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Europa, Tierra e Imaginación

01/07/2006 - Autor: Flora Winfield - Fuente: Fundación Atman
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Flora Winfield
Flora Winfield

Cuando iba al colegio en Inglaterra, hará unos 30 años, una de las asignaturas con las que más disfrutaba era la de geografía. Me fascinaban los mapas y las ilustraciones y me llamaba mucho la atención la diversidad que había en el planeta. Aunque es cierto que dedicábamos mucho tiempo a estudiar los sistemas fluviales de África, la geología de Asia y todo lo imaginable acerca del subcontinente indio, cuando pienso en ello, me sorprende no recordar casi nada de las clases dedicadas a la geografía europea. En aquella época, los escolares ingleses todavía aprendían mucho más sobre países lejanos que formaban parte del Imperio Británico, que se estaba convirtiendo con rapidez en la Commonwealth, que sobre nuestros vecinos del otro lado del Canal. Era sobre todo en la asignatura de Historia donde aprendíamos algo sobre Europa, dónde la historia de las distintas guerras europeas, religiosas e ideológicas, dictaduras, y otras cosas similares, se enseñaba como una especie de lección terrible. Y, por supuesto, también estaban nuestras clases de francés y alemán. En aquel tiempo, los idiomas se enseñaban de una manera estrictamente gramatical, lo cual significaba que, tras 10 años de estudio aplicado, éramos capaces de conjugar verbos irregulares a voluntad, pero apenas si podíamos entrar en un restaurante y pedir la comida.

Naturalmente, en la actualidad, las cosas han cambiado en la escuela inglesa, pero generaciones de gente como yo, educadas en este sistema y formadas en esta manera de entender lo que era Gran Bretaña, tanto geográfica como ideológicamente, seguimos viendo cómo estos primeros estudios configuraron nuestros pensamientos e ideas. Quizás, debido a que somos una isla, los británicos tenemos la posibilidad de continuar debatiendo acerca de si queremos ser “parte de Europa”, algo que difícilmente puede tener un carácter optativo para nuestros amigos y vecinos que están físicamente vinculados. Por eso, al escribir este texto acerca de cuál es el tipo de Europa al que deberíamos aspirar, me resulta difícil, incluso a mí que soy una europea apasionada y comprometida, librarme de este sentimiento de desapego, tanto físico como cultural, que ha caracterizado la actitud de los británicos hacia el continente y el ideal europeos a lo largo de los siglos y en la actualidad.

En este breve artículo, quiero ocuparme de cuál es el tipo de Europa que nos gustaría construir juntos y de algunas de las realidades culturales y religiosas que marcan nuestra labor.

Europa es mucho más que una realidad geográfica, aunque resulte difícil hallar un consenso ni tan siquiera acerca de cuál es esa realidad geográfica. La federación internacional de fútbol, por ejemplo, incluye dentro de Europa a algunos de los “stáns” , localizados en lo que suele describirse como Asia Central. En cambio, cuando se trata de otros asuntos, puede entenderse que Europa está compuesta por los países miembros de la Unión Europea, o por el grupo más amplio que constituye el Consejo de Europa; ¿pero qué sucede con Rusia (que sin duda es un país europeo, pero también asiático) o con Turquía o Israel, que participan cada año en el Festival de Eurovisión? Pueden parecer ejemplos un tanto frívolos, pero considero que ilustran la cuestión. A menudo mantenemos debates políticos o culturales acerca de Europa que no suelen tener en cuenta esta falta de consenso, incluso geográfico, sobre lo que es Europa realmente.

Tales cuestiones han cobrado protagonismo en los últimos meses en lo que se refiere a la ampliación de la Unión Europea y, en especial, en el caso de Turquía. El debate acerca de la adhesión turca ha acabado siendo, en parte, un debate sobre geografía, que resalta esa noción tan confusa de frontera y, en parte, un debate sobre religión y cultura, que apenas parece tener en cuenta la presencia e influencia de las comunidades musulmanas en Europa a lo largo de muchos siglos.

