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El principio de Myriam

El Código da Vinci resucita el debate sobre la figura más controvertida del cristianismo: María Magdalena

04/06/2006 - Autor: Koldo Aldai - Fuente: Portaldorado.com
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Más allá del cuestionado valor literario, del virtual abuso de la ficción histórica de su autor, Dan Brown; más allá del mayor o menor acierto de su versión celuloide, resulta evidente que el “Codigo da Vinci” se ha convertido en fenómeno de alcance histórico. Nos hayamos ante todo un acontecimiento planetario: un legado espiritual, una serie de claves esotéricas, que durante siglos han atesorado de forma exclusiva las sociedades secretas, ahora, en no escasa medida, merced a la habilidad de Brown y al desarrollo de los medios de comunicación, se popularizan, llegan de forma masiva al conjunto de la población.

He ahí el valor de la obra. Lo oculto se devela, lo reservado hasta nuestros días se hace masivo. No hay vagón de metro que no tenga, cuanto menos, un par de “Códigos” abiertos en las piernas de pasajeros deseosos de hacerse con las claves desconocidas.
Trama novelesca a un lado, no hay originalidad, como el propio autor de la misma se apresta a confesar, en el contenido sustancial del “Código”. Hay habilidad de componer una narración de misterio sugestiva, rápida y con tensión.

El Código más allá de sus eventuales excesos, ha tenido la cualidad de acercar al gran público, cuestiones de calado, como puede ser: el cuestionamiento de los evangelios canónicos como la vía exclusiva de acercarnos a la figura de Jesús, la invitación al retorno a una espiritualidad interna, la universalización de parte de un conocimiento privativo y la rehabilitación de la figura María Magdalena, aspecto que deseamos especialmente subrayar.

No es la polémica suscitada con la Iglesia y el Opus la que desea centrar estas líneas. El boom mediático y la controversia que ha acompañado al “Código” no debieran hacernos olvidar la importancia de otras cuestiones que la obra ha universalizado. Lo accesorio puede acaparar más atención en detrimento de lo medular.

La historia va siendo marcada aparentemente a base de excesos. Estos son los que llenan sus titulares. Los aspectos más estridentes, más morbosos de la obra, a la postre podrían haber constituido reclamos para poner sobre la mesa planetaria temas más sustanciales como el de la transmisión del “espíritu de María Magdalena” y el subsiguiente cuestionamiento de las estructuras patriarcales y autoritarias.

Un acontecimiento mediático de estas dimensiones es digno de una reflexión más en profundidad. Aspectos controvertidos en la historia de la cristiandad, como la imagen difundida hasta nuestros días de la “discípula amada”, como adúltera y pecadora, salen a la luz de un potente foco que en algunos aspectos puede llegar a quemar. Avanza la teoría de que María en realidad era un apóstol al cual Jesús le reveló profundos conocimientos y que además pudo haber jugado un rol muy importante en el desarrollo del cristianismo primitivo. Según este argumento que han albergado tantos grupos esotéricos, María habría entendido las enseñanzas de Jesús mejor que ninguno de los otros discípulos y las habría compartido con especial entusiasmo y compromiso.

En este gran debate mundial suscitado con la obra, todos podemos emitir nuestra opinión. Es cierto que la artillería contra el Opus Dei puede resultar excesiva. El ensañamiento contra la Iglesia y su ala más conservadora por haber combatido las sociedades secretas otro tanto. Probablemente sobran los golpes contra esta institución humana con sus aspectos tanto positivos, como negativos. De cualquier forma, tal como está ocurriendo en nuestros días, tarde o temprano se acaba dando cuentas de los monopolios. El de las verdades absolutas puede resultar a la postre bien caro. Nuevos tiempos reclaman nuevas actitudes y habría ya llegado el momento de claudicar de esa posición de superioridad, con respecto a la espiritualidad no controlada, de abrir también en su seno las puertas a la circulación de la perseguida energía femenina.

