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La batalla de la salud

04/04/2006 - Autor: Jesús Ruiz Mantilla - Fuente: El País
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La ministra en su despacho, junto al cuadro Centro de vacunación, de Manuel González Santos. (ANA NANCE)
La ministra en su despacho, junto al cuadro Centro de vacunación, de Manuel González Santos. (ANA NANCE)
"He querido ser más ministra de salud que de sanidad: enfatizar en que la gente no enferme"Cuando entras al Ministerio de Sanidad y Consumo compruebas que la falta de humos se ha transformado para algunos en sentido del humor. Los guardias de seguridad, antes de que deposites en el escáner los bártulos, te dicen: “Deje usted aquí el móvil, las llaves, las monedas y… el tabaco”. Luego te guiñan un ojo y te indican dónde está el ascensor. Arriba, al atravesar el laberinto de puertas que conducen al despacho de la ministra, Elena Salgado, te topas con varias estancias sin luz natural. No huele a nada y apenas se percibe el ruido que a última hora de la tarde levantan los pocos funcionarios, asesores y secretarias que merodean por el edificio hasta cumplir su turno.

Dentro, Salgado habla con Isidoro Álvarez, presidente de El Corte Inglés, para conseguir aliados en su última batalla: unificar la medida de las tallas de los cuatro grandes fabricantes de ropa españoles –Cortefiel, Induyco, Mango y Zara–, además de la Asociación de Diseñadores de Moda, para evitar que los jóvenes se hagan ilusiones falsas que fomenten la anorexia. Lo hace desde su mesa, amurallada con papeles blancos e informes, dentro de la que no parece tan menuda. Allí pasa, desde hace dos años, la mayor parte del tiempo, acompañada de teléfonos y de un aparato de música que alimenta más la melomanía de quien fue seis meses directora del Teatro Real, antes de su reinauguración.

Tiene un humidificador que se hace notar al lanzar el vaho –como si fuera un puro habano gigante– con una especie de exhalación que mantiene sanas las plantas y disminuye la sequedad del ambiente y de algunos de sus asuntos, como la ley antitabaco, de la que se cumplen 100 días la semana próxima y que ha levantado una vieja y eterna polémica para los fumadores –“¿quién le manda a usted meterse en mi vida?”–, mientras que para los no fumadores ha sido una auténtica liberación después de toda una existencia atufados por los usos de un país muy poco respetuoso con ellos y sus derechos.

En eso ha estado Salgado estos meses, además de en la gripe aviaria, la lucha contra la obesidad infantil y adulta, el cáncer, el corazón, las células madre, los bancos de cordones umbilicales, el consumo de drogas, lo que mata y lo que engorda… Toros difíciles de lidiar dentro de un ministerio que para apenas conservar competencias coloca a sus responsables en primera línea de ataque muchas veces. Pero a Elena Salgado le gusta. “Le dije a Zapatero cuando me lo propuso que no sabía apenas nada de esto”, confiesa. Pero a él no le importó.

Ella es pequeña, pero luchadora, y va al grano sin muchos miramientos. Se ha formado siempre en un mundo rodeada de hombres, muchos de ellos rudos y machistas, en el que ha aprendido bastante desde que estudiara ingeniería industrial, donde era la única mujer de su clase, una formación que completó con económicas. ¿Coleccionando matrículas de honor desde el colegio? “Sí, muchas matrículas”, admite sin ruborizarse. “Es la verdad”, dice. ¿Y el resto, sobresalientes? “Pues también, pero lo mismo sacaba eso en matemáticas que en literatura; donde más cojeaba era en gimnasia, dibujo, trabajos manuales y filosofía”, comenta. Ahora le toca sacar buena nota en medicina, y desde que Rodríguez Zapatero le propuso el cargo, cuando ella estaba muy contenta como directiva en empresas del sector privado, se ha puesto a estudiar para aprobar al final de legislatura. “Vivía muy tranquila, pero cuando te ofrecen algo así no puedes negarte”, añade.

