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Chistes de moros

18/02/2006 - Autor: Enrique Gil Calvo - Fuente: El País
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Enrique Gil Calvo
Enrique Gil Calvo
La publicación en la prensa europea de unos simples dibujos burlescos sobre el Islam ha provocado por efecto bola de nieve una cascada trágica de protestas musulmanas contra Occidente. 

Es evidente que la responsabilidad de los desmanes hay que atribuirla a los movimientos radicales de resistencia que han desbordado a los islamistas moderados. Pero también hay que reconocer la grave imprudencia cometida por muy diversas instituciones occidentales (empezando por la prensa que tiró la primera piedra y siguiendo por los gobiernos que no supieron atajar la propagación del incendio), incapaces de anticipar la oportunista explotación del incidente por el integrismo islámico. 

Parece mentira que, colonialistas como seguimos siendo, los occidentales no sepamos esgrimir la táctica más elemental de la dominación: divide et impera. En lugar de ganarnos a los islamistas moderados para enfrentarlos con los radicales, por el contrario, les azuzamos para echarlos a unos en brazos de otros. Y así nos van las cosas, incapaces de impedir que un mero incidente chistoso degenere en una crisis diplomática de incalculables consecuencias aplazadas. ¿Cómo hemos podido estar tan ciegos? Consideremos algunos ángulos del problema que están escapando de la atención pública, empezando por el papel desempeñado por los medios de comunicación.

"¡Vaya escandalazo!", le oí decir con regocijo mal disimulado a un presentador radiofónico que comentaba el ruido mediático montado en torno a los dibujos de marras. Y allí está una de las claves de la crisis. No en el consabido choque de civilizaciones ni tampoco en la sobada globalización, sino en la estrategia del escándalo que esgrimen determinados medios informativos, amparándose en la coartada de la libertad de prensa para competir con ventaja en el saturado mercado de la comunicación. 

La prensa fomenta el escándalo por el escándalo al creerlo de interés periodístico, haciéndose eco de él en cadena para generar así espirales escandalosas que se realimentan a sí mismas hasta convertirse a su vez en un acontecimiento mediático (en el sentido de Dayan y Katz). Y para ello cualquier pretexto sirve (el desliz de un político, por ejemplo), con tal de que permita explotarlo hinchando hasta la exageración una burbuja especulativa. Y si no hay excusa externa pues se la inventa. 

Como esta vez, cuando ha sido la prensa quien ha tirado la primera piedra en el estanque, a la espera de que los agitadores islamistas se dejasen provocar, como así ha ocurrido. Pero el pretexto para montar el escándalo, que fue la publicación de unos groseros chistes de moritos, carecía de interés informativo, pues sólo se trataba de una burda provocación. Tamaña deformación profesional, además de ser éticamente reprochable (pues antepone el afán de lucro al servicio público que la prensa dice prestar), es suicidamente miope, pues cuando la prensa recurre al escándalo por el escándalo siempre acaba por perder la confianza de sus lectores.

También se ha infravalorado la dimensión simbólica de la crisis, quizá por creerse que, al ser su origen puramente humorístico, no hacía falta tomársela en serio, por tratarse de algo intrascendente que no podía tener consecuencias. Pero ojo con las cuestiones rituales, que son mucho más importantes de lo que parece. Sobre todo por lo que respecta al humor, que es una institución muy extraña, paradójica y perversa donde las haya. 

Es verdad que en Europa, al menos desde Rabelais y Shakespeare, el humor tiene muy buena prensa, pues se cree que es una fuerza creativa y liberadora. Y ello hasta el punto de que un penetrante sociólogo, Peter Berger, ha podido hablar de la risa redentora, para referirse al modo en que los pueblos parias y oprimidos, como los gitanos y los judíos, aprendieron a escapar a su injusta maldición gracias al sentido del humor que les enseñó a reírse de sí mismos. Pero eso sólo es la mitad de la verdad, pues luego está la otra cara de la moneda. Y es que el humor también puede ser una institución fascista. 

