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Conocer a fondo el lenguage islámico

25/03/2006 - Autor: Mª Carmen Ortego Osete
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Estamos ante un libro especial, especial debido al tema que aborda, ya que no es un manual sobre el islam al uso. Se trata de un libro que analiza el lenguaje islámico y, más concretamente, el lenguaje político islámico, al que disecciona meticulosamente comentando sus orígenes, su evolución, para llegar a su acepción actual.

Todo esto se complementa con numerosas notas a pie de página que resultan esclarecedoras y no dificultan la lectura y comprensión del texto.

Bajo mi punto de vista es un libro obligado para todo aquél estudioso del islam, principalmente en su faceta política, pero también del islam en general debido a que el lenguaje utilizado tiene mucho con el lenguaje religioso, al ser éste prácticamente la raíz del mismo.

Acostumbrados como estamos a leer los textos que hablan sobre el islam en los que se van enumerando situaciones y conceptos denominándolos con un lenguaje que nos sorprende y en los que, en muchos casos, no encontramos una explicación, este libro viene a cubrir esa necesidad.

Para ello, se pasa a hacer un análisis lingüístico y semántico de las palabras, ya sea su origen persa, arameo, griego, latino o turco que se utilizan en el lenguaje político, lenguaje que, según explica Bernard Lewis, tiene sus orígenes en unas tradiciones culturales totalmente distintas de las occidentales. Conocer todo esto es importante para poder entender cualquier texto de materia política.

Sin embargo, según Lewis, no hay que dejar de lado las influencias tanto griegas como latinas en algunos términos que al final se arabizan. Cosa lógica teniendo en cuenta las traducciones que se realizaron al árabe de textos griegos. Por otra parte, y ya después de la masiva influencia de occidente aparecerán términos tomados directamente de la terminología política occidental por la necesidad de definir conceptos que en un principio no aparecían en sus referencias.

El libro consta de cinco capítulos cada uno de ellos referido a un tema, fundamentalmente al lenguaje utilizado en ese tema, aunque siempre comienza con una introducción. Así, el primer capítulo se titula: Metáfora y alusión; el segundo: El cuerpo político; el tercer capítulo trata de cómo se definen los gobernantes y gobernados; en el cuarto se habla de la guerra y de la paz y, para cerrar el libro, en el capítulo quinto se explican los limites de la obediencia de los gobernados para con los gobernantes. Capítulo éste quizá muy interesante para poder entender la llamada “pasividad” de los pueblos musulmanes ante la aparente mala gestión de sus gobiernos.

En el primer capítulo y antes de describir los conceptos expresados en el título, el autor hace un preámbulo para definir tres conceptos básicos en el mundo islámico. El primero de ellos es lo que significa la religión para los musulmanes y la diferencia que hay con lo que significa este concepto en el mundo occidental donde el laicismo a ultranza pretende que la actitud religiosa sólo quede reservada al ámbito privado.

Para el musulmán la religión no sólo es una cuestión de espiritualidad, sino que impregna todos los aspectos de la vida, sin embargo para el occidente esta cuestión sólo incumbe al aspecto privado del individuo. Teniendo en cuenta este principio, se puede comprender que el lenguaje político sea distinto al lenguaje político occidental ya que en el caso islámico el Corán y las tradiciones del Profeta, incluso el comportamiento de sus compañeros, marcarán la pauta a seguir en la conformación de este lenguaje.

Le sigue la definición de otro concepto, también importante en la comparación islam-occidente: la no separación/separación entre iglesia y estado. Concepto este último, sino desconocido, sí no practicado en el islam clásico, debido a que los musulmanes siguen la Sunna del Profeta y, éste, reunía el poder religioso y el poder político.

Tan importante como estos dos conceptos es también la explicación del motivo por el cual los musulmanes, sean de donde sean, de la ideología que sean se definen como una identidad básica: son musulmanes, es decir, les une el islam. Es la “umma”, que se definirá más adelante en el capítulo dos. Este concepto es muy importante debido a que en el mundo occidental una unión de pueblos por la fe común no se ha dado nunca, si exceptuamos la época de las Cruzadas –y ni aún así-, privando siempre los grupos étnicos y, con posterioridad los nacionalismos. El islam es una forma de vida, una civilización y de ahí su fuerza para movilizar a millones de personas. (Un ejemplo, aunque triste, son las movilizaciones agresivas en respuesta a las viñetas sobre el Profeta en el periódico Jyllands Posten)

Después de estas necesarias, a mi modo de ver, puntualizaciones, comienza a hablar del tema principal del primer capítulo que son las metáforas utilizadas en el lenguaje político islámico ya que, según dice Lewis, “como casi todas las formas de lenguaje está lleno de metáforas, algunas de ellas muertas, enterradas y olvidadas; otras vivas y conscientes en diferente medida”. En algunos casos este lenguaje metafórico es similar al utilizado en occidente, en otros, como es el caso de “arriba-abajo” para indicar superioridad o subordinación respectivamente, dice Lewis que en el lenguaje islámico este concepto no se da, utilizando para el concepto superioridad una palabra que indica “delante”.

