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¿Así que esto era la liberación de la mujer?

07/03/2006 - Autor: A. Alfageme, M. C. Belaza, I. de la Fuente y C. Nogueira - Fuente: El País
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Gloria, inmigrante ecuatoriana, empleada de uan contrata de limpieza. (Ricardo Gutierrez)
Gloria, inmigrante ecuatoriana, empleada de uan contrata de limpieza. (Ricardo Gutierrez)

España está por debajo de la media de la UE en casi todos los indicadores laborales femeninos y en el riesgo de pobreza. Cuatro de cada cinco contratos a tiempo parcial son de mujeres. La dificultad para conciliar la vida laboral y familiar forzó en 2004 a abandonar su trabajo a 379.500 mujeres, frente a tan sólo 14.500 hombres.

La alta ejecutiva, a punto de tomar un avión, se sorprendió al oírse diciéndole a su madre:

-Ahora no te puedes poner mala, porque tengo que firmar un contrato en Bruselas.

La ejecutiva tiene hermanos varones, pero organizó (y luego supervisó, angustiada, a través del móvil) un sistema de tres turnos para cuidar a su madre.

Este episodio lo relata la secretaria de Igualdad, Soledad Murillo. Es altamente ilustrativo, dice, de la situación de las mujeres que trabajan (un 41,50% de todas, 12 puntos más que en 1998) y tienen hijos o familiares a su cargo. Habla de la tensión culpable de tener que cumplir al 100% en el trabajo, en casa, con los hijos, los padres o las parejas. De obligarse a ser supermujeres. Y de no llegar bien a nada.

Las mujeres en España: 22 millones, más de la mitad (50,6%) de la población. Las europeas que viven más y llegan a la vejez en mejores condiciones de toda la Unión Europea, por detrás de las italianas. Están en el grupo de cabeza en representación política -con un 36% de diputadas, por ejemplo, o con un Gobierno paritario-, según un estudio de la Comisión Europea difundido hace unos días. Tenemos más militares mujeres que el resto de la UE (un 13,5%). "Y las familias han invertido en la formación de sus hijas, su rendimiento académico es excelente", dice Murillo. Ésas son algunas de las buenas noticias.

Las malas noticias abundan, siguiendo las pautas del informe europeo. España está por debajo de la media de la UE en casi todos los indicadores laborales femeninos, y también en el de riesgo de pobreza. Además, los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística son elocuentes: cuatro de cada cinco contratos a tiempo parcial están a nombre de una mujer. Ellos ganan más que ellas. Tanto como un 40% más. Sólo uno de cada tres altos cargos públicos es mujer. En los consejos de administración de las empresas del Ibex 35 hay un 3% de mujeres.

"Existe una resistencia de los hombres a compartir el poder económico y decisorio", proclama Murillo, una de las artífices del anteproyecto de Ley de Igualdad aprobado el viernes por el Consejo de Ministros, y que incluye la obligatoriedad de que haya planes de igualdad en las grandes empresas, "y hay que exigir que se cuente con el talento de la mayoría de la población".

En un país en el que faltan guarderías (sólo el 25% de la población está cubierta) y en el que casi la mitad de los empresarios cree que las responsabilidades familiares limitan el rendimiento laboral de las mujeres, un obstáculo importante es la ardua conciliación entre la vida familiar y laboral, algo que hizo abandonar su trabajo a 379.500 mujeres en 2004, frente a 14.500 hombres que dejaron el empleo por el mismo motivo. Algo falla. "La conciliación", dice la secretaria de Igualdad, "es una metáfora que enmascara la tensión en la que viven las mujeres que trabajan y tienen familiares a su cargo. Yo sólo creo en la corresponsabilidad".

