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Guerras locales, conflictos regionales

03/07/2006 - Autor: Fred Halliday - Fuente: Fundación Atman
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Fred Halliday
Fred Halliday
El récord de conflictos entre Estados en los últimos años ha demostrado que existe una diferencia abismal entre los tipos de conflicto, y las repercusiones internacionales que pueden acarrear. El punto de inicio razonable de cualquier valoración que se haga sobre las consecuencias internacionales debe ser que, aunque en esencia sean guerras internas o "civiles", tendrán mayor repercusión más allá de sus fronteras, bien porque provocan otro conflicto con Estados vecinos, o porque hacen que intervengan potencias. Por utilizar una metáfora clásica de la medicina y la epidemiología, estas guerras son "contagiosas". En numerosos ensayos de ciencia política este razonamiento se refuerza al comparar las guerras con las revoluciones, ya que ambas conllevan violencia: por tanto, si las revoluciones inevitablemente diseminan ideas y tensiones por diferentes territorios, se presupone que los conflictos armados y las guerras civiles deben hacer lo mismo.

Sin embargo algunos conflictos modernos tuvieron un alcance y un impacto más limitados, aunque ninguno haya dejado de tener efecto sobre las relaciones internacionales. La guerra del Líbano, que duró desde 1975 hasta 1990, y que causó alrededor de ciento cincuental mil muertos, no se extendió a otros países. Aunque en varias ocasiones, Siria e Israel --dos vecinos-- y "fuerzas de paz" de Estados Unidos y Francia intervinieron junto con unidades encubiertas de la Guardia Revolucionaria Iraní, la guerra del Líbano no se convirtió en el eje de un conflicto regional más amplio. No tuvo prácticamente ninguna trascendencia en los patrones que se establecieron en la Guerra Fría para las relaciones entre Occidente y el bloque soviético. Los conflictos en el este de Turquía, entre el gobierno de Ankara y las guerrillas kurdas del PKK, que empezaron en 1984, tampoco tuvieron un impacto destacable en las relaciones globales o regionales. Y, más allá de avivar la tensión entre los vecinos más cercanos que están involucrados directamente, lo mismo se puede decir de los conflictos sin resolver de Chipre y del Sáhara occidental --ambos paralizados desde la década de 1970--.

Lo más chocante, quizá, de los últimos años ha sido el escaso impacto que han tenido las guerras que estallaron en los años noventa del siglo XX en los Balcanes sobre las relaciones internacionales a gran escala, especialmente en Europa. Se habló mucho a comienzos de 1990 de la vuelta al enfrentamiento entre Rusia y el Occidente, o entre católicos y ortodoxos, o de un deterioro de las relaciones entre las dos potencias regionales involucradas más directamente, por motivos históricos o de afinidad, Grecia y Turquía. Pero de alguna manera, y sin que los participantes siempre llamaran la atención sobre ello, los Estados más importantes que se vieron involucrados estuvieron enormemente contenidos: Grecia y Turquía no se excedieron en sus reacciones, ni permitieron que su opinión pública o sus fuerzas nacionalistas influyeran en su política; Rusia hizo algo de ruido por Serbia y realizó un intento teatral de reclamar Kosovo para sí, en 1999, al tomar el aeropuerto de Pristina antes de que llegaran allí las fuerzas de la OTAN, pero finalmente quedó en nada. Comparado con las cuestiones de la expansión de la OTAN, el asunto de los Balcanes afectó poco a las relaciones entre Rusia y Occidente en los años noventa.

En el resto del mundo se puede encontrar un patrón parecido de aislamiento. En América Latina, la guerra en Colombia, que dura más o menos desde la explosión de "la violencia" en 1948, y que hoy afecta a gran parte del país que está bajo el control de la guerrilla, no se ha trasladado a otros países, ni ha dañado de forma significativa las relaciones entre Estados vecinos. Quizá un ejemplo de conflicto que existe desde hace décadas sin tener repercusiones internacionales es el de Irlanda del Norte. En esta provincia del Reino Unido, con una población de alrededor de un millón y medio de habitantes, se han matado a unas cinco mil personas en los enfrentamientos que duraron desde 1969 hasta 1998, y la atmósfera de intimidación, odio sectario y violencia encubierta ha continuado hasta hoy día. Sin embargo, apenas tuvo impacto sobre las relaciones internacionales de la República de Irlanda o las del Reino Unido, ni siquiera lo tuvo sobre el más amplio proceso de integración europea, por un lado, y la Guerra Fría y su final, por otro. Churchill, como es conocido, habló sobre cómo el público volvió a interesarse por las disputas locales de la política fronteriza irlandesa después de una época de violencia continental y de la Primera Guerra Mundial. Se diría que esta autonomía o aislamiento del conflicto local de las relaciones internacionales dura hasta hoy día en el caso irlandés, el chipriota, el saharaui, el kosovar y otros.

