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Almendra, las identidades culturales y el choque de civilizaciones (II parte)

05/04/2006 - Autor: Eliades Acosta Matos - Fuente: Cubarte
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news.bbc.co.uk
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Cuando entre fines de octubre y hasta mediados de noviembre del 2005 ocurrió la llamada “Rebelión de los Barrios” franceses (4), las cadenas de televisión occidentales se regodearon con las imágenes de miles de vehículos, escuelas, guarderías y gimnasios ardiendo. El mensaje era claro, el mismo que enviase al calificar de “basura” a los habitantes de los ghettos de emigrantes tercermundistas el cuasi fascista Nicolás Sarkosy, Ministro del Interior: los emigrantes no son asimilables para la civilización occidental, ni siquiera los de tercera o cuarta generación, nacidos en suelo europeo. No vale la pena gastar fondos públicos para atenderlos, mientras no se extirpe la raíz del mal, el cual radica en esa manía que tienen de preservar sus raíces culturales autóctonas, en ese extravío que es la multiculturalidad o la convivencia plural de culturas en un mismo país, como suelen predicar los liberales e izquierdistas. Para reforzar la impostergable necesidad de quebrar estas disidencias culturales, esta estéril resistencia doméstica a modelos civilizatorios universales, se apeló entonces al ejemplo de lo sucedido en Londres, apenas cuatro meses antes.

El jueves 7 de julio del 2005, temprano en la mañana, cuatro explosiones terroristas sacudieron varias estaciones del Metro londinense, destrozando los vagones cargados de personas y un autobús que recorría las calles. Los atentados causaron 56 muertos y más de 700 heridos, y según Scotland Yard, fueron cometidos por cuatro atacantes suicidas, de entre 19 y 30 años, todos islamistas paquistaníes nacidos en Gran Bretaña, y que actuaron bajo las órdenes de Mohamed Sidhique Khan. Una nota de los suicidas, ampliamente difundida por la prensa, expresaba: “Los héroes Muyahidines han efectuado un ataque bendito por Dios en Londres. Y he aquí que la Gran Bretaña se consume de miedo y terror…” (5) No es difícil imaginar que la acción terrorista, las circunstancias en que fue realizada, y la fallida educación occidental de sus perpetradores, todos nacidos y criados lejos de su cultura y religión originales, sirvieron para reforzar la campaña a favor de la intolerancia y por la asimilación cultural obligatoria. No se limitó a la propaganda burda y machacona, sino que se lanzó a difundir teorías aparentemente científicas “explicativas” de la resistencia cultural, del fenómeno de la impermeabilidad de los militantes islamistas a la cultura occidental que los rodeaba. Y aquí, una vez más, se apelaba al enfoque que fundamentaría la obligatoriedad de la liquidación de toda cultura ajena a Occidente. Andrés Montero Gómez, Presidente de la Sociedad Española de Psicología de la Violencia, en su “Ensayo sobre la mente de un terrorista” parece dirigirse hacia esta dirección, cuando afirma:

“Una de las características distintivas de los modelos mentales que engranan la realidad paralela del terrorismo, haciendo muy complicada la modificación de la conducta que generan, es su resistencia al cambio…Una vez estructurados, el terrorista se expondrá únicamente a información confirmatoria, evitando a toda costa escenarios divergentes… La realidad exterior se desdibujará en la mente del perceptor por implantación de una realidad paralela que funcionará como imagen distorsionada de un entorno social manipulado e ignorado… No es incidental que la violencia del terrorismo se sustente en densos edificios dogmáticos, enquistados y alógicos,… (en) ideologías interiorizadas a modo de referente moral que guía la conducta del asesino politizado que es el terrorista…”(6)

La publicación el pasado 30 de septiembre en el diario “Jyllands Post”, de Dinamarca, y la posterior reedición en numerosos diarios occidentales, de 12 viñetas caricaturizando al profeta Mahoma volvió a ponerse sobre el tapete el problema de la “resistencia al cambio” con el que Occidente intenta descalificar a las culturas no occidentales. Aparentemente, se trataba de la toma de posición de Flemming Rose, el jefe de la página cultural, ante lo que denominó “casos de autocensura en Europa, provocados por crecientes temores y la sensación de intimidación a la hora de abordar cuestiones relacionadas con el Islam”(7) Pero el análisis, a la luz de los antecedentes reseñados, señala que estamos ante la continuación de un bien pensado programa encaminado a contraponer a los países islámicos y no- islámicos en el tema de la cultura y la libertad de expresión, pero bajo las reglas de antemano dictaminadas por Occidente. Y por si fuera poco, como claramente señalase el propio Flemming,…“esta es una cuestión que nosotros, los europeos, debemos afrontar, desafiando a los musulmanes moderados a que hablen claro.”(8), o lo que es lo mismo, que defiendan las posiciones occidentales en contraposición a las de los demás musulmanes.