Murillo hizo un experimento en un reciente congreso para que su auditorio entendiera lo que es la corresponsabilidad: "Pedí a los asistentes que me prestaran 10 agendas, cinco de hombres y cinco de mujeres. Las de los hombres tenían citas de trabajo, y alguna anotación aislada en fin de semana tipo comida en casa de. En las agendas de ellas, además de las notas laborales, había cosas como fiesta de cumpleaños de mi hijo Fulano o hablar con Mengano, que le veo decaído. Después de ver esas diferencias, todos captaron lo que es corresponsabilidad".

Desde una viuda de 79 años hasta una estudiante de 21, de una ejecutiva a una limpiadora, nueve mujeres comparten aquí sus reflexiones sobre la igualdad.

El motor de la casa
María del Mar Novillo
(38 años. Dos hijos)
Ejecutiva

El miércoles pasado, a María del Mar Novillo, una psicóloga de 38 años con un cargo ejecutivo en una empresa de trabajo temporal, le falló su asistenta, que está en casa todo el día. Tuvo que levantarse a las seis de la mañana, vestir y dar de desayunar a sus dos hijos, llevarlos al colegio y recoger la casa. Eso antes de enfrentarse a 45 minutos de trayecto hasta su trabajo en un Madrid congestionado, destinar ocho horas a éste, y después salir corriendo a impartir clase en un máster. Su jornada concluyó cerca de las once de la noche, con los niños, de tres y cinco años, ya en la cama. Esta vez los había acostado su marido.

"No lo llevamos mal, porque lo tengo bien organizado. El problema viene cuando un niño se pone malo, que es muy frecuente, o la asistenta no puede venir", reflexiona María del Mar. Y con la soledad ante las complicaciones llegan los reproches a su marido, un economista que trabaja en banca. "Y cuando te quejas, reaccionan, pero resulta que el trabajo le ocupa a él el 90% de su tiempo, y yo tengo que tener espacio en la cabeza para los asuntos familiares".

Es la responsable de selección de personal en una empresa con 100 empleados. "Laboralmente estoy donde quiero estar", dice, aprovechando la hora de la comida para conversar, "pero cuando pienso en la vida familiar me digo que qué tomadura de pelo es ésta. Y no estoy preparada para ser sólo ama de casa como mi madre".

"Las mujeres hemos ganado en independencia económica y en desarrollo profesional y hemos perdido el compartir tiempo con los hijos. Salgo de casa antes que ellos, no los llevo al colegio, y sí, los acuesto. En realidad soy una madre de fin de semana". Y un ama de casa de fin de semana, también. Sábados y domingos, comidas, cenas, baños y limpieza corren a cargo de ella. El padre comparte con los pequeños ocio y juegos.

Hacer la colada es labor de las mujeres en el 81% de las parejas, y cocinar, en tres de cada cuatro hogares, según una encuesta del CIS de 2005. "Nosotras tenemos la responsabilidad. Ellos ayudan", concluye la ejecutiva. "Eso se notó cuando me falló la asistenta. El motor de la casa soy yo, yo soy quien organiza y planifica".

Madre joven busca trabajo
Sonia Pérez 
(33 años. Dos hijos)
Diplomada en Mercadotecnia y Publicidad

Sonia Pérez busca trabajo, aunque ella dice que está obligada con uno al que se dedica sin horario, siete días a la semana, las 24 horas del día, y que consiste en ser, accidentalmente, ama de casa y madre de dos hijos. Sabe que encontrar el empleo al que aspira le resultará difícil, no sólo porque tiene un niño de dos años y medio y una niña de dos meses. También porque persigue un trabajo con contrato fijo y del que pueda salir a las cinco de la tarde, como cuando vivía en Inglaterra. "Allí todo el mundo pliega a esa hora, el cambio de horarios es algo que habría que exigir", protesta Sonia. 

Ella es una más del creciente pelotón de españolas -seis de cada 10 madres- que se enfrenta a tener hijos después de los 30. Hoy, su día a día se encierra en un horizonte de pañales, biberones, coladas e idas y venidas a la guardería para llevar a su hijo mayor. Una guardería, por supuesto, privada, porque en el barrio madrileño donde vive, de nueva creación, sólo hay dos centros públicos. La guardería le cuesta prácticamente todo el sueldo que gana en su trabajo de 60 días al año como dependienta en unos grandes almacenes, un empleo que aceptó para poder tener a su primer hijo. 

