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Melilla, corazón de Europa en África

22/04/2006 - Autor: Mayte Gómez - Fuente: La República
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Vista de Melilla
Vista de Melilla

El año pasado, a la hora de la siesta de un domingo a finales de agosto, cuando caía sobre la ciudad un calor implacable, aterricé en Melilla. En mi maleta, entre los muchos libros y papeles, entre la ropa y las fotos de familia de los años cincuenta, traía también treinta y ocho años de ausencia, otros tantos de olvido y mucha aprehensión. Al fin y al cabo, volvía a la tierra donde murió la abuela materna que nunca conocí, donde mi abuelo paterno participó en el “Alzamiento Nacional”, donde nació mi madre, se casaron mis padres y nacieron mis hermanos mayores, y donde yo no había pisado desde una lejana visita a la edad de dos años. Llegaba a esta tierra desde el Reino Unido, como en una ocasión anterior había llegado desde Canadá a Madrid: en primera instancia con la excusa profesional de escribir un libro - esta vez sobre el concepto de la interculturalidad - pero también con secretas aspiraciones de re-encontrarme con raíces culturales y emocionales algo desatendidas. Para mí, Melilla había sido poco más que un lugar imaginado, una ciudad etérea de postales en blanco y negro, un reducto de tiempos pasados inmortalizado en el álbum familiar. Ahora volvía para retomar, e incluso reclamar, una conexión con una tierra que era parte ineludible de mi pasado, pero para hacerlo, eso sí, en mis propios términos.

Los folletos turísticos que fueron mi primera lectura en la mañana del lunes me ofrecieron la imagen serena de una ciudad mágica, un puente entre continentes en el que la convivencia pacífica entre cuatro culturas se presentaba no sólo como una herencia histórica sino también como una realidad cotidiana. Mi primera sonrisa me la arrancó una postal monísima en la que cuatro figuritas desenfadadas, informales, y casi provocadoras, aspiraban a resumir toda una larga historia: un hombrecito bereber, una chica cristiana muy ye-yé, un judío ortodoxo con ricitos, y una hindú camino del nirvana se daban cita en la misma imagen con tanta simpatía que por un momento conseguían hacer olvidar todas las penas del mundo. La leyenda de la postal - “Melilla: Cuatro culturas en un solo corazón” - (al menos algo mejor que aquella que yo recordaba de la infancia: “Melilla, sol de España en África”) fue la mejor bienvenida que podía esperar una viajera curiosa como yo, acostumbrada a ir por el mundo acompañada de hombres y mujeres de razas, idiomas, religiones y orígenes étnicos varios, y a entender la diversidad como estímulo y nunca como obstáculo. Por un momento, dejé de lado mi necesidad intelectual (algunos la llamarían deformación profesional) de analizar y desmontar discursos políticos oficiales y me esforcé en creer que aquellos cuatro personajillos postmodernos podían llegar a ser un vivo reflejo de la realidad melillense.

En los días siguientes me moví con la misma ligereza entre los lujosos pasillos del Ayuntamiento (sede del Gobierno de la Ciudad Autónoma) que entre los cardos del Monte Gurugú en la cercana provincia marroquí de Nador, donde acampaban l@s inmigrantes de origen subsahariano; observé la cotidianidad de la frontera; debatí con melillenses de todas las religiones y etnias entre el humo de los bares; tomé el té en humildes hogares bereberes; hablé con activistas, cineastas, investigadores, familiares, comerciantes, inmigrantes y melillenses de toda clase, y entre conversación y conversación se me fue yendo la imagen somnolienta de la ciudad etérea en blanco y negro, al tiempo que dejé de esforzarme en creer el mensaje de la postalita ye-yé. Una nueva Melilla se abría ante mis ojos.