Los suyos dicen que es tan exigente con los demás como lo es consigo misma, y que ahora está centrada en los males y los remedios para, al menos, tratar de que no se deteriore la buena salud de los españoles. Sí, la buena salud. En muchos aspectos, la mejor en los países de la Unión Europea. Si lo medimos en términos de esperanza de vida, así es, con 79,7 años frente a 78,3 de media en la Europa de los Veinticinco. Pero para que la cosa aumente y no decaiga hace falta ser un poco Pepito Grillo, un papel antipático para quienes no les gusta que se les digan ciertas cosas.

A veces, Elena Salgado siente eso, que le ha tocado ser martillo de vicios; pero en la mayoría de los casos le da un poco lo mismo. Ella trata de predicar con el ejemplo. Es toda una ministra saludable con una analítica óptima: 73 pulsaciones por minuto y el metabolismo en regla, con 0,81 de glucosa en la sangre; bien el colesterol en suero, con 0,80 de HDL más 1,14 LDL y 0,72 triglicéridos en la sangre. Come poco, pero de forma equilibrada. Por las mañanas, casi siempre en el ministerio. Si luego le acompaña alguien se va al Retiro a dar un paseo largo al aire libre. Hace yoga y pilates, y los fines de semana, si los compromisos no se lo impiden, sale siempre al monte con las botas de marcha y con paso ligero, generalmente acompañada por amigos como el físico Antonio Hernando, con el que conversa sobre agujeros negros en la sierra de Madrid vestida con equipo de nieve en invierno y camisetas frescas en verano. Si se tercia es capaz hasta de dar una vuelta en alguno de los caballos de Hernando o en cualquiera de sus dos burras, a las que llama Autónoma y Complutense.

Antes también salía al monte con algunos andarines del equipo económico de los ochenta, como Josep Borrell, que la fichó entonces para el Ministerio de Economía y Hacienda, y Miguel Muñiz, hoy director del Teatro Real y orensano, como ella, aunque Salgado sólo vivió allí los primeros cuatro años de su vida. Siempre ha hecho ejercicio, desde sus tiempos en el colegio Decroly, en Madrid, de inspiración belga, que ella define así: “Un colegio moderno, pero aseadito, mixto, adelantado. Hacíamos gimnasia a diario y yo también hacía ballet”, declara. “Lo espartano quizá me venga de ahí, de horas y horas en la barra”. Además, ese culto al ejercicio físico lo veía en casa: “Mi padre, que era guapísimo y se parecía a William Holden, hacía una tabla de gimnasia muy dura todos los días nada más levantarse”.

En su nevera –“que es muy grande”, apunta– suele haber queso y anchoas: “Eso siempre. También, ahora, habrá lechuga, tomates, yogures con trozos de fruta, naranjas, zanahorias y jamón”, describe mentalmente desde su despacho. Suficiente para alguien que vive sola. “Ha sido así desde hace años, y cuando te acostumbras, mejor así que mal acompañada”, asegura, siempre que no se refiera a su hija, de 29 años, que la visita de vez en cuando si su trabajo en La Haya como parte del equipo del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia se lo permite.