“El Codigo da Vinci” en sus versiones de libro o film puede ser síntoma de nuestro tiempo, pero no Biblia. No nos corresponde tanto precipitar el viejo orden, sino encarnar el nuevo. No nos corresponde ensañarnos con las estructuras e instituciones en declive, sino dar vida a las nuevas estructura más cocreativas y coparticipativas.

La cuestión no es qué hacemos con el Opus, por supuesto tampoco si Jesús de Nazareth reposó en la cama con María Magdalena, entre otras cosas porque la mística de esa unión nos sería inaprensible… No nos corresponde escrutar en la alcoba de Jesús, nos corresponde seguir sus enseñanzas de amor fraterno. El mayor “best seller” de nuestros tiempos es el signo evidente de que un plan superior de creciente revelación se cumple, de que, tal como estaba anunciado y profetizado, muchas de las valiosas enseñanzas ocultas trasmitidas hasta nuestros días por la fraternidades esotéricas se hacen manifiestas.

Cabría más preguntarse por la validez de ese conocimiento que a duras penas ha alcanzado el presente, por el despertar universal de esa poderosa energía femenina que encarnaría María Magdalena y que se desborda por doquier en nuestros días. Cabría más interrogarse si no hemos de poner fin a esas interminables conspiraciones secretas de los unos contra los otros; si no debiéramos nutrirnos mutuamente, ahora a la vista de la gran necesidad planetaria, con las claves y fundamentos de una conspiración ya no particular, sino por fin de causa común, la causa del bien y el progreso de la humanidad en su conjunto.

Recientemente tuve la ocasión de entrevistar a uno de los autores que más ha escrito sobre María de Magdalena, Daniel Meurois Givaudan. Hablamos con él de la mujer histórica y del arquetipo; de quien cargaba en sus óleos sanadores el perfume de las flores y del principio de Myriam de Magdala, que es el de una visión no conformista, inclasificable y, a menudo, desconcertante, de la espiritualidad.

Entre sorbo y sorbo de un rico café en un hotel de Madrid, el escritor francés, aludía a un Jesús que prometió que, al cabo de dos veces mil años, el fuego femenino de Myriam crepitaría en multitud de corazones. M. M. habría significado el temprano anuncio de la mujer revestida de todo el poder que se le ha negado, pero a la vez cargada de inmensa ternura. La nueva M. M., “no la mujer de vida ligera”, sino “la que bendice todos los vértigos que ayudan a traspasarse a uno mismo” sería así rebautizada como la heredera de Isis, o la encarnación del fuego femenino de acuario que ya quema, que despierta una necesidad de autenticidad y llama a flamear también en el interior de los hombres.

Nadie mejor que el propio Jesús podría definir el alcance de ese fuego. Meurois Givaudan le atribuye estas palabras en su libro "Visiones esenias": "Todos aquellos que aceptan zarandear el árbol de sus costumbres son los hermanos y hermanas de Myriam de Magdala…" Prosigue el Maestro con las palabras que pone en su boca Givaudan: "Ese fuego es una espiritualidad de ruptura y comunión. La ruptura es con las convenciones, los dogmas y sus petrificaciones; la comunión con el redescubrimiento de un Amor sin artificios y de reparto sin regateos…"

Por si quedara alguna duda, subrayaría el Mesías: "¡Qué el principio de Myriam os habite, si habéis decido contaros entre los que emprenden reformar el mundo en sí mismos!". Según el prolífico autor afincado en Quebec, cuando nos atrevemos a lo que jamás hemos osado, cuando la no-convención opera tranquilamente en nosotros, cuando percibimos que la audacia y la intrepidez asaltan el alma, cuando vemos que la hipnosis social ya no tiene efecto en nosotros, mientras que la compasión y la ternura nos tocan y comienzan a expandirse, sería señal de que hemos sido prendidos por el fuego de Myriam de Magdala.

La nueva mujer, madre, esposa, se colaría por todas las grietas abiertas, quizá incluso también por algún resquicio de la mente del propio Brown… Despertaría así el principio de Myriam; lo haría como puede, haciendo uso de todas las estrategias, incluso las regidas por el puro comercio, porque de una u otra forma estaba llamado a inundar el mundo en nuestros días con su fuerza, con su fe, con su ternura. 

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