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EEUU fomenta la violencia sectaria a fin de dividir a Iraq

04/04/2006 - Autor: Richard Becker - Fuente: Rebelión
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“Quizá la guerra fue un error pero, como estamos ya allí, tenemos que terminar el trabajo.” Esa es la justificación habitual de los comentaristas liberales ante el mantenimiento de las tropas en Iraq. Por “terminar el trabajo” quieren significar, presumiblemente, establecer un sistema en Iraq a imagen y semejanza del estadounidense. Pero teniendo en cuenta lo que el pueblo iraquí lleva sufriendo durante década y media de intervención, no podríamos objetarle nada al iraquí medio por pensar que el propósito real de “terminar el trabajo” es acabar asimismo con toda la población iraquí.

El estallido de violencia sectaria de finales de febrero entre las comunidades sunníes y chiíes en Iraq no ha hecho más que aumentar ese sentimiento – y con razón. La realidad, ignorada por la máquina de propaganda que suponen los medios corporativos, es que la política estadounidense, a lo largo de muchos años, se ha dedicado a fomentar el conflicto en Iraq entre los diferentes grupos religiosos y nacionales.

No es sólo una política propia y exclusiva de los imperialistas estadounidenses sino la utilizada por todos los poderes colonizadores. Sin el divide y vencerás hubiera sido imposible que la pequeña isla de Inglaterra gobernara gran parte del mundo, incluido Iraq. Ahora, y como socios menores, los británicos están apoyando la ocupación dirigida por EEUU y hay pruebas recientes de que están superando sus viejas estratagemas.

En un incidente muy aireado, pero aún sin explicar, que tuvo lugar en septiembre de 2005, dos soldados británicos fueron arrestados por la policía iraquí en el puerto de la ciudad meridional de Basora. En el momento en que fueron detenidos, los soldados vestían ropas tradicionales iraquíes e iban cargados de explosivos. El ejército británico lanzó un asalto brutal sobre la comisaría iraquí donde se creía que estaban los soldados, a pesar del hecho de que los policías iraquíes que había en su interior habían sido entrenados por asesores británicos.

¿Qué estaban haciendo los soldados británicos? ¿Fueron atrapados cuando intentaban llevar a cabo una acción que simulara un atentado sectario con el propósito de avivar sentimientos de hostilidad entre los iraquíes?

La pregunta adquirió aún mayor importancia seis meses después, el 22 de febrero, tras el estallido de las bombas en el santuario de Askariya, lugar sagrado para los musulmanes chiíes y situado en la ciudad de Samarra. La destrucción del santuario de Askariya, también conocido como la Cúpula Dorada, fue seguida de estallidos de violencia en muchas partes de Iraq. Unas 100 mezquitas musulmanas sunníes fueron dañadas o destruidas, muriendo más de 1.300 personas en los siguientes días.

Aunque la mayoría del mundo islámico es sunní, los chiíes son mayoría en Iraq. Alrededor del 60% de los iraquíes son de ascendencia árabe chií, un 20% son árabes sunníes, un 16% son kurdos sunníes y el resto son turcomanos y asirios, estos últimos mayoritariamente cristianos. Las ciudades de Iraq tienen poblaciones diversas, con muchos matrimonios mixtos entre gentes con diferentes características religiosas y nacionales.

Intrusión imperialista y conflicto sectario

Los medios capitalistas promueven la falsa y racista idea de que en Iraq y en Oriente Medio todo el mundo ha estado peleando y matándose los unos a los otros durante miles de años.

Durante los pasados 150 años de intrusión occidental en Oriente Medio, han sido las potencias coloniales las que han instigado e inflamado repetidamente diferentes conflictos entre grupos nacionales y religiosos. El modelo se ha ido repitiendo, hasta llegar al momento actual, en Líbano, Palestina, Iraq y en tantos y tantos lugares.

En el momento en que escribo este texto, ninguna organización ha reclamado aún la responsabilidad por las bombas de Askariya. Independientemente de quién detonó los explosivos, no hay ningún misterio en quién gana con ese crimen.

Actualmente, el principal beneficiario del enfrentamiento en Iraq entre grupos nacionales o religiosos es la ocupación estadounidense. Como Daniel Pipes, un analista de derechas famoso por su influencia entre la administración Bush, expuso en una entrevista en ABC el pasado 2 de marzo: “No creo que, desde el punto de vista de la coalición, sea necesariamente desfavorable para nuestros intereses… En primer lugar, si se dedican a luchar unos contra otros, habría menos ataques sobre nuestras fuerzas en Iraq”.

Pipes expresaba su esperanza de que el conflicto religioso se extendiera. “Más extensamente fuera de Iraq, tendríamos menos ataques mientras chiíes y sunníes se atacan unos a otros”.

Aunque oficialmente la administración Bush habla con desprecio del “conflicto sectario” en Iraq, no hay duda de que tanto los funcionarios civiles como militares comparten las esperanzas de Pipes de que las luchas entre iraquíes disminuyan el nivel combativo de la resistencia armada frente a la ocupación.