"Y yo, encima, me siento una privilegiada, porque cuando me toca trabajar, mi marido se encarga de cuidar a los niños. Tengo amigas cuyas parejas no hacen nada, todo lo más pagar a alguien".¿Qué haría para mejorar situaciones como la suya? "Cambio de horarios en los trabajos, construir más centros infantiles y obligar a las empresas a que monten guarderías. Y por ley, que es una vergüenza". Enfatiza mucho, pero concede: "Nuestras madres se resignaban. Nosotras, no; yo conozco gente que se ha separado porque su pareja no comparte las tareas familiares".

Sí, Sonia busca trabajo. Sabe que lo tiene mal: "Si hay cuatro candidatos y tú eres mujer y tienes hijos pequeños, nunca te lo dirán, pero contratarán a cualquiera de los otros aspirantes".

La eterna estudiante
Inmaculada Giménez (28 años)
Psicóloga y mileurista

Inma, aparentemente, ha crecido creyendo en la igualdad. Con su hermano pequeño jugaba tanto al fútbol como a las casitas. Fue a la universidad en los noventa, cuando las mujeres habían ocupado las aulas masivamente y eran ya más que los hombres. Durante la carrera no notó diferencia alguna con sus compañeros. Al acabar se tuvo que enfrentar, como ellos, a un mundo laboral imposible, saturado de recién licenciados nacidos durante el baby boom. Y siguió estudiando.

Su formación es interminable: máster en psico-oncología, estudios de doctorado, beca Erasmus en Francia y voluntaria en todo tipo de asociaciones y hospitales. Muchas prácticas sin cobrar para conseguir experiencia profesional y romper el círculo vicioso del "si no has trabajado, no te contratamos". Viguesa de nacimiento, se trasladó a Madrid hace cinco años para hacer el posgrado que le podría permitir dedicarse a su vocación: ayudar a los enfermos de cáncer. Mientras tanto, para comer y pagar el alquiler de su piso, compartido, "trabajaba en mil cosas", desde hacer inventarios en grandes almacenes hasta explicar el apurado perfecto que dejaban las maquinillas de afeitar de una determinada marca.

Cuando terminó el máster empezaron los contratos basura. Y eso cuando lo había. En una clínica estuvo cobrando en negro durante casi año y medio. Cuatrocientos euros por media jornada. "Todavía pienso sobre si era humillante o no, pero necesitaba el dinero y me gustaba lo que hacía". Al menos trabajaba como psicóloga. Empezó a sentir que no era tan igual a los hombres. Está convencida de que a ellos se les considera "más profesionales" y que consiguen antes puestos de responsabilidad. "Una vez, el familiar de un paciente del hospital me dijo, como si fuera una niña, toma, te doy un caramelito. Eso jamás se lo habría hecho a un hombre, por joven que fuera". Acabó cortándose el pelo y pintándose para parecer mayor y ganar respeto.

Hasta hace un mes, nunca ha cobrado más de 1.000 euros. "Yo quería ser mayor, comprarme un piso y dejar de sentirme estudiante, pero no había manera". Los hijos, por supuesto, ni se le han pasado por la cabeza, a pesar de que tiene novio desde hace ocho años. "Para eso hay que tener estabilidad económica". Hace un mes dejó su trabajo en la clínica. Le ofrecieron un contrato fijo en una revista para adolescentes, como redactora y encargada del consultorio psicológico. Y aceptó dejar su profesión. "La gente a veces me mira como pensando qué pena, dónde has terminado. Pero se equivocan. Tengo un trabajo de nueve a cinco y derechos laborales que no había visto antes de ni de lejos. Estoy recuperando amigos que hacía un año que no veía. Es el momento más feliz de mi vida". A los 28 años ha empezado a sentirse adulta.