La bella historia romántica contada por Flemming para justificar la provocación del “Jyllands-Posten” se agota en su propio texto. Resulta que ese diario, que se proclama ejemplarmente tolerante,… “ha rechazado publicar viñetas satíricas sobre Jesús...”(9), y que este conmovedor demócrata se siente ofendido cuando se publican… “transcripciones de los discursos de Osama Bin Laden”, o “fotos de Abu Ghraib”. Para terminar, de manera elocuente, Flemming resume: “…en palabras de Ayaan Hirsi Ali, la integración de los musulmanes en las sociedades europeas se ha acelerado 300 años debido a las viñetas”.(10)

Pero resulta que no estamos en presencia de ningún programa de dominación cultural original, de nada que ya no haya sido anteriormente “fundamentado” por un pensador como Samuel P. Huntington en su obra “El choque de las civilizaciones y la reconstrucción del orden mundial”, originalmente publicada en 1996. En aquella obra, encargo, sin duda, del mismo movimiento neoconservador norteamericano que debutaría un año después con el manifiesto de contrarrevolución mundial que se conocería como Proyecto para el Nuevo Siglo Americano, Huntington proclamaba:

“El concepto de civilización universal se debe, como producto distintivo, a la civilización occidental…A finales del Siglo XX este concepto ayuda a justificar el dominio cultural de Occidente sobre las demás sociedades, y la necesidad de que estas últimas adopten las prácticas y las instituciones occidentales” (11)

Por supuesto que donde Huntington habla de civilización occidental quiere decir “capitalismo”, y no lo dice explícitamente, con toda alevosía. El ideal cultural al que todas las sociedades humanas deberán aspirar consta, en su opinión, de los siguientes rasgos:

- Compartir una herencia clásica.
- Hacer que predominen en ellos el Catolicismo y el Protestantismo.
- Compartir lenguas europeas.
- Separar los poderes temporales de los religiosos.
- Respetar la centralidad de la ley.
- Mantener un pluralismo social.
- Poseer cuerpos representativos.
- Dominio del individualismo.

Como cualquier vulgar viajante de comercio interesado en colocar su mercancía, Huntington escribió:

“Occidente es la única civilización sustancialmente interesada en las demás civilizaciones y regiones del mundo, y que tiene la habilidad de influir sobre la economía, la política, y la seguridad de todas las otras civilizaciones y regiones. Las demás sociedades necesitan de Occidente para lograr sus objetivos y proteger sus intereses.” (12)

Para terminar con la apología del capitalismo occidental, y facilitar su expansión y dominio a costa de las demás civilizaciones, como buen neoconservador que es, Huntington, no pudo eludir abordar, al final de su libro, el ajuste de cuentas con las concepciones multiculturales dentro de los propios Estados Unidos, un intento académico progresista por democratizar las relaciones culturales y sociales dentro del país:

“Es imposible hacer de los Estados Unidos una sociedad multicultural, porque unos Estados Unidos no-occidentales no serían Estados Unidos… La preservación de los Estados Unidos y Occidente exige una renovación de la identidad (cultural) occidental. La seguridad del mundo exige la aceptación de una multiculturalidad global.” (13)

Llegamos de esta manera al concepto básico que los neoconservadores proponen como panacea universal, y antídoto para que la Humanidad eluda el peligro de las guerras y el ascenso de la barbarie, que, como es de esperar, según esta concepción y práctica política, proviene siempre de las sociedades no occidentales, y en primer lugar, de las sociedades islámicas. La llamada “multiculturalidad global” es el Caballo de Troya que esconde en su interior la imposición de la cultura occidental al resto de las sociedades del mundo, la negación de la diversidad cultural, la manera más barata, segura y cómoda de conquistar todas las regiones del Planeta sin sufrir molestas bajas en soldados, ni causar peligrosos déficits al presupuesto del imperialismo postmoderno, conquistando para ello, primero, el alma, los sueños y la creación de los pueblos.