La sociedad de esta pequeña ciudad de apenas 12 km2 ha experimentado una importante evolución en los últimos veinte años, a partir de lo que muchos conocen como la “revolución pacífica” de 1985, tras la cual un buen número de melillenses de origen bereber (a punto de ser considerados “extranjeros” por la Ley de Extranjería promulgada ese año en España) consiguieron la igualdad jurídica y la nacionalidad española, poniendo así punto final a la segregación oficial de la que habían sido víctimas durante décadas, por no decir siglos. A pesar de lo mucho que se ha conseguido desde entonces, la realidad de Melilla dos décadas más tarde dista aún mucho de ser la de una ciudad moderna, libre de prejuicios e ideologías coloniales de antaño. Aunque la segregación ya no sea oficial - pero podría decirse que, en cierto modo, sigue siendo institucional - la realidad cotidiana aún se desarrolla dentro de los parámetros de una sociedad colonial, en la que muchas personas de origen bereber siguen siendo ciudadanos de segunda, segregados geográfica, social y políticamente, protagonistas absolutos de las estadísticas sobre analfabetismo, fracaso escolar o desempleo. No todo el mundo, por supuesto, reconoce la existencia de esta segregación, y muchos melillenses de origen peninsular afirman que en su ciudad existe una convivencia modelo exenta de racismo. Sin duda, se les olvida que muy a menudo el opresor y el oprimido pueden vivir una relación colonial con perfecta cordialidad y aparente armonía, y que el racismo no siempre se canaliza a través de la violencia.

Desde el momento en que comencé a relacionarme con l@s melillenses, me dejó cierto sabor amargo la facilidad con la que usan los términos “moros” y “cristianos” para referirse l@s unos a l@s otros, como si estuvieran a punto de empezar otra infeliz cruzada para la purificación de la raza. Me sorprendió también la manera confusa en que, en general, se utiliza la palabra “cultura” cuando, en realidad, se hace referencia a la religión, pues el “cristianismo”, el “Islam”, el “judaísmo” y el “hinduismo” (incluso el que representaban esas imágenes tan monas de la postal) no son culturas, sino religiones. Pero tal vez lo que más me fascinó durante mi primer viaje a Melilla fue la presencia casi fantasmal de ciudadanos del África subsahariana - casi siempre hombres - pululando por la ciudad como si realmente no estuvieran en ella, como si un dibujante despistado los hubiera añadido en el último momento y se hubieran quedado superpuestos sobre una imagen que ya tenía vida propia y en la que ya no podían encajar de manera orgánica. Los vi caminar en silencio o hablando en voz baja, siempre en grupos pequeños; los vi lavando coches, cuidando un aparcamiento, esperando a usar internet en un locutorio. Me costó creer que hubiera más de 1.000 de ellos en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de la ciudad. Poco más tarde, me di cuenta que, en realidad, el CETI y la valla de tres metros de alto (ahora de seis) que separa Marruecos de Europa no era algo que Melilla tuviera muy presente en su vida cotidiana. Todo aquello quedaba muy lejos, en las afueras de esta pequeña ciudad. Tan fantasmal era la presencia de estos ciudadanos africanos en la ciudad que mi largo paseo con uno de ellos levantó miradas de sorpresa y recelo, y en algún momento, incluso llegó a parar el tráfico. Solamente ahora, cuando escribo estas palabras, me doy cuenta del verdadero por qué del estupor que mi acompañante y yo causamos sin quererlo: ese joven africano, al hablar y caminar conmigo, adquirió una presencia y una voz que antes no le habían pertenecido. De repente, se había convertido en alguien al que una mujer española podía dar dos besos, tomar del brazo o gastar una broma, y a través de la relación conmigo él pudo proyectar su identidad hacia la sociedad, reclamando su justo lugar en el tejido de relaciones humanas. En pocas palabras: mi amigo subsahariano cometió el imperdonable pecado de tener identidad propia, de dejar de ser un fantasma.

Melilla, ciudad modernista y mágica que muchos consideran corrupta hasta la médula, antiguo enclave militar que ha sabido mantener las relaciones sociales y políticas de carácter colonial, un antiguo “cuartel con calles” que hoy sobrevive gracias al “comercio atípico” (léase “contrabando”), donde el origen de la riqueza de los más poderosos es el tráfico de droga y de diamantes, donde Europa despliega una valla para defenderse de los pobres de Africa, un espacio de 12 km2 donde se incumplen muchas leyes desde todas las instancias, donde se condensan todas las contradicciones de nuestro mundo contemporáneo... un polvorín, pensé yo. Y, en cierto modo, no me equivocaba.

