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El nuevo Marruecos

Ningún país árabe se ha atrevido a investigar su pasado y a modernizarse como ordena Mohamed VI, por lo que Europa debería ayudarle

02/03/2006 - Autor: Tahar ben Jelloun - Fuente: La Vanguardia
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Tahar Ben Jelloun
Tahar Ben Jelloun
La comisión Instancia, Equidad y Reconciliación elevó, el 30 de noviembre del año pasado, la conclusión de sus trabajos al rey Mohamed VI, quien había expresado su voluntad de que se analizara y estudiara el periodo negro de Marruecos a fin de que este país no sufra nunca más la violación de derechos humanos, práctica de la tortura y desapariciones. A tal periodo se le dio el nombre de los años de plomo. Fueron duros, efectivamente, y produjeron numerosas víctimas. La comisión, tras haber oído el testimonio de miles de personas sobre sus experiencias bajo el reinado de Hassan II, da la cifra oficial de 592 muertos entre 1956 y 1999 a raíz de los atentados contra los derechos humanos.

Según los activistas políticos, esta cifra sería muy inferior a la realidad. Otros consideran que los numerosos testimonios de los supervivientes y de las familias de los desaparecidos dan fe de que numerosas personas no murieron de muerte natural, aspecto que debe destacarse especialmente al referirse a los casos de personas encarceladas o detenidas en centros especiales de la policía política.

Qué importa el número... Ha habido injusticias, torturas atroces, encarcelamientos arbitrarios, violaciones constantes de derechos humanos; ha habido vidas rotas y trayectorias vitales trastornadas; en suma, Marruecos ha vivido un par de decenios en cuyo transcurso el régimen de Hassan II, viéndose desafiado en dos ocasiones (los dos golpes militares de 1971 y 1972), ha tratado a los ciudadanos de este país como personas privadas de derechos, sobre todo cuando pesaba sobre ellas la sospecha de estar en la oposición.

En el presidio de Tazmamart, en el sudeste de Marruecos, permaneció aherrojado y olvidado durante 18 años un grupo de soldados que intentaron dar un golpe de Estado el 10 de julio de 1971; más de la mitad murió en ese infierno. En chalets de Casablanca y Rabat se practicaron torturas. Hubo gente acusada de querer derrocar el régimen que desapareció. Todas estas cosas han dañado a Marruecos y a los marroquíes. Al final de su vida, Hassan II acabó por liberalizar su régimen. No obstante, las heridas de la injusticia siguen ahí, pintadas en los rostros, los cuerpos y las memorias.

El joven rey no se ha detenido en la mencionada liberalización y ha ordenado investigar la vergüenza para que los marroquíes sepan con precisión lo que sucedió y se preste el justo reconocimiento a los derechos de las víctimas de forma que sean debidamente indemnizadas.

La comisión Instancia, Equidad y Reconciliación ha examinado cuidadosamente los informes, escuchando a las víctimas. La radio y la televisión han transmitido en directo tales testimonios. Se han desarrollado debates en todo el país. Algunos han protestado porque los torturadores no han sido juzgados, no se les ha molestado y presumiblemente siguen ocupando sus cargos en los ministerios correspondientes. La comisión ha adoptado la decisión de no facilitar los nombres de los ejecutores ni perseguirlos. Marruecos lava su ropa sucia y no aspira a practicar la revancha ni la venganza. Al fin y al cabo, se juzga un sistema, no unas personas; una manera de gobernar, una forma de tener en cuenta al ciudadano y sus derechos.

Mohamed VI ha actuado con valentía y lucidez al ordenar las investigaciones antes de volver esta página de la historia de Marruecos. Ningún país árabe se ha atrevido a hacer lo que ha hecho él. Hay que decirlo y repetirlo. Mohamed VI está decidido a avanzar, a lograr que su país entre en una auténtica modernidad. Y lo hace mediante gestos como el que acabo de reseñar. Como, asimismo, mediante la revisión del estatuto del código personal (la mudawana) para que la mujer no sea considerada jurídicamente inferior al hombre. Lo hace a su ritmo, que no es el de los medios de comunicación occidentales, pero al menos trata de avanzar de forma diáfana y transparente.

No por ello el país deja de encarar problemas importantes; Marruecos no posee recursos mineros en abundancia, salvo fosfatos. Paga a alto precio la factura petrolífera, el automovilista marroquí paga el litro de gasolina como si tuviera el mismo poder adquisitivo que un europeo. Los problemas de la pobreza son sobradamente conocidos y el país no los niega: 30 millones de habitantes, 1,5 millón de parados, 5 millones de pobres. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, Marruecos ocupa el puesto 124 en un total de 177 países en función de su índice de desarrollo humano. A este panorama debe añadirse otra cifra que hiere y avergüenza: ¡13 millones de analfabetos! Este Marruecos ha entablado la batalla del desarrollo. Sabe que las fuerzas conservadoras (los islamistas) son más escuchadas que los partidos políticos tradicionales. El rey rechaza que en nombre del islam se creen partidos políticos. Sabe que este país es complejo, que el mundo rural ha invadido las ciudades, que hay que avanzar en todos los terrenos, incluido el de las instituciones; el país avanza lento pero seguro.

Europa debería cooperar más que nunca con este país, creando empleo mediante la inversión -la mejor herramienta para detener el flujo de la emigración clandestina- e impulsando a Marruecos por la senda de una mayor democracia y modernidad. 

TAHAR BEN JELLOUN, escritor. Premio Goncourt 1987
Traducción: José María Puig de la Bellacas
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