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El Nuevo Paradigma: La eclosión de las haqaiq

11/03/2006 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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percepción visual
Percepción visual

En toda revolución se agitan las aguas, se remueven los cimientos de la visión, los linderos de nuestra interpretación del mundo. Los viejos fotogramas de la historia se resquebrajan como la tierra muerta, cuarteados por el tiempo y el uso, mientras que, por las grietas, van manando los destellos de una nueva visión, las haqaiq que anuncian los rasgos incipientes de una nueva conciencia y de un nuevo paradigma. 

Para la metafísica islámica, las haqaiq son esos destellos iluminadores, esas ráfagas de la Verdad que eclosionan en el ser humano a la par que sus percepciones sensoriales. Son los atisbos de sentido y de realidad en medio de la confusión y de la pérdida de referencias que conlleva toda revolución, son las luces de la razón y de la comprensión surgiendo en la tiniebla de la inconsciencia y la irracionalidad. Haqaiq proviene de Haqq, Verdad, Realidad, que es uno de los más bellos nombres de Dios. 

Entrevemos la Verdad, la Realidad, cuando nos abrimos a la Revelación, al sentido profundo y trascendente contenido en las ayat del Corán::
 
“Y di: ‘¡Ahora ha llegado la verdad y la falsedad se ha desvanecido: pues, ciertamente, la falsedad está abocada a desvanecerse!’.” (17-81) 

Cuando intuimos aquello que la Realidad nos está enseñando, cuando comprendemos la naturaleza de nuestra condición y de nuestra existencia, cuando comprobamos una vez y otra que todo se desvanece excepto la Realidad, llegamos a saber que la Realidad es aquello que perdura, aquello que nos trasciende y sobrevive, lo que nos enseña y constituye. Es la Realidad la que construye el tiempo que nos devora y la que hace que nos sintamos existentes, vivos y actuantes, la que siembra en todos los rincones la conciencia de sí, la que Se refleja en múltiples espejos, lenguajes y colores. 

La visión humana es transitoria. Durante un tiempo nuestros ojos se acostumbran a la luz, más tarde se hacen sensibles a la sombra. Unas veces se saturan de imágenes de violencia y de guerra y otras se complacen en la paz y en la belleza del agua. Ojos hechos para reflejarlo todo, el fuego y el mar, los colores indefinibles y las líneas que delimitan los espacios entre los seres. 

Vemos el mundo como un inmenso campo de batalla donde se resuelven los conflictos humanos en medio del sufrimiento y de la sinrazón. Presentimos, tal vez, intenciones oscuras en quienes definen a los otros y ejercen sobre ellos las más terribles formas de dominación y exterminio. Nos acostumbramos de tal manera al miedo que acabamos siendo inconscientes de él. El miedo llega a formar parte de nuestra estructura muscular, de nuestras palabras, de nuestras miradas sin que nos demos cuenta de ello, hasta que nos paraliza y nos hace enmudecer. Nuestra mente pragmática se acostumbra fácilmente a lo malo cuando teme intensamente lo peor. Y cuando nos deprimimos nos consolamos pensando que esa tristeza no es más que un pesimismo lógico, consecuente a una visión sensata y realista. Estamos perdidos, confundidos. Los seres humanos no tenemos solución. Somos así. La guerra, la destrucción y la injusticia son, según este viejo y pragmático paradigma, inherentes a nuestra condición. 

Pero esa visión, aunque disfrute del favor de la inercia, del peso de lo larga y trabajosamente constituido, desaparece ante los destellos de nuevos puntos de vista, de marcos inéditos de lectura y comprensión, de nuevas miradas que poco a poco van ocupando las inmediaciones de esa Realidad que siempre las trasciende. 

Los arrogantes, aquellos que creyeron por un momento en su permanencia y eternidad, se ven inevitablemente abocados a retroceder, reculando como cangrejos arrepentidos entre los embates de las olas del mar. La visión del choque inevitable de civilizaciones se rompe ante las evidencias del diálogo, cuando se encienden algunas luces inéditas en el paisaje geopolítico. 

Francis Fukuyama se arrepiente públicamente de su contribución a la creación del paradigma del miedo y de la muerte. China publica el registro de violación de los derechos humanos de Estados Unidos, precisamente cuando los neocon empiezan a hacer sus aguas mayores en el contexto internacional y las menores en los tribunales de justicia domésticos. ¿Irán hacia delante en una decisión suicida y apocalíptica o cederán ante la evidencia de unos hechos que les resultan tan desfavorables, que les señalan como responsables últimos del desastre contemporáneo? En ese estado de cosas, el ex Aznar propone como actitud, ante la deriva de los acontecimientos, que “debemos prepararnos para lo peor”. Así el viejo pensamiento desvela sus más oscuras e inconfesables intenciones. Yo, humildemente, creo que debemos y necesitamos prepararnos para lo bueno, para lo mejor, dar cabida dentro de nosotros a las mejores ideas, a las más positivas, como estrategia de supervivencia. 