En la élite académica
Carmen Sanz (44 años)
Real Academia de la Historia

Acaba de ingresar en la Real Academia de la Historia. Será la tercera mujer en esta institución de 36 miembros en la que hasta ahora sólo había dos académicas."Historia. Historia. Historia". La joven Carmen pidió cursar esta carrera en todas las opciones en la Universidad. Sanz ha llegado en plena juventud a una Academia acostumbrada a recibir a sus miembros "a la edad de los honores". ¿Será el comienzo del cambio? La historiadora achaca su elección "a haber demostrado", dice, "que tengo ganas de trabajar". Sus publicaciones son numerosas, pero aún no ha logrado ganar las oposiciones a cátedra.

Tiene dos hijos, de 16 y 10 años, está casada con un químico y confiesa que su tiempo libre es escaso. "Pero tengo un marido estupendo: no es de los que ayudan, sino de los que comparten", aclara. Sanz reconoce que cruzan sus agendas cada semana "para ver quién tiene mejor las cosas y quién se encarga de determinadas tareas. Hay cosas en la casa que no puede hacerlas la asistenta", explica. "En mi pareja se nota ya el cambio generacional y de roles", reflexiona. Recuerda que en las carreras de humanidades, y en investigación, las mujeres representan el 30%, "pero la producción es del 40%, así que trabajamos mucho. En las cátedras, sin embargo, el desequilibrio entre hombres y mujeres es aún brutal", añade.

Fregar a todas horas
Gloria Carrión (42 años. Ecuatoriana)
Limpiadora

Trabaja por horas y vive en un piso que se ha comprado en Parla (Madrid), con sus dos hijos y la novia del mayor. Alquila la habitación principal de su casa y limpia en tres peluquerías y un restaurante. Empieza a las siete de la mañana y termina a las doce de la noche. Gana 1.075 euros. Pero está contenta. "Yo lo que quiero es hacer muchas cosas y poder mandar dinero a mi país. No me cuesta trabajar. Siempre lo he hecho". Es una de los 3.730.610 extranjeros que hay en España, el 8,5% de la población. Prácticamente la mitad (el 46,6%) son mujeres, y la ecuatoriana es la segunda comunidad más numerosa, después de la marroquí.

Gloria llegó en 2001 a Madrid sola. Su compañero y sus cuatro hijos, de entre 17 y 4 años entonces, se quedaron en su pueblo natal, en la costa de Ecuador. "Dejarlos es lo que más me ha costado en la vida", relata nerviosa, "pero me tuve que ir, había noches que acostaba a los niños sabiendo que no tenía qué darles para desayunar". Allí, como mucho, ganaba 100 dólares (83 euros) al mes por jornadas de 10 horas lavando y planchando en casas de ricos. "Cuando mis hijos se enfermaban, no podía llevarlos al médico ni comprar medicinas. Las cosas están muy mal, por eso venimos todos para acá". Cuando se le pregunta por la igualdad de las mujeres, pone cara de perplejidad.

Su primer trabajo en España fue como interna. Cobraba 70.000 pesetas (420 euros) al mes. "El primer cobro lo mandé entero a casa para mis hijos". Gloria consiguió después otro trabajocon una anciana enferma de Alzheimer. "Me ayudaron muchísimo", asegura. A obtener los permisos de trabajo y residencia y a ir trayendo a su familia. "Sin ellos no habría aguantado; lloraba todas las noches". Su hija pequeña va al colegio y el de 20 años acaba de encontrar un trabajo repartiendo periódicos. Los otros dos siguen en Ecuador. Ella sigue mandando dinero a su país todos los meses.