Al marcharme de Melilla a mediados de septiembre aún me preguntaba dónde estaba aquel corazón único del que hablaba la postalita. ¿Estaría en las parroquias católicas, en las mezquitas, en las sinagogas, en el templo hindú? ¿Estaría en la miseria a ambos lados de la frontera con Marruecos, entre las calles angostas de los barrios más pobres de esta ciudad, en el centro urbano burgués, o entres los cardos del cercano Monte Gurugú? ¿Estaría en el CETI, en la valla, en comisaría, en los garitos de la Guardia Civil? ¿Tal vez en el espíritu de aquell@s que siguen trabajando por la paz y la justicia, cada uno a su manera, a veces sin entenderse l@s un@s a l@s otr@s?

Estuve ausente de Melilla en sus jornadas más tristes, aquellas en las que la espiritualidad del Ramadán se vio invadida por la realidad social de los cientos de inmigrantes que, amenazados por la llegada del invierno, decidieron saltar en masa la valla fronteriza y pasar del Gurugú a la ciudad. Cuando regresé a Melilla en el mes de diciembre, pregunté a todo el mundo cómo habían vivido los días dramáticos de octubre, buscando aquello que no hubiera salido en la prensa o en la televisión. Algun@s activistas de derechos humanos, demostrando mucha fe y mucho aprecio por el pueblo de Melilla, me aseguraron que la situación fue tan dramática que llegó a tocar la fibra humana más profunda de la ciudadanía melillense, y que ésta se movilizó de manera extraordinaria en solidaridad con l@s inmigrantes subsaharian@s. Cuentan cómo jóvenes bereberes bajaban corriendo desde el barrio de Cabrerizas sirviendo de escolta y guía a grupos desesperados de inmigrantes que se dirigían a la Comisaría (por Ley, una vez allí, no pueden ser devueltos a la frontera). Otr@s activistas, algo más cínicos, afirman que no vieron tal solidaridad ciudadana. Consideran que l@s que ayudaron a l@s inmigrantes fueron l@s de siempre: l@s militantes de toda la vida, las asociaciones PRODEIN y REMAR, y algún/a que otr@ ciudadan@. Algun@s comerciantes de la Avenida Juan Carlos I, en el centro de la ciudad, me dijeron que ell@s no vieron nada, que lo leyeron todo en los periódicos o lo vieron en la televisión nacional.

Me llevó varios días superar la sorpresa inicial por la aparente contradicción entre estas declaraciones. Finalmente, me di cuenta de que no eran opiniones encontradas sino miradas diferentes, y por necesidad fragmentadas, hacia una misma realidad. La clase media de los barrios del centro no vio nada porque las avalanchas fueron de noche y la entrada masiva de inmigrantes subsaharianos en la ciudad en busca de la comisaría sucedían de madrugada, cuando sólo l@s activistas estaban despiert@s, siendo testigos, ayudantes, o conductores. L@s que afirman que vieron la solidaridad ciudadana no mienten: algun@s ciudadan@s, movilizándose por vez primera, acudieron al auxilio de l@s inmigrantes ofreciendo coches, ropa, comida... Sin embargo, podría decirse que est@s nuev@s colaboradores/as fueron pocos y que, en realidad, la ciudadanía en su globalidad no se vio envuelta en los acontecimientos. Sólo el ruido de los helicópteros que vigilaban la valla de manera continua pudo sacar a la mayoría de ciudadan@s melillenses del sueño eterno en el que no existe la frontera.