Pero mientras algunos conflictos se mantienen así de aislados, otros han adquirido un carácter más regional e internacional. Las guerras de los Balcanes de 1911-1913 trajeron consigo luchas sanguinarias entre Grecia, Bulgaria, Turquía, Albania y otros, y desembocaron, en junio de 1914 en el asesinato del archiduque Fernando, y el estallido de la Primera Guerra Mundial. La guerra de España de 1936-1939 empezó como un conflicto interno pero se internacionalizó con la intervención de las fuerzas alemanas e italianas, y sirvió de preludio a la Segunda Guerra Mundial, un antecedente europeo del conflicto global que tendría su equivalente en Asia oriental con la crisis de Manchuria de 1931 y el estallido de la guerra chino-japonesa en 1937.

Durante la última década de la Guerra Fría, por ejemplo, la guerra en Nicaragua estaba unida a los conflictos paralelos en Guatemala y El Salvador, produciendo lo que algunos interpretaron como una "guerra civil centro americana". El triunfo de los sandinistas en Nicaragua en 1979 también sirvió --por su proximidad a Estados Unidos, y el aparente espaldarazo por parte de Cuba-- para estimular la campaña de la derecha a favor de una mayor fuerza militar y del fin de la distensión, lo cual llevó a Ronald Reagan al poder en 1980. También en la década de los años ochenta el conflicto de Afganistán tuvo importantes repercusiones internacionales: las fuerzas soviéticas entraron directamente en el país en 1979 y hubo operaciones de envergadura, aunque no declaradas, de Estados Unidos, Pakistán, Irán y China.

Además del impacto regional, que empeoró las relaciones entre Irán y Pakistán, Afganistán también se convirtió en una cuestión de primera magnitud durante la Guerra Fría. Un década antes, la guerra de Vietnam se había visto acompañada de guerras en Laos y Camboya, y de levantamientos en Tailandia, creando así un conflicto que afectó a toda Indochina. También en la década de 1980, la región del sur de África fue una zona de guerras y enfrentamientos entrelazados, desde Mozambique y Zimbabwe en la vertiente del océano Índico, hasta Namibia y Angola en la costa atlántica.

Es sobre todo en el Oriente Próximo actual donde podemos ver el desarrollo de conflictos locales con implicaciones regionales, algunas potencialmente de gran alcance. Primero, el enfrentamiento árabe-israelí: la guerra de 1948-1949 tuvo un gran impacto, haciendo que se tambalearan Estados y regímenes, como se hizo evidente por todo Oriente Próximo durante la revolución egipcia de 1952. La guerra de 1956, por Suez; la de los Seis Días en 1967, y la guerra de octubre de 1973 eran todas internacionales. Es decir, eran crisis entre Oriente y Occidente, en las que estaba presente la amenaza de una guerra nuclear entre el bloque occidental y el bloque soviético. Hay mucha discusión en Oriente Próximo sobre hasta qué punto el conflicto árabe-israelí y, en particular, la incapacidad para encontrar una solución al problema palestino, son el motivo de los problemas más amplios que tiene la región; problemas de inestabilidad política, rivalidad inter-estatal, y un desarrollo político, social y económico inadecuado.

Los nacionalistas árabes y los políticos islamistas tienen una tendencia a echar la culpa de todo a los israelís y a la negativa de éstos a reconocer los derechos de los palestinos, mientras los israelís aseguran que todo esto es una excusa. La verdad se encuentra en algún término medio entre unos y otros: la existencia de Israel o su política no son de ninguna manera la causa del carácter social y económico de los Estados árabes, productores de petróleo, ni lo fueron tampoco del estallido y el curso de la guerra entre Irán e Irak de 1980-1988, ni de la guerra civil argelina de los años noventa ni del conflicto entre turcos y kurdos.

