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Democracia en los países árabes

07/07/2006 - Autor: Adrián Mac Liman - Fuente: Canarias ahora
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democracia
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Cuando el rotativo árabe Al Hayat desveló, a mediados de febrero de 2004, la existencia de un ambicioso proyecto de la Administración Bush que preconizaba la creación de una nueva zona de estabilidad geopolítica en el llamado "Gran Oriente Medio", algunos estrategas expresaron sus dudas respecto de la viabilidad y oportunidad de la iniciativa. Las heridas abiertas en el mundo árabe-islámico por la guerra de Afganistán y la ocupación de Irak por las tropas de la alianza anglo-americana, así como la incapacidad o falta de voluntad de la Casa Blanca de encontrar una solución duradera al conflicto palestino-israelí, ponían en entredicho este operativo, destinado ante todo a "democratizar" los países musulmanes de Asia y el Norte de África.

El "Gran Oriente Medio", rebautizado hacia finales de 2004 con el nombre de "Amplio Oriente Medio", pretendía convertir el mundo islámico en un conglomerado de países de corte occidental, respetuosos de los derechos humanos y del pluripartidismo, dotados de modernas estructuras sociales y de medios de comunicación objetivos y sin mordaza.

La propuesta de la Administración estadounidense empleaba el lenguaje de los expertos musulmanes contratados por las Naciones Unidas para elaborar el Segundo Informe sobre el Desarrollo del Mundo Árabe. Aún así, los poderes fácticos de Washington no tardaron mucho en llegar a la conclusión de que la terminología poco o nada tenía que ver con el sistemático rechazo de los gobernantes, aunque también de la sociedad árabe de encaminarse por la senda de la democracia made in USA.

A los obstáculos de índole político se sumaba un gran desfase cultural. Para los expertos del Movimiento Mundial para la Democracia, organización no gubernamental estadounidense creada en 1998 para encauzar los esfuerzos de los Estados ex comunistas, la percepción de la democracia se limitaba a la edificación de sociedades liberales laicas. No hay que extrañarse, pues, al comprobar que los analistas norteamericanos tildaban automáticamente a los movimientos radicales de corte islamista, como Hamás, Hezbollah o Hermanos Musulmanes, de detractores del proyecto de democratización. Más aún; durante los encuentros con la embrionaria sociedad civil del mundo árabe celebrados en los últimos meses en Bahrein y Turquía, tanto los politólogos estadounidenses como sus colegas europeos trataron de convencer a sus interlocutores islámicos de la necesidad de acorralar a los movimientos religiosos, calificándolos de antidemocráticos. Esta visión simplista acentuó el malestar reinante en las filas de los musulmanes, persuadidos de la utilidad de las políticas de consenso. El diálogo con las corrientes islámicas, que han demostrado su eficacia a la hora de crear estructuras socio-económicas dinámicas e independientes, forma parte de la política de consenso.

¿Son los islamistas los auténticos e únicos enemigos de la liberalización del mundo árabe-musulmán? No hay que olvidar que la Administración pública de los Estados de la zona está plagada de elementos pertenecientes a los temibles servicios de seguridad, encargados de la represión política y de la defensa de estructuras dictatoriales. Y ello, no sólo en los llamados "países laicos", diseñados por los golpes de Estado de los militares, sino también en muchas de las monarquías feudales "amigas" de Occidente. Para la sociedad civil resulta mucho más fácil dialogar con las corrientes islámicas, partidarias de importantes cambios estructurales que con los agentes del aparato represivo. Muchos árabes estiman que el sectarismo de los norteamericanos a la hora de abordar la edificación de la democracia en tierras del Islam perjudica los intereses de las masas musulmanas. Muchos recuerdan las diferencias existentes entre la mentalidad de los países de Europa oriental, América Latina o Asia y el mundo árabe-islámico.

El enfoque paternalista de la gran potencia transatlántica, como se puede comprobar, genera reacciones aislacionistas en el seno de la sociedad civil musulmana, que busca apoyos internacionales para llevar a cabo profundas reformas sociales. Los promotores del cambio son conscientes de que su papel no debe limitarse a contrarrestar el peso de los movimientos religiosos, sino de buscar, junto con las agrupaciones islámicas, la mejor manera de combatir a los tiranos y de acabar con las estructuras estatales obsoletas. Sólo la victoria de la democracia real podría allanar el camino hacia la exclusión progresiva de los radicales de la vida política del mundo musulmán. Para alcanzar esta meta, la sociedad árabe nos exige soluciones basadas en mayor respeto y comprensión de su "hecho diferencial".

* Escritor y periodista, miembro del Grupo de Estudios Mediterráneos de la Universidad de La Sorbona (París)

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