Con inmensa hipocresía, el pasado 16 de marzo, hace apenas seis días, George W Bush proclamaba en la introducción a la “Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos”, correspondiente al 2006:

“Al igual que las políticas implementadas por Harry Truman y Ronald Reagan, nuestro enfoque (hacia los problemas del mundo) es idealista, en los objetivos a alcanzar, y realista, en cuanto a los medios para lograrlos.”(14)

Medios y fines imperiales se conjugan hoy para intentar quebrar la resistencia de las demás culturas ante la ola polar hegemónica que invade al mundo disfrazada de globalización neoliberal, diplomacia pública, transición, u occidentalización de las culturas humanas. En consecuencia, toda expresión artística o cultural, todo mestizaje multicultural, toda creación de la espiritualidad profunda de los pueblos, entre la que se incluye, por derecho propio, sus formas de baile, constituyen expresiones de resistencia cultural, obstáculos para los planes de dominación del movimiento neoconservador norteamericano.

La anterior podría parecer una exageración, si se toma de manera aislada. Pero si se pone en perspectiva con respecto a los antecedentes abordados, se comprenderá la justeza de la misma. No tengo dudas: también el danzón, nuestro baile nacional, el mismo que cuenta hoy con 157 clubes y más de 50 mil miembros en todo el país, forma parte, a conciencia o no, de esta estrategia de resistencia cultural mundial, por la diversidad y el pluralismo que los pueblos, con su ancestral sabiduría, han sabido siempre oponer a los explotadores, los colonialistas y los invasores; la misma que bajo formas aparentemente festivas y despreocupadas reivindican la filosofía esencial de vivir y se oponen a las culturas dominantes.

No es casual que un excelente artículo sobre la supuesta muerte del danzón, aparecido en la revista “Música cubana”, número 1 del 2005, debido a la pluma de Carlos Tamayo termine recordando el carril dos de la Ley Torricelli, como intento por lograr “la transculturación paulatina del pueblo cubano”, para concluir citando a Ambrosio Fornet:

“En Cuba, desde Saco hasta nuestros días, toda reflexión sobre la identidad ha de entenderse en el marco más amplio de las relaciones con los Estados Unidos, pues ser cubano es, entre otras cosas, la forma más radical de no ser norteamericano que se halla por estas tierras.”(15)

Conozco la ejemplar tenacidad con que se conserva las tradiciones danzoneras en Cuba, México y muchos otros países del mundo. He visto bailar a muchas parejas en Veracruz con la orquesta “Rítmicos de Palma”, y a la pareja cubana de Juli y Silvio Stevens con la orquesta de Aserina en el DF, levantar aplausos admirados entre el público danzonero que colmaba el teatro “Blanquita”. No puedo dejar de constatar, en consecuencia, que también de estas maneras, aparentemente inconexas e intrascendentes, a través de estos movimientos lánguidos y sensuales, se manifiesta la resistencia humana contra los intentos de aplanar las culturas, de estandarizarlas y domesticarlas para “occidentalizarlas”.

La guerra de resistencia cultural de los pueblos será prolongada y ha escogido como campo de batalla el de las identidades. En ella no hay enemigo pequeño, ni escaramuza intrascendente, daño colateral, ni fuego amigo. Es tanto lo que está en juego que no hay espacio para la derrota ni las claudicaciones.

¿Por qué no reconocerlo? “Almendra” puede y debe ser uno de nuestros himnos victoriosos de combate. No hace falta que todos lo bailen, ni lo disfruten: basta con que no muera. O mejor dicho, que no lo dejamos morir, pues seríamos entonces menos cubanos, menos cultos, menos libres, más vulnerables.

Fuentes:

4) Laurent Barrelli: “Estallido en los suburbios franceses” “Le Monde Diplomatique”# 41, diciembre 2005.
5) Ver en WWW.deugarte.com/london7-7
6)”Andrés Montero Gómez: “Ensayo sobre la mente de un terrorista”, en “Debats # 6, Oport Cit, Pp. 70-71
7) Flemming Rose; “La sociedad abierta y sus enemigos. ¿Por qué publiqué las viñetas de Mahoma?. “Libertad Digital”, 22 de febrero del 2006.
8) Idem.
9) Idem.
10) Idem.
11) Samuel P. Huntington: “The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order”. Touchstone. New York, 1997, P.66
12) Idem, P.81
13) Idem, P. 318.
14) “The National Security Strategy of the United States of América”, marzo del 2006.
15) Carlos Tamayo Rodríguez: “Otra vez sobre ¿la muerte del danzón?”. Revista “Música cubana”# 1, 2005. P.42
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