Sin embargo, la política de Israel ha sido un factor de gran relevancia en la política interior de sus países vecinos, especialmente Líbano, Siria y Egipto, y durante décadas, desde 1948, ha desempeñado un papel en la estimulación y radicalización del nacionalismo árabe y el islamismo en toda la región. La victoria de Hamas en las recientes elecciones palestinas promete tener una repercusión, sin duda, más que local o estrictamente árabe-israelí. Dada su inspiración en el movimiento panárabe de los Hermanos Musulmanes --que se fundó en la década de 1920-- y sus fuertes redes en Egipto, Sudán, y Siria, Hamas se sentirá parte de una tendencia regional más amplia, y así recibirá el apoyo de los países árabes que no aceptan a Israel, especialmente Siria e Irán. Es muy poco probable que llegue a un compromiso de paz con Israel en el futuro cercano, o que permita que le obliguen a la sumisión por medio de un bloqueo de ayuda y alimentos a Gaza y Cisjordania.

Con las recientes elecciones en Palestina, aparentemente se ha puesto fin a todo un proceso de maniobras políticas y negociaciones árabe-israelí, lleno de defectos e interrupciones, pero que lleva en marcha desde finales de los años sesenta. Y Egipto --durante largo tiempo el ansioso patrocinador de los palestinos-- dejará de ser el poder diplomático predominante en Palestina, y le sustituirán Siria e Irán. Esto, a su vez, confirmará la creciente influencia de Irán, evidente ya en el resto de la región, especialmente en Líbano, donde su protegido Hezbollah ha llegado ahora al gobierno, y en Irak, donde Irán está tomando silenciosamente las riendas en cuestiones políticas y de seguridad en el país.

La propia guerra de Irak tiene, sin lugar a dudas, un alcance que va más allá de lo interno o lo local. Es lo contrario de los conflictos aislados del tipo del de los Balcanes o el de Chipre. En gran medida lo es porque Estados Unidos, al intervenir en marzo de 2003, lo convirtió en un símbolo tanto de su credibilidad como gran potencia mundial como por su intención de fomentar la democracia y llevar a cabo un "cambio de régimen" en Oriente Próximo. Tres años después de esa intervención, se ha hecho obvio lo mal que han ido las cosas. Lejos de ser una fuente de estabilidad y cambio democrático en la región, Irak se ha convertido en caldo de cultivo de la resistencia, con --según los cálculos de Estados Unidos-- más de ciento veinte grupos armados diferentes en activo, e imán que atrae a jóvenes militantes islamistas de todo Oriente Próximo y más allá, que quieren tomar parte en sus batallas.

Cada paso que da Estados Unidos para reforzar el Estado iraquí, ya sea convocando elecciones o reforzando el ejército y otras unidades de seguridad, no hace más que dar una nueva ocasión a Irán para demostrar su influencia. De ahí la humillante confirmación de que la política de Washington de excluir a Irán de las discusiones políticas respecto a Irak y después, a mediados de marzo, aceptar conversaciones diplomáticas en Bagdad entre el embajador estadounidense y un enviado iraní, se vuelve contra ellos. Esto no hace sino resaltar que el problema fundamental en Irak, no es tanto la guerra entre insurgentes sunitas y el antiguo movimiento bathista, y el ejército estadounidense, sino la rivalidad que tiene su origen en la revolución iraní de 1979, entre Estados Unidos y sus aliados más cercanos --Israel y Arabia Saudita--, y la República islámica de Irán por toda Asia occidental, desde Afganistán hasta Líbano y Palestina.

La guerra de Irak tiene otra dimensión ominosa, en la que Irán ha jugado su baza y quizá ha arriesgado demasiado, al exacerbar las relaciones entre musulmanes, aprovechando el enfrentamiento entre sunitas y chiitas. Irán no ha creado, ni hay pruebas de que haya ayudado de manera significativa el salafismo militante sunita de Al Qaeda y otros grupos parecidos. Al fin y al cabo, fueron estos grupos aliados de Bin Landen, quienes, en Afgansitán en los años noventa mataron a numerosos grupos de chiitas aduciendo que eran "politeístas", porque adoraban no sólo a Dios sino también a los santos musulmanes, o incluso que estaban cerca del comunismo, porque tenían dioses "en común". El discurso del representante de Bin Laden en Irak, Al Zarqawi, está repleto de sentimientos anti chiitas y de retórica incendiaria, de los que pueden haber provocado y legitimado la destrucción del lugar sagrado más importante para los chiitas en Samarra el 22 de febrero de 2006.

