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Almendra, las identidades culturales y el choque de civilizaciones.

28/03/2006 - Autor: Eliades Acosta Matos - Fuente: Cubarte
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En el año 2004 un musulmán marroquí asesinó, a plena luz del día y ante numerosos testigos, al cineasta holandés Teo Van Gogh. Con extraña saña el homicida utilizó para consumar su crimen una pistola y un cuchillo. Tras degollar a su victima, le rajó el vientre y depositó en la herida una carta febril, enloquecida, y amenazante: “Estoy seguro, Europa-podía leerse en ella-que perecerás… Todos vosotros, los infieles, moriréis” (1)

Aparentemente, Teo Van Gogh recibió en su persona el castigo que estaba destinado a la civilización occidental, por sus vicios y blasfemias. Se afirma que fue escogido como victima tras haber rodado, junto a la sudanesa Hayaan Hirsi Ali, diputada y sistemática critica del Islam, un film documental titulado “Submission, part 1”, donde, entre otros medios artísticos para protestar contra la opresión femenina, se utilizaban imágenes de mujeres desnudas con versos del Corán tatuados en sus cuerpos, como a fuerza de latigazos. La intención de los realizadores, según la propia Hirsi Ali, fue la de brindar una terapia de choque a la cultura “opresiva” del mundo islámico, con el objetivo de que, tras la autocrítica esperada, se “asimilase” a ese paraíso de libertades y derechos que son, en su opinión, los países pertenecientes a las culturas judeo-cristianas.

“Esta critica debe venir del interior,-afirmó en su artículo “De la necesidad del Islam de reflexionar sobre sí mismo” (2)- de personas que vean las manchas originales que marchitan su cultura, gente que haya recibido una enseñanza, que haya estado en contacto con no musulmanes. Que haya aspirado a la felicidad individual y sepa lo difícil que es seguir su sed interior de libertad siendo buenos musulmanes. Que viva en un país libre y, por tanto, no deba temer por su vida cuando exprese públicamente su opinión…Estas personas serán consideradas traidores en su propia tierra, o lo que es peor aún apostatas.”

Es imposible negar que la situación de la mujer en el mundo musulmán es deplorable, y no porque lo denuncie Hirsi Ali, mientras posa para las revistas y periódicos occidentales en pose de vampiresa negra ataviada con trajes “étnicos”, probablemente diseñados por Benetton y confeccionados en Hong Kong. Es sospechoso que oculte que no es mucho mejor en el Occidente “culto y democrático” que ella recomienda como futuro a construir y como modelo universal a adoptar: cada año, una de cada cuatro mujeres en el mundo sufre de maltratos domésticos. Cada 12 segundos una mujer es maltratada por su esposo, novio o amante. En Estados Unidos esa cifra es cada 9 segundos. El 64 % de todas las mujeres será maltratado alguna vez en la vida. El 60% de las mujeres golpeadas están embarazadas. El 40% de las mujeres victimas de intento de homicidio conocen a su atacante. Por causa de la violencia mueren cada año más de 60 millones de mujeres y niñas, más que el total de victimas de la Segunda Guerra Mundial (3)

Dos elementos llaman poderosamente la atención en la prédica tan políticamente correcta de Hirsi Ali, tanto como en la extraña muerte mediática de Teo Van Gogh, o en el ataque suicida contra el World Trade Center, tras asegurarse los supuestos atacantes de que las imágenes de su inmolación quedarían grabadas por decenas de cámaras de televisión: en primer lugar, el esfuerzo por impactar y cautivar, con palabras claves y contraposiciones maniqueas, el imaginario colectivo de Occidente, que es, a fin de cuentas, el único imaginario colectivo que interesa; en segundo lugar, la idealización, y la exaltación de esa misma cultura occidental, y de su modo de vida, a los que se representa asediados y atacados por otras culturas bárbaras, y en consecuencia, inferiores. Al fijar ambos mensajes, reforzados por la constante repetición de las imágenes que los ilustran, la justeza de la autodefensa salta a la vista, tanto como la necesidad de barrer con las fuentes originales, o sea, culturales, de semejantes peligros.

Al llegar a este punto del análisis, comienzan a delinearse los contornos de esta jugada geopolítica, antes que geocultural. Se explica así que estos temas, antes “invisibles” para una cultura occidental egolátrica y necesitada de emociones cada vez fuertes para salvarse a si misma del tedio de la opulencia, hayan acabado por acaparar la atención de todos los medios, de todos los pensadores, de todos los exegetas, de todos los hagiógrafos, de todos los apólogos y de todas las audiencias occidentales, tras el 11 de septiembre del 2001. Una vez más, como en los tiempos de las Cruzadas, la palabra, las imágenes y los sueños de un Occidente abúlico son utilizados para excomulgar, deshumanizar y maldecir a los enemigos de la cultura y la fe cristianas, las únicas que deben considerarse válidas, universales y verdaderas, espoleando a los indiferentes para que se alisten, sin perder un minuto, bajo las gloriosas banderas de los ejércitos reunidos de la Cristiandad, en su incontenible avance para liberar de infieles el Santo Sepulcro.

Pero hoy la meta no es llegar ante las murallas de Jerusalén, ni fundar San Juan de Accra, ni tomar Damasco, sino algo mucho más terrenal: liquidar todos los límites políticos, militares, económicos, religiosos y culturales que se opongan, obstaculicen o demoren la definitiva victoria del capitalismo global postmoderno, del mundo unipolar y de pensamiento y cultura únicos que promueve el movimiento neoconservador norteamericano, que ha llevado a George W. Bush al poder mediante un golpe de estado palaciego. Para ello es necesario acabar, mediante los métodos culturales, glamorosos, casi simpáticos y aparentemente justificados que propone la bella Hirsi Ali, o por los despiadados y brutales bombardeos, masacres y torturas que ordena Donald Rumsfeld, todo vestigio de resistencias y rebeldías, todo reducto de culturas y religiones alternativas, toda huella de pensamiento crítico y verdadera libertad intelectual, toda fisura por donde pueda colarse el peligroso virus de una cultura general integral para los hombres y mujeres del Planeta, o de acceso real a la información que la fundamenta. La meta, en fin, estaría en la disolución incondicional de pueblos, soberanías y culturas, y no en la mutua complementación, ni la convivencia respetuosa; en la asimilación, y no en el reforzamiento de las identidades; en la anulación, y no en el enriquecimiento ni el desarrollo.

Fuentes:

1) “¿Por qué asesinaron a Teo Van Gogh?”, en “Debats” # 6, invierno del 2005, P.44.
2) Ayaan Hirsi Ali: “De la necesidad del Islam de reflexionar sobre él mismo”, en “Debats”, # 6, Oport Cit. P.55
3) Ana Muñóz: “La mujer en el mundo”, publicado originalmente en “Rebelión”. Tomado de “Granma”, 7 de marzo del 2006.
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