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El pensamiento único y la alianza de civilizaciones

La contemporaneidad se nos revela cada vez más como un ámbito resolutivo de la condición humana

17/02/2006 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Europa Press
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Cara a cara

Entre reflexiones y reivindicaciones la contemporaneidad se nos revela cada vez más como un ámbito resolutivo de la condición humana, un espacio-tiempo donde y cuando el ser humano se pregunta sobre sí mismo, sobre la vida, sobre la existencia. Resurge una meditación sobre los fines y valores humanos. En ese sentido no es muy diferente de cualquier otra contemporaneidad, haya sido ésta en cualquier tiempo y lugar de los que han sido.

En todo tiempo hay un momento en el que le surge al ser humano la pregunta desde dentro cuando, mirando al mundo, éste comienza a revelársele cada vez más inédito y desconocido. Los asideros de la vida cotidiana se debilitan porque la vida cotidiana cambia con rapidez. La tecnología avanza hoy por delante de las infraestructuras. Las redes atrapan en sus mallas invisibles las neuronas despistadas de los poetas y de los soñadores, peligrosos disidentes que aún se asoman a la tierra con una mirada sorprendida.

Los signos de un nuevo paradigma civilizador se abren paso en el paisaje cotidiano de la aldea global, las marcas y destellos de su liturgia forman parte ya de nuestra visión. Mientras tanto, los aldeanos descubrimos que también podemos dialogar, cruzar las mallas de la red y construir un pensamiento que a todos nos sirva, un escenario humano que nos permita concebir e imaginar estrategias para poder vivir en paz, con una cierta dignidad y calidad de vida, para dialogar, para mejorar la convivencia y así realizarnos como seres humanos.

En un sentido básico y general, más allá de las definiciones maniqueas que perfilan bandos irreconciliables, la transición global que estamos viviendo implica un desafío que se supone epigonal, definitivo y resolutorio. Un reto que viene a ser, en pocas palabras la disyuntiva final entre el pensamiento autoritario y la cultura del diálogo, es decir, entre el imperialismo y el pensamiento democrático. Una tensión que no es nueva y que acompaña al ser humano en su devenir sociopolítico. Tensión secular entre el imperio y la república.

Además, como expresión palpable de esa compleja contradicción, como espejo que la revela y nos la hace consciente, aparece el islam en escena mostrando un rostro también contradictorio, simétrico, que devuelve una imagen certera, tanto de la vida autoritaria y patriarcal de sus dirigentes como de la existencia democrática y solidaria de los pueblos y sus comunidades.

Por fin comenzamos a darnos cuenta de que el choque de civilizaciones es una visión que trata de abrirse paso desde el poder fáctico y financiero, de que no es una realidad sociocultural ni un dogma de fe o un hecho inevitable. Tras el ruido y el miedo de la guerra global contra el terrorismo, empezamos a comprender que el conflicto no es un choque civilizacional entre occidente y el islam, ni una guerra religiosa, sino un choque de fundamentalismos, de extremismos de un lado y otro que sostienen el paradigma del terror, cimiento y soporte del pensamiento autoritario, bélico y único, una manera de pensar y, concebir el mundo que a todos nos amenaza por igual.

No es poco comenzar a ver tras los velos que construye la imaginería conductual. Y una de las primeras cosas que podemos ir advirtiendo es el papel que puede jugar el islam en este proceso. Con relación al modelo teórico de choque de civilizaciones parece que el papel del islam está más menos claro: en este paradigma creado artificialmente el islam representa el obstáculo, el otro, el problema; aparece siempre como fanático, irracional, como teocracia dogmática que impide incluso respirar y pensar libremente.

Queda, en cambio, por conocer, el papel real que el islam está llamado a representar en esta transición sociocultural global, sus aportaciones concretas y genuinas a este proyecto de alianza de civilizaciones, de construcción democrática de la aldea global. Aunque apuntan algunas claves que nos podrían ayudar a comprender y valorar este rol, aún lo hacen de forma balbuceante e incipiente, sin la suficiente visibilidad.

Las reflexiones que, por distintas partes, se han expresado a propósito del asunto de las caricaturas muestra hasta qué punto está polarizada y fragmentada la vida social e intelectual de los pueblos, aunque advertimos en esa pluralidad una riqueza que muestra en toda su crudeza el problema. Esencialmente el reto consiste en avanzar en al camino de la globalización, de la tecnología, de la liberalización, etc, etc, sin perder en ese avance la propia identidad y la propia vida. La teoría del choque de civilizaciones nos dice que esto no es posible, que es inevitable el conflicto, que la alianza de civilizaciones es una quimera. Pero a la luz de los hechos que acontecen ahora, esta propuesta, por el contrario, está abriendo precisamente los cauces de una alternativa, proponiendo con ello las bases de un nuevo paradigma globalizador. Tanto para los países de mayoría musulmana, sumidos en el subdesarrollo y el altermundismo, como para las sociedades postindustriales, el reto está en avanzar entre las definiciones y los tópicos, tratando de entender las razones que mueven al otro, los resortes de su sensibilidad y los fundamentos de su visión.