Como referencia del nuevo paradigma, como prueba de su naturaleza revolucionaria, la sociedad civil recobra el uso del discurso a través de las nuevas herramientas de comunicación, sobre todo de Internet, un ámbito que, en cierta manera, restablece el diálogo social roto con la ideología del nuevo orden, y equilibra el uso artero y comercial de los grandes medios de masas. Es en la sociedad civil donde se gestan y maduran las grandes ideas, las grandes soluciones, porque es en el lenguaje donde residen en última instancia los fundamentos de toda visión. Y el lenguaje se construye en el habla, en el diálogo y en la expresión. 

La sociedad civil se internacionaliza apresuradamente a la par que las redes telemáticas, y se perfila como la verdadera protagonista del cambio de paradigma al que estamos asistiendo. Una sociedad civil global que, tanto por el proceso sociocultural inherente a la globalización económica como por las características del medio digital que la está articulando, habrá de ser inevitablemente abierta, diversa y unitaria al mismo tiempo. Diversa en cuanto que integra la diversidad lingüística, étnica, cultural y religiosa que hoy existe en forma dispersa y encontrada. Unitaria en cuanto que los problemas y asuntos son cada vez más comunes y globales y, consecuentemente, las soluciones también habrán de serlo.
 
Las nuevas tecnologías sirven muy bien al desarrollo de esas cualidades que se perfilan como requisitos indispensables. Este unitarismo tecnológico tiene sus propios procedimientos que resultan ser abiertos, mucho más abiertos que los canales tradicionales. En ellos la diversidad se preserva de manera natural dada la soberanía individual que implica el hecho de disponer de una herramienta personal que puede conectarte con seres humanos de cualquier lugar y condición de la aldea global. 

Por ello, eso que se perfila en el horizonte como nuevo paradigma no podrá basarse en el relativismo ni en las relaciones jerárquicas tradicionales, sino que habrá de aplicarse a la construcción de un marco universal, abierto, horizontal y global de referencias que contemple todas y cada una de las visiones que hoy conviven malamente en un mundo en profunda crisis de identidad. Un marco común que considere esas visiones como patrimonio de la humanidad, como memoria y también como corolario de un largo y duro período de aprendizaje. Pero, sobre todo, como garantía de supervivencia y racionalidad.

El nuevo paradigma requiere de la adopción de criterios operativos y actuantes. ¿De dónde surgirán? ¿De las filosofías, de las escuelas de pensamiento, de las tradiciones religiosas o de los laboratorios de marketing? Probablemente de la necesidad imperiosa de hacer frente a los graves problemas que una determinada forma de vivir ha ocasionado al conjunto de los pueblos y culturas que hoy forman la humanidad global. 

El cambio de actitudes se perfila con claridad. Desde la intransigencia y arrogancia hacia la vulnerabilidad y la apertura. Desde la desconfianza ‘realista’ al interés sincero y humano por el otro, desde la ignorancia al conocimiento, al intercambio. Las haqaiq son precisamente esto, las eclosiones de esa nueva luz, siempre renovada, de ese acercamiento a la Realidad, esa adquisición de sentido y finalidad que falta siempre que nos servimos de un pensamiento y de una visión agotados. En este caso, las haqaiq afectan a la conciencia humana en su conjunto. Son sacudidas, destellos, inspiraciones, ideas. 

El mundo se ilumina de nuevo cuando hay unos ojos capaces de percibirlo así, cuando una masa crítica de miradas sostienen el diálogo de una nueva visión que, a su vez, sustenta siempre a una sociedad, a unos pueblos, una nueva edad que tendrá, como todas, nacimiento, esplendor y muerte. Las haqaiq nos indican esos destellos, como heraldos de un otro tiempo y una otra edad del ser humano sobre la tierra. 

Nuevos tiempos, nuevas formas, nuevas ideas. Aunque muchas veces aquello que sentimos como nuevo e inédito no sea sino el redescubrimiento de lo que permanece, es decir, de lo eterno y ancestral. En las lindes de la metafísica nos encontramos hoy cultivando y proponiendo una filosofía de la vida que tiene en cuenta aquello que nos enseña la Realidad. No elaborando un discurso sin conexión con el lenguaje que fluye, con la Revelación, ni desconectado de los acontecimientos y de las criaturas, sino tratando de esclarecer y compartir mediante el lenguaje una visión unificada e integradora, lectora y transmisora de todas esas señales, racional, sensible e imaginativa. 

Lo que muere a esta vida, aquello que desaparece del paisaje terrestre ya no puede revelarnos su secreto más que mediante las palabras, a través de la memoria, del recuerdo compartido y vivido. Ha agotado su plazo. Bueno es que asumamos que los tiempos, los pensamientos y los horizontes surgen siempre de una manera inédita, constantemente nueva y distinta, pero también que persisten en nuestra visión como huellas o ecos de nuestro acontecer en el mundo. Somos así, en última instancia, responsables de nuestra visión, de nuestro recuerdo, de cada uno de sus rasgos y signos. Somos responsables de nuestros actos y por ello lo somos también de nuestra imaginación, así que nos vemos abocados a cultivar tanto el sueño de la razón como la vigilia de la intuición. Hemos de ser capaces de asumirnos completos. Ese es, desde mi humilde punto de vista, uno de los retos esenciales y más difíciles del nuevo paradigma


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