Lo que no tiene son ceniceros. La ley antitabaco se ha convertido en una de las señas de su gestión; bastante contestada por muchos, como las asociaciones de vendedores de tabaco y algunos sectores sindicales y políticos que estiman que la ley constituye un inaceptable recorte de las libertades individuales. Sin embargo, la norma ha sido aceptada por la mayoría, que ha acogido su cumplimiento con una naturalidad que a ella no le ha sorprendido. “He estado muy en contacto con el ministro italiano Sirchia, encargado de aplicar la ley allí, y cuando vimos que no era causa de muchas protestas nos decidimos y se lo propuse a Zapatero”. ¿Cómo? “Le dije: presidente, debemos dar un paso más allá. No podemos ser tan progresistas en determinadas leyes y no dar un salto en sanidad. Lo entendió rápido”. Cree que es una de las ventajas de no ser una ministra política, sino técnica: “Legislas más a largo plazo y no tanto ciñéndote a una legislatura”.
Los contrarios a la ley han encontrado una aliada fiel en Esperanza Aguirre. Otra vez Aguirre se cruza en el camino de Elena Salgado. Con ella ya tuvo una experiencia digna de ser olvidada cuando Salgado dirigía el Teatro Real y Aguirre era ministra de Educación y Cultura en el Gabinete de Aznar. “Fui nombrada por consenso al final del primer Gobierno socialista, consenso con el PP”. Duró seis meses. No pararon hasta sacarla del despacho. Después de meses de tira y afloja, el PP decidió que no iban a dejar colgarse la medalla de la inauguración en octubre de 1997 a alguien que no fuera de la cuerda. “Así que un día, Esperanza me llamó a su despacho y me dijo: ‘Elena, detesto hacer esto porque nuestros hijos van al mismo colegio, pero el secretario de Estado Miguel Ángel Cortés, por aquel entonces ha dicho que no puedes estar en tu puesto ni un minuto más”.

Ahora, por más que hayan compartido asociación de padres en el Colegio Británico, la presidenta de la Comunidad de Madrid está dispuesta a desafiar en su región la ley antitabaco. “Es que está convencida de que es algo liberal lo que quiere hacer”, cuenta Salgado.

El caso es que se avecina lío si Aguirre abre la manga para que se fume en lugares acotados del trabajo y si es menos estricta en la hostelería. Una barrera que impedirá reducir las previsiones de Salgado. Según los datos de su ministerio, en enero pasado entre 1,2 y 1,5 millones de españoles han intentado dejar de fumar; 300.000 de ellos han pedido ayuda médica, el resto lo hace por su cuenta, y estiman que un 30% lo logrará. El descenso de ventas en ese mes, según el Ministerio de Economía, ha sido palpable. Un 4,2% menos que los meses anteriores. Se vendieron 304,5 millones de cajetillas, 13,4 millones menos que en enero de 2005. ¿Por qué esa obsesión en la fecha? “Tenía que entrar en vigor en enero. Es el mes en el que los propósitos de vida nueva se ponen en práctica, una fecha bandera”.

Las previsiones son ambiciosas. “Pretendemos que en dos años disminuya un 5% el consumo de tabaco y un 3% el número de fumadores, que pase al 26% de la población”. Pero eso no es fácil, más cuando se juega en desventaja en casa. Porque en España, el precio de las cajetillas es muy inferior al de la mayoría de los países europeos. Si una cajetilla de Marlboro cuesta aquí 2,75 euros, en Francia pagas 5, en el Reino Unido te cobran 7,36, y en Noruega, el país más caro, 8,02. ¿Solución? “Subir algo más el precio, aunque no tanto como para que afecte al IPC”, asegura dejando entrar su parte economista.

La lucha no le quita el sueño. Ni eso, ni la gripe aviaria. “Estamos alerta, y es difícil que nos sorprenda en nuestro entorno después de la experiencia de las vacas locas. Tenemos previsto un plan de actuación en la UE que será efectivo”, asegura la ministra. Ni los bancos de cordones umbilicales tras saberse que los príncipes de Asturias habían guardado el cordón de la infanta Leonor en uno de Estados Unidos. “Aquello fue un defecto de información, un fallo. El ministerio debe informar a todas las personas que deciden hacerlo de que las posibilidades que tiene una persona de utilizar las células de su cordón para curarse son muy pocas porque las enfermedades se manifestarán con toda probabilidad después de que éstas produzcan efectos. Por eso en España se depositan en bancos públicos y anónimos, porque en los 15 años que son efectivas pueden curar a otras personas”, aclara.

