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Las religiones, llamadas a buscar mínimos de coexistencia

10/04/2006 - Autor: André Fontaine - Fuente: La Nación
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(Foto usuarios.iponet.es)
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¿Un siglo religioso? André Malraux se defendió con vigor de haber declarado que el siglo XXI “sería religioso o no sería”, llegando al grado de calificar de “ridículas” esas palabras. ¿Lo son realmente? Cien años después de la muerte de Nietzsche, que creyó constatar la muerte de Dios, 59% de los franceses considera que las religiones son demasiado molestas, según un sondeo realizado hace unos meses. Que Benedicto XVI dé menos que hablar de sí mismo que Juan Pablo II no nos hace olvidar que éste último se convirtió en la estrella principal de la taquilla planetaria y que sus exequias provocaron, en la calle y en la televisión, un aflujo sin precedentes.

Como “cristiano renacido”, George W. Bush invoca a la menor provocación el nombre del Señor. Los evangélicos que comparten sus convicciones son más de 300 millones entre Asia, África y América Latina; tan sólo Estados Unidos envía a más de 140 mil misioneros por todo el mundo. Creyente declarado, Tony Blair pasa por haber abrazado el catolicismo de su esposa. La ortodoxia encontró su lugar en las ruinas del imperio de los sin Dios. El budismo gana terreno en Occidente. Más de mil millones de fieles profesan el Islam, religión que registra un flujo continuo de conversiones, en especial al sur del Sahara, donde la fe parece ser el único remedio a unas condiciones de vida espantosas.

Todo esto estaría muy bien, con respecto de la conciencia de cada quien, si el roce de las religiones no hiciera correr la sangre. No sólo en Afganistán e Irak: en la India, Pakistán, Filipinas, en varios puntos de África, e incluso en algunos suburbios de la vieja Europa, donde se asiste además a un nuevo despertar del antisemitismo. En todo caso, ningún país puede sentirse a salvo de los atentados de Al Qaeda. En verdad, no hay ninguna religión importante -con la honrosa excepción del budismo- que no haya tenido sus horas de fanatismo. El Cristo le pudo responder a Poncio Pilatos que su reino no era de este mundo, pero el poder temporal de los papas subsistió hasta 1929, cuando Pío XI y Mussolini firmaron los acuerdos de Letrán. Pudo decirle a San Pedro que envainara de nuevo la espada con la que éste pretendía defenderlo de quienes vinieron a arrestarlo al huerto de los Olivos, pero lo menos que podemos decir es que esas palabras no fueron escuchadas en el transcurso de los siglos y que al largo martirologio de las iglesias cristianas, desde el imperio romano hasta los de Stalin y Mao, se le opone el de las víctimas de las cruzadas, de la inquisición, de las guerras de religión, del etnocidio en América.

Aún están calientes las cenizas de las atroces guerras que a fines del siglo pasado desgarraron a los yugoslavos. Los ortodoxos serbios, los católicos croatas, los musulmanes bosnios: sus motivaciones eran tanto religiosas como nacionales, aunque en ese caso como en el de la guerra del Líbano, de Irlanda de Norte y de Chechenia, la pertenencia confesional es más identitaria que metafísica. El atroz genocidio ruandés no ha cerrado el capítulo africano de las guerras de religión. El Papa Juan Pablo II no pudo viajar a Moscú ni a Pekín. Los ortodoxos griegos y los musulmanes turcos siguen sin ponerse de acuerdo sobre el estatuto de Chipre. Los actuales amos del Irán shiíta pronuncian incendiarios discursos antisemitas. Y un tribunal afgano, felizmente desautorizado a tiempo, no titubeó en condenar a muerte a un hombre culpable de haberse convertido al cristianismo.

Es cierto que una columnista conservadora de EEUU, Ann Coulter -citada recientemente en la revista “The Economist”-, declaró a raíz de los atentados del 11 de septiembre de 2001: “Deberíamos invadir su país, matar a sus dirigentes y convertirlos al cristianismo”. Tras una larga y agotadora guerra fría, el Este y el Oeste terminaron por ponerse de acuerdo a pesar del antagonismo de sus respectivas visiones del mundo, en un mínimo de coexistencia. ¿No es posible esperar otro tanto de las grandes religiones, que tienen mucho en común, empezando por el monoteísmo? La mundialización lo impone, en la medida en que vuelve totalmente imposible lo que exigen los extremistas musulmanes: el cierre total del Dar al Islam, la tierra musulmana, “a los judíos y a los cruzados”, por decirlo con sus propias palabras.

Las enormes migraciones de la época contemporánea han implicado cierta osmosis, la que relativiza convicciones y prácticas. Decenas de millones de personas no ven ninguna contradicción en el hecho de llamarse a la vez creyentes y no practicantes. A juzgar por la caída vertiginosa de las tasas de natalidad en los países latinos, gran número de católicos parecen haber hecho suyo el principio del libre examen, tan caro a los protestantes. Nos dirán que la proporción de los integristas es mucho más alta entre los musulmanes. Pero están lejos de ser mayoritarios en su diáspora, como basta para probarlo la manera en que se desenredó, por así decirlo, el asunto del velo. Como muchos cristianos, muchos musulmanes toman y dejan lo que les conviene de las prescripciones del libro.

Es verdad que la costumbre de llevar el velo, que retrocedió considerablemente durante el siglo pasado en el Medio Oriente y el Magreb, ha repuntado de manera espectacular en Turquía, Egipto e incluso Irak como efecto inesperado de la intervención estadounidense. Kemal Ataturk, fundador de la Turquía laica, se ha de revolcar en su tumba al ver en el poder en Ankara a un partido islamista, aunque sea moderado. Asimismo, los movimientos nacionalistas árabes se han olvidado de los conceptos laicos de sus fundadores, muchos de los cuales eran cristianos. El comportamiento típicamente imperialista de Gran Bretaña y Francia entre las dos guerras, la creación del Estado de Israel después de la Segunda Guerra Mundial, la guerra de Argelia -pero también la liberación de las costumbres, lo cual choca cada vez más a los fieles del Profeta- han implicado el deterioro de la imagen de los países occidentales en la región.

La trágica experiencia de Irak basta para probar que no se llegará al fin de los desgarres y los odios mediante discursos bonitos y mucho menos con el recurso de la fuerza, sino por la apertura de espíritu, la búsqueda del otro y la generosidad. Las religiones, en la medida en que todas, empezando por el judaísmo, advierten contra el culto del becerro de oro, están bien colocadas para contribuir a ello. A eso mismo las invitó Juan Pablo II en 1986, durante el gran encuentro de Asís, y es en ese mismo espíritu como trabaja la comunidad de San Egidio, creada a raíz del Concilio Vaticano II
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