El pasado 8 de diciembre, mientras la ciudad todavía vivía en día de fiesta, llegó un grupo de eurodiputad@s a comprobar el estado de la frontera y del CETI pero su paso - recogido muy tímidamente por la prensa nacional - sólo emocionó al Presidente de la Ciudad Autónoma, Juan José Imbroda. A l@s activistas de la ciudad no les impresionó la visita un ápice. En palabras de algun@s, la reunión entre l@s eurodiputad@s y las ONG locales, organizada por la Comunidad Autónoma, fue una “encerrona” a la cual éstas fueron invitadas para que su discurso fuera neutralizado frente a l@s representantes europe@s. Las declaraciones de l@s eurodiputad@s a la prensa fueron, en su mayor parte, tan anodinas como cabría esperarse, pues se felicitó a todo aquel que era felicitable (desde el Presidente Imbroda al pueblo de Melilla) y se prometió una investigación sobre aquello que está aún por resolver (las devoluciones ilegales en la frontera, las muertes en manos de las autoridades) - ¿y no sabíamos eso ya antes de la visita de l@s señores y señoras diputad@s?

L@s polític@s se marcharon con vídeos y dossieres bajo el brazo (todas las asociaciones les entregaron abundante material sobre los eventos de los meses anteriores a las avalanchas) y las aguas del río volvieron a su cauce. Se notó en que la presencia de l@s inmigrantes subsaharian@s en las calles de Melilla volvió a ser tan fantasmal como lo había sido antes. De nuevo, se les veía paseando su silencio por la ciudad, vestid@s con su buena ropa cortesía de la Unión Europea, cuidad@s y alimentad@s por el CETI, comunicándose casi exclusivamente entre ell@s. Tras los momentos dramáticos, volvieron a ser tan invisibles como siempre lo fueron. Sus caras cambiaron - porque much@s se marcharon y vinieron otr@s nuev@s - pero ¿quién se dio cuenta de ello? Son negr@s y son fantasmas, cada un@ de ell@s igual a tod@s l@s otr@s. Siguen siendo imágenes superpuestas - incoherentes, foráneas - sobre la imagen de nuestra Melilla mágica.

Nadie puso muchas esperanzas en el informe que iban a escribir l@s eurodiputad@s. Al menos, nadie entre l@s que trabajan desde fuera de la política oficial y parlamentaria. Yo me resigné de antemano a leer un informe en el que me iban a contar que para solucionar el “problema” de la inmigración “ilegal”, Europa tiene que “contribuir” al “desarrollo” del continente africano, y preferí adelantarme a los acontecimientos debatiendo con mis amig@s lo que considero la única solución posible: Europa (y esto aplicaría también a América del Norte) debe admitir que la situación actual en lo que respecta a la inmigración es el resultado directo no de la llamada “globalización”, sino de las acciones imperialistas y colonialistas que ha realizado durante varios siglos en el continente africano (y esto también aplicaría a América del Sur y Asia). Por ello, la única solución a largo plazo para este “problema”, y, por supuesto, la única que atacaría la raíz, es reparar las consecuencias del expolio colonial sistemático y abandonar cualquier política capitalista de explotación, ya sea de carácter oficial o privado. Para sostener estas iniciativas políticas, además, es necesario contribuir a un cambio de paradigma en el que la población occidental pueda liberarse de los esquemas ideológicos en los que se ha educado, y mediante los que ha aceptado como normal y universal una visión mezquina y estrecha de los “otros”. La verdadera educación intercultural no debe estar destinada a “convivir” con “otros”, sino a desmontar los aparatos ideológicos que sustentan la visión colonial de que tal “otro” existe. En el informe que yo escribiría al Parlamento Europeo, me gustaría decirles a sus Señorías que nada cambiará hasta que no exista la voluntad política para todo esto.

Mis amig@s melillenses, con toda su buena voluntad, me dicen que lo que yo describo es una utopía, que esa “voluntad política” de la que hablo no existe ni existirá nunca, y que ninguna de las ideas que expongo será factible. Como activista, me da lástima decirles que eso ya lo sé yo, y que yo tampoco tengo ninguna esperanza de que así sea. Como investigadora académica, les digo que, a pesar de todo ello, tengo que escribir sobre lo que pienso y ofrecer mi aportación al debate - aunque sólo sea al debate entre activistas y militantes - para al menos “morir matando” (y les cito al novelista Javier García Sánchez).