Nada, por el momento, le quita el sueño, aunque sí hay algo de lo que es consciente que no beneficia a su salud: duerme poco y trabaja demasiado. Lleva una vida espartana. “Me levanto hacia las siete, hago mi tabla de gimnasia, desayuno fuerte y vengo al despacho”, cuenta. La jornada acaba hacia las diez de la noche: “Llego a casa, me pongo cómoda y me dedico durante al menos una hora y media a no hacer nada”. ¿Nada de nada? “Nada. Si llaman por teléfono, lo cojo, pero luego descuento el tiempo que me hayan interrumpido”. ¿Interrumpido de qué? “Pues eso, de no hacer nada. Para perder el tiempo también hay que ser disciplinada”.

Parece que esa costumbre contemplativa se la ha ganado a pulso después de haber sido una mujer de acción; discreta, en segundo plano hasta que fue nombrada ministra, pero de acción y metida en diversos cotarros. Ya en la universidad era contestataria: “Nos dedicábamos a eso, a ir a manifestaciones, hacer asambleas, y aunque yo no estaba afiliada a ningún partido, me tenían fichada porque en industriales éramos muy pocas mujeres y se nos distinguía”.

Eso de estar entre hombres le ha marcado. “En la universidad no me preocupaba de trapos, ni me pintaba, ni leía revistas. Discutíamos a Marx y Engels y a Heidegger; íbamos a ver películas de Pasolini, y nuestras lecturas de evasión, digamos, eran Marguerite Duras, Simone de Beauvoir, Doris Lessing o Juan Goytisolo”. Ya entonces se aficionó a la ópera, “y algunos me acusaron de burguesa”, recuerda. Después vinieron los primeros trabajos y la entrada en un mundo que le ha servido como observatorio para ver cómo en España se iban a producir unos cambios dignos de metamorfosis. “Terminé la carrera en 1972 y me fui a trabajar a un sitio que, fíjate cómo sería, lo llamaban el Kremlin”. ¿Por qué sería? “Entonces éramos todos rojos. Se llama –porque aún existe– Escuela de Organización Industrial, y todavía se dedica a la formación de gran parte de los empresarios de este país”. Allí estuvo hasta 1981. “Me encontré unos empresarios tradicionales que dirigían empresas paternalistas, protegidas y sin saber lo que era una relación sindical; se basaban en la intuición y la experiencia. Es increíble lo que ha cambiado ese sector en la democracia, pero lo cierto es que se ha pasado de un país proteccionista a uno que invierte con éxito en el exterior. En 10 años se transformaron, y eso es maravilloso”.

Pese a esos comienzos contestatarios, su relación con la casta empresarial ha sido siempre excelente, también en su gestión como ministra. No hay más que ver cómo ha puesto de acuerdo a un buen número de ellos para que financien los 100 millones de euros del proyecto del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares que dirige Valentín Fuster, inaugurado el pasado 27 de febrero. O cómo maneja el consenso con los cuatro grandes fabricantes de ropa para que la apoyen en su lucha contra la anorexia.

Un tema grave que late siempre y sale a la superficie cada vez que los modistas toman la pasarela con modelos cadavéricas, fomentándola de manera descarada. Una enfermedad mental por la que son tratados en hospitales entre 1.300 y 1.500 pacientes al año en España, y que ya no es patrimonio de las mujeres, sino que afecta cada vez más a varones: “La lucha contra la anorexia es complicada, no se sale solo. Forma parte de un trastorno psicológico que tiene que ver con la autoestima, con la falta de afecto. Los modelos que aparecen en televisión influyen, pero también hay que luchar contra esas páginas de Internet en que se alientan entre ellos”.

Cierto, pero la impresión que generan esas mujeres en huesos que dicen son cánones de belleza, son alentados por gente con nombres y apellidos que se van de rositas. Hay una estética del hueso y la ojera que no debe beneficiar. ¿No se les va a perseguir por ello? “Puede que se fomente una estética que, sumada a esos trastornos psicológicos, influya en la enfermedad, pero hay que alertar a la población de que esos modelos no son normales. Todo forma parte de una corriente en la que hay que incluir también el aumento de operaciones estéticas en las jóvenes”.

