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España y los estudios árabes e islámicos

01/05/2006 - Autor: Bernabé López García - Fuente: El País
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Azulejos en la Alhambra de Granada
Azulejos en la Alhambra de Granada
El debate sobre la homologación de los títulos de enseñanza universitaria en Europa, conocido como la reforma de Bolonia, plantea más que nunca los límites de la Universidad española para reformarse a sí misma, preparándose para abordar su verdadero reto: convertirse en un instrumento útil de conocimiento y transformación de las nuevas realidades. La propia comunidad universitaria, como las autoridades educativas y hasta las políticas, se encuentran involucradas en este proceso. Ni las primeras deben anteponer sus privilegios corporativos, muchas veces ligados a intereses trasnochados, ni las segundas deben dejarse instrumentalizar por éstos ni por exclusivos criterios de racionalización transnacional, ni las terceras deben dejar de ejercer un papel rector que no es incompatible con el ejercicio de la autonomía universitaria.

En el campo de los estudios árabes e islámicos, como en muchos otros, este debate se ha llevado a cabo por cerradas agencias y subcomisiones, de las que con frecuencia quedaba al margen la comunidad universitaria interesada, dudando entre disolver dichos estudios en filologías modernas o antiguas o perderse en los meandros de unos antediluvianos estudios orientales, para acabar aterrizando en un abstracto grado de Lenguas y civilizaciones. Mientras la Filología Clásica guarda su identidad en el nuevo mapa de las titulaciones universitarias, se niega la de estos estudios árabes e islámicos que han contado con una larga tradición bien ligada a nuestra historia y a nuestro papel en el mundo.

Para conocer esta larga trayectoria hay que remontarse a tiempos de Carlos III quien, en un largo período de paz con nuestros vecinos del sur, decidiera con Campomanes y otros ilustrados importar arabistas, como el libanés Casiri, para descubrir los tesoros manuscritos de El Escorial. Su objetivo fue rehabilitar esa casi media naranja de nuestra historia que fue Al Andalus, tarea que asumieron con celo los Conde, Gayangos y Codera en el siglo XIX. Figuras poco conocidas y valoradas, como muestra su práctica ausencia de excelentes frisos de la historia intelectual de nuestras dos Españas, escritos recientemente por Álvarez Junco o Santos Juliá. La polémica entre la España sagrada y única y la plural empezó ya con ellos, mucho antes de que la retomaran Sánchez Albornoz y Castro o de que se pusiera de moda en nuestros días enfrentar Al Andalus con España.

La rehabilitación de la que habría de llamarse la España musulmana, incorporada de pleno derecho a la Historia nuestra, llegó a ser un hecho de la mano de figuras como Julián Ribera, Miguel Asín Palacios o Emilio García Gómez, gracias también a los trabajos arqueológicos de Leopoldo Torres Balbás que tanto ayudarían a convertir nuestros monumentos árabes en reclamo mundial. Pero no se logró sacar al arabismo de su caja de marfil andalusí. La colonización de Marruecos no sirvió para replantear nuevos objetivos a los estudios árabes e islámicos en nuestro país, pese a los intentos de Ribera en 1904, de la Junta para la enseñanza en Marruecos en 1913 y de las Escuelas de Estudios Árabes durante la República. El arabismo oficial quedó al margen del conocimiento y estudio de una realidad inmediata, hacia la que prestaban cada vez más atención nuestras oficinas mixtas de información, preocupadas ya en los años veinte y treinta por el naciente nacionalismo árabe y panislamismo que amenazaba minar el orden colonial. Nada de ello trascendió a nuestras universidades y figuras como Clemente Cerdeira que jugaron un papel de mediadores e intérpretes en la escena marroquí, nunca tendrían el reconocimiento que la academia otorgaría en Francia a Jacques Berque o Vincent Monteil.

La política de tradicional amistad con el mundo árabe que Franco convirtió en uno de los ejes retóricos de la acción exterior, no necesitó de un arabismo que la sustentara. Los arabistas de la Universidad española de los años cuarenta y cincuenta siguieron "con sus venerables costumbres", como dijera años atrás Ribera, "conjugando y declinando", al margen de aquella proyección extranjera, que tan sólo logró enrolar a García Gómez como embajador en Iraq y Turquía. Dejó, eso sí, alguna institución como el Instituto Hispano-Árabe de Cultura y unos centros culturales repartidos por los países árabes, ventanas de comunicación con el hispanismo de esos países, que más tarde heredaría el Instituto Cervantes sin saber convertirlos en instituciones de doble dirección, a través de las cuales la cultura de todos esos países retornase hacia el nuestro.

Aquellos centros sirvieron para que una nueva generación de arabistas se acercara directamente a la realidad del mundo árabe y a los traumatismos que marcaron a estos países en los años sesenta, lo que habría de dar sus frutos fuera de la Universidad, en instituciones paralelas o revistas marginales pero aglutinadoras como Almenara, abiertas al conocimiento de la cultura árabe viva. Sólo se institucionalizará ese nuevo arabismo abierto a la realidad árabe contemporánea a mediados de los setenta, primero en un departamento de nuevo cuño en la Universidad Autónoma de Madrid y más tarde en otros centros.

El desinterés prácticamente total por el mundo árabe e islámico de las demás disciplinas -con alguna excepción notable, como la del malogrado Roberto Mesa- dejó "en manos" de los arabistas el recomponer esta área de estudios, no ya en terrenos lógicos como la filología o la literatura, sino también en los de la historia, sociología, geografía o politología. Así fue hasta mediados de los noventa en que las "tormentas del desierto" y la pujanza de las migraciones magrebíes introdujeron la preocupación en la sociedad por el conocimiento de estos mundos y surgiera todo un plantel de estudiosos en toda la gama de especialidades, reduciendo lagunas que siguen siendo todavía enormes.

Las obsesiones por el llamado radicalismo islámico desde el 11 de septiembre no han hecho sino aumentar el interés por estos estudios hasta convertirlo en una prioridad. El oficio de arabista se ha hecho más complejo y las demandas sociales de su oficio más intensas. Si el arabista siempre fue un trujamán de culturas, necesitado de conocer a fondo la lengua y la cultura de la que hace de intérprete, hoy es impensable, en una sociedad como la nuestra, reducirlo a un mero filólogo. De ahí que el debate de Bolonia deba servir de ocasión para reforzar la idea de la entidad propia de los estudios árabes e islámicos. Que no haya que invocar, una vez más, a las famosas casetes del CNI descubiertas sin traducir tras el 11 M para justificar la importancia de una especialidad como esta, a la que nuestras autoridades educativas no le han dado carta de naturaleza. Mientras el mundo habla de la necesidad de un diálogo o alianza de culturas, en España estamos a punto de hacer desaparecer del mapa de las titulaciones a la que nos puede aportar los instrumentos de conocimiento para entendernos con una quinta parte del planeta
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