Desde la primera guerra de EEUU contra Iraq en 1991, todas las administraciones estadounidenses –Bush padre, Clinton y Bush hijo- han puesto un énfasis especial en fomentar la división, conflicto y debilitamiento de Iraq. Como consecuencia de las secuelas inmediatas de la guerra de 1991, Bush I urgió a las poblaciones chiíes y kurdas a levantarse contra el gobierno central encabezado por Saddam Hussein y el gobernante Partido Baath, que acababa de sufrir una derrota catastrófica. Las revueltas fueron aplastadas. Bush padre nunca tuvo intención de dar apoyo material a esos levantamientos. Washington tan sólo quería provocar el máximo conflicto en el interior de Iraq.

En 1996, Clinton extendió las “zonas de exclusión aérea” por el país. Toda la parte de Iraq situada por encima del paralelo 33 y debajo del 35 estaba fuera de los límites de los aviones iraquíes. Las “zonas de exclusión” estuvieron patrulladas día y noche durante doce años por aviones de combate estadounidenses y británicos, que lanzaban bombas con cada vez mayor frecuencia cuando y donde querían. El objetivo claro de establecer esas zonas era el de debilitar o acabar con la soberanía iraquí en la mayor parte del país.
En octubre de 1998, Clinton firmó el “Acta de Liberación Iraquí”, declarando abiertamente que el objetivo de la política estadounidense era derrocar al gobierno iraquí.

Frank Ricciardone fue nombrado director de la “transición” en Iraq. En 1999, cuando el periódico turco Milliyet le preguntó si las políticas estadounidenses llevaban a una partición de Iraq y posiblemente a una guerra civil, Ricciardone contestó que Iraq “difícilmente puede ser considerado actualmente como un país unificado, teniendo en cuenta las zonas de exclusión aérea establecidas en el norte y en el sur”.

Gran parte del norte de Iraq, con una población mayoritariamente kurda, se convirtió en un protectorado autónomo de EEUU-NNUU tras la guerra de 1991, y aún mantiene ese estatuto.

En diciembre de 1998, Clinton obligó a las Naciones Unidas a retirar todos los inspectores de armamento de Iraq para desencadenar, entre el 16 y el 19 de diciembre de aquel mismo año, una campaña de bombardeo masivo conocida como “Operación Zorro del Desierto”. Contrariamente al mito promovido en los medios de masas de EEUU, Iraq no expulsó a los inspectores. Durante aquel período de tres días se arrojaron alrededor de mil bombas y misiles sobre Iraq, y sirvió para inaugurar lo que se convertiría en el bombardeo casi diario de Iraq hasta la invasión “Conmoción y Pavor” del 20 de marzo de 2003.

La constitución de 2005, de autoría estadounidense, transfiere el poder y los impuestos del futuro gobierno central a control provincial o regional.

Toda la política estadounidense de los últimos quince años, incluidas las mortíferas sanciones, no tenía otro objetivo que hacer de Iraq un país débil, dividido y por ello fácilmente explotable en los años venideros.

Sunníes y chiíes hablan claro

El 5 de marzo se informó que unos comandos pertenecientes al Ministerio del Interior habían atacado una mezquita sunní en el oeste de Bagdad, matando a tres personas e hiriendo a otras siete.

The Asociated Press se suele referir al Ministerio del Interior como estando “bajo control chií”. Esta formulación, repetida a través de los medios, es realmente otra propaganda falsa con el objetivo de exacerbar el conflicto religioso.

Es un hecho bien documentado que las fuerzas de ocupación no cedieron el Ministerio del Interior a los “chiíes” en general sino a una organización particular: la Brigada Badr – un infame escuadrón de la muerte paramilitar. La Brigada Badr es el ala militar del Consejo Supremo para la Revolución Islámica en Iraq. Los dirigentes del SCIRI (en sus siglas en inglés), como la mayoría del actual liderazgo integrante del gobierno títere iraquí, se habían exiliado de Iraq y sólo volvieron en 2003 junto al ejército invasor estadounidense. Un producto de la Brigada Badr es la Brigada del Lobo, famosa por su brutalidad extrema, sobre todo contra los refugiados palestinos en Iraq.

Bajo la dirección del anterior embajador de EEUU, John Negroponte –ahora ascendido a director de la inteligencia nacional-, el Ministerio del Interior iraquí se convirtió en la nueva policía secreta, encargada de organizar torturas y escuadrones de la muerte contra la fuerzas de la resistencia iraquí. En los primeros años de la década de 1980, como embajador estadounidense en Honduras, Negroponte fue el elemento clave a la hora de poner en marcha un reino del terror contra los pueblos de Nicaragua, El Salvador y Honduras.

Los escuadrones de la muerte del Ministerio del Interior se han dedicado casi exclusivamente a elegir sus víctimas entre activistas, dirigentes políticos y religiosos sunníes relacionados con la resistencia. En el otoño pasado se descubrieron cientos cientos de personas torturadas y agonizantes en los sótanos del ministerio. Pero muy pocas cosas han cambiado, si es que cambiado algo, desde ese descubrimiento.

