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Mezquita-Catedral de Córdoba: un espacio para el encuentro

Sería la mejor prueba del papel que puede y debe jugar la espiritualidad en el entendimiento de los pueblos y las civilizaciones

02/03/2006 - Autor: Redacción Webislam - Fuente: Webislam
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Mezquita-Catedral de Córdoba
Mezquita-Catedral de Córdoba

La mezquita-catedral de Córdoba es, sin duda alguna, un lugar agraciado por la historia espiritual y civilizacional. Un espacio de adoración que, según la tradición recogida por Al Razi, comenzó con un templo erigido por el profeta y califa de Dios Salomón, la paz sea con él, para que allí se adorara a Dios Altísimo, un templo que con los siglos se fue tornando en iglesia a medida que el mensaje de Jesús, la paz sea con él, se difundía en la bética romana, y que acabó siendo mezquita cuando el Qurán transmitido por Muhámmad, la paz sea con él, llegó a la hispania visigoda y los cristianos unitarios se reconocieron musulmanes. De la época del esplendor y fin de los omeyas cordobeses data también la consecución de este espacio único que fue un manantial de conocimiento y espiritualidad. 

La mezquita aljama de Córdoba fue madrasa donde enseñaron maestros de todas las escuelas: El judío Maimónides, el papa Silvestre, Averroes y una lista inacabable de místicos, expertos jurídicos, y hombres y mujeres que en ese espacio bendecido han adorado al Dios Uno y Único. 

Con la desaparición de Al-Andalus y la derrota de los hispano musulmanes, la zona central de la mezquita de Córdoba es vaciada y en su lugar se erige una catedral católica romana en tiempos del rey y emperador Carlos I. Desde ese momento, hace ya cinco siglos, se mantiene el culto católico, afectando dicha situación a todo el conjunto del edificio, incluido el mihrab y la maxura de la mezquita. 

Se ha dicho en muchas ocasiones que la construcción de la catedral, en el centro del edificio de la mezquita, a pesar de constituir una herejía arquitectónica, ha preservado hasta nuestro tiempo la mayor parte del edificio original. Es verdad. No se destruyeron la gran obra de arte, ni el bosque de columnas, ni el mihrab. 

En nuestro tiempo, la ciudad de Córdoba, su ciudadanía, muchos dirigentes políticos de diferentes ideologías y tendencias, y gentes de todas las confesiones religiosas, conscientes del valor cultural y patrimonial del monumento, están expresando su deseo de ofrecer al mundo esta obra arquitectónica como símbolo de la universalidad que la ciudad reclama hoy como seña positiva de identidad, como símbolo de la libertad de conciencia, de la pluralidad, como espacio abierto a todas las formas de pensamiento y adoración, lugar para el encuentro y la concordia. 

Existen muchos documentos que prueban el carácter multiconfesional y universal de este singular espacio donde convergieron las tradiciones de una amplia área cultural y espiritual. De hecho, su consideración como monumento patrimonio de la humanidad así lo confirma. Y dado su inmenso y desatacado valor, la apuesta ciudadana por la capitalidad cultural de la ciudad para el año 2016, la incluye necesariamente y en lugar central. 

Existe en amplios sectores de nuestra sociedad el convencimiento de que incrementar el patrimonio cultural no sólo consiste en poner en valor las ruinas para ofrecer los signos materiales de nuestra historia, sino que habrían de valorizarse al mismo tiempo las actitudes que hicieron posible esas expresiones de civilización y de cultura. 

Restablecer el carácter universal de la mezquita, hoy catedral, de Córdoba, implicaría necesariamente un diálogo entre las diferentes confesiones religiosas. Ese diálogo debería ir más allá de las posiciones doctrinales y centrarse en la cuestión fundamental del diálogo y el encuentro de las culturas, centrarse sobre todo en la realización de los fines de toda experiencia religiosa, asumir la responsabilidad espiritual que implica el reconocimiento del otro, el derecho a creer de una determinada manera al mismo tiempo que reconocer el derecho del otro a hacerlo. 

La apertura de un espacio de adoración multiconfesional, en este caso, la posibilidad de adorar al Dios Uno y Único en todas sus formas, sería una expresión clara del ideal que late tras unas doctrinas que aparecen a veces como contradictorias o contrarias y que en realidad no lo son si atendemos a sus fines y objetivos, que no son otros que la mejora de la condición humana y su elevación a una dimensión trascendente. Abrir este espacio de adoración universal sería una prueba de que la espiritualidad aún está viva y de que las diferentes tradiciones religiosas juegan un papel central en este tiempo de cambios profundos donde parecen naufragar todas las visiones del mundo, todas las formas históricas de vivir la creencia o la no creencia, todos los modelos de ser humano y de sociedad. 

Quizás la necesidad venga impuesta por el hecho de que vivimos en un mundo que camina hacia una globalización inevitable de una forma tan acelerada y radical, que los seres humanos que habitamos este mundo nos hallamos claramente necesitados de sentido, de dirección, de criterio y valores, de vida espiritual y moral. En este mundo los creyentes, aquellos a quienes Dios ha regalado esa posibilidad de la conciencia, hemos de ser un ejemplo de sensatez, de despojamiento y de humildad ante ese poder inmenso que quiere hoy para nosotros este encuentro. 

No existe en nosotros, musulmanes españoles de hoy, ningún deseo de reivindicar tiempos pasados, ni nos mueve una visión romántica de una nueva época omeya en nuestra ciudad. No: más bien nos mueve la convicción de que abrir un espacio de encuentro interconfesional en este lugar y en este momento sería como abrir una puerta a la esperanza de toda la humanidad. 

También hemos de señalar nuestro pesar por la situación actual, porque como ciudadanos musulmanes de Córdoba sentimos una gran tristeza cuando asistimos a la escena de unos guardias de seguridad impidiendo rezar a los turistas musulmanes que, admirados ante el mihrab, no pueden dejar de sentir aquel espacio como un lugar de adoración del Dios Uno y Único. 

Este hecho entra en profunda contradicción con muchas declaraciones públicas de reconocimiento del islam como religión revelada y de los musulmanes como creyentes. La realidad que hoy se expresa desde este espacio de adoración contradice esos otros presupuestos. Porque en ningún momento nadie ha reivindicado nada que no fuera la posiblidad de adorar a Dios Uno y Único en ese lugar. No pedimos ni exclusividad ni cambio de denominación ni de titularidad, sino tan sólo el derecho a no ser agredidos por adorar a Dios. 



Este texto constituye la base de la exposición realizada por Mansur Escudero durante el encuentro Islamo-Cristiano, celebrado el 13 de Marzo de 2004, en la sede del Consejo Pontificio para el Diálogo Inter-religioso, en el Vaticano  




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