Se puede pensar que esta diferencia encuentra su explicación en el concepto religioso de igualdad de los individuos. Lo que coincide con la explicación que en el capítulo tres se da para definir a la persona que gobierna.

En el capítulo dos para introducirnos en la definición de las palabras que denominan el cuerpo político es decir, el estado, el gobierno, la comunidad sobre la que se gobierna, la autoridad, la ley... hace un repaso por los diversos escritos políticos desde el islam de la época clásica comparándolos siempre con los que en esa época se hacían en occidente.

Hay que prestar mucha atención a lo expuesto por Lewis al respecto de la ley islámica, pues comparada con la ley en occidente se observa una profunda diferencia. La shari’a, la ley islámica emana de Dios y no de los hombres, como ocurre en los países occidentales. Por otra parte la ley islámica más que un conjunto de normas lleva implícita una mentalidad y una forma de vida, algo que en nada se parece a las leyes occidentales.

En este capítulo Lewis explica como un gobierno islámico en puridad no se le debe llamar teocrático, al no estar regido por sacerdotes –que no los hay en el islam-.

Sin embargo y aunque menciona el caso del shi’ismo en Irán en donde sí gobiernan hombres de religión no lo considera como teocracia al indicar que esto es una innovación. En este punto se podría plantear una discrepancia con Lewis puesto que aunque es cierto que es una innovación, el hecho es que en Irán son los hombres de religión los que gobiernan por lo que –únicamente en este caso- sí se podría llamar teocracia.

Por otra parte, al gobierno islámico siempre se le ha acusado de déspota o dictatorial, sin embargo Lewis deja claro que el gobierno islámico prácticamente siempre ha sido una autocracia, pues el poder del gobernante estaba limitado por la Ley Divina (shari’a) y por los distintos grupos: nobleza, líderes religiosos, estamento militar que al no estar pagados por el gobierno limitarían al gobernante.

Se hace mención este capítulo de dos términos muy utilizados habitualmente pero que ¿realmente se sabe bien que significan?, así vemos definido “imama” que con un origen religioso “el que dirige la oración”, por extensión pasa a tomar una acepción religioso-política y da nombre al dirigente musulmán, según los teólogos y juristas musulmanes clásicos. En esta acepción vemos reflejada la acepción de superioridad que comentábamos cuando se hablaba de la metáfora “delante” para referirse a este concepto de superioridad.

Aunque ya se había hablado algo sobre el concepto de “umma” es en este capítulo donde se define apropiadamente la palabra.

El capítulo tres que trata de la definición de los términos de los dirigentes del gobierno y de los gobernados también pone en antecedentes de las obligaciones y deberes tanto de unos como de otros.

Comienza el capítulo haciendo mención de un hadith en el que el Profeta determina, en orden decreciente, la categoría de los gobernantes: “Después de mí habrá califas; después de los califas emires; después de los emires reyes y después de los reyes tiranos”. Aunque según Lewis no es fiable, le sirve para definir por este orden la procedencia de las palabras y el motivo de su posterior utilización , comenzando con la palabra califa de la que se dice tiene ya un antecedente en un texto del siglo sexto d.C., en la era preislámica. También en el Corán se menciona esta palabra para referirse a Adán.

Es curioso como a la hora de llegar a definir la palabra “rey” vemos que en principio este título no tenía la misma connotación de grandeza como la tuvo con posterioridad a la influencia occidental y, siempre buscando en esta grandeza, la igualdad de los gobernantes musulmanes respecto a los soberanos occidentales.

Para denominar a los gobernados las palabras más utilizadas son “ra’iyya” y “taba’a”, en árabe. La palabra taba’a se utilizó para denominar a los seguidores del Profeta, es algo que llama la atención que el autor no comente, y quizá de ahí arranque el por qué para denominar a los gobernados, puesto que serían “seguidores del imam”, que como se ha dicho anteriormente es la persona que les dirige/gobierna. Por lo que respecta a la palabra “ra’iyya” vendría a significar “el total de la población”. Con posterioridad, la utilización de la palabra “tabi” se hará con el significado de “súbdito”. En este capitulo también se describe la diferente condición de los gobernados, dependiendo de si eran libres, esclavos, mujeres o no musulmanes.

El penúltimo capítulo del libro trata un tema algo controvertido en estos tiempos que corren, es el tema de la guerra y consecuentemente también el de la paz. A pesar de lo que en principio se cree, dice Lewis, el islam no ha tenido nunca en el lenguaje árabe clásico la palabra guerra santa y que ésta es una definición moderna y de origen foráneo.
La palabra que define guerra es “harb” palabra quizá poco conocida en la actualidad y que denominaba las guerras que pudieran mantener los musulmanes. Aquí viene a definirse la palabra –hoy tan usada y malentendida- “gihad”. Lewis explica las dos acepciones de la palabra, la primera como guerra santa y la segunda como esfuerzo personal en el sentido moral y espiritual.