Educada en la igualdad
Almudena Díaz (21 años)
Estudiante

Educación igualitaria en casa y sorpresas fuera de ella. Almudena Díaz Arce, la pequeña de los tres hijos de una pareja de clase media, nunca ha sentido el peso de la discriminación sobre su espalda, pero sí lo ha visto de costado. "En la Universidad, ningún chico presume de ser machista, aunque fuera sí lo he visto. Tengo amigas cuyos novios les dicen no te pongas esa minifalda y ellas obedecen. A alguna, el chico le ha levantado la mano", relata. "Lo que peor llevo es ver que se pisotee la dignidad de las mujeres", añade.

De lunes a viernes, Almudena estudia periodismo y comunicación audiovisual en la Universidad Carlos III de Madrid. Los fines de semana se convierte en dependienta de un hipermercado donde los cajeros tienen que ser mujeres, algo que a ella le parece "absurdo". Cuando pone rumbo a la discoteca se encuentra con otra cosa "lamentable": "Antes de las dos de la mañana, las chicas entramos gratis. Es para que sirvamos de gancho al ganado masculino. Me parece patético. Prefiero pagar mi entrada en lugar de sentime como un cebo".

Esta universitaria tiene un referente en su madre, ama de casa y a través de la que mide el avance de las españolas en las últimas décadas. "Me dice que aproveche la suerte que tengo de poder estudiar, cosa que ella no pudo hacer. Me recuerda que tengo que tener autonomía económica para no depender de un hombre". Y ése es su objetivo, que sueña con trabajar en un periódico o en el cine y también con tener hijos. "Supongo que con uno iré bien servida, porque veo muy difícil conciliar trabajo y familia. Me gustaría tenerlo aunque fuera sin pareja porque en mi generación cada vez creemos menos en el amor eterno", afirma.


Lo que no pudo ser
Pilar Martínez Ten (49 años)
Ginecóloga

"Todas las profesionales de mi generación hemos renunciado a muchas cosas relacionadas con los hijos, la pareja y los amigos", reconoce la ginecóloga Pilar Martínez Ten. Mientras escribía su tesis, sobre cáncer de endometrio, sus dos hijos, ahora con 17 y 22 años, tenían dos y siete. Años volcánicos en los que la plena dedicación a la familia y a la profesión rompían sus fuerzas. "En esa época tenía un compañero al que su mujer le pasaba la tesis al ordenador, cuando regresaba del hospital le esperaba con las zapatillas y un refresco y acostaba a los niños para que no le molestaran. Yo tecleaba con una mano mientras pensaba en la lista de la compra y le cantaba canciones a mi hija". Otro mundo.

Leyó la tesis en 1990. En esos años simultaneó la práctica en un hospital público con la docencia. Pero en 2000 ocurrió algo que le abrió los ojos: "Se quedó vacante una plaza de profesor titular a la que por currículo podía acceder y me hicieron ver que estaba destinada a un varón, un profesional que no tenía mejor perfil que yo". A la sensación de impotencia ante esta ley no escrita se unieron "multitud de dificultades cotidianas para desempeñar funciones con mayor capacidad de decisión", añade, y se pasó a la práctica privada: con otra socia ahora dirige la clínica Delta, en Madrid.

"Te pille cuando te pille la maternidad, si te apartas de la profesión, pierdes el tren. La sociedad tendría que comprender que los hijos son un bien de todos y asumir el coste que supone su crianza. Cuando eran pequeños y tenía que hacer guardias, estaba siempre con mil cosas en la cabeza y con la eterna sensación de ser una mala madre. Nunca me he sentido una superwoman".

Martínez Ten admite que la presencia de mujeres en ginecología es imparable. Es casi una revolución. "Cuando conseguí mi plaza de adjunta en el hospital, en 1986, en mi área había 57 especialistas, y sólo dos éramos mujeres. Ahora, el 80% de los residentes son mujeres y el 50% de los adjuntos. No están en los órganos de poder, que siguen en manos de los hombres en una proporción alarmante. Por poner un ejemplo, jefas de servicio en obstetricia y ginecología en toda España no hay más que siete; profesoras titulares de esta especialidad, tres. Y en la Sociedad Española de Obstetricia y Ginecología sólo es la secretaria".

