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El ojo del califa: una arquitectura descontextualizada

Una propuesta contra la cultura urbanística de la ciudad de Córdoba

08/04/2006 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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www.callejadelasflores.com
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El otro día alguien me envió por correo electrónico un vínculo con la página www.soscordoba.com Pocas veces he podido percibir con tanta intensidad la incultura y ceguera intelectual de los gobernantes municipales de Córdoba como al contemplar las imágenes del proyecto arquitectónico Ojo del califa que aparecen en dicha página. Me sentí profundamente afectado, constatando una vez más la desertización cultural e intelectual que sufre una ciudad incapaz de asumir su patrimonio y su legado. Me he adherido a la protesta y he difundido el hecho entre mis amigos y conocidos. 

En este sitio he podido leer también las opiniones de destacados arquitectos y urbanistas, entre ellas las de dos miembros del Equipo 57, Juan Cuenca y Juan Serrano, quienes, con toda claridad y precisión, analizan las relaciones arquitectura/poder ó cultura/urbanismo para desenmascarar lo que subyace detrás de determinados conceptos de la arquitectura ‘de autor’ contemporánea, como es el caso que nos ocupa.

Hay algo que me ha llamado especialmente la atención. Además de lo desafortunado de una propuesta de este tipo —contradictoria con la necesidad de un urbanismo más social y abierto, acorde tanto con la memoria cultural como con las transformaciones socioculturales que vivimos— su denominación no deja de reflejar la ignorancia y ceguera de las que hablaba al principio. 

Llamar “ojo del califa” a un edificio semejante no deja de resultar paradójico. Si con ese nombre se quiere indicar la altura excepcional, el nido de águila desde donde el supuesto califa divisaría los horizontes, ello indica un hondo desconocimiento de lo que es un califa, de cómo mira y de cómo ve, en definitiva una manifiesta ignorancia del legado conceptual que la cultura andalusí ha dejado entre nosotros. 

¿Cómo es posible no tener en cuenta en Córdoba este legado? Una de las grandes aportaciones a la visión moderna del espacio arquitectónico se expresa precisamente en el urbanismo de Medina Azahara, que tiene en cuenta, sobre todo, el ojo del califa, su punto de vista. Eso nos lo han explicado los estudiosos del arte califal cordobés durante años. El espacio arquitectónico aparece allí organizado, conviviendo armónicamente con el espacio natural. 

En la arquitectura califal se diseñaban los espacios teniendo en cuenta el punto de vista, la percepción del horizonte, el contexto en el que surgen tanto la obra arquitectónica como el urbanismo que la soporta. Eso era, en pleno siglo X, todo un avance en la concepción del medio urbano y de su relación con el paisaje y con la naturaleza en general. 

Lo que no nos han sabido explicar bien los orientalistas es qué es un califa y cómo es su mirada. Califa o jalifa no es un título político o un sinónimo de monarca sino la condición del ser humano como criatura racional y consciente, su dimensión divina y espiritual. Un ser humano cuyo punto de vista es siempre cuidadoso con el entorno, con la naturaleza y con todo el proceso creativo. De ahí la exquisitez y actualidad del urbanismo de Medina Azahara. 

Estoy de acuerdo con Juan Cuenca en que se ha malinterpretado hasta la saciedad ese patrimonio, que se ha visto reducido a un tópico arco de herradura bicolor, es decir a una de sus expresiones históricas puntuales, en lugar de asumir sus logros conceptuales y actualizarlos en una visión contemporánea y abierta. De acuerdo también con Juan Serrano en la importancia del espacio en el urbanismo y la arquitectura. ¿No sería mejor, entonces, dejar ese espacio vacío de volúmenes arquitectónicos y reconducirlo hacia el jardín que lo circunda? Sería una invitación al espacio urbano, al espacio público, un regalo que la ciudad se haría a sí misma y a sus visitantes, una puerta abierta, sin obstáculos. Esa sería nuestra mejor expresión de cultura, la mejor definición de la ciudad desde mi punto de vista, acorde con la reivindicación de la capitalidad cultural. 

