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Conmemoración del nacimiento del Profeta (Mawlid an-Nabawi) en Melilla

07/04/2006 - Autor: Asociación Badr - Fuente: Melilla Hoy
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Mihrab del Profeta Muhammad (sws) en Medina
Mihrab del Profeta Muhammad (sws) en Medina

Todos los años, en el mes lunar de Rabî‘ al-Áwwal, la Asociación Islámica BADR celebra en su sede el Máwlid, festejando -con el resto de la Umma- el nacimiento de Sidnâ Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). El al-Máwlid an-Nabawí es una de las conmemoraciones islámicas con mayor significación, y consiste en poner todo el acento en la importancia y trascendencia de la persona del Profeta (Rasûlullâh, el Mensajero de Allah -P.B.-).

Se trata de una ocasión extraordinaria para recordar con especial intensidad al fundador del Islam, el Nabí, el Anunciador, que nos mostró la Senda hacia Allah, hacia la Luz que disipa todas las tinieblas, hacia la Plenitud en la que se diluyen todos los conflictos y mediocridades del ser humano. Sidnâ Muhammad nos indicó el camino que conduce hasta el califato, hacia la soberanía... Allah lo bendiga y salude eternamente por cada paso que se da sobre ese Sendero.

Sidnâ Muhammad (P.B.) fue ‘Abdullâh, el Servidor de Allah; fue Nabíyullâh, el Anunciador de Allah; fue Rasûlullâh, el Mensajero de Allah; y todo ello porque en su esencia era Habîbullâh, el Amado de Allah. Él fue al-Mustafà, el Escogido. De principio a final, él es Nûr, Luz. En estos títulos de Sidnâ Muhammad (P.B.) se resume adecuadamente la explicación de quién era. En su raíz, en su intimidad más profunda, él estaba completamente entregado y rendido a su Señor, resplandeciente en el esplendor de la Verdad. Ése era su secreto, y ese secreto fue lo que se reveló configurando el Islam.

Es muy importante rescatar su verdadero nombre: él no fue Mahoma, sino Muhámmad, por complicado que sea de pronunciar en castellano. Es muy importante recuperar los nombres de los nuestros: Ibn Sînâ (no Avicena), Ibn Rushd (no Averróes), Ibn ‘Arabi (no Abenarabi),... para poder hablar de ellos, y no de las imágenes que ha forjado Occidente, que han deformado sus nombres para deformarlos a su gusto. Nada tiene que ver Muhammad con Mahoma. Para conocerlo hay que empezar de cero.

También se dice que Mahoma fue el nombre que inventaron los moriscos cuando se les obligaba a insultar al Profeta. Confundieron con ello a sus enemigos, y maldecían a Mahoma (un desconocido), dejando a salvo la memoria de Rasûlullâh (P.B.). Sería lamentable que a estas alturas tuviéramos que recurrir al mismo subterfugio. Hablemos, pues, de Muhammad (P.B.) tal como lo sienten los musulmanes.

A algunos les resulta contraproducente la veneración de los musulmanes por Sidnâ Muhammad (P.B.). La confunden con un culto a la personalidad en contradicción con el estricto unitarismo del Islam. “Hay que mirar hacia Allah y olvidar todo lo demás”, esto es lo que dicen quienes no comprenden muchas cosas. En primer lugar, mezclan ideas que nada tienen que ver entre sí: el respeto, la veneración, no es culto ni idolatría, sino reconocimiento. En cierta ocasión, Sidnâ Muhammad (P.B.) dijo: “No sabe dar las gracias a Allah quien no sabe darlas a la gente”, y dada la magnitud del favor que él nos ha hecho, no hay forma de darle las gracias más que con un amor apasionado y sin límites. No hay que confundir el Tawhîd, el unitarismo, con el desdén, el desapego, la descortesía y la ignorancia.

La gratitud de los musulmanes se expresa bajo la forma de un amor intenso hacia Sidnâ Muhammad (P.B.), y tiene su clave en el reconocimiento, que es conciencia. Intentamos así agradecer el bien que nos ha hecho, y esto se comprende cuando se profundiza poco a poco en el Islam. Cuanto más se conoce el Islam, más se descubre la grandeza de quien lo contuvo y lo trasmitió, y más se le valora, porque, a la par que nos adentramos en la inmensidad del Dîn, se nos va haciendo patente la inmensidad sin límites de Sidnâ Muhammad (P.B.). Él fue un océano desde el que fluyó un océano.