Irán también ha promocionado los intereses particulares y políticos de los chiitas, la unión chiita del poder legislativo y el ejecutivo, y una islamización general de la sociedad iraquí al estilo iraní, sobre todo en lo que se refiere a las mujeres, y, a través de su política y su propaganda sectarias ha endurecido las relaciones entre las dos comunidades en los países del Golfo. No sería la primera vez que líderes iranís, de los periodos monárquico e islámico, arriesgaban una baza: Irán podía haber logrado una paz favorable con Irak en 1982, cuando Sadam Husein la pidió, pero Jomeini tenía la esperanza de acabar por completo con el régimen de Bagdad y continuó seis años más en guerra, con muchas más muertes. Se percibe el mismo ánimo de riesgo y la misma temeridad imprudente con las consecuencias internacionales, en las palabras y las acciones del presidente Ahmadinejad. El significado de todo esto para las relaciones entre sunitas y chiitas en otros lugares del mundo musulmán, desde Pakistán hasta Kuwait y Arabia Saudita está por verse, igual que debe haber una incertidumbre similar acerca de cómo Estados Unidos, Israel y los --ahora-- muy nerviosos Estados árabes reaccionarán al programa nuclear de Irán.

El contexto regional e internacional también es esencial para comprender y medir el alcance del impacto de otra zona de conflicto de Oriente Próximo desde hace tiempo, Sudán. Éste que es el más grande de los países árabes tiene nada menos que nueve vecinos, muchos de los cuales han participado en las guerras internas que han causado estragos en Sudán desde los años setenta: así, las guerras en el sur de Etiopía, Eritrea, Uganda y Chad han desempeñado todas un papel en el conflicto, del mismo modo que Darfur, Libia, y la República Centroafricana. En las montañas del este hay un tercer conflicto en pleno apogeo, apoyado sobre todo por Eritrea. Esta internacionalización del conflicto es, en parte, resultado de la política del Frente Nacional Islámico que ha gobernado Sudán desde 1989. En sus orígenes el FNI intentó exportar la revolución a Egipto, Libia, Argelia, Eritrea y Etiopía. La cuestión del sur puede que se resuelva ahora, y que se instaure un programa de transición, después de mucha mediación de la ONU y de Estados Unidos. Pero todo depende de si los Estados vecinos se mantendrán neutrales en el nuevo proceso político. En Darfur por otra parte, los poderes externos siguen atizando el conflicto, incluso mientras el gobierno sudanés persiste en su política violenta hacia los habitantes nómadas y los permanentes de esa provincia. Igual que en Irak o en Palestina esta implicación internacional sirve para unir las guerras Sudán con la situación más general de África oriental y central.

En este análisis de conflictos internos que conciernen a Estados regionales debe tenerse en cuenta que, con el final de la Guerra Fría, no es tan fácil relacionar las guerras locales con una confrontación global: no hay una Unión soviética a la que acudir en contra de Estados Unidos, ni se puede utilizar Estados Unidos en contra de la Unión soviética. El tipo de carrera armamentística entre bloques tan patente durante la década de 1960 y 1970 ya no existe. Pero con el surgimiento de nuevos poderes, especialmente en Irán y Oriente Próximo, India, en el sur de Asia, y China, en el este, están surgiendo nuevas tensiones y carreras armamentísticas regionales. Si Afganistán volviera a caer en la anarquía, a medida que decrece el apoyo internacional a Kabul, esto también tendría consecuencias regionales, aunque no de tanta envergadura como durante la Guerra Fría. Por cada Irlanda, Colombia o Chipre cuyo conflicto se mantiene relativamente aislado de otras cuestiones de mayor envergadura de la política internacional, hay otros, entre ellos Palestina, Irak, Sudán y, en potencia, Afganistán, que ejemplifican la forma en que las tensiones locales adquieren una mayor relevancia internacional
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