Cuando, hace ya casi tres décadas, las instituciones públicas comenzaron a hablar de la convivencia entre las culturas, de la memoria histórica de Córdoba, muchos creímos por un momento que esta ciudad podría llegar a ser de nuevo escenario de una civilización productora no sólo de maravillosos objetos y logros materiales —desde la agricultura y la alimentación de alta calidad hasta las formas más refinados de las artes tradicionales, la arquitectura y el urbanismo— sino también de formas de expresión social, cultural e intelectual que —asumiendo entre otros valores, visiones y logros, los de aquella sociedad andalusí— fuesen una referencia cultural e identitaria, que se actualizarían en la sociedad y en el pensamiento contemporáneos. 

Lamentablemente hoy vemos cómo esas mismas instituciones culturales públicas no están haciendo sino adaptarse a la forma dominante de hacer y concebir la política, asumiendo la inevitabilidad del paradigma de la eficiencia y la rentabilidad, rindiéndose al mercado sin contraprestaciones. Constatamos así cómo se va devaluando nuestro legado, al quedar reducido a una marca o a un lema, a una imagen fácilmente reconocible que esconde las verdaderas intenciones, en este caso la necesidad de exhibir grandes edificios como marchamo de modernidad, una necesidad que se quiere legitimar también desde la historia y desde la cultura, y de ahí el desafortunado título de “ojo del califa”. 

Con este proyecto se pretende, nada más y nada menos, que romper cualquier consideración a la sensibilidad visual de la ciudadanía cordobesa en nombre de una supuesta visión califal que no puede ser tal. Impresionante error, y una tremenda ignorancia del patrimonio que se está administrando, una incultura severa. Porque no sólo ningunea una tradición arquitectónica y urbanística que se considera modélica, y que ha hecho que Córdoba sea una ciudad cuyo patrimonio cultural se considere universal, sino porque ignora, sobre todo, las adquisiciones intelectuales y los valores culturales y conceptuales que la han hecho posible tal y como es hoy, con sus errores y sus aciertos, con su idiosincrasia peculiar. 

Esto es aún más triste para una ciudad que cuenta con una historia tan rica y un legado tan profundo como revelador. Es triste también por cuanto dice muy poco de una izquierda que parece rendida al pragmatismo del mercado, que sólo puede suplir su falta de proyecto y de ideas mediante el recurso fácil a la cultura de la imagen y a la sociedad del espectáculo. Pan y circo arquitectónico parecen sugerir propuestas como ésta. 

Al igual que ocurría con el monumento en homenaje a Juan de Mesa, tan malamente instalado en la Plaza de las Doblas, la denominada Torre Prasa proyectada para ocupar el lugar del actual Hotel Meliá, está absolutamente fuera de lugar, descontextualizada de forma más que evidente. ¿No podría construirse en otro lugar? Existen en la ciudad otros escenarios para representar el delirio arquitectónico neoliberal, si es que los responsables municipales están convencidos de la idoneidad, la inevitabilidad o la naturaleza ‘moderna’ de esas expresiones que, desde mi humilde punto de vista, no son otra cosa que megalomanía disfrazada de arte, revestida de estética, necesidad de exhibir volumen o ‘marcar paquete’ como se dice hoy. Una clarísima ordinariez para una ciudadanía que no sabe bien cómo se puede defender una capitalidad cultural desde una ciudad que está perdiendo a marchas forzadas su memoria y su espiritualidad. 

Desde mi punto de vista, vivir y administrar el arte, el pensamiento y la cultura requieren algo más que una pulcra y eficiente gestión. Es necesaria una implicación integral: intelectual, ética, de la sensibilidad, correr un riesgo interior, poner en peligro las propias visiones, compartir proyectos educativos y de investigación. Me da la sensación de que la institución municipal ha renunciado a la potencialidad transformadora de las ideas en el marco de la ciudadanía, a la capacidad que tiene el ser humano para proponer lecturas y soluciones desde el ámbito de su experiencia y razón cotidianas. 

Esperemos, por el bien de Córdoba, que el ojo de ese califa nunca se asome a la ciudad, insha Allah.


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