Por otra parte recoge que el sentido militar de la palabra prima ante el sentido de esfuerzo personal, en prácticamente todas las colecciones de hadith. Explica también que el sentido de guerra santa cayó en desuso y que “los eruditos musulmanes habían estado definiendo(...) un nuevo concepto de gihad, básicamente pacífico y dedicado a esforzarse en la propagación de la fe islámica”.

Vemos también, a lo largo del capítulo, como se van enumerando y explicando las leyes que regulan los actos de guerra y si ésta se podía denominar “gihad” o no y contra quienes podría dirigirse.

Este asunto es algo muy curioso para el pensamiento occidental a la vez que, como dice el autor es de gran relevancia para el lenguaje político del islam. Así, esta clasificación comprende cuatro tipos con los que es legal mantener una guerra: los no creyentes, los bandidos, los rebeldes y los apóstatas. Para todos ellos hay unas normas de actuación que Bernard Lewis describe detalladamente.

Como complemento a la definición de la palabra “guerra”, se define la palabra “paz”. El autor, aclara que la palabra tan conocida con el significado de paz, “salam”, sólo se ha empezado a utilizar en el lenguaje político recientemente, ya que en un principio su sentido había sido apolítico y se utilizaba para paz en el sentido de tranquilidad de espíritu. De cualquier manera, sigue permaneciendo en el lenguaje político la palabra “sulh” para paz utilizada como opuesto a guerra, y con el significado de tratado.

Paso a paso la obra, a la vez que explica los términos nos va familiarizando con conceptos no muy conocidos en el mundo occidental, llegando al último capítulo que, tal y como se dijo al principio es interesante: “los límites de la obediencia de los gobernados para con el gobernante”. Comienza con una aleya coránica que los estudiosos musulmanes determinan como punto de partida para esta obediencia: “Obedeced a Dios, obedeced al Enviado y a aquellos de vosotros que tengan autoridad”.

Hemos visto anteriormente que al gobierno islámico no se le puede denominar déspota pues su autoridad está severamente controlada por la Ley y es el cumplimiento o no cumplimiento de esa Ley lo que dará autoridad moral al gobernante para solicitar la obediencia de sus súbditos, pues se entiende que éste accedía al cargo mediante “bay’a”, es decir, el reconocimiento colectivo al gobernante.

Tan sólo esta obediencia se verá suspendida si el gobernante no respeta la Ley apoyándose para ello en otra aleya coránica: “no obedezcáis las órdenes de los inmoderados, quien corrompen en la tierra y no la reforman”. Sin embargo y, a pesar de esto, hay ciertas restricciones al levantamiento de los súbditos en contra del gobierno, según explica Lewis, puesto que es preferible un mal gobierno a la anarquía y la sedición.
Como complemento a la explicación de la obediencia o no al gobernante, se habla en este capítulo también de “fitna”, que es la palabra utilizada para definir la división entre los musulmanes con respecto al gobierno, así se hace mención de la “gran fitna” que hubo entre los musulmanes después de la batalla de Siffin, que acabó con el asesinato del califa Utmán. La utilización de esta palabra se hace con una connotación negativa. La cara positiva de una rebelión, que también está prevista en las leyes, siempre y cuando sus consecuencias no sean peores que lo que trata de evitar, se denomina “tawra”.

Se puede decir que este capítulo, aunque no muy largo sí es muy denso, pues también explica la diferencia de la utilización de dos palabras para definir ley. Se utiliza la palabra “shari’a” para denominar la Ley de Dios, ley que el hombre no puede cambiar, limitándose el gobernante a aplicarla sabiamente. Sin embargo el gobierno emite leyes que pueden ser derogadas o cambiadas, para este tipo de leyes se utiliza la palabra “kanun” que, por extensión, pasó también a denominar a la constitución otomana (ley gubernamental). En la actualidad la palabra que es utilizada por los gobiernos musulmanes para denominar la “constitución” es “dustur”.

Con este libro Lewis hace todo un estudio de erudición lingüística al definir una gran número de palabras –además de situarlas en su contexto histórico- básicas para poder comprender los textos políticos musulmanes. Para Bernard Lewis el que occidente comprenda este lenguaje es fundamental, para comprender ya que en un mundo –el islámico- en el que la oratoria es el arte por antonomasia, donde cada una de las palabras puede ser analizada en busca de signos de debilidad o seguridad, y sin este conocimiento occidente podría encontrarse perdido en sus relaciones con el islam.

El autor está diplomado en estudios semíticos en París y doctorado en la University of London, impartió clases en Princeton y es profesor emérito de la cátedra Cleveland de Princeton. Es el decano de los estudiosos de Oriente Medio.

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