Y, por otro lado, están las dimensiones culturales. Desde la prehistoria, los pueblos que viven en lo que llamamos Europa, sea lo que sea, han comerciado con sus vecinos de Levante, Oriente Medio y norte de África. Rutas comerciales que más tarde se extenderían hasta incluir a China e India, las Américas y así hasta que el “mundo conocido” se convirtió en un concepto cada vez más amplio. Estos vínculos comerciales no sólo proporcionaron materias primas y técnicas de producción que conformaron el arte y la artesanía europeos desde épocas muy tempranas, sino también relaciones personales y culturales que configuraron nuestra base europea de conocimiento y razón. Quizá quienes aseguran con tanta vehemencia que Europa es un continente cristiano, tanto desde el punto de vista religioso como cultural, necesitan recordar que el cristianismo por su origen es una religión de Oriente Medio, al igual que el Islam, al que estas mismas personas tan a menudo consideran un intruso temible que se ha colado entre nosotros, y el judaísmo, que ha desempeñado ese papel tan importante en la vida cultura y artística de Europa.

El cristianismo no nació en Roma, Canterbury o incluso Constantinopla. Lo que quiero decir es que Europa siempre ha sido un continente caracterizado por una enorme diversidad y que resulta imposible volver a un pasado anterior a la “Caída del Hombre”, en el cual todo era agradable e inofensivamente homogéneo, desde el punto de vista religioso y cultural.

Un rasgo cultural de enorme importancia para muchos a la hora de entender una idea de lo que podría ser Europa es, por supuesto, la Ilustración. Pero este rasgo no posee el mismo peso cultural definitorio para todos los participantes en este debate acerca de la naturaleza y el futuro de Europa, y corremos el riesgo de distorsionarlo gravemente y de manera equívoca si confiamos demasiado en ideas, en apariencia comunes, sobre qué entendemos por lenguaje y significado, conocimiento e identidad. Estas cuestiones se consideran de manera muy diferente en Atenas, Belgrado, Moscú o Nicosia, por una parte, o en París, Berlín, Edimburgo o Cambridge, por otra.

A lo largo de la historia europea han existido ejemplos en los que se consideraba esta diversidad de fe y entendimiento como un don, como algo a tolerar o como fuente de peligro. En la actualidad, parece que es a la vez más importante y más difícil que nunca estar de acuerdo con quienes compartimos este hogar común europeo en lo que se refiere al compromiso público y apasionado con el valor de la diversidad, la tolerancia y un verdadero diálogo mutuamente apreciado. Nos necesitamos los unos a los otros, con nuestra variedad y diferencia, porque juntos componemos un ejemplo notable y vivo de la posibilidad de convivir de un modo creativo y fructífero con aquellos cuyas convicciones religiosas y culturales son diferentes a las nuestras. Desde el siglo pasado, la historia de este continente ha estado salpicada de ejemplos de las terribles consecuencias que conlleva no ser capaces de vivir de acuerdo a este tipo de compromiso mutuo creativo y gozoso. Cuando dejamos de ver nuestra diversidad como un don y la consideramos como una amenaza, nos situamos ante un abismo terrible.

Al escribir este pequeño artículo soy muy consciente de mi perspectiva británica. Vivo y trabajo en un país comprometido desde el punto de vista institucional con la idea del multiculturalismo desde hace unos 30 años, lo cual ha conformado en buena medida nuestra forma de entendernos como nación. El modelo no siempre ha funcionado y desde los atentados del 7 de julio del año pasado en Londres mucha gente perteneciente a todas nuestras diversas comunidades se ha preguntado si la erosión del sentido de identidad distintiva formaba parte del sentimiento de descontento que llevó a jóvenes musulmanes británicos a la militancia y el suicidio. La publicación de las caricaturas del profeta Mahoma en Dinamarca y más tarde en otros lugares también condujo a manifestaciones en las calles de varias ciudades británicas, aunque las caricaturas no se publicaron en este país. Vivimos en profunda interrelación, no sólo con la gran variedad de comunidades presentes en Europa, sino en una comunidad global que adquiere una nueva realidad e inmediatez a través de internet.

En Europa hemos vivido con la diversidad desde sus orígenes: desde que los mercaderes fenicios traían vino y especias a Cornwall y los cambiaban por estaño en tiempos anteriores a la llegada de los romanos. Ahora más que nunca necesitamos hallar maneras de ensalzar esa diversidad, de mantener un diálogo sensible y sincero más allá de nuestras diferencias y de garantizar que, sea como sea como nos describamos, por medio de la geografía o la imaginación, la casa europea sea lo bastante grande y generosa para proporcionar un hogar a todos los hijos de Europa.

Traducción: Paloma Gómez Crespo

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