Al mismo tiempo, según se informa, la organización Al-Qaida en Iraq ha hecho un llamamiento a la guerra contra la población chií, y ha asumido la responsabilidad de muchas bombas mortales que tenían como objetivos personas o mezquitas chiíes.

El peligro de ese tipo de desarrollos está claro para muchos en Iraq. El 5 de marzo, un grupo de clérigos sunníes y chiíes, incluido el dirigente político y religioso chií Muqtada al-Sadr, emitieron un llamamiento conjunto por la unidad musulmana y la protección de los lugares religiosos.

La declaración decía en parte: “Hay que acabar con las llamas de la traición sectaria… Cada gota de sangre derramada es una gran pérdida.” (AP, 5 de marzo de 2006). Los firmantes, como la mayoría de los iraquíes, achacan a la ocupación la responsabilidad de la violencia.

La inmensa mayoría de los iraquíes están a favor de la unidad nacional y se oponen tanto a la violencia chauvinista como a la ocupación extranjera, que han sido elementos clave a través de la historia del Iraq moderno.

Revueltas anti-coloniales: desde 1920 hasta la actualidad

En mayo de 1920, los árabes de Iraq, Siria y Palestina se alzaron en una revuelta masiva cuando descubrieron que más que conseguir la independencia, tras cientos de años de dominio otomano (turco), se les había incorporado a uno u otro de los mayores imperios coloniales de aquella época, el británico y el francés.

Siria y Líbano se convirtieron en colonias francesas, según el acuerdo firmado el 24 de abril de 1920 en San Remo, Italia. Gran Bretaña se apoderó de Iraq, Palestina y Jordania. Todo eso fue llevado a cabo bajo la tapadera de los “mandatos” de la Liga de Naciones, precursora de las Naciones Unidas.

Como parte de un trato propio de trastienda, a las compañías petrolíferas estadounidenses se les dio una porción del 23,75% del petróleo iraquí; idénticas concesiones se efectuaron con respecto a Gran Bretaña, Francia y Holanda. Iraq poseía exactamente el cero por ciento de sus inmensos recursos petrolíferos.

El enfoque británico hacia Iraq, que ocupó militarmente en 1918, era similar al empleado en todo su imperio. Su objetivo era asegurar su dominio enfrentando a diferentes sectores de los pueblos colonizados, a la vez que trataban de atraerse a las elites de cada comunidad o nacionalidad. En Iraq, esto se tradujo en fomentar los antagonismos entre chiíes y sunníes y entre árabes y kurdos.

Pero para sorpresa de los británicos, sucedió algo que era muy inusual para la época. El historiador marxista Hanan Batatu escribió sobre la revuelta de 1920: “Por primera vez en muchos siglos, los chiíes se unieron políticamente con los sunníes, y los hombres urbanos de Bagdad y los hombres de las tribus del Eufrates hicieron causa común.”

“Se celebraron en todas las mezquitas chiíes y sunníes, sucesivamente, una serie de celebraciones conjuntas chiíes-sunníes sin precedentes hasta ese momento, de carácter ostensiblemente religioso pero político en realidad… los eventos culminaron en un oratorio patriótico y una tempestad poética contra los ingleses.”

“Efectivamente, no habría que ir demasiado lejos para decir que, con los sucesos de 1919-20 y más particularmente con el vínculo que se creó entre sunníes y chíies, aún siendo reciente, se puso en marcha un proceso nuevo: el crecimiento doloroso, ora gradual, ora espasmódico, de una comunidad nacional iraquí”. (“The Old Social Classes and Revolutionary Movements of Iraq”, Princeton University Press, 1978).

El poderoso ejército británico necesitó de varios meses para poder controlar la revuelta de 1920. Durante la lucha murieron 2.000 soldados británicos, incluido su comandante, y perecieron 10.000 iraquíes. Decenas de miles más resultaron heridos en una época en que la población del país llegaba escasamente a los 3 millones de personas. Winston Churchill, entonces en el departamento colonial británico, ordenó el desarrollo de bombas de gas venenoso para utilizarlas contra la revuelta. En 1925, las fuerzas británicas lanzaron esas bombas contra los kurdos rebeldes en el norte de Iraq.

De 1920 a 1958, la historia de Iraq bajo el gobierno británico fue la historia de una rebelión tras otra y durante las mismas se fueron uniendo los integrantes de todas las comunidades y afiliaciones religiosas.

El 14 de julio de 1958, una revuelta militar dirigida por oficiales nacionalistas se convirtió en una revolución popular por todo lo ancho y largo del país, poniendo fin a la dominación británica y estableciendo Iraq como país independiente.

La invasión y ocupación británico-estadounidense de 2003 puso fin a la existencia de Iraq como estado independiente. Por restaurar esa independencia es por lo que luchan las fuerzas de la resistencia
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