Contra todo eso hay que luchar, según Salgado: “Hay que empezar por unificar las tallas. Y decir que no hay sólo un modelo de belleza, sino una diversidad que cabe en muchas tallas; que una chica de 1,80 no puede entrar en una 36 porque no coincide con el índice de masa corporal; que las que desfilan son maniquíes, no modelos de nada. Que lo normal es diverso, insisto”.

La anorexia se trata como un trastorno mental. No es el caso de su contrario, la obesidad, que representa el paradigma de la sociedad de la abundancia. Contra la obesidad tiene Elena Salgado una batalla declarada. Sobre todo contra la infantil. Sabe las recetas. Son fáciles de recitar: “Dieta equilibrada y ejercicio”. Pero difíciles de cumplir para quienes la padecen. El lenguaje de las instituciones es crudo. Epidemia lo llaman, ¿no es pasarse? “Y aún podríamos ir más allá, ahora que me toca el turno de presidir la Asamblea de la Organización Mundial de la Salud. Estamos a un paso de declararla pandemia”.

El caso es que los factores que producen la obesidad –el sedentarismo, la abundancia de comida, el consumo de más calorías de las que se queman– degeneran en enfermedades cardiovasculares y otras como la diabetes que están entre las principales causas de muerte en España. El 14,5% de la población sufre hipertensión; el 10,5% tiene colesterol elevado; el 5,9%, diabetes…, valores en los que el sobrepeso incide.

Los datos alarman más en los niños, nos espera un futuro gordo: si la obesidad afecta al 13,3% de españoles mayores de 18 años, llega hasta el 24,8% en niños entre 2 y 17 años. Es, por otra parte, una cifra coherente con los países mediterráneos –Italia, Grecia y Malta–, que cuentan con el mayor sobrepeso infantil de Europa. Todo esto encierra una paradoja impactante: la sociedad del bienestar nos puede acabar matando. Hay países europeos en los que comienza a disminuir la esperanza de vida. “Por eso el pronóstico de la OMS es frenar el sedentarismo y la obesidad, que curiosamente también afecta a las rentas bajas, donde además la seguridad alimentaria es más precaria”.

La obesidad infantil es uno de los frentes más preocupantes para el Ministerio de Sanidad, porque uno de los objetivos principales de la gestión es tratar de conservar y aumentar la esperanza de vida retrasando al máximo las enfermedades. Más si se ha enfocado la legislatura desde una óptica concreta: “He querido ser más una ministra de salud que de sanidad, porque si la sanidad la consideramos un sector, está todo transferido y queda poco margen de maniobra. Pero un ministerio de salud debe poner énfasis en que la gente no caiga enferma”.

Puede que en eso, la guardia de los ciudadanos esté baja porque los españoles son optimistas respecto a su salud y corren el riesgo de confiarse. Creen que van por buen camino, pero eso no puede ser motivo de despreocupación. El 12,7% de los ciudadanos cree que su estado de salud es muy bueno, y el 60,3%, bueno. Tan sólo un 5,1 y un 1,6% opinan que es malo o muy malo.

Resumiendo. ¿De qué morimos? Según un estudio del año 2003, la mayoría, de enfermedades isquémicas del corazón e insuficiencias cardiacas, más de 60.000 personas; de cáncer, 45.000 –con preponderancia del de pulmón y bronquios (18.780 casos), seguido del de colon, mama, estómago y próstata–; enfermedades cerebrovasculares, 37.200; diabetes, demencia, accidentes de tráfico…

Contra todo eso se alza una esperanza de vida envidiable, mayor en mujeres (83 años) que en hombres (76,3). “Vivimos de las rentas. Las rentas de una dieta mediterránea muy recomendable y de un clima muy beneficioso”. Pero las rentas, como todo el mundo sabe, acaban agotándose si no se reinvierten como Dios manda. “Contra eso es contra lo que hemos de estar bien preparados”, asegura Elena Salgado
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