El lado oscuro de la fuerza del humor es que permite liberarse del propio miedo descargándolo sobre los demás, pues para creerse ilusoriamente fuerte no hay nada como abusar del débil. Y eso es lo que hace el humor fascista cuando se ríe de la parte más débil e indefensa. Es lo que ocurre con los chistes de maricas, de cornudos, de mujeres, de viejos, de negros, de locos... y con los chistes de moros, de los que en España sabemos mucho. 

Reírse de alguien para burlarse de él, cuando ese alguien es socialmente inferior, equivale a humillarlo, a escarnecerlo, a menospreciarlo, a rebajarlo todavía más de lo que ya lo está para desposeerle de su propia dignidad: lo único que los musulmanes logran conservar en sus actuales condiciones. Esas burlas contra los inferiores sometidos son tan hirientes que sólo pueden inspirar risa a las hienas carroñeras. Que el prepotente y acomodado primer mundo se ría con chulesco racismo de los nuevos parias del cuarto mundo (estos moros mal pagados que nos sirven en nuestras casas y ciudades como metecos sin derechos) clama al cielo. Sobre todo si se hace gratuitamente sin oficio ni beneficio, por puro amor al arte de burlarse de los demás, pero sin pagar el coste de los platos rotos.

Finalmente, conviene discutir el fundamentalismo doctrinario de los liberales profesos que se creen en posesión de la verdad. La libertad de expresión es una libertad negativa: significa que el poder no puede impedir que te expreses en conciencia. Pero no es una libertad positiva: no significa que estés obligado a ejercerla hasta las últimas consecuencias, por perversas y contraproducentes que sean. No significa que debas expresarte de cualquier modo caiga quien caiga, ni que todo valga con tal de dar rienda suelta al impulso de expresarte a tu antojo. Cuando un anfitrión invita a alguien a su casa (como hemos hecho los europeos con nuestra nueva clase de servicio manual y doméstico, mayoritariamente musulmana) no tiene derecho a insultar a sus huéspedes ni debe tomarse la libertad de humillarles, de ridiculizarles en público o de robarles sus pobres señas de identidad vulnerable. 

La libertad de opinión está para criticar al poder y a los poderosos, no para abusar de los débiles sometidos. Y si la prensa europea desea tomarse libertades escandalosas, que provoque a los amos de las multinacionales, en vez de hacerlo con sus siervos musulmanes.

Por lo demás, el derecho a la libre expresión (libertad negativa) siempre entra en colisión con el deber de respetar los derechos ajenos (libertad positiva), que es prioritario como regla de oro del orden ciudadano: sólo se puede ejercer un derecho a condición de respetar antes los de los demás. Lo cual obliga a elegir entre valores contradictorios (la libertad de expresión y el respeto a los derechos ajenos), teniéndose que cumplir en conciencia con ambos a la vez, por difícil que pueda resultar. 

Isaiah Berlin es el autor que más y mejor ha profundizado en la distinción entre libertades negativas y libertades positivas. Suyas son estas palabras: "Ciertos valores humanos no pueden combinarse porque son incompatibles: de modo que hay que elegir. Elegir puede ser muy doloroso. Si usted elige A, le desespera perder B. Lo único que podemos hacer es procurar que las elecciones no sean demasiado dolorosas, de modo que en lo posible no surjan situaciones que obliguen a los hombres a hacer cosas contrarias a sus convicciones más hondas. En una sociedad liberal de tipo pluralista no se pueden eludir los compromisos. Hay que lograrlos, pues negociando es posible evitar lo peor. Tanto de esto por tanto de aquello. ¿Cuánta igualdad por cuánta libertad? ¿Cuánta justicia por cuánta compasión? ¿Cuánta benevolencia por cuánta verdad?". Y cabe añadir: ¿cuánta libertad de prensa por cuánto respeto a los derechos de nuestros semejantes, que conviven con nosotros compartiendo la misma aldea global?

Enrique Gil Calvo es profesor titular de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid
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