Mientras mis amig@s y yo hablábamos de colonialismo e ideología el diciembre pasado, Melilla celebró la Navidad en paz. Estuvo el Belén en la Plaza de las Culturas, mientras que en la Plaza de España y la Avenida de Juan Carlos I lució una iluminación esplendorosa. L@s subsaharian@s respetaron las fiestas cristianas y no se atrevieron a irrumpir en la ciudad, ensangrentad@s y malherid@s, para disturbar la paz de la ciudad - la paz de toda Europa - con sus correrías nocturnas. No hubo avalanchas durante la Misa del Gallo en Nochebuena, o durante las Campanadas de Nochevieja, y l@s much@s melillenses que durante esas fiestas sí andaban por las calles de madrugada y que podrían haberse enterado de todo siguieron sin enterarse de nada. Tan sólo algunos grupos reducidos de inmigrantes, de ocho o diez personas, intentaron y consiguieron pasar. Algunos de ellos me habían contado sus planes unos días antes en el Gurugú. En Nochevieja, mientras me comía las uvas, yo sólo pensaba en ellos.

En estos días de abril, durante mi tercera visita a Melilla, soy testigo de que las aguas siguen en su cauce. Nunca más se supo sobre l@s eurodiputad@s, y las avalanchas se han parado con la única solución que nuestra sociedad europea es capaz de ofrecer a corto plazo - con vigilancia militar en ambos lados, luego sustituida por la llamada “tercera valla”: una “sirga tridimensional” que dificulta el paso de la primera valla a la segunda, y en la que los inmigrantes quedarían atrapados irremediablemente. La Asociación Intercultura ya ha anunciado que recurrirá la creación de esta valla al Defensor del Pueblo. El CETI ya no está tan saturado como lo estuvo a finales del año pasado, por lo que de sus alrededores han desaparecido las tiendas de campaña de la Cruz Roja. Cientos de subsaharian@s fueron enviados a la península con su orden de expulsión para hacer sitio a l@s nuev@s, y otr@s, como ya sabemos, nunca llegaron a molestarnos mucho porque se les abandonó en el desierto. Parece que la primavera comienza con menos inmigrantes subsaharian@s por las calles de Melilla. Al otro lado de la frontera, la vida sigue siendo tan miserable como siempre lo ha sido. L@s inmigrantes tuvieron que dejar el Monte Gurugú y se esparcieron por otras zonas. Tan sólo algunos grupos pequeños sobreviven malamente, cambiando de lugar continuamente y bajo la presión constante de las autoridades marroquíes, gracias a la solidaridad continua de un puñado de melillenses y de l@s habitantes de los pueblos de Nador. Estos grupos están ahora atrapados sin remedio en el norte de Marruecos. No pueden retroceder a sus países ni tampoco entrar en Melilla. Están en una trampa mortal.

Verdaderamente, Melilla es un solo corazón. Es el verdadero corazón de Europa en África. Un corazón anclado en el inmovilismo y la más absurda y patética retórica, un corazón sin voluntad para promover los cambios que nuestra evolución histórica demanda, un corazón capaz de denigrar al ser humano lo inenarrable e incapaz de reparar los daños causados tras sus hazañas bélicas por el mundo. Es un corazón desquebrajado que permite la injusticia social, que convierte al subsahariano en un fantasma, al bereber en un extranjero en su tierra, que ofrece una solución militar a un drama social que pide a gritos una solución política.

Melilla. . .

Sol de España en Africa. . .

Cuatro culturas y un solo corazón. . .

Corazón de Europa en las tinieblas.

Mayte Gómez es hija y hermana de melillenses, nieta y bisnieta de andaluces y navarros, tátara tataranieta de anglo-irlandeses, franceses y escoceses, madrileña de nacimiento, de nacionalidad canadiense, residente en el Reino Unido, y ciudadana libre de un mundo en el que no existen fronteras, ni razas ni religiones. Profesora en la Universidad de Nottingham (Inglaterra), escribe un libro sobre el pasado, presente y futuro de la interculturalidad en España. En Melilla colabora con la asociación Intercultura


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