificar al pensamiento según su filiación religiosa, y no según su cualidad y aquello que nos ofrece. Su línea discursiva, sus argumentos quedan etiquetados, nos obliga a leerlos según un filtro muy preciso. Así, nos encontramos con una filosofía cristiana o una filosofía budista, como subproductos de la filosofía. Hay que romper con estas clasificaciones. No me es más cercano un autor por el hecho de que se declare musulmán, sino por su compromiso con la autenticidad y la justicia, por su amor a la sabiduría. Mis lecturas no son “islámicas” en el sentido confesional de la palabra. Un filósofo no admite estas reducciones. Me siento mucho más cercano al pensamiento de Heidegger que al de al-Farabi, más cercano a Lucrecio que a al-Gazzali. Un libro es un secreto, y etiquetarlo es una trampa.

Pensemos en el término “historia del Islam”. Según los manuales, esta supuesta historia empezaría en el siglo VII después de Jesucristo, el año uno de la Hégira. En este caso, la mayoría de los acontecimientos relatados en el Qur’án dejan de formar parte de la historia del islam. ¿Cómo entender entonces que el Qur’án nos diga que Abraham fue uno de los musulmanes? Si el islam se iniciase en el siglo VII, la historia de Abraham ya no sería nuestra.

Es precisamente esa vinculación con acontecimientos históricos posteriores al magisterio de Muhámmad lo que rechazo como mi propia historia. Como musulmán, mucho más me conciernen los Hechos de los Apóstoles (mencionados en el Qur’án) que no las dinastías abbasida u otomana. No siento ninguna vinculación con estos regímenes despóticos: esta no es mi historia. Mi historia se inicia con Adam, el primer hombre y el primer profeta. En realidad, no se trata de una historia, sino de meta-historia. Se trata de los acontecimientos del alma, del mundo de los arquetipos que se encarnan en nuestro presente cotidiano.

Situarse en la metahistoria es situarse en lo anterior a la fractura entre el Islam legalista y el Islam espiritual, pero también en lo anterior a la división de los musulmanes entre chiíes y sunníes. Aunque se repitan una y otra vez estas fracturas, y sean asumidas como propias por los musulmanes, yo no me considero ni sunní ni chií, ni pertenezco a un Islam legalista ni a un Islam espiritual, ni a un Islam exotérico ni a un Islam esotérico. Tal vez entonces puedan entender porque no me considero sufí, sino un musulmán a secas, un ser humano que reconoce su estado de postración ante una Creación que le desborda, y que ha decidido actuar en consecuencia, en la medida de sus posibilidades.

Romper con la historia como historia del poder significa dejar de ver a Muhámmad como un personaje histórico, como un líder político que fundó un estado. El verdadero Muhámmad se sitúa en la metahistoria, como maestro y como signo del insan al-kamil, el hombre realizado. Por eso los sufíes podrán decir cosas tan extrañas como que “Muhámmad es la materia prima del universo”. Tampoco podemos olvidar que el propio Muhámmad afirmó que fue creado antes que Adam. Reducir a los profetas a la historia lineal de las naciones implica reducir su misión a un momento histórico concreto, empequeñecer el sentido de la profecía. Dejar de ver a los profetas como personajes históricos nos predispone a recibir la revelación como la emergencia de un mundo arquetípico, el desvelamiento de la Realidad en uno mismo, ante uno mismo.

A partir de aquí se recompone todo. Lo que antes estaba roto queda restaurado. Aprendemos a ver el mundo como una teofanía: lo exterior logra reflejar el jardín interior que debemos cultivar. La fractura entre lo aparente y lo oculto se recompone, entre el espíritu y la materia, entre la acción y la contemplación. Lo uno es un espejo de lo otro. No hay dos mitades, sino una sola realidad que nuestra mente ha fraccionado. Del mismo modo, la fractura entre el Islam legalista y el Islam espiritual es ilusoria. Reestablecimiento del equilibrio entre lo exterior y lo interior, la revelación actúa como un puente. No es un Libro de leyes o preceptos, sino algo muy distinto. La revelación se sitúa más allá de las palabras. Por tanto, no es susceptible de ser interpretada, sino recibida en nuestro corazón aniquilado. No son las letras del Qur’án, no son sus bellas frases o cadencias. La revelación trasciende todo soporte y enlaza lo múltiple y lo uno. Es visión teofánica, un instante de pura transparencia.

Este lazo es indestructible, como lo es el lazo entre la haqiqa y la sharia, entre el islam como camino espiritual y el islam como práctica de adoración. Aunque para nosotros se presente como algo separado, la haqiqa y la sharia son dos aspectos de lo mismo. Llamamos haqiqa a la vivencia de la sharia, a la experiencia de verdad que la sharia nos depara. Este es el secreto que el Islam legalista ha olvidado, el hecho de que sin experiencia espiritual la práctica de adoración no sirve para nada.

Propongo pues que nos situemos en lo anterior a la fractura entre la religión como camino espiritual y la religión institucionalizada. Este es el lugar a partir del cual podemos recuperar el sentido perdido de nuestras tradiciones religiosas. Propongo la recuperación de la sharia como una necesidad interna a nuestro desarrollo vital y humanístico, necesaria para el pleno desarrollo de nuestras capacidades innatas, y no como una imposición externa de una ley controlada por los ulemas reaccionarios. Sin práctica de adoración la tradición desaparece. Sin sharia estamos perdidos. Sin haqiqa la sharia es un conjunto de preceptos sin sentido. Solo desde el lugar de aparición de la Palabra revelada es posible superar la fractura a la cual los musulmanes nos vemos abocados.

Pero solo Al-lâh sabe.


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