Islam y libertad de expresión

Los musulmanes no podremos estar jamás contra la libertad de expresión porque es precisamente ésta la que nos garantiza la posibilidad de expresar el islam, sus valores, su naturaleza, y poder así contrarrestar la estrategia de la confrontación, aquella que se sirve de la falsedad y el estereotipo para inculcar a las gentes una imagen fraudulenta, la imagen de la intransigencia y el integrismo, la imagen de la imposibilidad y del conflicto.

Gracias a la libertad de expresión, ahora, precisamente ahora, el europeo medio empieza a comprender que no somos una turba de fanáticos irracionales sino una comunidad vilipendiada y arrinconada por el colonialismo y la globalización. Ahora empezamos a comprender que, previamente a la colonización que sembró y alentó el integrismo en el seno de la Ummah islámica, ésta favoreció la pluralidad religiosa y la multiculturalidad, adelantándose con ello a esa alianza de civilizaciones que ahora, por esa misma libre naturaleza del islam, apoyamos y defendemos. Esa libertad de expresión es un valor que compartimos plenamente los musulmanes de la Ummah, siempre dentro de unos parámetros de civilización real, de respeto hacia el otro, hacia las sensibilidades y las conciencias.

Gracias a esa libertad de expresión hoy los musulmanes podemos difundir el mensaje sin ninguna limitación, podemos proclamar a los cuatro vientos la naturaleza pacífica y civilizadora de ese mensaje, y hacer valer nuestro acuerdo o desacuerdo cuando alguien habla de nosotros y nos define.

Libertad de expresión, convivencia, respeto y conocimiento son buenos puntos de partida para una alianza de civilizaciones que no será, si Dios quiere, sino la civilización global, el planeta de todos, por mucho que los artífices de la guerra quieran evitarlo sembrando la confusión y el odio intercultural e interreligioso.

En ese sentido el pensamiento autoritario revela interesantes contradicciones, puestas de manifiesto en España por sus actores nacionales. Al mismo tiempo que los neocon estadounidenses manifiestan ahora su interés en el proyecto de Alianza de Civilizaciones, el portavoz del Partido Popular en la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso, Gustavo de Arístegui, dice, por ejemplo, que la iniciativa de la Alianza de Civilizaciones es un inmenso disparate:

"Resulta chocante que el PSOE sea incapaz de reconocer, y más aún el Gobierno, el inmenso disparate de la Alianza de Civilizaciones. No es una iniciativa irresponsable y vacía como dicen algunos, sino una que tiene derivaciones y consecuencias potencialmente devastadoras"

Tras hacer una diferencia conceptual bizantina entre Alianza y Diálogo de Civilizaciones, el diputado popular, con todo cinismo, dice que los conservadores siempre han apoyado esto último, pero no la alianza, dado que hay valores irreconciliables que son innegociables:

"La Alianza, si se analiza con detenimiento, seriedad y rigor tiene como premisa la relativización de los derechos y libertades fundamentales, puesto que si uno se sienta a negociar la forja de una alianza con algunos actores importantes del mundo islámico, se da cuenta de unas premisas" … “… algunos de los actores consideran que los derechos y libertades fundamentales sobre los que se construye el edificio democrático son valores empleados como instrumento por Occidente para la humillación y el dominio del Islam".(1)

Con unos pensamientos de ese tenor parece difícil, cuando no imposible, llegar a alianza de ninguna clase, conseguir la más mínima convivencia real ¿Cómo, señor De Arístegui, van a considerar los valores democráticos unas sociedades que no los han conocido ni de lejos? ¿En qué valores democráticos han educado Europa o Estados Unidos a los iraquíes? ¿Con Saddam? ¿Durante las décadas de guerra y genocidio? ¿Qué democracias hemos alentado en Oriente Próximo, en el Golfo Pérsico, en África, desde los albores del colonialismo moderno? ¿Qué democracia se ha enseñado al pueblo argelino? ¿Qué valores civilizadores ha conocido la Palestina ocupada por Israel? ¿Qué valores democráticos se defienden entonces mediante la guerra global contra el terrorismo?

Este discurso no sirve para nada, ni para una alianza ni para un diálogo, porque entonces el diálogo aparece como fingido, tramposo, estéril, a la manera en que las hojas de ruta mantienen viva la esperanza de una paz que, en muchas ocasiones, no se desea. Su pensamiento, señor De Arístegui, sigue considerando a los diferentes como extraños, como pertenecientes a otros mundos que no son el suyo, el que usted quisiera tener y no existe, afortunadamente, más que en su imaginación: un mundo uniforme y homogéneo resultante del triunfo de un pensamiento único, superior y ‘civilizado’. De esa ideología neocolonial se desprende que habría que civilizar a todos los diferentes según ese modelo, no hacerlos co-partícipes del diseño de la sociedad global. ¿No se da cuenta usted de que ese y no otro es el verdadero disparate, el fundamento real de la confrontación?

Gracias a esta libertad de expresión podemos desenmascarar públicamente a los que, directa o indirectamente, están favoreciendo la confrontación. No es poco. Tal vez sin esa libertad de expresión, sin esa vigilancia conceptual, hace tiempo, señor De Arístegui, que la gente que piensa como usted, nos habría borrado del mapa.


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