Hay quienes ven en él simplemente a un rasûl, un mensajero. Entre los propios musulmanes modernos hay quienes ven en él al mero trasmisor de una Ley. Ven la vaina, no la espada, que tiene un filo cortante. Él fue Rasûlullâh, el Mensajero de Allah, y el complemento ‘de Allah’ es lo que debiera despertar en nosotros una inquietud que nos dejara intuir que había algo tremendo en Sidnâ Muhammad (P.B.) que lo capacitaba para ser el Mensajero del Señor de los Mundos. Ese ‘de Allah’ es el filo cortante de Muhammad (P.B.), es la medida de su envergadura espiritual.

Sidnâ Muhammad (P.B.) es conmocionador. Su secreto es envolvente. Su realidad es inexpresable. Su fuerza es impactante. Eso es lo que verdaderamente han detectado los musulmanes y es lo que los ha enamorado. Han sido arrebatados por su majestad y su belleza, una majestad y belleza que están más allá de todo. Es lo que sucedió a sus Compañeros, que fueron seducidos por la energía de su presencia. Es lo que está realmente en la raíz de las lágrimas que se vierten ante su tumba, lágrimas que denuncian una alegría infinita, signos de un estremecimiento que es pura emoción para la que no hay palabras sino un latido especial del corazón. Visitar su tumba en Medina es un acontecimiento embriagador. Es ponerse delante de algo atemporal. Es tener un instante con él y saborear un deleite que se filtra hasta lo más íntimo. Nada hay comparable.

Los musulmanes no tiene que mitificarlo ni divinizarlo. Sólo tiene que sentir a Sidnâ Muhammad (P.B.) e identificarse con él para fluir con su secreto. Los sufíes dicen que, al igual que para conocer a Allah hay que morir en Él, para conocer a Muhammad hay que morir en él. Él es capaz de despertar una pasión en la que merece la pena perderse, porque es la pasión que de modo efectivo nos acerca a Allah, al Señor de Muhammad (P.B.). En él conocemos a Allah; por los recovecos de su esencia paladeamos el secreto de la inmediatez del Creador de los cielos y de la tierra. En él está el Amor de Allah, y él era Habîbullâh.

El Corán enseña que Sidnâ Muhammad (P.B.) nos fue enviado ráhmatan lil-‘âlamîn, nos fue enviado como Misericordia para los Mundos. Él es puro vórtice de un bien vivificante. Y el Corán le llama Sirâÿ Munîr, Antorcha que ilumina y también Sirâÿ Wahhâÿ, Antorcha Resplandeciente. A su luz, el musulmán se conduce hasta el bien sobreabundante de Allah. Bajo su estandarte, construye su Nación. Los sufíes lo llaman Sáyyid al-Wuÿûd, el Señor de la Existencia, por su eminencia, por su centralidad, por todo lo que el Corán dice de su verdad.

Entre los mismos musulmanes hay quienes opinan que celebrar el Máwlid es inconveniente, que es una innovación reprobable (una bid‘a), y ven en ello un culto a la personalidad contrario al espíritu del Islam. Son los que ven la vaina y no ven la espada. ¿Quién puede evitar que los musulmanes cumplamos nuestras obligaciones hacia Sidnâ Muhammad (P.B.)? ¿Quién puede evitar que el amor de los musulmanes hacia Sidnâ Muhammad (P.B.) se desborde? El amor de los Compañeros de Muhammad hacia él es el precedente que legitima una celebración que va a la raíz de su verdad. Es cierto que una de las formas en que debe expresarse ese amor es en el seguimiento estricto de sus enseñanzas, pero el festejo es signo de ver en él algo más que el simple trasmisor de una enseñanza, es sentir en él lo tremendo. Siguiendo estrictamente la Sharî‘a vivimos en su Ley. Pero con el Máwlid celebramos su Esencia (Haqîqa), su Verdad.

En la celebración del Máwlid no hay idolatría, sino reconocimiento. Es el resultado de la experiencia muhammadiana de la Nación. Es fruto de la relación apasionada con Sidnâ Muhammad (P.B.), y por ello es incontenible. En la celebración del Máwlid hay una conmoción de fuerza muhammadiana.

Allâhumma sálli alà sáyidinâ muhámmadin
¡Allah! Bendice a nuestro señor Muhammad

il-fâtihi limâ úgliqa
que abrió lo que estaba cerrado,

wa l-jâtimi limâ sábaqa
selló lo que le había precedido

nâsiri l-háqqi bil-háqqi
y auxilió a la verdad con la verdad,

wa l-hâdi ilà sirâtika l-mustaqîm
y es guía hacia tu Sendero recto,

wa là âlihi
y bendice a los suyos,

háqqa qádrihi wa miqdârihi l-azîm
en conformidad con su mérito y su rango inmenso.

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