La abogada que no fue
Natividad Loranca (79 años. Ama de casa, viuda, 5 hijos, 12 nietos y 2 bisnietos)

A la señora Nati la conoce el barrio entero, entre otras cosas porque saluda a todo el mundo y porque durante 14 años leyó la epístola en misa de doce. Es mayor, viuda y vive sola. Sus ingresos no superan el salario mínimo, que es de 512 euros. Las españolas mayores son las más pobres de la Unión Europea, sólo por detrás de las italianas. Ella cobra 466 euros -"y 95 céntimos", apostilla, con su memoria prodigiosa- al mes, la pensión de viudedad de su marido, que murió hace 22 años. Y se apaña. Dice que la ropa de mujer no se gasta y que su hija Rosita siempre está al quite.

En su piso sin ascensor, en el populoso barrio de Ciudad Lineal de Madrid, hay una fotografía suya con 18 años: una mujer de sonrisa rotunda, ya ducha en corte y confección, que era lo que se estilaba. "Mira, mira, entonces sí que era guapa", dice. Por entonces vivía en Atienza, un pueblo de Guadalajara que también tiene retratado en la pared. Un pueblo en el que todo el mundo sabía quién era el vecino que pegaba a su mujer cuando bebía. "Entonces la gente lo aguantaba", dice la señora Nati pegada a su estufa, "los hombres eran muy dominantes. Bueno, lo siguen siendo".

Después se casó con un ganadero, con el que tuvo cinco hijos. Él se levantaba a las seis de la mañana y tardaba días en regresar. Ella ordeñaba las vacas, cuidaba de los hijos y cocinaba para todos, incluidos los segadores y los pastores. Apenas comía, y no paraba de limpiar aquella inmensa casa de 11 habitaciones que ahora extraña.

Hace 36 años vendieron todo y se vinieron a Madrid. La suerte no les acompañó. "Me habría gustado trabajar, tener mi dinero, en eso creo que las mujeres han ganado. Yo he trabajado mucho y he sufrido mucho en la vida". Ahora parece preocuparle no poder leer, por la vista, ni hacer ganchillo. Aparece el colesterol, la tensión y una dolencia cardiaca. Hasta ahora estaba sana. Las mayores españolas son, tras las italianas, las que tienen mejor salud de la UE.

El otro día, en el hogar del pensionista, la señora Nati detalló los matrimonios de Pedro El Cruel a una mujer que estaba haciendo un estudio. "Con la memoria que tengo, podría haber sido abogada. Sí, me habría gustado".

Una teniente en Bosnia
Victoria Chisbert (28 años)
Militar

La teniente de infantería Victoria Chisbert manda una sección de una compañía de fusiles, 30 soldados, en Bosnia. Forma parte de ese 13,5% de mujeres integradas en las Fuerzas Armadas españolas, las más feminizadas de Europa. Licenciada en Periodismo antes de vestir la guerrera y portar un arma, Chisbert se considera tratada como "uno más", una sensación que nunca tuvo en su etapa anterior como informadora deportiva.

Destinada en la Comandancia de Baleares y ahora en la misión internacional de paz ATHEA, descartó ser militar de carrera de la escala superior por haber estudiado letras. Alcanzó su meta castrense cuando se convocó una oposición que le ha abierto la puerta a un contrato renovable. "La presencia de mujeres se ha normalizado en el Ejército. Aquí nadie te mira diferente por ser hombre o mujer. Ni nos discriminan, y nosotras nos sentimos útiles. Hacemos nuestro trabajo como los demás", explica por teléfono desde Mostar.

Chisbert, soltera, cree que su profesión es compatible con tener una familia. "En el mundo de la empresa no se facilita la conciliación, pero en el Ejército sí y aquí cobra lo mismo un teniente que una teniente", apunta la militar valenciana. 

Este reportaje ha sido elaborado por Ana Alfageme, Mónica C. Belaza, Inmaculada de la Fuente y Charo Nogueira.

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